viernes 4 de septiembre de 2009

Fotos Para el Necrófilo













EL CAFÉ DEL AUTOR














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1-2008-33281 Nº ─ Registro Nacional de Derechos de Autor.





Primera parte.





1

Casi desnuda, Delicia abrió la puerta y me besó en los labios.

─ ¡Patricio! ¡Debo contarte algo...!

─ Y yo estoy dispuesto a escucharlo bebiendo un Gin cola con unas gotas de licor de frutas.

Entré y me desplomé en el sofá.

─ ¡Apestas a perfume!

─ Es preferible que apeste a perfume y no a transpiración, querida

─…y vas a calmar tu sed antes de escuchar mis novedades...

─ Desde luego, amorosa. Y no se te ocurra hablar desde la cocina, porque no te voy a oír

Me recosté en el sofá, dejando caer mis mocasines. Delicia hizo un mohín y fue a preparar la bebida

Con los ojos cerrados, la escuché abrir y cerrar la nevera y trajinar con las botellas y los vasos. Regresó rápidamente.

─ Ni siquiera nos saludamos como se debe...

Se inclinó para besar mi nariz, rodeándome de un halo de Nina Ricci. Antes de hablar se quitó el sostén, sacudió los senos y me ofreció una revista abierta en un artículo, El arte de asesinar. Se la devolví, negando con la cabeza.

─ Soy yo quien está muerto de cansancio. Te escucho mientras saboreo mi bebida.

─ ¡Muy Bien! ─ los pezones y los ojos de Delicia me apuntaron desafiantes. ─ La nota habla de un hombre que es necrófilo, es decir que le gusta matar y follar mujeres. Ahora está purgando una condena.

Se quedó en silencio. Esperaba un comentario de mi parte, pero encogí los hombros y le pedí que continúe.

─ Habrás notado que no usé la palabra asesino, porque no lo es. Tampoco es un tío acomplejado. Mató a ocho mujeres y a cada una de ellas la hizo gozar como loca. Tiene la habilidad de inspirar en sus víctimas orgasmos repetidos y cuando llegan al colmo del placer, sienten la muerte como una continuación

Hubo otro silencio

─ Todo es muy interesante, pero aún no sé por qué estás tan excitada.

─ ¡Porque lo que acabo de contarte me excita!

─ Sigo sin entenderte

Temblaba suavemente. Sus ojos brillaban.

─ Es que yo desearía llegar a ese extremo de placer y ser asesinada. Entonces entraría en un hermoso éxtasis y quedaría así para el resto de la eternidad.

Me senté en el sofá. Nunca había visto a mi modelo y amiga tan fuera de control.

─ ¿Realmente te gustaría eso?

Se acercó y se sentó en el suelo junto a mí.

─ Hay más, Carola, la abogada de Pablo Zoilo Cardón, que así se llama el necrófilo, es mi íntima amiga. Ella comprende lo que siento, porque hay miles de mujeres que piensan como yo. Fíjate que han creado un club de admiradoras de Pablo.

Delicia me miró sacudiendo sus cabellos rubios y rizados. Al sonreír se mordió el labio inferior. Esos gestos indicaban que iba a pedir algo.

─ Necesito un favor...

─ Ya lo imaginaba. Dime lo qué quieres.

─ Carola me consiguió una entrevista con Pablo. Simularé que soy periodista y le daré algo que ninguna otra mujer pueda ofrecerle.

─ Hoy estás enigmática. Sigo sin entenderte.

─ Quiero llevar a la cárcel algunas fotos mías.

─ ¿Fotos de las revistas?

Delicia negó con la cabeza.

─ No. Fotos que debes tomar tú; fotos donde aparezca muerta en distintas posiciones, desnuda o cubierta apenas.

Terminé el Gin Cola. Mi amiga esperaba suplicante y yo no sabía qué decirle. En los últimos tiempos nos había hecho importantes favores a Rodrigo y a mí y sería una deslealtad negarme.

─ Dime, querida, ¿consultaste esto con tu psicóloga?

Negó con la cabeza.

─ Cuando le confesé mi deseo de ser follada y muerta por Pablo, se puso histérica y ordenó que me fuera. Más tarde me llamó y explicó que por razones personales no podía seguir atendiéndome. Dos días después leí en el diario una solicitada en la que se pedía la libertad del necrófilo, y ella era una de las firmantes.

─ Entonces el tema del asesino es una moda entre las mujeres...

─ Hay algo que debe quedar claro ─ Delicia me interrumpió con tono firme ─ No debemos llamarlo asesino.

─ ¿Qué nombre tiene alguien que mata de esa forma?

─ Ya te lo dije, Pablo es un necrófilo, alguien que ama la muerte y los muertos. Más exactamente, los muertos que él mata. Si lees este artículo, verás que en la historia de la humanidad hubo respetables y famosos necrófilos. Hay juristas que dicen: con el acuerdo expreso de la víctima, es discutible que el matador pueda sufrir una condena...

─ Querida, si seguimos hablando voy a ser un experto en necrofilia, pero a nosotros nos van a comer los buitres. Mañana a primera hora, debemos tener listas treinta fotos excelentes.

Delicia volvió a mirarme con expresión implorante, se arrodilló y besó mi mano.

─ Seis fotos, nada más que seis fotos. Las tomarás al final y te juro que esta sesión va a ser memorable. Tendremos un éxito como nunca lo soñamos.

Volvió a besar mi mano y ya se inclinaba para hacerlo con mis pies enfundados en medias de la NBA, cuando la detuve.

─ Está bien. Sabes que no te puedo negar nada. Levántate.

Cumplió lo prometido y el trabajo de aquella tarde fue un éxito De las treinta fotos, todas fueron publicadas, no sólo en la revista que nos había contratado sino en otras de más prestigio. Una de las exposiciones en la que aparecía con un minúsculo traje de baño y mirando una rosa con expresión de éxtasis, fue considerada un clásico y una agencia extranjera compró los derechos por una suma millonaria.

Delicia siempre había sido caprichosa, y extravagante, pero ese afán de ser violada y asesinada por aquel hombre era diferente. Estaba acostumbrado a chequear sus estados de ánimo y aquella tarde intuí que había crecido en ella una fuerza fascinante y espantosa.

Terminamos a eso de las ocho. Mi amiga se puso una bata y preparó una merienda dietética. Comimos en silencio.

─ Ahora lo que prometiste ─ dijo al terminar ─ supongo que no estarás muy cansado.

─ Tú me conoces, querida y sabes que aunque esté desfalleciente, mis promesas son deudas.

Se quitó la bata y quedó desnuda como lo hacía tantas veces, pero ahora despedía un olor ácido, dulce, extraño. Volvió a maquillarse.

─ Si no dices lo que quieres, mi trabajo va a ser difícil.

─ Fíjate arriba de la mesa. Allí están las fotos de las mujeres que mató Pablo; son tres y las tomaron tal como las había dejado. Quiero imitar esas posiciones para él.

Busqué las reproducciones. Una de las mujeres yacía boca abajo, vestida, con las piernas abiertas. Las otras estaban desnudas y miraban hacia arriba. Un punzón en la yugular, moretones del estrangulamiento. Todo era un festival macabro de sangre, heridas y horror.

─ Algunas de las fotos las tomarás desnuda y otras a medio vestir... ─ explicó Delicia saliendo del baño. Sólo llevaba una trusa muy pequeña y había elegido los maquillajes perfectos para el rostro y el cuerpo ─ En la primera se supone que escucho ruidos; alguien se acerca. Estoy asustada, atenta...

Mientras hablaba, se colocó un vestido de color rojo, trepó a la cama, se arrodilló y tensó el cuerpo mirando a todos lados. Yo preparé las luces de modo que la foto fuera nítida, pero con claroscuros para sugerir un ambiente inquietante. Cuando todo estuvo listo, apunté la cámara y disparé varias veces. Luego, Delicia desgarró el vestido y dejó al descubierto parte de los senos. Se tendió hacia atrás, apoyándose sobre los codos y mirando al vacío, como si algo le inspirara espanto. Tomé otras exposiciones.

─ Atención ─ Delicia se quitó el vestido ─ Ahora viene la primera posición de mi muerte...

Se arrojó hacia atrás con los ojos abiertos y una expresión de espanto. Desde la cama, los largos cabellos rubios llegaron al suelo. Sintiendo un extraño placer, busqué diferentes ángulos. La muerte parecía real y acentuaba su hermosura. Dos años antes, le habían otorgado el premio nacional de belleza. Sus medidas de cintura, caderas y senos eran perfectas. Cuando terminamos y se levantó, advertí que hubiera deseado seguir contemplando aquella muerte simulada

─ Recién estaba desnuda para morir. Ahora voy a vestirme para morir.

La seguí a la sala donde pidió que la ayude a correr un sillón para dejar suficiente espacio. Supe lo que buscaba y ajusté los spots tratando de obtener una iluminación difusa. Delicia se puso un vestido sencillo, sostenido por lazos desde los hombros. Nunca la había visto tan segura de sí, tan dueña de su cuerpo. Cuando cayó al suelo y quedó inmóvil, la miré durante un rato. El vestido era de una tela suave que dejaba adivinar las formas del cuerpo. Estaba descalza, no llevaba joyas y la casi desnudez trasuntaba pureza y melancolía. Cuando era niño había visto una mujer muerta en la morgue del cementerio Sus pies eran enormes, pero lo que más me impresionó fue la transparencia de la piel, convertida en una extraña y fina porcelana. Ahora Delicia había logrado ese efecto. Recordé también una versión para adultos de la Bella Durmiente, supuestamente el relato original antes de haber sido adaptado para niños. El príncipe encontraba el cadáver de la joven y enamorado de su belleza, lo poseía hasta lograr su resurrección. Quizá en el fondo de toda necrofilia se escondiera el deseo de iluminar la muerte con la belleza.

Por un momento creí que Delicia no respiraba y tuve que inclinarme para percibir el suave vapor que arrojaba por la nariz. Sentí rabia al pensar que aquellas fotos serían para alguien que estaba entre rejas, que nunca podría tenerla en carne y hueso.

Ajusté la cámara al trípode y tomé varias exposiciones.

─ Ya está ─ anuncié secamente al terminar.

Delicia se levantó. La palidez y la fascinante transparencia de la piel ya no estaban. Saltaba contenta como una niña. Mientras guardaba el equipo, rodeó mi cuello con sus brazos.

─ ¿Te impresionó mi actuación?

─ En absoluto. Soy un profesional y debo estar preparado para cualquier tipo de tomas.

─ Estás enojado. Te conozco, estás furioso.

─ Creo que te animas a provocarlo porque está preso, pero si pudiera llegar a ti para matarte, escaparías.

Se apartó indignada

─ ¿Qué quieres decir con eso?

─ Que gozas con tus fantasías produciendo deseos en alguien que no puede satisfacerlos. Te pregunté si continuabas con tu psicóloga, ya que tu actitud es propia de una personalidad histérica o histriónica, como la llaman ahora.

Al verla llorar, se fue mi enojo y la abracé, besándola y calmándola hasta tranquilizarla. Siempre habíamos sido como hermanos, pero ahora, detrás del vestido que había usado para posar, no podía dejar de sentir sus senos apretados contra mí.

─ Perdóname. Lo que pasa es que estoy un poco celoso de ese Pablo...

Ella dejó de llorar y rió.

─ ¡Te produzco celos...!

─ Por supuesto, estúpida, si eres lo que más quiero en el mundo.

─ ¿Y Rodrigo?

─ También, pero es otro tipo de amor.

Nos despedimos. Casi siempre, después de sesiones como aquella, bebíamos y conversábamos hasta la madrugada, pero al otro día Delicia debía llevar las fotos a Pablo, el necrófilo, de modo que fui a casa a revelarlas.
































2
En la puerta del edificio aguardaba el portero.

─ Señor Patricio, esta vez los ruidos son insoportables. Ya se quejaron los vecinos...

Como siempre lo interrumpí con un billete y aseguré que todo se arreglaría en pocos minutos. Escuché los golpes desde el pasillo y al entrar encontré a Rodrigo desnudo sobre una silla. Se había lastimado un hombro y la sangre goteaba por el brazo. Con la mano derecha golpeaba el postigo de la ventana y cantaba una canción ininteligible.

─ Rodrigo, soy Patricio.

Me miró con las pupilas dilatadas. Tomé su mano, lo invité a bajar y lo conduje a la cocina donde le serví un vaso con agua. Mientras lo bebía, preparé una aguja con un tranquilizante que apliqué en su nalga. Luego desinfecté y vendé la herida del hombro e hice que se sentara en el sillón del comedor. Aceptó todo sin dejar de sonreír irónicamente.

─ Mete tu dedo en mi culo ─ pidió de pronto. Como respuesta lo besé en la comisura de los labios.

─ ¿Otra vez te inyectaste? ¿Estuviste con Pavlova? Confiésalo; no me voy a enojar.

─ Sellaré mis labios por una eternidad si no metes tu dedo en mi culo.

Estaba acostumbrado a buscar el ano de Rodrigo con mi índice. Casi siempre aquella caricia terminaba en una intensa relación, pero esa noche hurgué su intestino con cierto hastío.

─ Responde, ¿por qué te inyectaste...?

─ ¿Estuviste con Delicia? Cuando nos separamos me convenció de volver contigo; hoy hace exactamente un mes.

Tenía razón. Aquel día Delicia se encerró con él y hablaron durante horas. Más tarde lo hizo conmigo. Sus argumentos eran que no podíamos estar el uno sin el otro, que en un mundo hostil donde los homosexuales y los sidosos éramos discriminados, las parejas debíamos ser fuertes para defendernos.

─ Es un amor, un ángel. De ella no puedo esperar nada malo.

─ No contestaste a lo que te pregunté...

─ ¡Y qué quieres! ─ se movió de tal modo que mi dedo penetró más profundamente en su ano ─ Cuando diagnosticaron SIDA dieron por sentado que ya no era un drogadicto, pero sigo siendo un enfermo. Y sé que en parte tú me quieres por eso, porque te gusta lo retorcido, lo enfermo. Soy tu otra mitad, Patricio.

Acarició mi miembro mientras apoyaba su boca en la mía e intentaba abrir mis labios.

─ Hagamos el amor ─ dijo en un susurro ─ Dejo que pongas cámaras; que nos tomes fotos en la cama...

Lo aparté con suavidad.

─ Te apliqué un calmante y dentro de un minuto vas a dormir como un bebé...

Rodrigo volvió la cara y vomitó suavemente sobre las baldosas de la cocina. Al terminar, se recostó sobre mí y se durmió. No me costó cargar el cuerpo liviano, acostarlo y arroparlo. Después fui al laboratorio con los rollos que había tomado esa tarde y trabajé con rapidez.

Hice dos copias en gran formato. Me fascinaba la imagen de Delicia acostada, inmóvil, con los ojos cerrados. Su cuerpo despedía erotismo. Era la primera vez en muchos años que una mujer me producía esa sensación. Mis fantasías iban de la silueta vestida y desmayada, hasta la desnudez rosada que había logrado al combinar diferentes lámparas. Imaginaba que era yo el que la había matado, que la estaba penetrando y que no haría el amor con nadie más. Me bastó acariciar mi pene para eyacular.

Dejé todo como estaba, fui a la habitación de Rodrigo y me dormí sin quitarme la ropa. Soñaba con algo plácido, cuando escuché su grito junto a mi oído. Sus miembros estaban rígidos y tenía los ojos abiertos. Reconocí el síndrome de abstinencia. Los gritos se repitieron cada vez más fuertes, los vecinos golpearon para quejarse y los despaché con rapidez. Llamé a emergencias. En media hora llegaron dos enfermeros robustos y después de inyectarlo, lo cargaron en una ambulancia. Fui con ellos.

─ Esta crisis es más seria que las otras ─ El médico que lo atendía era rubio y atlético ─ Creo que hay una bacteria en sus pulmones. ¿Siguió inyectándose heroína?

─ Sí, lo hizo

─ Debe saber que con cada dosis retrocede aún más.

Cuando lo sacaran del cuadro agudo debía quedar en observación, de modo que volví a mi casa, tomé un par de hipnóticos y dormí hasta el otro día a la tarde.

Desperté embotado y al entrar al laboratorio encontré las fotos que había tomado a Delicia, Ante la enfermedad de Rodrigo y la falta de relaciones sexuales, solía masturbarme con revistas masculinas que mostraban atractivos ejemplares exhibiendo sus bíceps. Ahora mi excitación surgía del cuerpo quieto de una mujer, presuntamente muerta.

Como ocurría durante los ataques de Rodrigo, tuve un amago de depresión que fue cediendo hacia la tarde. Me obsesionaba pensar en el extraño impulso de Delicia y sentía celos del asesino que recibiría aquellas fotos encerrado en la cárcel.

Seguí trabajando en las exposiciones. La película era de buena calidad e hice copias de tamaño natural que colgué en las paredes. Delicia acababa de terminar una relación con un abogado dueño de varias empresas. Quizá ella fuera tan depresiva como yo y aquella reacción inesperada fuera una tendencia al suicidio.

Esta última idea me alarmó. Tomé el teléfono y marqué su número.

─¡...te comunicaste con el amor!. Tu amiga Delicia espera el mensaje después de la señal...

Su voz se escuchó entre cantos de pájaros y música infantil.

En el laboratorio, bajo la poca luz, por segunda vez me masturbé mirando las fotos.

En la tarde volví a la clínica. Rodrigo dormía bajo el efecto de las drogas. Despertó después de un rato, me miró con ojos mansos y al hablar tomó mi mano.

─ ¿Te hago sufrir mucho...? Ten paciencia, ya que dentro de poco mi vida no inspirará ni gozo ni sufrimiento. El mundo sabrá que he pasado por el recuerdo tuyo y el de Delicia; por mi perfume que se borrará de los lugares que he habitado...

Llevó mi mano debajo de la sábana, apoyándola sobre su miembro flojo. Por primera vez desde que estábamos juntos, sentí rechazo. En ese momento llegó Delicia, vistiendo una falda corta y una camisa roja..

─ Si interrumpo, me marcho ─ dijo al ver mi mano debajo de las sábanas. Saqué rápidamente el brazo.

─ No, querida. Rodrigo te estaba esperando; deseaba hablar contigo.

Salí al pasillo. Necesitaba respirar. Después de un rato apareció Delicia. Me miró inquieta, con sus grandes ojos azules.

─ Patricio, ¿Otra vez?

─ ¿Otra vez qué?

─ Rodrigo dice que últimamente te muestras frío y distante...

─ ¿Preguntaste de cuándo es ese “últimamente”?

─ No sé... ¿desde anoche?

─ Querida, anoche, cuando llegué a casa, tu amiga, Rodrigo Cormurgo Cabezón estaba más loca que nunca después de haberse inyectado una buena dosis de droga en compañía de su amigo íntimo Pavlova. Lo único que te puede contar es que le apliqué un calmante, lo acosté y a la madrugada tuve que llamar a la ambulancia. Hace exactamente dos horas recuperó la conciencia y ya estaba reclamando prácticas genitales. ¿Puedes decirme cuándo tuve tiempo de ser fría y distante con él?

Iba a replicar, pero la interrumpí.

─ Delicia Petunia Kolonsky, no pienses que fui indiferente a lo que ocurrió ayer. Las fotos de tu muerte, me... bueno, me afectaron.

─ ¿Qué quieres decir?

─ Es la primera vez en mucho tiempo que tengo fantasías eróticas con mujeres. Ver una de ellas muerta, dormida, desmayada, como tú quieras y saber que está dispuesta a ser follada, me acelera la adrenalina. No lo sabía hasta ayer.

─ ¿Quiere decir que la sesión de fotos alteró tu relación con Rodrigo...?

─ Nunca dije eso ─ Rocé su mejilla izquierda como lo hacía siempre, pero esta vez sentí algo especial al tocar su piel ─ Cuéntame, ¿cómo te fue con Pablo?

El pedido la animó.

─ Aceptaron la credencial de Carola y al entrar me revisaron por todos lados. Después tuve que avanzar a través de puertas de rejas que se abrían y cerraban a mi paso y llegué al centro de la cárcel donde están los guardias que controlan todo. Al principio pensé que no podría pasar las fotos, porque tuve que esperar en un pasillo público. Allí llegó Pablo. Era como lo había imaginado, alto, de pelo castaño... y más que nada, Patricio, más que nada su mirada... ¡Ay! ¡Como si te desnudara a cada segundo!. Los guardias no escuchaban lo que hablábamos, pero podían ver nuestros gestos. En los primeros momentos no dijimos nada. Yo tenía la vista clavada en sus enormes manos y las imaginaba sobre mi cuerpo. Eso me llenaba de calor y de sofocos. Creo que lo adivinó, porque echó la cabeza hacia atrás y clavó los ojos en mí. Dijeron que eras de la prensa... Confesé que era mentira. No era reportera sino una admiradora que tenía algo para él. Haz de cuenta que se te cayó la cartera. Yo solté el bolso y las fotos se regaron en el suelo. Miré hacia arriba y... ¡Ay, Patricio!: ahí estaba su bulto, casi a la altura de mi boca. Recogí todo y me senté temblando. . Lo observé atentamente mientras revisaba las fotos. Cuando llegó a la última donde estoy muerta con el vestido, abrió los ojos un poco más. Después me miró en silencio y sonrió. ¿Qué te parecieron? ─ pregunté ─ Son pocas. Trae más y veremos. En ese momento me anunciaron que terminaba la visita.

Delicia jadeaba.

─ ¿Y ahora?

Me miró frunciendo los labios, con expresión suplicante.

─ Ahora depende de ti. Puede que tengas razón, que sea una hembra histérica, pero me vuelve loca imaginarlo masturbándose con mis fotos en la celda oscura, bajo la luz de una vela...

─ Estás equivocada, querida. Ya no hay luz de vela en las celdas; ahora utilizan la electricidad en todas sus formas.

─ Lo que quieras, pero ¿qué contestas?

─ ¿Sobre qué...?

Deseaba que Delicia no me hiciera el segundo pedido. En ese momento supe que otra sesión de fotos nos conduciría a un camino sin regreso.

─ ¡Ya sabes sobre qué! Debemos tomar más fotos para Pablo. Otra sesión; al menos un par de rollos...

─ ¿Cuándo?

Antes de contestar, Delicia se mordió los labios.

─ Cuando Rodrigo esté mejor.

─ Entonces será dentro de dos días Sus recuperaciones siempre duran eso...

Delicia me interrumpió con abrazos y besos.

─ ¡Entonces dices que sí, que lo vamos a hacer...!

Una enfermera nos avisó que Rodrigo dormiría toda la noche y no necesitaba de cuidados especiales. Salimos. Era temprano y fuimos a comer a Pátinas, un lugar de moda. Robamos el cenicero, y sobre la hora de cierre, bailamos descalzos sobre la mesa. Al despedirnos nos besamos y la larga y tibia lengua de Delicia recorrió mi boca.







































3

Al mediodía me despertó el teléfono. Pedían que fuera con urgencia a la clínica. Cuando llegué, ya estaba Delicia y una enfermera nos hizo pasar al consultorio del médico.

─ Hay un bacilo que está afectando el organismo del señor Cormurgo. Debemos prolongar su hospitalización...

Lo interrumpió un sollozo de Delicia.

─ ¡Sálvelo, doctor! ─ pidió tomándolo de las solapas ─ ¡Sálvelo, no lo deje morir! ¡Él representa mucho para nosotros...!

El médico la apartó

─ Señorita, yo no hablo de muerte, sino de recuperación. Deben rodear al paciente con un clima apacible, sin emociones fuertes...

La falta de defensas impedía que el organismo de Rodrigo se defendiera. Debía permanecer hospitalizado, no sólo para una mejor atención, sino para evitar que siga consumiendo droga.

Cuando salimos, Delicia secó sus lágrimas y retocó el maquillaje. Fuimos a tomar un helado y el tema derivó hacia mi relación con Rodrigo.

─ Nunca olvides que él es tu pareja. ─ dijo mi amiga ─ Tienes que hacer lo posible para que todo funcione. Si hay dificultades, debes cerrar los ojos y seguir adelante. Él te necesita mucho más que yo.

Bebimos el helado en silencio. Delicia tenía razón, atender a Rodrigo era mi deber, pero las fotos abrían un panorama desconocido y atrayente. Miré fascinado su lengua acariciando el chocolate. Antes de terminar, metió una y otra vez el cucurucho entre los labios y me miró con ojos entornados. Sentí un poco de miedo al pensar que aquel era un gesto de provocación.

─ ¿Sigues pensando que no me ocupo lo suficiente de Rodrigo? ─ pregunté.

─ No. Al mirarte pensaba en mi propio egoísmo.

─ ¿Qué quieres decir?

─ No sé cuándo le van a dar el alta a Rodrigo, pero la sesión de fotos tendrá que ser mañana o pasado, ya que Carola consiguió un nuevo permiso para visitar a Pablo. Te retendré sólo lo suficiente para posar. Después vienes y no te separas de él.

Nos miramos en silencio.

─ Hay algo que no sabes o no recuerdas.

─ ¿A qué te refieres?

─ Rodrigo me engaña.

Delicia abrió los ojos.

─ ¿Cómo puedes afirmarlo? ¿Tienes pruebas?

─ Ya sabes que cuando estuvimos en España, él posó para revistas masculinas. Durante dos años Pavlova fue el fotógrafo y la pareja de Rodrigo. Ahora, cuando no estoy, le trae droga y folla con él. Nunca quiso tener sexo conmigo estando drogado.

─ ¡Eso no me lo dijiste nunca...!

La miré asombrado. No era la primera vez que se lo contaba. Al intervenir como mediadora entre nosotros, la relación entre Rodrigo y Pavlova se había discutido largamente.

─ ¡De haber sabido antes...! ¡No me hubiera entrometido para que se reconcilien!.

Estuve a punto de recordárselo, pero me contuve. La negativa era parte del cambio en nuestra relación luego de la primera sesión de fotos para el necrófilo. No debía huir de ese cambio, sino explorarlo.

─ La crisis continúa, Delicia Anoche, cuando tuve que llevar a Rodrigo desnudo a la cama, sentí como si cargara un cadáver y tuviera que caminar con él por mi pobre vida.

La miré esperando su respuesta. Antes de la sesión de fotos, ella hubiera interrumpido una frase como aquella con argumentos de salvar la pareja a toda costa, pero ahora jugaba con la cuchara del helado, con aire pensativo y frunciendo los labios.

─ Lo mismo me pasó con Gumersindo...

─ ¿Ah, si?

─ Recordarás que Gumer era muy dependiente y despertaba mi instinto maternal, pero hay un límite para todo. Cuando vivíamos juntos era yo la que debía tomar las decisiones, hasta en lo sexual. Fue así durante diez meses, hasta que terminé con él.

─ Nunca me habías contado eso ni lo habías comparado con la relación entre Rodrigo y yo

─ Creo que mi atracción por Pablo es lo opuesto a mi relación con Gumersindo. Que alguien me asesine es lo que más deseo. Gozar y hacer gozar a alguien con mi muerte. Dime si no es lo contrario del instinto maternal que me despertaba Gumer.

Durante el almuerzo no tocamos el tema. Criticamos a algunos amigos comunes y comentamos novedades musicales.

En la tarde nos separamos. Debía tomar fotos en el cumpleaños del hijo de un funcionario del gobierno. Sólo ese nivel de gente podía pagar un profesional de mi calidad. La fiesta terminó a las cinco de la tarde. Al pasar por la clínica sentí alivio cuando la enfermera dijo que Rodrigo continuaba durmiendo.

Aquella noche desperté gritando por una pesadilla que luego no pude recordar. Sólo sabía que estaba relacionada con Delicia. Transpiraba y mi corazón latía con fuerza. Más tranquilo, pensé que el cambio en la relación podía ser riesgoso para mí. . Tomé otro par de hipnóticos y esperando su efecto, volví al laboratorio a contemplar las fotos del hermoso cuerpo inmóvil.

Al día siguiente, cuando llegué a la clínica, Rodrigo estaba despierto, sentado en la cama y mirando el vacío.

─ ¿Te acordaste que existo?

─ No seas tonta. Traje los bombones que te gustan.

─ Pensé que ibas a traer las flores que me gustan, pero no para que adornen mi cuarto sino para ornar mi tumba.

─ Eres un estúpido, Rodrigo Cormurgo. Deja que arregle las sábanas...

La psicóloga afirmaba que cuando tenía esos accesos de autocompasión, debía tratarlo con un poco de desprecio y agresividad para lograr una reacción positiva, pero aquella vez no dio resultado. Permaneció inerte, con los brazos colgando a ambos lados del cuerpo y la vista fija en la guía del suero. Pareció mejorar cuando me acosté junto a él, lo abracé y puse mi cabeza en su pecho.

─ No tengas miedo ─ dije ─ Todo va a mejorar entre nosotros.

Me acarició la cabeza y suspiró un par de veces.

─ Y cuando me den el alta... ¿vas a ser buena y disfrazarte de mujer para mí?

Contesté que sí y como agradecimiento, Rodrigo tomó mi cara con ambas manos besándome en la boca. Al sentir en su cuerpo un calor sospechoso, llamé a la enfermera. La fiebre había subido y debía terminar la visita.

Una vez en casa, llamé a Delicia.

─ Quiero volver sobre el tema que tocamos hoy. Dijiste que tu atracción por Pablo era lo opuesto al instinto maternal que sentías hacia Gumersindo...

─ Claro, son sentimientos opuestos.

─ Yo pienso lo contrario

─ No entiendo…

─ Es un instinto maternal el que te lleva a satisfacer el deseo de Pablo. Sería el caso extremo de la madre que, obsesionada por dar el pecho a su hijo, permite que la devore. No vacilas en dar tu vida para saciar el hambre del necrófilo

Delicia reflexionó.

─ ¿Y cómo llegaste a esa conclusión?

─ Porque descubrí en mí una inclinación parecida a la tuya.

Ambos nos callamos.

Al otro día desperté temprano y volví a la clínica. Delicia esperaba nerviosa frente al cuarto de Rodrigo. Al verme se acercó con rapidez.

─ Rodrigo no está. El médico quiere hablar con nosotros.

Nos explicó que había empeorado y hubo que llevarlo a una sala estéril en el sector de cuidados intensivos. Nos preparamos y entramos cinco minutos Tenía los ojos abiertos, y deliraba. No nos reconoció.

Al salir, Delicia no pareció tan preocupada como el día anterior.

─ ¿Quieres venir a casa? Debemos organizar la campaña del desfile de fines de enero

─ Falta mucho para eso.

─ Ya sé, pero quiero estar contigo ─ agregó tomando mi brazo ─ ¿Y las fotos para Pablo? Podríamos adelantar la sesión...

Cuando llegamos a su casa, Delicia se quitó la ropa y preparó café.

─ Ayer dijiste que sentías una inclinación parecida a la mía...

La miré. Ojos sensuales, labios gruesos y dos rizos castaños que caían a ambos lados de la frente con descuido coqueto. El olor a lavanda de su cuerpo, me recordaba los baños de vapor de mi adolescencia, donde me masturbaba al ver desnudos a sujetos musculosos.

─ Siento el deseo de ser el hombre que mata y la mujer que muere ─ contesté

─ ¿Es suficiente inspiración para tomarme las fotos?

─ Claro que sí.

Delicia había trazado dibujos esquemáticos que describían los pasos de un asesinato y la violación del cadáver. Yo debía participar como protagonista.

Eligió el fondo blanco de la sala y un sofá marrón, con vivos de múltiples colores.

─ Hay que crear el contraste entre la muerte y el ambiente que debe ser inocente y festivo ─ explicó

Preparó almohadones con estampas de dibujos animados, mientras yo evaluaba la luz. En esta sesión no debía jugar con esfumados ni con contornos oscuros. Pensé en Pablo, encerrado en su celda; cada foto debía ser impactante, luminosa, rotunda.

Monté varias cámaras Una de ellas debía registrar instantáneas automáticas cuando yo participara en la escena.

─ El argumento es simple ─ explicó Delicia ─ Yo estoy en mi casa sola y vestida con ropa provocativa. Tú eres un asaltante que me espía y enloquecido con mi cuerpo, te acercas a violarme. Encuentras resistencia, me matas y te satisfaces con mi cadáver.

─ ¿No sería mejor si lo filmáramos?

Delicia negó con la cabeza

─ La foto habla del instante. Una película impide que tu fantasía vuele. Además sería inútil en la cárcel. Nunca olvides a Pablo, solo ante las fotos. En su celda las mirará y tejerá mil historias... ¡Patricio! ¡El solo pensarlo me vuelve loca...!

Vistió una blusa crema con mucho escote y una falda ajustada que terminaba en flecos.

─ Llego a mi casa desde la calle. Esta primera parte va a ser fácil, porque vas a estar detrás de la cámara. Lo difícil será cuando tengas que participar.

Delicia se quitó los zapatos, tendiéndose en el sofá redondo del living. Su falda corta, mostraba las piernas hasta más arriba de los muslos. Tomé varias instantáneas;

─ Tranquila, corazón ─ esas palabras servían para calmarla y lograr una pose sensual.─ Tranquila, corazón ─ programé la cámara para que tomara instantáneas automáticamente. Al acercarme a ella, sentí que mis movimientos eran torpes.

─ ¡Quién es usted...! ─ exclamó Delicia con expresión sobreactuada.

─ ¡Vengo a violarte y a matarte!

Forcejeamos y la sostuve de las muñecas, mientras la máquina desde el trípode disparaba seis veces. Al tomar la última exposición ya la había desnudado casi por completo. La programé otra vez. Repetimos la escena en la que terminé de quitarle la ropa y simulé abrir mi pantalón.

─ ¡Estrangúlame! ─ pidió Delicia en un susurro ─ Que mi muerte aparezca en las fotos.

La obedecí, y al tocar su cuello delgado, tuve una conmoción. Busqué la garganta con el pulgar y me enloqueció sentirla tibia y vulnerable. Apreté con fuerza hasta que el cuerpo de Delicia se aflojó entre mis brazos. Me arrojé sobre ella mientras la máquina tomaba las últimas impresiones.

Repetimos la escena tres veces y utilizamos cuatro rollos. Un buen número de fotos nos permitiría una buena selección. En las segunda usé un buzo liviano sin ropa interior, y con facilidad pude caer desnudo sobre Delicia. En la tercera, me vestí con ropa fucsia para que se destacara sobre el cuerpo blanco, inmóvil de mi amiga.

Al terminar, nunca había visto sus mejillas tan rojas y sus ojos tan brillantes. Me recosté junto a ella en el sofá.

─ Patricio, te quiero pedir un favor, pero como amiga; no quiero que me entiendas mal.

─ Te escucho.

─ Esto que hicimos me puso cachonda y quisiera correrme... te pediría que me chupes... No sé si alguna vez lo hiciste, pero tienes que detener la lengua en el clítoris...

Accedí. Yo también estaba muy excitado, pero no se lo dije. Hundí la boca entre sus piernas y mi lengua jugueteó con su vulva hasta escucharla gemir y agitarse Entonces me desnudé y ella lanzó una exclamación al ver mi miembro erecto.

─ ¡Patricio...! ¡No serás capaz!

La abracé e intentó rechazarme, pero volví a tomar su cuello y a apoyar el pulgar sobre la glotis, hasta que se relajó y me abrazó con un gemido.

─ Si quieres lo hacemos, pero voy a pensar que eres Pablo...

─ ¡Piensa lo que quieras...!

Delicia gritó cuando la penetré. Su vulva se estrechó mientras bramaba y se retorcía.

─ ¡Mátame! ─ pedía con voz ronca ─ ¡Mátame. Pablo...!

Terminamos rápidamente y a la vez.

─ Quiero que las reveles ahora

Entré al laboratorio y trabajé con rapidez. Ya en el negativo pude apreciar el éxito y después de revisar las copias, Delicia, me besó en la boca y volvimos a follar. Esta vez La arrojé sobre el piso, la puse boca abajo, tomé una crema lubricante, unté su ano y la penetré. Se quejó y crispó las manos hasta quedar inerte, como si hubiera muerto. Eyaculé otra vez.

Después montamos las fotos. El acierto no fue sólo con la luz. En todas ellas se veía con nitidez el cuerpo de Delicia y el mío aparecía de espaldas o de perfil, pero el rostro de mi amiga, su expresión de miedo y de dolor, eran perfectos.

Preparamos dos series con el mismo argumento. Sugerí que podría ser monótono.

─ Te aseguro que soy especialista en fantasías sexuales, y cuanto más se repitan los temas y más simple sea el mensaje, más efectivas serán.

─ Desconocía esa especialidad.

─ Lo estudié bastante. El Marqués de Sade, utiliza imágenes simples, groseras, y las repite hasta el cansancio. Por eso son efectivas.

Terminamos los montajes a la madrugada. Las últimas fotos reproducían la misma escena, de espaldas, levantaba sobre mi cabeza el cuerpo desnudo y sin fuerzas de Delicia , como ofreciéndolo a alguna divinidad invisible .

Ordenamos las series en un par de álbumes que embalamos dentro de una caja con otras pertenencias dirigidas a Pablo.

─ Carola ha logrado que no revisen las cosas que le envío, pero hay que tomar precauciones

Al terminar, Delicia se quitó la robe y se restregó contra mí.

─ ¿Me matarás, Pablo? ¿Me matarás…?

Follamos por tercera vez y quedamos abrazados Estaba por dormir, cuando ella se incorporó mirándome con rabia. Tomó su robe y se la puso en un súbito acceso de pudor

─ Patricio, esto no tiene que repetirse. Fue agradable, no te lo niego, pero pienso que eres Pablo y no me parece honesto. Además, es una cochina traición a Rodrigo.

No contesté. Me sentía confuso y cansado. Quería ir a mi casa, pero a la vez deseaba que aquello no terminara.

─ Me gustaría un poco de tiempo para pensarlo.

─ No hay nada que pensar, Patricio ─ No hay nada que discutir. Lo que pasó hoy fue un íntimo favor de amigos. A ti también te gustó y de no ser así, al menos te ayudó a descargar tensiones. No hay otra cosa. Dentro de diez días tendremos la temporada de Marbella. Hasta tanto, conviene que dejemos de vernos. Sería bueno que arreglemos horarios diferentes para visitar a Rodrigo.

─...y no sabré qué pasó con las fotos.

─ Voy a llamar por teléfono y a explicarte lo que ocurra, pero nada más.

Abrió la puerta invitándome a salir y apenas respondió a mi saludo de despedida.




























4

En los días que siguieron, Delicia procuró no encontrarse conmigo en la clínica y las pocas veces que nos cruzamos, apenas me saludó. Cumplió su promesa y llamó al regresar de la visita a Pablo.

Su actitud no me preocupaba demasiado. Luego de intensos momentos de entusiasmo o pasión, mi amiga solía adoptar una conducta opuesta como aquella, para luego regresar a su impulso inicial.

─ Hoy llevé la caja, pero no pude verlo. Los guardias se la harán llegar.

─ ¿Por qué no lo viste?

─ No sé. Lo tienen castigado.

El tono era cortante. Me despedí y colgué sin seguir preguntando.

Rodrigo tuvo una recuperación inesperada, salió de la sala de Terapia, le quitaron el suero y pudo alimentarse con normalidad. También recobró su ánimo y una tendencia al humor macabro que le era propia.

Una mañana encontré a Delicia en la clínica. Llevaba un vestido fucsia sin sostén, que la hacía más encantadora. Pidió hablar conmigo y fuimos al café.

─ Entre nosotros todo debe parecer normal. La recuperación de Rodrigo depende del afecto que sienta a su alrededor, de modo que nos esforzaremos en ser espontáneos el uno con el otro.

─ Hay en tus palabras una contradicción que no es digna de tu inteligencia. Nadie puede esforzarse en ser espontáneo; simplemente se es o no se es...

─ Tú sabes lo que quiero decir. Evitemos gestos, miradas, palabras que lo puedan turbar.

Dio por terminada la charla y se marchó sin despedirse. Por un leve temblor en las manos y el rojo de sus mejillas, supe que estaba ansiosa de repetir las sesiones de fotos y quizá nuestro encuentro sexual.

Tres días más tarde dieron el alta a Rodrigo. El médico habló conmigo.

─ Sé que usted lo cuida con esmero y que me va a llamar ante cualquier crisis que se produzca. Por eso le permito retirarse. Es preferible que el señor Cormurgo esté junto a la gente que ama, aunque deba asumir los riesgos.

El médico era un futbolista conocido, y a pesar de su tono cordial, no podía evitar un ademán de asco al estrechar mi mano o acercarse. Machista, despreciaba a los afeminados, aunque por razones profesionales le convenía mantener buenas relaciones con maricas y prostitutas.

Rodrigo no estaba en condiciones de salir de la clínica. Caminaba con dificultad y aún tenía picos de fiebre. Además no podía cumplir la principal prescripción, evitar las drogas. Delicia se presentó puntualmente para acompañarnos en el viaje a casa. Llevaba un top con motivos de flores, sin sostén, que dejaba ver su ombligo y una minifalda muy corta. El cabello suelto caía sobre los hombros con un descuido encantador. Se mantuvo indiferente hacia mí; además de la ropa provocativa, usaba un enloquecedor perfume a pachulí.

─ En dos días vamos a organizar una fiesta íntima celebrando tu regreso ─ Rodrigo la miró con expresión ausente ─ va a ser una fiesta en toda la regla y nos vamos a divertir muchísimo…

─ ¿Vino a verme Pavlova o llamó preguntando por mí? ─ interrumpió de pronto. Los dos callamos ─ Comprendo que no haya venido. Tarde o temprano, todos discriminan a los sidosos.

─ Sabes que con nosotros puedes contar. Debes ser querido e importante para alguien y lo eres para nosotros ─ aseguró Delicia.

Rodrigo levantó la cabeza y la miró con incredulidad.

─ ¿Quieres que te demuestre que no es así?

Ella acarició su cabeza.

─ No debes demostrar nada...

─ Recién hablabas de hacer una fiesta, una comida para celebrar mi llegada.

─ Por supuesto...

─ Acepto el ofrecimiento, y voy a demostrarles que antes de terminar esa comida ustedes me habrán discriminado.

En ese momento, el taxi se detuvo en nuestro departamento y no tuvimos tiempo de contestar.



En un comercio de productos pornográficos conseguí prótesis desechables que imitaban a la perfección un par de senos. Tengo un torso delgado y los rasgos de mi cara son muy finos, de modo que desnudo, a media luz y con los senos artificiales, parecía una mujer. Depilé cuidadosamente todo mi cuerpo y un buen maquillaje hizo el resto. La primera noche de la llegada de Rodrigo, vestí ropas sugestivas y desfilé para él. Me observó sentado en su sillón. Estaba pálido y traspiraba. Varias veces interrumpí la exhibición y le ofrecí descansar, pero se negó.

─ ¡Haz lo que te mando, idiota! ─ gritó la última vez que se lo sugerí y en pocos segundos cayó dormido sobre la mesa. Lo observé como si lo hiciera por primera vez. Era delgado, lampiño. Las cejas estaban muy juntas, rematando la frente pequeña y la nariz parecía de juguete. Un bigote muy fino le daba un aire de inesperada masculinidad. Debía llevarlo a la cama, pero me fascinaba verlo tendido sobre un costado, apoyada la cabeza sobre su brazo. La frazada que lo abrigaba había caído y sólo vestía un slip.

Intenté despertarlo, pero no pude. Al comprobar que dormía profundamente, lo arrojé de bruces sobre la alfombra, me quité mis prótesis y se las puse en el pecho; también coloqué mi peluca sobre su cabeza.

Bajé el slip, abrí sus nalgas, utilicé aceite de oliva como lubricante y lo penetré con un preservativo doble. Se quejó en sueños. Totalmente relajado, el recto recibió mi miembro y acaricié los senos sintéticos hasta eyacular.

Permanecí acostado sobre él unos instantes, disfrutando del júbilo. Me sentía un animal depredador, un extraño buitre violando a su víctima antes de devorarla. Cargué el cuerpo, lo acosté sin quitarle la prótesis ni la peluca y lo miré dormir. Era la primera vez en meses que tenía con Rodrigo un orgasmo tan intenso.

Fui al laboratorio y repasé otra vez la colección de fotos. Desplegué las ampliaciones donde aparecía el cuerpo desnudo y quieto de Delicia, admirando su belleza.

Al otro día me levanté para preparar el desayuno y al rato apareció Rodrigo trayendo en sus manos la peluca y la prótesis.

─ ¿Por qué dormía con esto? ─ preguntó con una mezcla de asombro y reproche.

─ ¿No te acuerdas, querida? Anoche te disfrazaste de mujer y desfilaste para mí...

Como respuesta, Rodrigo arrojó los objetos sobre la mesa y derramó el jugo de naranja que estaba sirviendo.

─ ¡No seas mentirosa! Puedo ser sidosa, pero no estúpida. ¡Eras tú el que llevaba esta porquería! ¡Eras tú el que desfilaba para mí...!

Lo interrumpió un ataque de tos. Busqué rápidamente el nebulizador y se lo apliqué. Sus ojos brillaron con furia y trató de hablar entre jadeos.

─ No seas tonta... ─ dije ─ es que estabas muy apetecible mientras dormías...

─ ¡Y metiste tu polla hasta los huevos! ¡Ahora tengo irritado mi culito...!

Sollozó y agitó la cabeza. Yo traté de hacerlo callar con la máscara del nebulizador mientras trataba de razonar con él. Si no se tranquilizaba y comía, quizá lo hospitalizaran otra vez. Le coloqué un calmante y cuando dormitó en el sofá, marqué el número de Delicia.

─ ¿Petunia? ─ pregunté al escuchar su voz.

─ Patricio, sabes que puedo matar cuando me llaman por mi segundo nombre.

─ Querida, te llamo por Rodrigo

─ ¿Qué le pasa? ¿Tuvo una recaída?

─ Se encuentra bien. Anoche tuve con él una relación mientras dormía profundamente y no le gustó nada. Tú eres la responsable, la que me acostumbró...

─ Ahora vas a decir que yo te corrompo...

─ No. Simplemente aprendo de ti cosas nuevas. El problema es que Rodrigo no las acepta. Te llamaba para programar la cena celebrando su recuperación. ¿Tienes algo pensado?

─ Rodrigo debería estar bien para poder disfrutar, pero tampoco podemos esperar mucho.

Quedamos ese miércoles a la noche. Esperé que despertara y se lo dije mientras preparaba café con leche. Tomó la noticia con alegría y su humor cambió. Me alegró que quisiera preparar el postre.

─ Tengo una receta única para rellenar el bizcochuelo.

─ Así me gusta oírte ─ acaricié su cabeza ─ A ver si podemos crear el clima de los primeros días de nuestra relación, en Marbella.

Me pidió que volviera a disfrazarme de mujer para salir. Elegí una peluca negra, pinté mis labios y las uñas de manos y pies Seleccioné mis prótesis más elegantes y elegí el vestido azul y ajustado que guardaba para ocasiones especiales. Calcé zapatos de tacón alto. Años atrás, había aprendido a caminar con ellos.

Salimos cerca de las ocho. Tomado del brazo de Rodrigo, sentí que habían regresado los viejos tiempos. Fuimos a una discoteca donde amigos comunes nos recibieron con alegría. Él bebió con moderación y volvimos a casa temprano. Esa noche pidió chupar mi miembro sin quitarme el vestido. Lo dejé y nos masturbamos mutuamente.

─ Vas recuperando fuerzas cada día. Mañana o pasado podremos hacer una orgía privada

─ Lo único que espero es el día de la cena con Delicia. Entonces, con un bombillo en el culo, voy a decir cosas muy importantes

La mañana del miércoles, Rodrigo se levantó antes que yo y al despertar encontré una nota: Estoy en la cocina preparando una sorpresa. Te pido que me dejes sola todo el día, ya que el postre requiere concentración. Besos. Rodrigo.

Salí a comprar rollos, un fotómetro y algunas lámparas de flash. Almorcé en un restaurante y fui al cine gay donde vi un par de películas. Cuando regresé al atardecer, encontré a Rodrigo sonriente.

─ Patricio, el postre será una verdadera sorpresa.

Se quitó el delantal sucio de harina y cantó alegremente mientras se bañaba. Todavía faltaba para la hora de la cena y decidí buscar a Delicia. A través del comunicador, escuché su voz turbada. Me recibió con una bata rosa, larga hasta los pies. Recién había lavado sus cabellos y estaban envueltos en una toalla.

─ Quédate tranquila, querida. No te voy a follar; Simplemente trato de cumplir con lo que exigiste, que sigamos siendo amigos para una mejor atención de Rodrigo. Si no estamos un rato solos, si no tratamos de recuperar la relación de antes, no la podremos trasmitir cuando nos vea.

Asintió con la cabeza y se apartó. Entré y me senté en el sillón de siempre.

─ Puedes quitarte la bata y quedarte en ropa interior como acostumbras cuando estás conmigo. Sé que lo nuestro no puede ser y te veo como a una hermana.


─ ¿Y cómo voy a saber que no me estás deseando?

─ Mira, querida, al ser tú una perfecta histérica, es ideal que alguien te quiera follar y se tenga que tragar las ganas mientras te ve pasar una y otra vez desnudita frente a sus narices.

Esto la hizo reír, se quitó la bata y se movió frente a mí con la soltura de siempre, aunque mi sentimiento ya no era el de antes.

─ Quiero que me expliques qué pasó con Pablo No lo pudiste ver...

─ No lo pude ver, pero sé que le llegaron las fotos.

─ ¿Cómo sabes?

─ Hace dos días, mi amiga Carola, su abogada, me dijo algo lo había puesto como loco y quiso violar a otro detenido. Lo golpeó hasta enviarlo al hospital.

─...y tú piensas que eso se relaciona con las fotos.

─ ¿Qué otra cosa puede ser? La solución sería tomar una nueva serie, pero ahora tiene prohibidas las visitas. El Juez de turno abrirá otro proceso.

─ Podríamos hacer otra sesión. Tengo ideas nuevas al respecto

─ ¡Patricio! ─ interrumpió Delicia cubriéndose los senos con los brazos. ─ ¡Me niego por completo a acceder a tus peticiones! Tú sabes cómo termina todo.

─ En caso de que lo hagamos, por mi parte me quedaría muy cachondo, pero si tú sabes contenerte, el beneficio sería para Rodrigo, ya que me desquitaría con él.

─ ¿Y cuáles son esas ideas?

─ ¡Romper las paredes del estudio! Conozco una playa privada que en esta época del año podemos alquilar por poco dinero. Allí aprovecharía los matices de luz natural, y encontraría nuevas formas de mostrarte desnuda y muerta, utilizando efectos especiales como cuchillos falsos, sangre artificial... el argumento sería que soy tu marido, tú me traicionas y te mato de un modo feroz, erótico y...

─ ¡Basta Patricio! Esto va por mal camino.

Noté sus mejillas rojas, y antes que volviera a tapar sus senos, pude ver los pezones erectos.

El resto de la tarde nos limitamos a fijar las fechas de trabajo para la próxima temporada y nos despedimos con un beso en la boca, como antes.

A mi regreso, Rodrigo estaba radiante.

─ ¡Todo bien! ¡Todo perfecto! ─ anunció besándome con entusiasmo ─ ¡El postre, una preciosura!

─ ¿Puedo verlo?

Me condujo a la nevera y la abrió exhibiendo una torta enorme, cubierta de crema.

─ La rellené con gelatina de fresa. Se van a relamer... ─ Levantó un pitillo de plata, con cabeza redonda y grande ─ Esto es para meter en mi culo cuando comamos y de ese modo pueda pronunciar mi solemne discurso ante la discriminación que voy a sufrir.

─ ¿Otra vez con esa idea? ¿Quién te va a discriminar?

─ Tú y Delicia. Cuando terminemos de comer me van a discriminar.

Me acerqué a él, lo acaricié y lo besé.

─ Sabes que te queremos mucho. Sabes que Delicia y yo somos tu familia. ¿Cómo podremos rechazar a alguien de la propia familia?

Rodrigo sonrió, me miró fijamente unos instantes, y cambió de tema.




































5



Para la cena, Rodrigo pidió que me disfrazara de Marlene Dietrich. Asentí encantado. Adoraba a la protagonista de El Ángel Azul y mi nariz y mi frente eran iguales a los suyos. Depilé mis cejas con facilidad, pero a los labios tuve que delinearlos con pincel para lograr una expresión exacta a la de la divina Marlene. Busqué una boquilla exótica y elegí una peluca rubia con ondas en el cabello. Me costó decidirlo, pero opté por un vestido rojo cubierto de lentejuelas. A Rodrigo le gustó mi atuendo, y su única objeción fue la boquilla. Discutimos si debía ser de nácar o de baquelita, y finalmente concluimos que la diva habría usado la de nácar.

Delicia llegó temprano, vistiendo blusa de guipur negra con pasamanerías, falda laminada en dorado, ajustada y corta. Calzaba un par de sandalias de cuero que mostraban completamente sus pies .

Bebimos un par de Martinis y a la hora fijada apareció Rodrigo, con un esmoquin azul, camisa marrón y un par de tenis blancos.

─ ¡Ta-tán! ─ exclamó dando una vuelta frente a nosotros para que lo admiremos. Delicia aplaudió y yo la imité. Luego nos dio la espalda y agachándose recogió la cola del esmoquin. Con ambas manos abrió el pantalón que tenía un tajo en la tela. No llevaba calzoncillo y mostró las nalgas, separándolas con sus dedos para exhibir el ano. Lo sostuvo con la mano izquierda y con la derecha tomó el pitillo, insertándolo muy lentamente en el orificio.

─ Los dos son amigos íntimos. Los dos saben que hablo incoherencias si no tengo algo metido en el culo.

Me preocupó ver sus pupilas dilatadas y sus brazos cuidadosamente cubiertos, quizá para ocultar marcas de agujas.

La entrada fue una deliciosa copa de langostinos. De pronto, Rodrigo golpeó tres veces una botella con el tenedor.

─ ¡El pitillo en el culo me inspira! ¿Saben en qué se parece un sidoso a un pollo recién horneado?

─ En que los dos están cocinados ─ dije al azar. Rodrigo negó con la cabeza.

─ En que los dos están amarillos ─ intervino Delicia, riendo de su propia ocurrencia. Rodrigo también negó y nos dimos por vencidos.

─ Que tanto el pollo al espiedo como el sidoso, mueren pinchados.

Todos reímos, pero Rodrigo lanzó carcajadas y lloró apretando su vientre. Se atragantó con un langostino y Delicia y yo tuvimos que golpear con fuerza su espalda para que lo arrojara.

Cuando se recuperó, fue a buscar el plato central, pollo asado con salsa de crema y ajo. Lo sirvió parsimoniosamente y empezamos a comer. Al rato volvió a golpear la botella.

─ Queridos amigos. El pitillo que tengo en el culo vuelve a hablar por mi boca ¿por qué el pitillo? porque los sidosos tomamos esa forma, cabezas redondas, cuerpos delgados y es así como vagamos por el mundo. Quiero hablar sobre las etapas de la enfermedad... No, no piensen que voy a referirme a esas tonterías que nos enseñaron en la fundación. Revelaré las verdaderas etapas, las que sufro desde el principio y de las que ustedes, mis queridos amigos, mi única familia, han sido testigos. La primera fue la desesperación. Patéticamente preguntaba, ¿Por qué a mí? ¿Por qué a los 28 años? Entonces tuve mi intento de suicidio. Luego de eso y con ayuda de la querida Delicia, pasé a la segunda etapa, la de la culpa tratando de ser una chica buena para curarme de todo , aún de las cosas en que no debía o no podía solucionar...

─ ¿Por ejemplo? ─ interrumpió Delicia

─ Las drogas, mi querida. Heroína, cocaína y toda sustancia que se presente. ¿Quién puede afirmar que deba dejar de consumir? Nadie. Hacerlo es un rasgo mi personalidad...

─ No te vayas del tema ─ intervine ─ Dices que pasaste a una segunda etapa, la de la culpa ¿y cuál sería la tercera?

Rodrigo no contestó enseguida. Me miró fijamente y levantó la pata de pollo que sostenía en su mano hasta llevarla encima de su cabeza.

─ La tercera etapa es este muslo de pollo.

En uno de los lados tenía un mordisco visible.

─ ¿Qué acabo de hacer con la pata de pollo?

─ Devorarla, como una glotona ─ contesté

─ Es en esto, en una pata de pollo mordida en lo que nos convertimos los sidosos en la tercera etapa. El pitillo desde mi sagrado culo sigue explicando. Primero viene la desesperación, después la abstinencia en que una piensa que haciéndose monja el SIDA va a pasar... y por supuesto, no pasa. Entonces una mañana, al despertar, llega la iluminación. Los cielos se abren y vemos la epifanía Una voz en tu interior te dice la verdad. Una voz que repite la frase: El SIDA te convierte en un ser elegido.

Delicia y yo nos miramos.

─ Todavía no entendemos. Explícate mejor.

─ El mundo se derrumba y necesita víctimas. Es entonces cuando llegamos los sidosos. Nos sacrificamos para que el cosmos continúe. La enfermedad nos llega porque nuestra sensibilidad es mayor que la de los demás y debemos redimir al planeta...

Rodrigo se interrumpió para terminar de arrancar con sus dientes la carne de la pata de pollo. Delicia y yo habíamos dejado de comer y lo mirábamos atentos.

─ Se preguntarán cómo pensamos redimir al mundo. Somos sensibles, buenos, considerados y por eso sufrimos el SIDA. Dicen los Evangelios apócrifos que en la última cena los discípulos comieron el cuerpo de Jesús. Si a nosotros nos devoraran públicamente todo podría cambiar. Imagino una enorme plaza en la que nos ensarten como lo hicieron con este pollo, mientras la gente espera que le sirvan un pedazo. Ya los escucho: ¡Una patita de Clemente...! ¡Una pechuguita de Pavlova!.. Un bracito de Jacqueline...! ─ Rodrigo nombró a amigos y conocidos que tenían SIDA ─ Y cuando la multitud nos haya comido, sonreirán beatíficamente, ya que habrán incorporado a sí mismos el alma y el cuerpo de seres puros.

Delicia me miró interrogante.

─ Es interesante lo que propones ─ comentó ─ ¿Ya lo hablaste con tu psicóloga?

─ Hace tres meses que no veo a mi psicóloga

Mordí mis labios de Marlene Dietrich. Recién me enteraba de aquello. Al ver que Delicia y yo no comíamos, Rodrigo levantó rápidamente los platos.

─ Estoy ansiosa por que prueben el postre. Quiero saber qué opinan sobre la exquisitez preparada con mis propias manos...

Cambió de cubiertos, puso la Marcha Nupcial y trajo la torta caminando con gestos solemnes. Encima de la crema blanca había una muñequita vestida de novia. Por un pliegue del traje, a la altura de sus nalgas, asomaba un palillo simulando un sorbete.

─ Ahora, desde mi sagrado culo, el pitillo les dice que disfruten, que agudicen sus paladares con el sacro manjar aquí presente...

Cortó la torta y empezamos a comer. La cubierta estaba deliciosa. Rodrigo nos miró sonriente. Al llegar al relleno, por debajo de la esencia de frutilla y el azúcar impalpable, sentí un extraño gusto salado. Miré a Delicia que seguía masticando sin sospechar nada. Rodrigo había dejado de comer y sonreía, esperando mi pregunta.

─ ¿Qué le pusiste al relleno?

Antes de responder, hizo sonar otras tres veces la cuchara contra el cuello de una botella.

─ Patricio, querida, acertaste en la pregunta. Siempre dije que eras una filósofa oculta, ya que la función de los grandes pensadores no es resolver problemas sino plantearlos. El pitillo que tengo en el culo les va a revelar el secreto de la torta. El mismo se remonta a la última crisis que tuvimos, durante la cual llegué a masturbarme hasta cinco veces por día.

─ ¡Pobrecita! ─ interrumpió Delicia con la boca llena del relleno rojo.

─ Eso no es nada. ¿Qué hacía yo con mi semen? ¿Lo botaba al sanitario? ¿Lo recogía en toallitas desechables y lo arrojaba a la basura? ¡Nada de eso! Lo guardaba en frasquitos sellados que acumulaba en un rincón de la nevera. Ahora los he mezclado con esencia de fresa, azúcar, unos chorritos de mi sangre y se los he servido a mis amigos más queridos, los privilegiados. Tendrán la oportunidad de comer a un sidoso, a alguien de la raza elegida...

Al escuchar esto, Delicia se incorporó y miró a Rodrigo con incredulidad. Tuvo una arcada, se llevó la mano al estómago, caminó hacia el baño, pero no pudo contenerse y vomitó sobre el linóleo. Se sentó en el suelo, sosteniendo la cabeza con las manos. Sentí que mi estómago se revolvía.

─ Rodrigo, tú estás loca ─ traté de mantener la calma, sin alterar mi tono de voz. Más allá, Delicia volvió a vomitar ruidosamente

─ ¿Cómo puedes hacernos esto? ─ pregunté mientras tragaba saliva. Sin responder, Rodrigo me miró sonriendo, masticando su trozo de pastel y llenándose la boca con su sangre y su semen.

─ ¿Qué pasa? ¿Es que rechazan la pureza? ¿Es que rechazan mi cuerpo y mi sangre? No es mucho lo que voy a vivir, así que tendrían que masticarme como si fuera la Ultima Cena; al menos, como si comulgaran en la iglesia. Nadie se imagina a María Magdalena vomitando el pan y el vino ofrecido por Jesús.

Delicia lloraba en silencio. Quizá la compasión y el cariño que sentí por ella en ese momento, fueran el disparador de lo que ocurriría luego. Me controlé pensando que aquel Rodrigo de ojos brillantes y pupilas dilatadas era un enfermo.

─ ¿Cómo nos hiciste esto? Tú sigues cursos de prevención. Eres cuidadoso en evitar el contagio...

─ ¿Es que acaso no están dispuestos a compartir conmigo la Enfermedad del Final del Siglo?

─ ¡Claro que no!

─ ¡Entonces me rechazan! ¡No soy más que una pobre chica discriminada por quienes se llaman mis mejores amigos, mi familia...!

─ ¡Y qué quieres, estúpido! exclamó Delicia levantando la cabeza ─ ¡Nos das a comer tus asquerosidades y pretendes que te levantemos un monumento!

Tomó un tenedor y se lo arrojó sin dar en el blanco.

─ ¡Rechazado y muerto! ¡Rechazado y muerto...! ─ Repitiendo esto y gesticulando, Rodrigo entró a su habitación y cerró con un portazo.

Me acerqué a Delicia que había vuelto a llorar. La abracé.

─ Está enfermo, drogado. No sabe lo que dice.

Ella me miró con ojos implorantes y tomándome ambas mejillas me dio un beso en la boca.

─ ¡Ya veo cómo se unen para relegarme y agredirme...!

Rodrigo había vuelto a abrir la puerta y nos miraba.

─ ¡La estoy consolando por lo que acabas de hacer...! ─ Alcancé a gritar antes que cerrara con un golpe. El espejo en la puerta reflejó mis labios de Marlene Dietrich con la pintura corrida.

Llevé a Delicia a la cocina y preparé té. Lo bebió en silencio mientras yo me quitaba la peluca y limpiaba el maquillaje.

─ ¿Te das cuenta de todo lo que sufro? ─ pregunté con tono dramático

Ella dejó la taza y acarició mi cara. Estaba pálida y hermosa.

─ Quiero que hagamos la sesión de fotos en la playa como me sugeriste hoy.

La acompañé hasta afuera

─ ¿No vas a pedirme que siga con Rodrigo? ¿No vas a aconsejarme que salve la relación...?

Me interrumpió con otro beso en la boca.

─ No me importa si Rodrigo nos ve. Mañana voy a estar ocupada, pero luego, todo el tiempo será nuestro ─ antes de irse pasó el dorso de su mano por mi ingle.





































6
Esa noche y al día siguiente sólo me levanté de la cama para ir al baño y comer algo.
A diferencia de otras veces, no lamenté lo terrible de los días por venir en medio de una efusión autocompasiva. Un optimismo al que no justificaba, me hacía ver el futuro como algo bueno y luminoso.

En la cocina, Rodrigo había recogido los restos de torta y lavado la vajilla. Desde su cuarto llegaban los compases de Para Elisa y un sahumerio llenaba el ambiente con olor a sándalo. Eran señales de arrepentimiento. Siguiendo los códigos, yo debía golpear en su habitación, preguntarle cómo estaba y a partir de allí reanudar todo. Un impulso de disgusto y cansancio hizo que regresara a mi dormitorio.

Pasé el resto del día fantaseando sobre una vida sin Rodrigo. Podría comunicarme con sus parientes, exigirles que se ocupen de él y trasladarme a un apartamento más pequeño.

Esa noche, cerca de las diez, me levanté para comer, cuando escuché que llamaban a la puerta. Estuve a punto de atender, pero dejé que lo hiciera Rodrigo. En un estrecho pasillo que comunicaba mi dormitorio con la cocina, podía escuchar lo que ocurría en la sala. A la segunda vez que sonó el timbre, Rodrigo abrió y escuché la voz excitada de Pavlova.

─ Estoy muy deprimida; hoy no te puedo atender. Te pido que te vayas, Pav.

─ ¡Dónde está el loco!

Tardé unos segundos en advertir que el loco era yo.

─ Patricio también está deprimido por algo muy feo que le hice y quiero portarme bien. Por favor, Pav, no insistas.

─ Cruno se sacrificó para darme blanca de la buena. Es la que usa Palomo que cumplió cinco años con SIDA. Se la aplica y no le pasa nada. Es más, parece que le hace bien.

─ No insistas, Pav.

En puntas de pie, miré por las ranuras del respiradero. A pocos metros vi a Pavlova con el pelo cortado a lo Punk y el rostro pálido. Abría y cerraba el ojo izquierdo, mirando a Rodrigo con expresión desencajada. De pronto tomó su mano.

─ Te doy una dosis si me la chupas. Va a ser como siempre, te va a gustar...

Rodrigo contestó algo en un susurro y alcancé a ver que sollozaba. Pavlova levantó su brazo. Por un momento pensé que acariciaba su cabeza, pero lo había tomado de los cabellos mientras que con la otra mano le tapaba la boca. Forcejearon, hasta que con un aullido de triunfo, Pavlova se separó sosteniendo un mechón con su trozo de piel. Rodrigo gritó mientras la sangre cubría su cara, ensuciaba sus ropas y llegaba al piso.

─ ¡Ahora mírame bien, hijo de puta!...

Estaban junto a la rejilla y por un momento pude ver la cara deforme de Pavlova, los labios torcidos y los ojos muy abiertos. Corrí hacia la entrada a la sala donde una cortina de abalorios evitaría que pudieran verme. Rodrigo seguía llorando y gimiendo. Arremangado, Pavlova inyectaba en su brazo una dosis de heroína.

─ ¡Esto era para ti! ¡Desgraciado! ¡Enfermo! ¡Marica! ¡No sirves para nada...!

Rodrigo intentaba explicar algo con voz aguda, pero no se entendían sus palabras. Era de suponer que aquellos gritos me habían despertado por más profundo que fuera mi sueño. Irrumpí en la sala.

─ ¿Qué está pasando?

Pavlova se abalanzó sobre mí y su trompada me hizo ver relámpagos azules.

─ ¡Cornudo! ¡Cornudo y apaleado! ¡No eres otra cosa!

Caí sobre los sillones del comedor y lo escuché salir dando un portazo. Me levanté aturdido, con un fuerte dolor en mi maxilar y en mis muelas. Sentí consuelo al pensar que aquello era un paso acelerado hacia el fin. Rodrigo lloraba a los gritos y me acerqué a él. Con un pañuelo intenté enjugar la sangre de su cabeza.

─ ¡Rechacé la droga que me ofrecía y me negué a follar con él!

Miré a la mesa y advertí que, en medio de su furia, Pavlova había olvidado una bolsita con cocaína. La tomé y la guardé en el bolsillo sin que Rodrigo me viera. Pensé que quizá fuera el momento de irme, pero no lo podía dejar herido y llorando. Lo abracé.

─ No te preocupes. Nos queremos y eso es lo más importante...

─ Hay algo que quiero preguntarte ─ Rodrigo se sonó la nariz ─ La otra noche me pareció que tú y Delicia se estaban besando..

─ Así fue

─ ¿Y cómo debo tomarlo?

No contesté enseguida. Busqué desinfectante y vendas para emplastar la herida. Me senté en una silla junto a él y lo acomodé en mis rodillas

─ ¿Cómo quieres tomar el beso entre Delicia y yo?

─ No sé. Tú me dirás.

Era la oportunidad de cambiar todo, de cerrar aquel círculo. Mi voz tembló de júbilo

─ Delicia y yo somos amantes.

─ ¿Cómo...? ─ Rodrigo se incorporó ─ ¿Estás loco?

Negué con la cabeza.

─ Hace diez días, cuando estabas en la clínica, follé con Delicia. Fue magnífico, mejor que cualquiera de nuestras relaciones.

─ ¡Y eres tan cínico que me lo confiesas...! ¡No te creo! Te estás vengando de lo que pasó la otra noche, y de algún modo tienes razón. ¡No te creo en absoluto!.

─ Entonces, acompáñame al laboratorio.

Rodrigo me siguió temblando Abrí las gavetas donde guardaba el álbum de secuencias en el que aparecía desnudo encima de Delicia mientras le apretaba el cuello. Sus ojos se abrieron a medida que pasaba las fotografías.

─ ¡Me engañaron! ¡Me engañaron! ─ tomó el álbum y lo arrojó a un costado ─ ¡Claro! ¡Una pobre enferma!

Saboreaba el júbilo como a una suave descarga de electricidad. Rodrigo se incorporó sin dejar de mirarme con ojos trágicos y se encerró en el baño. Eso también era parte del código. Luego de cinco minutos, yo debía golpear preguntando si estaba bien. Al no recibir respuesta, le pediría que no hiciera locuras. Mis golpes debían ser cada vez más fuertes hasta amenazar con romper la puerta. Finalmente tomaría otra llave y encontraría a Rodrigo con las venas cortadas. En la clínica lo atenderían sin preguntas, teniendo en cuenta que el pago de la atención iba a ser al contado, además de las escandalosas propinas que recibirían las enfermeras.

Esta vez traje una silla y me senté frente a la puerta. Pasaron los cinco minutos y miré con atención el extraño dibujo que producían las luces al mezclarse con el vapor. A los diez minutos escuché ruido de agua. Nunca había tardado tanto en socorrerlo.

─ ¡Patricio! ¿Estás ahí? ─ preguntó a los quince minutos. Seguí sin contestar y volví a escuchar ruido de agua.

─ Patricio, el agua de la bañera se está llenando de sangre y no puedo detener la hemorragia... me tienes que hacer un torniquete.

Los minutos pasaron y con una tranquilidad que me asombraba, encendí un cigarrillo.

─ ¡Patricio! ¿Es que no te importa? ¿Qué piensas hacer?

Tampoco contesté; por primera vez la voz de Rodrigo pidiendo ayuda me llenaba de alegría.

─ ¡Esta vez voy a morir en serio...!

Acompañando estas palabras, el agua espumosa y rojiza se filtró por debajo de la puerta. En un rincón de la cocina guardaba una llave maestra con la que abrí la puerta del baño. La bañera parecía rebalsar de sangre. Rodrigo estaba desnudo, con los brazos abiertos y las clásicas heridas en las muñecas. No podía sostener la cabeza y sus ojos estaban vidriosos. El sexo colgaba entre sus piernas como una pequeña ubre y su cuerpo lampiño era el de un andrógino.

Recordé el libro Confesiones de una máscara de Yukio Mishima. El autor confiesa que su despertar sexual fue al ver la imagen de San Sebastián con las flechas clavadas en el tórax, y la mirada hacia arriba en un éxtasis celeste. Ahora Rodrigo yacía dentro de la tina con los brazos abiertos. Los ojos en blanco miraban al techo trasuntando muerte. Quizá fuera mi propio despertar sexual.

Lo saqué de la bañera y lo acosté boca abajo en el piso del baño, de goma roja y acanalada Me quité la bata.

─ No te preocupes Todo va a salir bien.

─ Apúrate... llama a la clínica por favor ─ pidió con voz débil.

Limpié lo que pude de la sangre y me acosté sobre él, procurando que mi miembro estuviera a la altura de sus nalgas.

─ ¿Qué estás por hacer...? ─ intentó separarse, pero no tuvo fuerzas ─ Patricio, por favor. Esto es serio. Voy a morir.

Era un andrógino a mi merced. Imaginé que yo era el primer hombre en su vida y que me ofrecía sus primicias suaves y tersas. La tibieza de la carne. La fuerza de la vida unos momentos antes de la muerte. Al penetrarlo sentí en mi miembro la textura húmeda y resbaladiza de la sangre y el agua. La muerte era una línea luminosa estallando en un punto del que no había regreso.

─ ¡...a la clínica! ¡Llévame a la clínica! ─ alcanzó a decir en medio de un estertor. ─ ¡No vas a follarme ahora!

─ Al morirte tu fuerza pasará a mi cuerpo y podré utilizar tu nombre para tener poder en este mundo ─ dije en su oído con un susurro jubiloso.

─ ¡Patricio! ¡Estás loco...!

Gimió cuando atravesé el esfínter. Sus manos se crisparon y aflojaron clavando sus uñas en el piso de goma. Disfrutaba y la agonía se mezclaba con el placer.

En el momento de los estertores eyaculé largamente, como si me precipitara desde una cima y abriera mis brazos al abismo azul. Fue una explosión ardiente y dolorosa en la que rompí todas las vallas Mi último espasmo coincidió con su muerte.

Quedé jadeando encima de su cuerpo y unos segundos después el pánico llegó como una ola negra. No lo había matado, pero no había evitado su muerte y podrían condenarme por eso.

Me incorporé y el miedo cedió al ver su cadáver. Pálido, yacente, como Cristo al ser bajado de la cruz. Tenía los labios entreabiertos y sus ojos estaban entornados. Examiné la punta de su pene, pero no pude precisar si había eyaculado.

Con los brazos abiertos y la huella de sangre que dejaban sus arterias rotas, era la imagen del despojo, del desamparo. Busqué la cámara y tomé fotos. Distintos ángulos, procurando reproducir el Cristo de Dalí. Encontré un globo terráqueo y lo acomodé bajo juegos de luces, para que a sus pies pareciera que se abrían el cielo y las aguas.

Después me ocupé de borrar las evidencias y lo primero que hice fue limpiar con un trozo de papel un goterón de semen que asomaba entre sus nalgas.

Lo llevé hasta la bañera cuidando que quedara boca arriba, con los brazos abiertos. Limpié el resto del baño, botando los trapos manchados con sangre. Estaba terminando, cuando escuché que abrían la puerta con violencia. Caminé a la sala y encontré a Pavlova. Se abalanzó sobre mí, me tomó del cuello y gritó junto a mi cara.

─ ¡Quiero lo mío! ─ la mitad izquierda de su rostro temblaba con violencia. ─ ¡Quiero lo mío! ¡Hoy dejé una bolsa con blanca de la buena! ¡La quiero ya...!

Me había levantado en vilo y hablaba junto a mi nariz. Olí su aliento a acetona.

─ ¡La quiero!

Me arrojó hacia la puerta y debí sostenerme del picaporte para no caer. Traté de responder con tono tranquilizador.

─ Nadie discute que sea tuya; la vas a tener enseguida...

Ya junto a la salida del apartamento, saqué del bolsillo la bolsita con droga y la arrojé sobre la mesa. Al ver que Pavlova se abalanzaba con un rugido, salí rápidamente y cerré con llave desde afuera. Unos segundos después escuché sus golpes y sus gritos. Ordenaba que abriera. Me tranquilizó recordar que la puerta era blindada y no la podría romper.






























Segunda parte


7
─ Monseñor, usted y yo coincidimos en mantener el orden establecido, en fomentar el desarrollo de las instituciones y en castigar a quienes, con propósitos inconfesables insisten en derribarlo. Entonces, también coincidirá conmigo en que no hay valores, que se han ido. No importa dónde, lo cierto es que nos reunimos en el andén para decirles adiós con un pañuelo.

La fiesta había sido un éxito. Había cientos de invitados y todos los representantes de la prensa local y extranjera. Yo debía estar con ellos, pero me fascinaba la discusión entre el Ministro del Interior y el Obispo

─ Las familias educan un niño con valores pero cuando llega a la adolescencia descubre que lo han estafado, que no se encuentran o son obstáculos para la vida y entonces da rienda suelta a sus instintos. A veces para bien, a veces para mal… no me diga nada, monseñor, es así. No todo en esta situación es malo. Por razones económicas o demográficas, a veces el gobierno decide matar algunos miles de personas, y este devalúo de la vida humana, nos favorece cuando deben actuar los tecnócratas.
El Ministro tenía sesenta años. Calvo, delgado y elegante, al hablar se acercaba demasiado a la cara del obispo. El religioso, vestido con su hábito, se limitaba a mirarlo fijamente. Sólo movía la mano para secarse del rostro las gotas de saliva que llegaban de su boca.
─ Drogas, sexo y todo tipo de muertes son bienvenidas en mi ministerio, señor obispo. Habrá visto esas mujeres que manifiestan reclamando ser víctimas de un asesino que está en la cárcel. Yo las felicito. De poder hacerlo, les diría pasen chicas, pongan sus cuellos en las manos de este loco. Un país cuya población disminuye, se puede gobernar mejor, y la muerte es el mejor instrumento que disponemos. Ya decía Malthus: El hambre mata al hambre. Debiera alegrarse, señor Obispo… Brinde conmigo por la sociedad del absurdo.
El mozo me avisó por segunda vez que los periodistas requerían mi presencia. Les mandé a decir que esperen. Hacerse desear era el distintivo de estar en la cima.
El obispo replicó con voz atiplada.
─ Creo que usted como funcionario del gobierno debiera cuidar antes que nada el bienestar de la población, señor ministro. Es cierto que las personas se matan entre ellas porque son conducidas por las mentiras y se drogan para escapar equivocadamente de un infierno. Usted, ministro suena como un nihilista y recuerde la frase de Turguenev, Un Nihilista es una persona que no se somete ante ninguna autoridad, es aquella que no acepta ningún principio basado en la fe, por más que este sea venerado. Sé que su cargo lo lleva a presenciar cosas que son desalentadoras, pero le pido que reflexione. Si faltan esos valores básicos, falta la vida.

─ Claro que falta la vida, monseñor, estamos de acuerdo. Usted ha leído a Nietzche. Él dice que Dios ha muerto y que a partir de entonces, todo está permitido. Eso es lo que vemos, muertes absurdas, cosas que nunca antes habían ocurrido. Le repito, hay casos en que las propias víctimas son cómplices de los asesinos.

El sacerdote iba a contestar, pero el ministro se dirigió a mí, interrumpiendo la discusión.

─ Supongo que no se ofenderá si le pido a la novia unos momentos.

Asentí con una sonrisa. El funcionario se acercó a Delicia que estaba supervisando los canapés, la tomó de la mano y la llevó al fondo de la casa quinta. Desde lejos vi como hablaba con mi esposa, sosteniendo sus manos, sonriendo y mirándola a los ojos.
Delicia estaba hermosa. Llevaba un vestido beige de brocado, con detalles de brodery rojo. El peinado simple, inocente y candoroso, aumentaba su belleza. Asentía, visiblemente incómoda, mientras el Ministro hablaba cada vez más cerca de su rostro. A ella también le caería la lluvia de saliva. Finalmente pudo deshacerse del político y se dirigió a mí.

─ Antes de ir a casa pasaremos por el cementerio ─ dijo tomándome del brazo.
Ya era de madrugada y nos despedimos de los padres de Delicia y de los invitados. Conduje el Toyota que había reemplazado al Renault y nos dirigimos al cementerio privado donde estaba la tumba de Rodrigo. Los bordes de la lápida en forma de volutas, asomaban de la tierra.

Mientras Delicia arreglaba las flores, recordé aquella noche. Desde la casa de los vecinos, llamé a la policía. Pavlova tenía un pedido de captura por tráfico de drogas y lo detuvieron enseguida. Yo quedé libre en unas horas, luego de declarar. La muerte de Rodrigo fue considerada suicidio y no hubo detectives brillantes que establecieran incongruencias en mis afirmaciones. Tampoco se presentaron parientes desconsolados para exigir una autopsia del cadáver o nuevas investigaciones.

Aseguré que en la mañana había salido sin saber que Rodrigo estaba en la casa y que al volver encontré la puerta cerrada y Pavlova en el interior. Nadie preguntó cómo había hecho el traficante para cerrar herméticamente sin disponer de otra llave. Lo condenaron desde el principio y el proceso fue sólo una formalidad. Los mismos maleantes con los que traficaba estaban cansados de su conducta y habían retirado su protección.

Jueces, fiscales, comisarios, todos consideraban lo ocurrido como cosas de drogadictos y maricas. Me salvaba disponer de un trabajo estable, ser reconocido como un excelente profesional y más que nada el testimonio favorable de Delicia Petunia Kolonsky, la hija de un reconocido empresario y político de prestigio nacional. Nuestro compromiso se anunció una semana después de la muerte de Rodrigo.

─ Quiero que repitas lo que acordamos ─ la voz de Delicia me sacó de mis pensamientos.

─ ¿Qué dices?

─ Que repitas ahora los puntos del convenio.

─ Te dije que estaba de acuerdo.

─ No basta con eso. Hoy es el día de nuestra boda y estamos frente a la tumba de Rodrigo. No importa lo que haya hecho. Fue nuestro amigo más querido. Reiterar nuestras promesas en su presencia, garantizará que las cumplamos

Delicia levantó su pequeño pulgar para enumerarlos. Suspiré con resignación.

─ Primero, no dejaremos de enviar fotografías a Pablo.

Levantó su dedo índice.

─ Segundo: cuando estemos haciendo el amor te vas a imaginar que soy Pablo y que está a punto de matarte

Levantó su dedo mayor.

─ Tercero: si alguna vez Pablo llegara a aparecer, yo me retiro y te quedas con él.

Este último punto era inverosímil, ya que la Cámara Penal había dictado prisión perpetua sobre el necrófilo por la cantidad de crímenes y la crueldad con que los había cometido.

Delicia y yo habíamos preparado cinco pequeños álbumes de fotografías, tres de ellos fuera del estudio, en la playa, el bosque y la montaña. En cada secuencia habíamos agregado detalles que la mejoraban, como la explicación de la historia y de cada una de las fotos en una coqueta y delicada impresión pegada en la parte interior de las tapas.

Conseguí sangre artificial y vísceras de plástico para simular el destripamiento de Delicia y disfraces para mí. Tomé un par de cursos de especialización en el arte del disfraz y compré máscaras, prótesis y elementos sofisticados a fin de personificar a hombres diferentes.

Los argumentos eran cada vez más sórdidos. Había uno de ellos que considerábamos el mejor, en él contábamos en fotos la historia de un asalto a un matrimonio, un hombre mayor y una mujer joven. Al entrar, el atracador amarraba al hombre a una silla y lo obligaba a presenciar la violación de su esposa, la que descubría placer en la relación con el maleante y hacía con él cosas que había negado al marido, como pedir que la sodomizara. Gozaba tanto que perdía el control y se corría ostensiblemente varias veces. Al irse el ladrón, el marido furioso, mataba a la mujer mientras la penetraba.

Sentía placer al repasar esa secuencia y comprobar la perfección de mis disfraces. Durante las tomas, Delicia se excitó de tal modo que tuvo varios orgasmos no fingidos y la cámara registró sus expresiones.

Cumpliendo con el segundo punto del convenio, cuando hacíamos el amor, Delicia imaginaba estar con Pablo. Siguiendo la costumbre de mi convivencia con Rodrigo, yo solía disfrazarme de mujer y aprovechaba el parecido con mi esposa (ambos teníamos el cabello castaño, los ojos verdes, el mismo grosor de labios y la forma de la cara) Con el maquillaje y el artificio del disfraz, parecía su gemela. Era una fuente de placer imaginarme muerto en los brazos del necrófilo con el cuerpo de mi esposa.

Esa fantasía creció y se convirtió en el motor de mi sexualidad. En los momentos de descanso, cerraba los ojos, imaginaba ser Delicia, y competía con ella en recibir las atenciones y la violencia de Pablo Zoilo Cardón. Entonces la buscaba y teníamos una fogosa relación.

Como regalo de boda, mis suegros nos obsequiaron una casa de dos plantas con jardín y piscina en un barrio residencial de las afueras. El día de nuestra boda, después del juramento frente a la tumba de Rodrigo, nos trasladamos allí. Uno de los cuartos de la planta alta sería usado como laboratorio y quedaban vacías dos piezas de servicio con las correspondientes cocinas y baños. Con Delicia habíamos acordado no tener servidumbre, para evitar problemas con las sesiones de fotos.

Al instalarnos en la casa, mi esposa me mostró con gestos solemnes un bolso rojo lleno de frascos muy pequeños con forma de biberón y otros tantos muñecos de plástico.

─ Hay trescientos sesenta y cinco botellas y muñecos ─ explicó mientras metía uno de ellos por la boca del envase de vidrio ─ Cada día del año en que seamos felices, guardaré un andrógino en la botella.

Examiné el juguete y advertí que tenía un falo erecto, casi tan grande como su cuerpo. Se prolongaba en un par de testículos debajo de los cuales se abría una vulva. En el pecho, sobresalían un par de senos prominentes.

Dos días después de llegar a la casa, Delicia se comunicó con su amiga, la abogada de Pablo y cuando colgó me besó con más pasión que otras veces.

─ Carola me consiguió otro permiso para entrevistarlo. Me esperan en el penal mañana a las ocho.

Hasta el momento habíamos podido enviar los cinco álbumes de fotos, asegurándonos que los recibiera como paquetes confidenciales. Luego de cada remesa, esperábamos conductas extrañas de Pablo que tomaran estado público, pero el silencio había sido total.
Con aquel permiso podría entrevistarlo y evaluar sus reacciones al recibir las fotos.

Nos levantamos muy temprano, la ayudé a maquillarse y a elegir un vestido. Nos decidimos por uno de voile con galones azules. La peiné cuidadosamente, sintiéndome tan excitado como ella.

La despedí y tres horas más tarde volvió con aspecto abatido.

─ No me quiso recibir ─ dijo apenas me vio en la puerta

─ ¿Cómo dices? ¿Estás segura?

─ El guardia, el oficial, todos fueron muy amables y me pidieron disculpas explicándome que el detenido no quería atenderme, sin dar ninguna razón...

Se echó a llorar y yo la consolé abrazándola y acariciando su cabeza. Cuando se tranquilizó analizamos qué razones podría tener Pablo para negarse a verla. De haberse convertido a alguna religión que incluyera abstinencia sexual, nos hubiéramos enterado.

─ Él sabe que tu presencia puede excitarlo hasta perder el control. Debe temer un nuevo escándalo que lo comprometa aún más ─ reflexioné.

Ese razonamiento serenó un poco a Delicia y al día siguiente montamos otra secuencia de fotografías. Hacia el fin de aquella semana se la enviamos por medio de Carola, la abogada quien afirmó haberle entregado el paquete en sus propias manos.

Fuimos de luna de miel al Caribe. En el viaje tuve la idea de disfrazarme de Pablo. Delicia casi enloquece de alegría. Al regresar, y sin deshacer el equipaje, inicié los preparativos para una secuencia de fotos en la que yo debía actuar de necrófilo, pero descubrimos que no sabíamos cual era su apariencia. El tema parecía sencillo, pero se complicó hasta ser la única discusión importante en nuestro matrimonio.

Recordé que cuando ella fue por primera vez a la cárcel, lo describió como alto, con el cabello largo y los ojos penetrantes. Ahora, al preguntarle, agregaba que era muy joven, casi un chico, pero, al revisar los recortes guardados y clasificados, descubrí dos fotos totalmente distintas. Una tenía como epígrafe: Un retrato del terrible asesino y aparecía la mitad del cuerpo de un hombre de cincuenta años, calvo, con el labio inferior levemente caído. En otro periódico de fecha próxima, bajo el epígrafe Aspecto del horrible necrófilo Pablo Zoilo Cardón, mostraban la fotografía de un sujeto de treinta años, con cabellos cortos y un par de gruesos anteojos

Aquella tarde, Delicia estaba recostada y leyendo. Llegué hasta ella y le arrojé furioso los recortes.

─ ¡No puede ser que los dos estemos pendientes del mismo hombre y no sepamos qué aspecto tiene! ¡Eres una indolente, una despreocupada! Tu descripción cuando lo conociste en la cárcel no tiene nada que ver con estas fotos. ¿Es que existe realmente este personaje al que tanto admiramos? ¡No lo han filmado, no lo han fotografiado, no fue reporteado en televisión! ¡En consecuencia no es real...!

Me detuve al verla llorar.

─ A mí me lo presentaron y lo vi como te dije...

Terminamos la discusión estableciendo que la verdadera imagen de Pablo era la que tenía Delicia. Dibujamos bocetos, improvisé un disfraz y elaboramos una secuencia de fotos en las que un presunto asesino entraba por la ventana, violaba a Delicia y la mataba en el momento del orgasmo. Mi esposa permaneció pensativa y su actuación no fue tan intensa como otras veces.

─ No saber cómo es Pablo me preocupa. Reconozco que la primera vez que fui estaba muy excitada. Podría ser como en cualquiera de estas fotos o diferente.

El problema la turbaba hasta hacerle perder el apetito y el entusiasmo. A fin de sacarla de aquel estado, perfeccioné mi disfraz de ella misma. Conseguí prótesis que se correspondían con las medidas exactas de sus glúteos, pechos y cintura, logrando un cuerpo idéntico al suyo. Podía usar su ropa con modificaciones muy pequeñas, y en cuanto a sus rasgos, diseñé mascarillas de goma de las que usan los actores profesionales. Compré prótesis muy pequeñas que subían o bajaban en milímetros partes del rostro, como los arcos de las cejas y el mentón. Encontré una peluca con el mismo volumen que el cabello de Delicia y finalmente conseguí una colección de zapatos exactamente iguales, sólo que dos medidas más grandes.

En cuanto a la voz, acudí a una reeducadora de las cuerdas vocales, explicando que quería lograr registros femeninos para trabajar en una obra de teatro. Luego de muchos esfuerzos, logré un timbre casi idéntico al de Delicia, sólo que un poco más grave. Mi teoría era que imitando sus formas, nadie escucharía la voz.

A mi esposa la divertían mis intentos de imitarla. Me ayudaba a maquillarme, arreglaba mi ropa, hasta que un día decidí salir a la calle imitando su forma de caminar y sus gestos. Los hombres me miraban y a veces me seguían como a una mujer hermosa.

Otro día caminamos por el centro de la ciudad vestidos con prendas idénticas, Delicia compró un perfume y lo olvidó deliberadamente. Enseguida entré yo en el comercio y la empleada me lo dio sin dudar que se tratara de la misma persona. Salí triunfante con el perfume y caminé hacia Delicia que me esperaba en la esquina. La gente se detuvo a mirar aquellas dos mujeres idénticas, abrazadas y riendo en mitad de la acera.
































8
En esa época el prestigio profesional de Delicia como modelo había aumentado y noche por medio debía asistir a agasajos y reuniones de prensa. Una tarde ella había salido y golpearon a la puerta. Al atender, encontré a una mujer alta, bien formada, vestida con una falda con flecos, chaqueta de cuero y una banda de tela en la cabeza, a la moda de los años sesenta. Era muy delgada y tenía la mirada triste. En sus brazos llevaba un bebé dormido.

─ Soy Claudia, la hermana de Delicia ─ Le ofrecí pasar y le serví café y torta.

─ Hace dos días que me separé de mi esposo ─ explicó mientras comía ansiosamente y daba el pecho a su niña ─ No tengo dinero ni sitio dónde quedarme y vine a pedir ayuda a Delicia.

Cuando mi esposa volvió, reconoció a su hermana y ambas se abrazaron.

─ Puedes quedarte el tiempo que quieras ─ ofreció Delicia ─ En la planta alta hay una habitación con baño; ésta es tu casa desde hoy.

Después se volvió hacia mí y me miró fijamente.

─ Quiero estar con mi hermana y no voy a ir a la cena de esta noche ─ dijo desafiante mientras abrazaba a Claudia.

No contesté. Las fiestas y agasajos oprimían a Delicia, ya que en público era tímida y le costaba hablar con fluidez. Podía expresar lo que fuera con su cuerpo y de ser necesario se exhibiría desnuda en cualquier circunstancia, pero era un esfuerzo unir dos ideas, convertirlas en palabras y exponerlas ante una audiencia.

Aquella noche, el Ministro del Interior había organizado una cena en su honor. A la misma concurrirían políticos, empresarios y más que nada productores de espectáculos. Era una reunión que nos había llevado semanas de preparativos y sería decisiva para nuestra carrera.

Mientras Claudia y la niña se instalaban en las habitaciones de servicio en la planta alta, llamé aparte a Delicia y traté de convencerla, pero siguió firme en su decisión.

─ Es mi hermana. No sólo necesita que la ayude con la vivienda y el alimento. La primera noche que viene a mi hogar, no puedo dejarla sola.

Dicho esto, subió con Claudia y la ayudó a instalarse. De pronto tuve una idea súbita. y la llamé al laboratorio.

─ Voy a ir yo a la cena.

─ Pero me invitaron a mí. Recomendaron que fuera mi imagen la que...

Se interrumpió cuando vio que tomaba la peluca que usaba para disfrazarme.

─ ¿Te animas a hacerlo?

─ ¿Cómo piensas que va a resultar? ─ Pregunté a mi vez. Antes de responder, reflexionó unos segundos.

─ Va a ser un éxito ─ dijo por fin.

─ Quédate con tu hermana; ella te necesita.

El resto del día estuve ensayando gestos, posturas, giros. Depilé mi cuerpo centímetro a centímetro, y en las primeras horas de la noche era la réplica exacta de mi esposa. Elegí un vestido de brocado negro con encaje, guantes de raso y zapatos abiertos de charol. Al salir, Claudia bajaba la escalera.

─ Delicia, ¿te vas?

─ Es por trabajo, querida - contesté sonriendo ─ Vuelvo enseguida.

Después Delicia río de su desconcierto cuando la vio llegar por otra puerta, vestida con jeans y zapatillas.

Pedí una limousine y llegué a la fiesta. La cena era en un club social y exclusivo. Sentí júbilo al pensar que las luces y el ambiente estaban preparados para mí.

El Ministro del Interior me besó en la mejilla, muy cerca de mi boca. Estaba radiante, ya que Delicia había llegado sola, sin su esposo. Me senté junto a él en el lugar de honor y hablé sobre todos los temas, luciendo encantadora. Al sentir que seducía al funcionario, mi miembro creció, pero el slip especial que llevaba bajo la trusa, evitaba que se viera el bulto.

─ Querida Delicia ─ dijo el Ministro a los postres tomándome la mano y mirándome con sus ojos vidriosos ─ A pesar de mi cargo soy un hombre sensible, preocupado por el bienestar del prójimo y créame que le serviré en lo que me pida. Este humilde lacayo se pone a sus pies.

Después de la cena bailamos y las parejas se formaron de acuerdo con un estricto protocolo. Me correspondió un futbolista atlético, de cabellos largos y rizados. Sentí alegría, ya que desde mi relación con Rodrigo no bailaba con un hombre. Se sorprendió al oírme hablar con total conocimiento de equipos, jugadores, copas y campeonatos. Tomó con fuerza mi cintura y apretándome contra él susurró cosas en mi oído. . En la tercera pieza suspiré y apoyé mi cabeza contra su pecho, pero la esposa, al advertir el juego de seducción, lo hizo llamar y nos separamos.

Regresé a casa de madrugada y subí a la planta alta. Delicia dormía en la cama pequeña abrazada a su hermana. Bajé a mi habitación y me masturbé imaginando a mi lado al futbolista desnudo.

En los días que siguieron, a pesar de nuestro fracaso por encontrar una imagen auténtica de Pablo, seguimos con los montajes fotográficos. En algunas exposiciones donde Delicia debía aparecer casi desnuda, la reemplacé colocándome en sus mismas posturas. El resultado fue excelente, ya que al examinar las copias con una lupa, no encontré diferencias.

Una tarde decidimos probar mi disfraz con Claudia. Vestir su ropa de diario era más difícil que presentarme en una reunión social. El maquillaje debía ser muy suave o no estar, y mis gestos y actitudes debían imitar los ademanes habituales de Delicia.

Después de prepararme un par de horas, me vestí con una blusa anudada a la cintura, un Jean viejo y roto en las rodillas y un pañuelo sosteniendo el cabello de la peluca. Fui hasta la pieza de Claudia, la saludé con naturalidad y le ofrecí preparar té.

Estaba informado de su historia y de las confidencias que le había hecho a mi esposa, como para no asombrarme ante nada que pudiera decirme. Cuando mi cuñada se casó, sus padres la echaron de la casa y le negaron todo tipo de ayuda. Su marido consumía drogas y ella debió trabajar durante dos años para mantenerlo. En el embarazo de Regina, su hija, el esposo trajo a su amante y exigió que vivieran los tres. Al nacer la niña, Claudia decidió separarse.

Mientras bebíamos té y conversábamos, la miré atentamente tratando de notar en ella algún gesto de asombro, pero no descubrí nada.

─ Quisiera que me cuentes algo de tu vida sexual con Patricio ─ pidió de pronto

─ ¿Qué quieres que te cuente?

─ ¿Eres feliz?

─ Claro que lo soy. Tenemos nuestros códigos que podrían parecerte extraños, pero nos llevamos bien... Me parece que hay algo que quieres comentar.

─ ¿Él no te pega?

─ Claro que no. Nunca me ha levantado una mano.

─ Cuídate, porque en el corazón de ese hombre anida mucha violencia.

Traté de convencerla de su equivocación, conversamos un largo rato y la despedí con un beso antes de volver al dormitorio sin que tuviera la menor sospecha del disfraz.

Aquel juego hizo que recrudeciera mi deseo de seguir con los montajes fotográficos y los envíos de los álbumes al penal. En cuanto a Delicia, también participaba con entusiasmo, pero había cambiado desde la llegada de su hermana. A veces en medio de un orgasmo pronunciaba mi nombre y no el de Pablo. Una noche desperté a la madrugada. Sentada en la cama, me miraba fijamente.

─ Este mes no me cuidé. Es posible que quede embarazada. ¿Qué piensas de eso?

Tardé unos segundos en contestar.

─ Deseas que Pablo te asesine y quedas embarazada. No lo entiendo.

─ Una vez me explicaste que era lo contrario. Que satisfacer a alguien permitiendo que me mate era una forma de canalizar el instinto maternal o algo así...

─ Algo así...

─ Fue la llegada de Claudia y su hija. No sé. Me dieron ganas de ser madre. Es como si dejáramos pasar otra vida que se nos escapa al pensar todo el día en la muerte

─ ¿Y qué hacemos con Pablo?

─ Ayer me habló la abogada. Consiguió otro permiso para que lo visite el próximo viernes.

Encendí la luz y esta vez yo la miré fijo.

─ ¿Qué piensas hacer?

─ En este momento no quiero ir.

─ ¿Te parece que vaya yo en tu lugar?

Mi pregunta pesó en el aire















































9
Preparamos un par de montajes donde se repetía una vez más la muerte de Delicia con gran efusión de una sangre artificial que acababa de conseguir. Pensar que en las próximas horas le entregaría esas fotos a Pablo, me acercaba al delirio.

A las diez debía estar en el Penal donde se alojaba el necrófilo, pero desde las seis preparé mi disfraz. La noche anterior había cubierto mi rostro con crema hidratante para lograr una adaptación exacta de la mascarilla. Traté con cremas suavizantes mis manos, piernas y pies y luego de colocarme las prótesis, elegí un vestido de satén blanco con detalles rojos, medias de seda negra y un par de zapatos al tono. La chaqueta liviana, de un inocente gris, compensaba la sensualidad del satén.

Mi esposa me deseó suerte por décima vez, y partí al penal ubicado en las afueras de la ciudad. Tuve que dejar el coche en la entrada y caminar cerca de medio kilómetro. Un par de patrulleros pasaron junto a mí y sentí en mi cuerpo las miradas de los policías.

Durante el camino, hice ejercicios para relajarme y al llegar mostré en la recepción el documento de Delicia con el permiso firmado por el Juez autorizando la visita al detenido. Luego de unos momentos, un policía me pidió que lo siga y atravesamos varios pasillos vigilados electrónicamente. En un segundo control, volví a presentar los documentos. El trato familiar del guardia, un hombre joven, me hizo pensar que el disfraz daba resultado.

─ Vi su foto en la tapa de una revista, señorita. No quiero ser impertinente, pero ¿por qué una mujer de su clase viene a visitar a un interno como nuestro querido Pablo?

Sonreí al hombre mientras simulaba arreglarme el pelo con un gesto propio de Delicia.

─ En mis momentos libres trabajo para la Iglesia y traigo asistencia espiritual a algunos detenidos.

Más adelante volvieron a pedirme el documento y al constatar mi identidad, pasé a un cuarto como el que había descrito Delicia. De las esquinas asomaban cuatro cámaras que filmaron cerca de una hora. Un policía entró sosteniendo un par de perros enormes que me olfatearon arrugando sus hocicos. De allí pasé a lo que parecía el centro del penal, una caseta custodiada por hombres armados. Desde ese lugar se iniciaban cinco pasillos enrejados y todo estaba controlado por ordenadores. .

─ Siéntese en este pupitre ─ el policía señaló un banco estrecho en medio de uno de los pasillos ─ Traeremos al interno en cinco minutos.

Sentí pánico. En el fondo había esperado una nueva negativa de Pablo a entrevistarse con su ferviente admiradora.

─ ¿Está seguro que quiere recibirme?

─ Tiene pocas visitas y es natural que las aproveche.

Me quité la chaqueta y antes de sentarme, acomodé el vestido. Desde la caseta los policías me miraban. A los cinco minutos lo trajeron. A simple vista me pareció esposado, ya que llevaba una mano al costado y la otra detrás, pero luego supe que los detenidos debían caminar así.

Quedamos solos y se sentó frente a mí en otro pupitre. No respondía a ninguna de las imágenes que teníamos de él. Aparentaba treinta años y llevaba el cabello muy corto, como los demás detenidos. Era robusto, con mofletes hinchados y curvaba con desprecio los gruesos labios. Me miró fijamente con ojos pequeños, grises y brillantes. Yo no sabía por dónde empezar.

─ Por fin puedo verlo otra vez ─ dije en un susurro mientras pasaba mi lengua por los labios delineados con pincel. ─ Espero que haya recibido mis envíos...

─ ¡Yo creo que estás loca! ─ me interrumpió ─ ¿No se te ocurrió pensar que estoy encerrado sin poder hacer nada y recibiendo esas fotos?

Sentí Júbilo. Él mismo confesaba su excitación ante los montajes preparados durante esos meses.

─ Pienso en sus fantasías al recibirlasy eso me pone cachonda ─ afirmé con tono tranquilo.

Sus manos temblaron. Noté que estaba furioso.

─ ¿Sabes lo que voy a hacer cuando salga? te voy a follar por todas partes, te voy a matar y te voy a seguir follando muerta.

─ No me vas a encontrar...

─ Tengo mis medios para encontrarte, ¡puta!, ¡zorra!, ¡calienta pollas…!

Siguió con los insultos en voz baja, mientras yo abría la cartera de Delicia y buscaba una libreta en la que anoté nuestra dirección. Se la alcancé.

─ Aquí voy a estar. Puedes venir cuando quieras.

Pablo guardó el papel.

─ ¡Creo que estás loca! ─ repitió ─ Sé quién eres; te estás haciendo famosa y tu fotografía anda por todos lados. Si todo esto es un capricho, estás jugando con fuego Soy una caldera a punto de explotar y esas fotos son el combustible.

─ ¿Me puedes dar una foto tuya? ─ lo interrumpí sin dejar de mirarlo fijamente.

─ ¿Una foto? ¿Para qué?

─ Para que cuando esté sola pueda masturbarme mientras imagino la caldera

Pablo buscó en el bolsillo, mientras se inclinaba hacia delante y acariciaba mis muslos con la otra mano. Temblé al advertir que buscaba mi sexo. Descubriría mi miembro erecto bajo el slip que lo sostenía. Gemí al sentir aquellos dedos sobre mi pierna; al saber que con esas manos había cometido tantos crímenes. Pensé en Delicia, en su afán de que la mate y la comprendí profundamente.

Cuando los dedos de Pablo estaban cerca de mi ingle, escuché los pasos de un guardia. El necrófilo retiró rápidamente la mano.

─ ¿Quería un retrato, Delicia? ─ preguntó en voz alta con tono inesperadamente dulce ─ Aquí lo tiene...

Me alcanzó la credencial de un club con su foto a color. A pesar de su sonrisa, no podía controlar el temblor furioso de sus manos.

─ ¿Todo está en orden, señorita? ─ preguntó el guardia armado con un machete.

─ Como verá, el caballero me ofrece la credencial de un club deportivo al que pertenecía antes de ser internado en este establecimiento. Supongo que no tendrán problemas si me quedo con él.

─ Ningún problema. Tenga en cuenta que faltan pocos minutos para que termine la visita..

─ Está bien ─ siguió Pablo cuando quedamos solos ─ Por ahora llévate mi foto, pero no te asustes si en algún momento aparezco en persona.

─ ¿Y qué harías?

─ Ya lo dije, matarte.

─ ¿Y cómo me matarías?

─ ¡Eso es lo que quieres saber, puta! ¡Así te podrás masturbar entre sábanas de seda mientras yo tengo que hacerlo en la mierda de mi celda! Como anticipo te digo que podría desnucarte, cortarte el cuello, las tetas; meterte una cuchilla por el coño y sacártela por el ombligo...

Con cada descripción, Pablo levantaba la mano y señalaba en él la respectiva parte del cuerpo. Sentí un vértigo insoportable y me incorporé.

─ Creo que se acabó la visita ─ dije.

Le di un beso en la mejilla, cerca de la boca, apretando con disimulo mis pechos artificiales contra él.

A la salida, después de atravesar los túneles enrejados, pedí permiso para pasar al baño. Levanté el vestido, bajé la trusa, el slip especial y con las toallas de papel que guardaba en la cartera de Delicia, limpié el semen de las dos eyaculaciones que había tenido mientras hablaba con Pablo.

































10
Al contarle mi experiencia a Delicia y mostrarle el verdadero rostro de Pablo, su sexualidad recrudeció. Esa tarde, cuando estábamos solos y le narraba por quinta vez mi encuentro, me interrumpió pidiendo que le chupara el coño. Apenas mi lengua rozó el clítoris, se corrió varias veces conteniendo los gritos. Esa noche hicimos el amor hasta la madrugada, y despertamos al mediodía.

En los días siguientes hubo una gran afluencia de trabajo. La capacidad de Delicia era asombrosa y después de jornadas de hasta doce horas, nos dedicábamos a las sesiones de fotos para el necrófilo que terminaban en fogosas relaciones.

A pesar de la actividad, mi esposa buscaba tiempo para estar con Claudia que se había adaptado a nosotros. Sabía cantar y Delicia contrató un profesor que daba lecciones en el domicilio. Al trabajar escuchábamos en el otro cuarto hermosas canciones entonadas con su voz blanca, inocente, sonora. Regina en tanto seguía creciendo y Delicia pagaba el mejor pediatra de la ciudad.

Muchas noches, al terminar el trabajo, cenábamos en el comedor del primer piso. En verano, nos quedábamos hasta tarde en el parque, cerca de la piscina, donde leíamos, jugábamos a las cartas o simplemente escuchábamos la voz de Claudia.

Uno de los primeros días de febrero, desperté y no encontré a Delicia. Subí a la habitación de Claudia, quien estaba con el profesor de canto. La había escuchado irse temprano, pero no sabía dónde. Volvió al mediodía con una expresión de furia y desesperación.

─ ¡Estoy embarazada! ─ arrojó su cartera sobre la mesa del comedor y me alcanzó el resultado de los exámenes. ─ No te lo quise decir antes porque no estaba segura.

Me encogí de hombros.

─ Es natural, con todo lo que follamos y sin cuidarnos

─ Pero de acá a un mes voy a parecer una bola. Tendremos que dejar el trabajo.

Delicia tenía razón y me asombré de mi indiferencia. Le acaricié los cabellos.

─ No te preocupes. Ya se nos ocurrirá algo.

Con la noticia del embarazo, se desató su afán sexual y destructivo. Por primera vez desde que empezáramos con las sesiones de fotos, suplicó que la lastimara, golpeándola o hiriéndola. Al principio probé pequeños tajos en la espalda con una cortaplumas muy afilada. Ella gritó y me arañó en medio de múltiples orgasmos.

─ ¡Pablo! ─ murmuraba ─ ¡Mátame!; por favor, mátame.

No podía seguir torturándola en partes visibles del cuerpo, por lo que recurrí a sus intestinos. Probé con una sucesión de enemas que recibió gimiendo de deseo. Como no eran fuente de un sufrimiento importante, conseguí una rama nudosa y se la introduje por el ano. Delicia se corrió varias veces bramando de deseo mientras sacaba el tallo con sangre y trozos de su piel.

Me pedía que la humillara y la obligaba a caminar desnuda, apoyándose en manos y rodillas mientras la perseguía introduciéndole todo tipo de objetos punzantes y cortantes en el ano. Una noche me pidió que vomitara en la tierra del parque. Luego, arrodillada en el piso, lamió con fruición los restos de mi vómito.






Aquella tarde habíamos terminado temprano y nos sentamos en la sala a beber un aperitivo y mirar televisión. De pronto anunciaron que los presos del penal, luego de amotinarse habían tomando el ala de alta seguridad. Al escuchar la noticia, nos miramos con Delicia, pero no lo comentamos, ya que Claudia estaba presente. Ambos pensábamos lo mismo, era la caldera que explotaba. En la pantalla, los detenidos quemaban colchones y se asomaban al exterior gritando consignas. Al rato informaron que varios condenados altamente peligrosos se habían escapado aprovechando la confusión. Delicia no pudo evitar un grito de triunfo y Claudia la miró extrañada, pero no preguntó.

En mí la excitación se mezcló con el miedo. Habíamos acumulado mucha destrucción para salir ilesos.




Aquel sábado luego de terminar la sesión de fotografías eróticas, Delicia se acostó temprano. Yo miré televisión hasta tarde, y antes de ir al dormitorio, subí a la planta alta, comprobando que Claudia y la niña estaban dormidas.

Conciliaba el sueño, cuando escuché un golpe en el piso de arriba. Encendí la luz de la lámpara. Delicia, boca abajo, dormía profundamente. En el resto de la casa el silencio era total. Estaba por apagar, cuando escuché llorar a Regina y después de unos minutos, los gritos aumentaron. Al oír pasos pesados en la planta alta, me levanté, fui a la sala y encendí la luz. Las pisadas se detuvieron. Me asomé a la escalera.

─ ¿Claudia? ─ pregunté, pero sólo escuché el llanto de Regina. ─ ¡Claudia! ─ repetí. Nadie contestó y subí. En el cuarto de mi cuñada, la luz estaba encendida y el llanto de la niña no llegaba desde allí. Caminé sin hacer ruido y abrí la puerta. Claudia estaba desnuda sobre la cama con las piernas separadas. Vi su cuello abierto como una boca macabra. La sangre que había empapado la sábana, ya goteaba sobre el piso de madera.

Retrocedí hacia la escalera y en ese momento encendieron la luz del pasillo. A unos metros, cruzó una figura vestida de marrón, sosteniendo de los tobillos el cuerpo desnudo de Regina que no dejaba de llorar. En la otra mano llevaba una vela enorme.

Regresé con rapidez al dormitorio y traté de abrir el cajón de la mesa de luz donde guardaba un revólver. Tiré con fuerza, pero estaba trabado.

─ ¿Qué pasa...?

Delicia acababa de despertar.

─ Mataron a Claudia

─ ¿Cómo...? ¿Quién?

─ Yo, querida, ¿Es que no me conoces? ¿Acaso no me esperabas?

En la puerta, la luz del velador iluminó la figura de Pablo, vestido con una túnica marrón y calzado con sandalias. Con su mano derecha sostenía a Regina que no dejaba de llorar. Me aparté de la mesa de luz.

─ ¿No me reconoces, querida? ─ repitió ─ Hace mucho que esperaba este momento.

Delicia, sentada en la cama, lo miró con ojos desorbitados. Pablo arrojó el cirio a un costado y sin soltar a la niña levantó la túnica, enganchándola en un cordón oscuro que llevaba a modo de cinturón. Debajo estaba desnudo. Su miembro erecto era enorme.

─ Puedo asegurarles que la chica de arriba murió feliz.

Tomó a la niña, apoyó la pelvis en el miembro y con tres golpes lo introdujo en la pequeña vagina. Regina dejó de llorar, sus brazos se aflojaron y varios hilos de sangre cayeron de su vientre.

─ ¡Hijo de puta! ─ gritó Delicia con voz deformada ─ ¡Es a mí a la que tienes que matar! ¡Es a mí...!

Pablo quitó el cuerpito de Regina de su miembro y lo arrojó sobre un sillón blanco que rápidamente se tiñó de rojo. Se acercó a nosotros sin dejar de sonreír. Una vez más intenté inútilmente abrir el cajón.

─ Matarte a ti es demasiado fácil. Ya lo haré, no te preocupes, pero antes sufrirás un poco por las fotos que recibí estos meses.

Se acercó a mí. Con una de sus enormes manos me tomó del cuello

─ ¿Así que éste es tu marido? ─ Delicia no contestó. Arrodillada en la cama, temblaba mirando a Pablo. Nunca había visto esa expresión anhelante. El hombre me quitó el pantalón del pijama y me sentó en una silla Con el cordón que sujetaba su túnica, ató mis manos al respaldo.

─ Presta atención a lo que va a pasar... ─ me dijo. Se acercó a Delicia que retrocedió instintivamente hasta una esquina de la cama. Cuando la acarició, se fue relajando, hasta gemir. Mi miembro creció ostensiblemente.

─ ¡Mira, cornudo! ─ gritó Pablo ─ ¡Mira cómo le gusta! ¡Tú fuiste el que ayudó en todo! ¡El que tomó las fotos a esta puta...!

Arrojó a Delicia sobre la cama, abrió sus piernas y la penetró. Ella gritó, arqueó su cuerpo y clavó las uñas en la enorme espalda de Pablo.

─ ¡Mira, cornudo...! ─ se detuvo al ver mi miembro erecto.

─ ¿Qué te pasa? ─ preguntó Delicia desesperada ─ ¡Sigue! ¡Sigue!

─ ¡Estás cachondo! ─ exclamó Pablo mirándome ─ Te pone cachondo ver cómo me follo a tu esposa.

─ Soy bisexual ─ contesté

Pablo dejó a Delicia y se acercó a mí.

─ ¡Qué haces, hijo de puta! ─ gritó ella con la mirada extraviada y tomándolo de un brazo ─ ¡Sigue! ¡Mátame! ¡Es eso lo que quieres...!

La interrumpió con una trompada que la arrojó al otro lado de la cama.

─ ¡Nadie me dice lo que debo hacer! ¡Vine acá a matar a quien quiera y cuando quiera! . Ahora me gustan los maricas.

Se acercó a mí y luego de desatarme hizo que me arrodillara sobre la cama, de espaldas a él. Delicia, en un rincón, se masturbaba compulsivamente.

─ ¡Tienes que matarme a mí! ─ repetía ─ ¡Tienes que matarme a mí..,!

Pablo me penetró tomando mi pene y masturbándome. Sentí un dolor intenso cuando atravesó mi esfínter y no tardé en eyacular en su mano. Acercó el semen tibio a mi boca y lo chupé con ansias. El miembro siguió entrando y gemí entre el dolor y la plenitud, hasta que se corrió.

─ ¡Follé a cuatro, maté a dos y me corrí con uno! ─ gritó con tono triunfal escupiendo a un costado y acercándose otra vez a Delicia, quien había tomado el cuerpito de Regina y lo acunaba con ojos extraviados. Se lo quitó, la tomó del cuello y golpeó varias veces su cabeza contra la pared.

─ ¡Mato a quien quiero! ¡Follo a quien quiero!

Volvió a acariciar los pechos y la pelvis de Delicia quien gimió otra vez.

─ Consigue una soga ─ ordenó. Fui hasta el lavadero y volví con una cuerda plástica. Ató con ella a Delicia, sujetando fuertemente muñecas y tobillos a los extremos de la cama. Después hizo una seña para que lo siga.

─ Desnudo como estás. Vamos a la cocina y me preparas algo para comer.

Obedecí. Desde el dormitorio, Delicia seguía gritando.

─ ¡Mátame a mí! ¡A mí...!

En la cocina herví huevos y salchichas y se los serví con un poco de revuelto que había sobrado del mediodía. Mientras comía, Pablo me ordenó ponerme de espaldas a él y jugó con el cabo de un cuchillo al que metía y sacaba de mi ano.

─ Cuéntame algo que te haya excitado mucho ─ pidió de pronto.

Narré por primera vez lo que había pasado con Rodrigo. Pablo escuchó masticando lentamente. Me interrumpió cuando dije que había sentido a la muerte como un límite que debía atravesar.

─ ¡Ésa es la clave! El momento en que tienes al otro entre la vida y la muerte. Se está yendo, pero todavía puedes retenerlo. No se puede pasar el límite en cualquier momento; hay que saber cómo y cuándo.

─ Es verdad; pero, ¿cómo saberlo?

Pablo había terminado de comer y jugaba con uno de los frasquitos en los que Delicia había colocado al muñeco con los dos sexos.

─ Cuándo cruzar el límite lo decide uno ─ Pablo ensartó el frasco en un tenedor y lo calentó en el fuego de la hornilla ─ La muerte no es algo que ocurre de pronto, sino que se acumula hasta el momento en que estalla.

─ En el caso de Claudia y Regina no tuviste oportunidad de acumular mucho que digamos.

─ ¿Claudia y Regina?

─ Sí, la mujer y la niña que mataste hace un rato.

Pablo se encogió de hombros. Inclinándose, me abrió las nalgas.

─ Fueron el aperitivo. Lo que quería era llegar a ustedes

En ese momento metió en mi culo el frasco al rojo. Grité. Me tomó de los cabellos y acercó mi cara a la suya mientras seguía hundiendo el vidrio que mordía y devoraba mis intestinos

─ ¡No vine a ser maestro de nadie! ─ habló junto a mi boca ─ Vine a matar y a follar. Primero morirás tú y después ella. Antes y después de la muerte los voy a llenar de leche por todas partes...

Aullé mientras el frasco seguía llagando mi intestino y enloqueciéndome de dolor. Cuando lo retiró de pronto, me desmayé. Desperté sintiendo que me cacheteaba

─ ¡Vamos, mierda!

Me obligó a incorporarme y me hizo caminar otra vez hasta el dormitorio. Allí esperaba Delicia, amarrada a la cama.

─ ¡Es a mí a la que tienes que matar! ─ repitió una vez más.

─ Eso es lo que vengo a hacer, querida...

Pablo se quitó la túnica marrón. Su enorme miembro estaba erecto otra vez. Me sentó en la misma silla sin atarme, y pude tomar de la mesa de luz una crema anestésica y un hisopo. Al untar con ella el ano, el dolor disminuyó.

Pablo se arrojó sobre Delicia que lo recibió con un grito. Cuando la acarició, ella volvió a gemir y a arquear el cuerpo. Después la penetró, apretando la garganta con una de sus enormes manos. En el momento en que se retorcía en el orgasmo, presionó el pulgar. Ella intentó toser y se agitó hasta quedar inmóvil. Pablo retiró el miembro y se corrió encima de mi esposa, llenando su cara y su pecho de semen.

─ ¡La mataste! ─ exclamé. Delicia yacía con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás.

─...ahora te toca a ti.

─ ¿No era que primero me ibas a matar a mí?

En ese momento, Delicia tosió.

─ ¿Ves? Eso es lo que te decía recién: la llevé hasta el límite de la muerte; el punto en que todos somos hermanos, y ahí me corrí.

Delicia volvió a toser. Respiraba con dificultad.

─ Ahora voy arriba a disfrutar de mi obra. Ustedes van a quedar encerrados en este cuarto y más les vale que se porten bien.

Antes de salir se puso la túnica marrón, tomó de un pie el cuerpito de Regina, lo llevó consigo y salió trabando el cerrojo del lado de afuera. Escuché que levantaba una barrera con sillas y muebles para que no escapáramos.

Volví a ponerme anestesia en el ano. El ardor me mareaba, pero lentamente fue cediendo al contacto con la crema.

─ ¡Mátame a mí...! ─ volvió a murmurar Delicia. Medio desmayada, su cuerpo estaba más suave y apetecible que nunca. Por su impulsividad, a Pablo se le había escapado la puerta trampa en el techo de la habitación. Comunicaba al pasillo de la planta alta. Podía llegar allí y a través de una de las ventanas saltar a un árbol del parque. Me acerqué a la puerta y escuché las pisadas recorriendo la casa.

El sentido común me indicaba que debía irme cuanto antes, pero me atrajo la fragilidad de Delicia. Me acerqué a la cama y me acosté junto a ella.

─ ¿Qué pasa? ¿Estoy muerta?

─ No. Estás conmigo...

Lo que había dicho Pablo sobre el límite entre la vida y la muerte era cierto. No sólo lo había experimentado con Rodrigo, sino que había podido palpar el límite de Delicia. Al apoyar mi mano en su cuello sentía el botón caliente y luminoso. Deseaba apretarlo hasta hacerlo estallar.

─ ¿Por qué no quiere asesinarme? ─ preguntó debatiéndose y tratando de liberarse de las cuerdas. Me acosté junto a ella y hablé junto a su boca.

─ ¿Qué opinas si te mato yo?

Volvió su cabeza y me miró con desprecio.

─ ¡No serías capaz! ¡No puedes matar a nadie! Además acuérdate de nuestro convenio, cuando aparezca Pablo tienes que apartarte...

─ Él folló conmigo Ya soy parte en esto. No me puedo echar atrás. Además, debes convencerte que no te quiere matar. En cuanto a mí, si lo hice una y otra vez cuando posábamos, ¿por qué no puedo hacerlo en la realidad?

─ Lo quiero a él. ¡Desátame!

El tono de Delicia era cortante Por su mirada extraviada supe que estaba en shock . En vez de obedecer, la besé por todo el cuerpo.

─ ¡Déjame! ¡Hijo de puta...! ─ alarmado, ya que su voz podría alertar a Pablo, apreté su cuello obligándola a respirar por la boca y cuando la tuvo bien abierta metí en ella un pañuelo. Siguió debatiéndose y quejándose. Acaricié su clítoris

─ Escúchame, Delicia. Por algo Pablo te ató a ti y a mí me dejó suelto. Matarte es una responsabilidad moral. Yo sé dónde está exactamente tu muerte y puedo jugar con ella hasta que los dos nos volvamos locos de deseo. Estás embarazada y no sólo te mataré a ti sino al principio de vida que llevas dentro. La destrucción es más dulce cuando es total; eso también lo sabía Pablo, ya que hace un rato reventó a Regina...

Me aparté. Delicia lloraba y hubiera querido saber si era por la niña, por su hermana o por encontrarse a mi merced y saber que era yo y no el necrófilo quien la mataría. No me animé a quitar el pañuelo y pedirle que explicara su sentimiento.

La excité de todas las maneras posibles. Delicia negaba con la cabeza e intentaba hablar, pero su vagina estaba cada vez más caliente y húmeda. Apoyé mi miembro en su pubis y con mi mano derecha volví a buscar el botón ardiente en el centro de su cuello. Lo apreté y solté varias veces hasta que su cuerpo se relajó. Aunque se quejaba murmurando, supe que deseaba ser penetrada. Lo hice sin dejar de frotar el punto en el que se unían la vida y la muerte. De pronto le quité el pañuelo.

─ ¡Patricio! ─ exclamó con asombro y excitación ─ ¡Patricio...!

Nos encontramos en medio de un campo verde, lleno de sol. Corrimos desnudos y unidos por la relación más profunda, la del asesino y su víctima.

Retardé el orgasmo. Prolongué aquella sensación y al arrojar mi semen, apreté su cuello traspasando el límite. La vida de Delicia fue como una ventana iluminada que se angostara hasta desaparecer; como una nota bien modulada convertida en disonancia. Mi orgasmo fue un huracán lento y tibio que barrió todo. Los últimos chorros de semen cayeron en su vagina muerta.

Al terminar, sentí urgencia por escapar. La anestesia estaba dejando de hacer efecto y en mi intestino sentía las agujas agudas de las quemaduras. En la sala escuché los pasos de Pablo que subía lentamente los peldaños. Al salir por la puerta trampa podría descubrirme, pero me arriesgaría. De quedarme allí, moriría sin remedio.

Tomé una mesa y la apoyé sobre la cama dejando en el centro el cuerpo de Delicia. Me subí, pero desde esa altura no podía destrabar la trampa, trepar y llegar al pasillo. Miré alrededor: no había sillas que pudieran elevar el nivel de la mesa. Entonces desaté a Delicia, tomé su cadáver y lo apoyé de espaldas en la tabla. La miré por última vez, estaba hermosa con sus largos cabellos que llegaban hasta la cama. Despedía una sensación de paz que no conocía.

Con cuidado subí a su vientre: el grosor del cuerpo era la distancia que necesitaba. Abrí la trampa y me asomé al pasillo. Llegaban ruidos desde el cuarto de Claudia. Trepé, llegué al piso superior, y caminando descalzo sobre el piso de madera, me asomé por la puerta entreabierta. Vi la espalda desnuda de Pablo violando el cadáver degollado

Siempre en silencio, caminé hasta el final del pasillo. Llegué a la otra pieza de servicio, abrí los postigos, alcancé una rama gruesa del pino que crecía junto a la ventana y bajé por ella hasta el parque. Corrí las dos cuadras que me separaban de la casa más cercana y golpee desesperadamente la puerta.

─ ¡Ayúdenme, por favor! ─ pedí llorando al pensar en Delicia, en Claudia y en la niña ─ ¡Mataron a mi esposa y a toda mi familia...!









































11

Acaricié la cabeza de Pedro, el Ministro del Interior, que descansaba apoyado sobre mis senos. Ahora puedo hablar con propiedad de mis implantes de siliconas, reforzados por la aplicación de hormonas femeninas, que reproducen exactamente las medidas de Delicia. Esto por no mencionar la cuidadosa operación plástica en París, donde reconstruyeron mi intestino a lo largo del tramo ulcerado y lo dejaron con la abertura suficiente para ser penetrado sin perder la sensibilidad.

─ No me dijiste qué te pareció mi historia, ─ comenté mientras reventaba una espinilla en su calva. Levantó la cabeza y me miró con sus ojos marrones y pequeños.

─ Si no fueras tú, tendría que detenerte.

─ Por supuesto, maté a dos personas...

Pedro negó con la cabeza.

─ No me refiero a los asesinatos. Sabes lo que pienso, hoy la vida está muy depreciada. Te detendría por sedición; por intento de derrumbar el orden establecido.

─ ¿Qué dices, papito? Yo denuncié a Pablo y ahora está otra vez entre rejas para el resto de su vida.

Me miró con expresión burlona y arqueó las cejas. A pesar de su aspecto de anciano inocente, era muy astuto.

─ Por tu relato, creo saber qué contienen los paquetes que hago llegar todas las semanas al detenido Pablo Zoilo Cardón.

─ Muy buena deducción, querido. Luego de lo que pasó él sigue recibiendo secuencias fotográficas en las que aparecemos Delicia y yo en las situaciones más eróticas y macabras.

─ ¿Y cómo haces para reproducirte como hombre?

Antes de contestar me incorporé contemplándome en el espejo. Desde la imagen, Delicia me sonreía

─ Acuérdate que me compraste en Estados Unidos el colosal equipo de fotografía computada, con el que puedo combinar las imágenes como quiera.

Me miró con expresión extraña.

─ Entonces tengo razón, sigues alimentando presión; sigues echando leña a la caldera a punto de estallar. Estás alentando otro motín, otra fuga en el penal. ¿Pensaste en los riesgos?

Encogí mis hombros y me serví un whisky importado

─ Si vuelve a fugarse, no podrá llegar hasta mí..─ me acerqué con gestos sugerentes y lo besé en la boca ─ Tengo la suerte de haberme convertido en tu amante y disponer de coche con chofer, viajes al Caribe, a Europa, además de toda la protección que necesito...

Excitado por lo que acababa de contar, Pedro acarició mis nalgas, me tomó entre sus brazos y me arrojó sobre la alfombra. Lo provoqué en mil formas y tuvimos sexo hasta el amanecer

viernes 21 de agosto de 2009

El Viaje de Brenda o Los Pies de la Novia (4ª parte)



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A
Pilar y Otros Mundos




18
Brenda irrumpió llorando en la sala.

— ¡Hipólita desapareció!

Las mujeres de la Cofradía que cosían o leían pacíficamente, la miraron con asombro

— ¿Qué dices…?
— Acercó una varilla a mis pies y desapareció —

Magdalena acababa de llegar con una jarra de leche fresca y escuchó la conversación.
— ¿A qué parte de tus pies acercó la varilla? — Brenda señaló la mancha del tamaño de una uña que palpitaba en el costado.
— Hipólita sabe que no debe jugar con eso.

La buscaron en los bosques, los establos y la laguna, hasta que a las dos horas la encontraron profundamente dormida en el cobertizo anexo a la casa. Magdalena le dio a oler unas sales y se recuperó rápidamente. La despertaron llamándola y cacheteándola y luego la acosaron a preguntas, pero la muchacha no recordó donde había estado.

Alguien trajo la varilla que había usado Hipólita y Magdalena la tomó, acercándola a sus propios pies.

— Como ven, yo no desaparezco. Sólo los pies de Brenda lo permiten, así como en su momento pudieron resucitar a Erick el Rojo.

Repitió el gesto con los pies desnudos de las otras y tampoco ocurrió nada.

— Acércala a los de Brenda — pidieron las muchachas riendo entre ellas.
— Voy a hacer algo más seguro. Querida, acuéstate en el suelo.

Brenda obedeció tumbándose de espaldas junto a un poste y levantando las piernas de modo que los flancos de los pies quedaran apoyados sobre la madera. Unos segundos después, la estaca desapareció. Brenda retiró los pies y el poste se delineó en el aire como una neblina, hasta tomar su forma.

Todas aplaudieron y en poco tiempo, se puso de moda la desaparición. Las jóvenes de la Cofradía de Mujeres Descalzas, le pedían a la muchacha que las acariciara con los flancos de sus pies o simplemente dirigían a ellos una varilla imantada para esfumarse. Las experiencias eran variadas; muchas afirmaban haber atravesado las estrellas. Otras describían lugares extraños, poblados de gente que las esperaba con fastuosos homenajes, como si se tratara de reinas.

Tan popular se hizo la habilidad de Brenda que algunos de los ladrones se acercaron reclamando desaparecer y afirmaron encontrarse en polvorientos caminos por los que transitaban interminables caravanas de carretas a las que asaltaban obteniendo un rico botín.



En el futuro, Terencia escuchará a su amiga con los ojos muy abiertos.

— …esto que cuentas es magnetismo y sugestión — afirmará con tono emocionado — Una vara de metal imantada hizo desaparecer a Hipólita cuando tocó con ella una parte de tu cuerpo; recuerdo las sesiones descriptas por Mesmer donde la gente alucinaba, se desmayaba y algunos se volvían transparentes o desaparecían. Claro que lo tuyo es una ilusión, algo que está a mitad de camino entre lo falso y lo verdadero, entre el sueño y la vigilia.

Terencia tratará de disimular su expresión de gozo cuando la criada deje junto a ella un nuevo plato de pasteles de hojaldre traídos de una prestigiosa panadería de París. Brenda responderá con un mohín de disgusto.

— Querida Terencia, llevamos tres horas en las que no haces otra cosa que someter mi relato a tus conceptos de cómo debe ser el mundo.

— No son mis conceptos. Son los de alguien célebre como Mesmer.
— Es lo mismo. Si te traigo un periódico podrías interpretar todas las noticias como parte de la sugestión y el magnetismo. Si se lo mostrara a un discípulo de Augusto Comte, diría todo lo contrario.
— Querida Brenda, todos somos campos magnéticos y nuestras vidas del principio al fin pueden explicarse por los mismos fundamentos. Con más razón tu historia que ejemplifica aquello descubierto por el Maestro hace un siglo.

Ambas mujeres se mirarán desafiantes y Brenda continuará su relato.
19

Pasado un mes, la muchacha no sólo se había adaptado a la casa, sino que era la amante oficial de Erick el Rojo. Casi siempre el asaltante la elegía como favorita cuando regresaba de sus atracos y pasaban juntos la mayor parte del tiempo. En agradecimiento por haberlo resucitado, el jefe de los ladrones ubicó a Brenda en una habitación aledaña al cuerpo central de la casa, con muebles propios y todo tipo de comodidades. Recibía raciones más abundantes en las comidas, y hasta le había regalado una fina almohada de plumas obtenida en uno de los atracos. Los días que permanecía en el refugio, hacían el amor y jugaban desnudos durante horas. Las demás no protestaban, ya que la resurrección de Erick y la capacidad de lograr desapariciones, hacía que sintieran por Brenda una mezcla de respeto y temor





— Califico esta etapa como una permanente noche de bodas

La Brenda del futuro advertirá que al tocar el tema de las relaciones con el ladrón, Terencia repetirá un gesto de molestia.

— Querida Terencia, dicen que una mujer vive el amor verdadero sólo una vez en su vida, y que inevitablemente lo perderá.
— Quiere decir que no eres feliz con tu marido.
— No fueron mis palabras. No digo que el amor sea la felicidad. El tiempo que estaba con Eric el Rojo fue muy apasionado y tierno, pero del éxtasis pasaba al dolor y al infierno cuando él se iba o elegía a otra.
— Es decir que las mujeres de la Cofradía de Descalzas estaban allí tan sólo para satisfacer a los ladrones.
— Esa era una de las funciones…
— No sabemos si los maleantes, el refugio y todo lo que cuentas fue real o formaba parte del largo sueño producido por la sugestión.

Brenda se quitará sus zapatos y adelantará hacia Terencia el pie derecho. En el flanco mostrará la mancha marrón con forma de media luna.

— Yo sigo formando parte de la Cofradía de Mujeres Descalzas. Mi sueño aún no ha terminado. Se prolonga hasta hoy y quizá tú formes parte del mismo.




Muchas veces, Magdalena llamaba a Brenda para conversar. Aquel día le sugirió que pasearan hasta la orilla del río. Cuando se alejaron de la casa, la posadera confesó a la muchacha su preocupación más importante: los hombres cercanos a Erick el Rojo estarían maquinando una traición.

— ¿Cuándo ocurriría eso? — preguntó Brenda
— No lo sabemos; las traiciones no avisan. Nosotras podemos leer en la naturaleza, especialmente en la tierra y sus mensajes nos dicen que debemos estar preparadas; que esta vida que disfrutamos puede terminar en cualquier momento.
— ¿Cómo puedo leer en la naturaleza, Magdalena?
— Las plantas de los pies reciben los mensajes de la tierra y te ofrecen una apertura a todos los seres. Las mujeres comunes consideran la virginidad de su himen, pero desde que nacen hasta que mueren, son vírgenes de los pies y no conocen los mensajes que la vida tiene para ellas. De poder escucharlos aunque fuera unos minutos, sus existencias cambiarían.

Magdalena pidió a su discípula que se descalzara y caminaron por el sendero. Al principio, Brenda no escuchó nada, pero cuando estaban cerca de unas enredaderas de flores, por sus plantas subió un redoble de tambores acompañado de notas agudas.

— ¿Escuchas. Magdalena?
— Aún no siento nada
— La tierra golpea mis pies cuando me acerco a la enredadera. Ponte en mi lugar.

Al percibir la música, Magdalena empalideció.

— Brenda, esto no es posible
— ¿Por qué lo dices?

— Estas flores son campánulas; cuando la música llega de ellas, es que alguien muy querido está por morir o ha muerto ya.

El redoble aumentó.

— Debemos regresar de inmediato — dijo nerviosa Magdalena
20
Hipólita estaba en la puerta de la casa; las recibió con rostro preocupado.

— Es Sissi… Mataron a la reina.
— No puede ser

Entraron a la casa. Las otras lloraban desconsoladamente.

— No puedo creerlo — Brenda, abatida, se sentó en una silla— quiero saber cómo fue.

La noticia aparecía en algunos periódicos atrasados que los ladrones habían traído de sus atracos. Magdalena tomó uno de ellos y leyó con voz llorosa.

— …la emperatriz subía al vapor imperial “Miramar”, acompañada por su ama de compañía, cuando recibió el empellón de un hombre. Sissi pensó que era un ladrón; luego se sabría que era el anarquista italiano Luigi Lucheni . Al empujarla, clavó en su pecho un estilete que llegó al corazón. Al principio la reina no sintió dolor y pensó que pretendían robarle, pero ya en el barco tuvo un vahído; cuando la dama de compañía desabrochó el corsé y descubrió la terrible herida, ya era tarde…



La lectura de la noticia aumentó los lamentos. Hipólita era la única que no lloraba. Parada cerca de la puerta, permanecía seria, con aspecto solemne. Sus ojos brillaban como si sonriera en silencio.


— Con la muerte de Sissi todo empezó a ir mal— dirá la Brenda del futuro a su amiga Terencia — Al poco tiempo murió una de las vacas y los alimentos escasearon; en la Cofradía de Mujeres Descalzas, el llanto reemplazó a las risas.
— Dice Mesmer que cuando se siente tristeza o rabia dentro de la sugestión, es porque la misma está llegando a su fin

Brenda escuchará pensativa el comentario y beberá un par de sorbos de la nueva taza de té servida por la criada.

— Recuerda Terencia que mi viaje aún no ha llegado a su fin.


21
Como parte de una leyenda que ya se forjaba en su vida, comentaban que Erick el Rojo había pertenecido a una familia acomodada siendo formado en una importante universidad. En su juventud se dedicó a robar por convicción, como una forma de atacar el orden establecido. En aquel tramo de tierras selváticas construyó su imperio: no sólo un refugio para los bandoleros, sino una comunidad de mujeres y hombres a los que se exigía saber leer y escribir. En la amplia biblioteca ubicada a un costado de la sala, se encontraban libros clásicos junto a autores prohibidos que no tenían cabida en la cultura oficial. Las obras completas del Marqués de Sade, los libros de Carlos Marx y de todos los autores anarquistas. Más adelante, algunos autores afirmarían que Erick el Rojo fue quien inspiró la figura romántica del bandolero.

Hipólita había cambiado. Estaba más concentrada que otras veces. Le habían enseñado a leer en el refugio y sus libros preferidos eran La Conquista del Pan de Piotr Kropotkin y el Manifiesto Comunista de Carlos Marx, autores rechazados por las buenas costumbres, ya que pretendían subvertir los principios de la economía y de la sociedad.
— ¿Has leído estos libros Hipólita? — preguntó Brenda
— Los leí, los estudié y ahora forman parte de mí misma.

Los ojos de la muchacha brillaban como un par de lámparas. Brenda recordó al anarquista italiano que había matado a Sissi; era un lector de aquellos libros que llamaban a odiar la realeza. Hipólita la miraba desafiante, en silencio, esperando su réplica y quizá una discusión, pero su amiga se mantuvo callada.





Aquella tarde Brenda caminó sola hasta la orilla del río. Brillaba el sol y el cielo permanecía azul, sin una nube; al llegar, la muchacha pisó la fina tierra de la orilla con sus pies desnudos y luego los sumergió en el agua trasparente. No llovía desde varios días y la otra ribera estaba a menos de un metro. Era frecuente encontrar en la zona hombres de Erick el Rojo pescando para aportar más alimentos, pero a aquella hora el lugar estaba solitario.


Desde sus plantas, Brenda volvió a escuchar un repique musical. Sabía por Magdalena que la música proveniente de la tierra siempre tenía un significado. Cuando resonaba en las inmediaciones de las campánulas el mensaje era trágico, pero no sabía interpretarlo cuando llegaba del río.

Bajo la tibieza del sol sintió pesadez; no tardó en dormirse y repitió el sueño que la seguía noche tras noche.

Brenda era la dama de compañía de Sissi, la Emperatriz y marchaba llevándola del brazo hacia el vapor “Miramar”. La joven sabía lo que iba a ocurrir y estaba dispuesta a salvar a la reina. Podría reconocer al asesino; cuando lo viera, empujaría a Sissi para ponerla fuera del alcance y gritaría pidiendo auxilio.

Corpulento y con largos bigotes, Luigi Lucheni llegó al puente. Brenda abrió la boca para gritar, pero no pudo. La reina era más pequeña que ella, como si la edad la hubiera encogido. Le bastaba tirar de su brazo para hacerla girar y ponerla a salvo del ataque, pero no pudo moverla. De pronto, la emperatriz se volvió; su rostro se había arrugado aún más y la miró con ojos tristes.

— Déjame morir. Estuve esperando este momento durante muchos años. La muerte es como un reducto donde calmar mi angustia; la deseo como el detenido anhela la libertad; como un soplo de aire fresco en la mitad del verano. Ahora que finalmente llega, no me apartes de ella.

La mano del asesino, golpeó el pecho; el cuchillo se hundió en el corazón real y en ese momento Brenda despertó entre gemidos y palpitaciones.

Sentado en la orilla unos metros más allá, Eufrasio la miraba en silencio. La muchacha no lo veía desde la noche en que perdiera la virginidad de sus pies a través de aquella misteriosa iniciación. Ahora la giba la contemplaba fijamente y parecía turbado por su presencia. Vestía una chaqueta deportiva, pantalones de montar y estaba descalzo.

Brenda lo miró en detalle ya que era la primera vez que estaba frente a él bajo el sol. Sus ojos estaban a alturas diferentes y los labios no tenían forma. La frente era demasiado amplia y los cabellos caían en matas amarillas, como trozos de paja pegoteados sin orden sobre la cabeza. Las piernas eran demasiado rectas y los pies muy largos con los dedos torcidos a un lado y al otro. Sonrió mostrando una dentadura despareja, con pocas piezas.

Brenda recordó las clases con la señorita Cora; cierta vez la maestra explicó que un monstruo era “un ser fantástico que causa espanto”. Tres días después, al saber que Brenda no había podido dormir por las pesadillas, agregó “Ser fantástico quiere decir que no existe. No existen los monstruos”.

Aquello la tranquilizó a medias. Lo que no suponía era que años después se encontraría cara a cara con uno de esos seres fantásticos y que en vez de correr despavorida, lo miraría con curiosidad y hasta con afecto.

Eufrasio se puso de pie y la saludó con una reverencia afectada Brenda no se contuvo y lanzó una carcajada; la joroba enrojeció

— No me río de usted — aclaró la muchacha — Me hace gracia el protocolo. Le agradezco el saludo, pero le recuerdo que no estamos en una corte europea y podemos olvidar los gestos aparatosos.

Eufrasio movió las cejas en lo que parecía ser un gesto de alivio y se sentó junto a Brenda. La joven levantó los pies y los colocó en las piernas de la giba

— Mis pies se sienten solos. Una vez se ocupó de ellos y de algún modo le pertenecen.

La joroba adelantó sus manos y acarició suavemente los flancos para luego continuar con un suave masaje en sus plantas.

— El viaje no ha terminado — afirmó de pronto — Este campamento no es más que una simple estación. En algún momento deberé guiarla hasta el final.

El masaje en los pies produjo sueño en Brenda, de modo que se reclinó sobre la piedra y cerró los ojos. Las manos de Eufrasio trabajaban con suavidad y firmeza, apretando y soltando sus plantas.


22
— … un imán, quizá una rueda que tuviera entre sus manos, a fin de cargarse de fuerza magnética y pasarla a tus pies. Desde ellos subiría al resto de tu cuerpo y por supuesto a tu mente.
— Terencia, fue un simple masaje de pies. Si aceptara tus palabras, viviría con un temor permanente a que el agua que bebo o la planta que me roza puedan ser factores de sugestión
— El miedo del que hablas no sería una obsesión, sino un recaudo. Si una vez fuiste sometida a un campo magnético de tal intensidad, en tu mente han quedado puertas abiertas; las influencias pueden atravesarlas como animales hambrientos, obsesionados con alterar el mundo que ves, confundirte y sumergir tu vida hasta el día de hoy.

Terencia se interrumpirá para comer golosamente otro de los crocantes pasteles de la panadería parisina.




El masaje de pies terminó al caer la tarde.

— Cuando empezaba su viaje, le hablé del Bhagavad Guita — dijo la joroba — En ese entonces estaba en la espalda de Cristino y lo escuchó a él, pero las palabras eran mías. ¿Recuerda al príncipe Arjuna, obligado a luchar y a matar en la batalla a muchos de sus familiares y seres queridos?. El dios Krishna que conducía el carruaje, argumentaba que la victoria y la derrota son iguales; que la misión del guerrero es luchar para destruir esa cantidad de rostros o de máscaras en las filas enemigas, aún cuando sus emociones lo lleven a amarlos. Usted fue fiel seguidora de mis palabras. Yo vi el puñal hundirse en el corazón de su novio. En la lejana ciudad ha caído la nieve y soplaron furiosos vientos; han regresado el sol, la brisa y los cielos azules, pero su prometido sigue de pie, con el corazón atravesado.

La muchacha bajó la cabeza.

— Aún no entiendo por qué lo hice. Al clavar el estilete en el corazón de Pablo me sentí liberada.
— Cuando nos unimos a alguien estamos levantando los barrotes de nuestra prisión. Hay quienes dicen que es una cárcel dulce a la que tallamos día a día, como a una enorme piedra preciosa. Pero cuando rompemos esos barrotes matando a quien amamos, la alegría no es comparable a nada en este mundo. Brenda, ahora está con Erick el Rojo. Lo ha resucitado convirtiéndose en su preferida. ¿Es esto lo que anhelaba para su vida?

Brenda retiró los pies del regazo de Eufrasio, se sentó junto a él y la joroba pasó su brazo por los hombros. Con suavidad, puso uno de sus dedos en la boca de la joven que se abría para responder.

— No debe contestarme ahora. Primero pregúntelo a sí misma.

23
Al llegar la noche, Brenda volvió a dormirse con la cabeza apoyada en el regazo de Eufrasio. Luego supo que la joroba la había tomado en sus brazos; que sin despertarla la llevó hasta la casa donde la depositó sobre la cama, besando sus pies una y otra vez.




La Brenda del futuro se detendrá en este pasaje
— Aún hoy pienso en Eufrasio llevándome cuidadosamente bajo la poca luz. Durante mucho tiempo al imaginar la escena, algo bajaba del cielo y me producía embriaguez y deseo de llorar.

— Eso es muy grave, Brenda — dirá Terencia que, aprovechando la confidencia de su amiga tomará el cuarto pastel — la sugestión se ha iniciado en tu percepción del mundo, ha pasado a tu cerebro y se ha asentado en tus emociones. Dice mi confesor que esos recuerdos turbadores, impiden un matrimonio exitoso….

— ¿Tu confesor, Terencia? Suponía que Mesmer había sido excomulgado de la Iglesia.

— No que yo sepa. Además lo que él plantea es una terapia física y mental que nada tiene que ver con mi fe y mi desarrollo espiritual…

En esos primeros años del siglo veinte, ambas amigas seguirán bebiendo el té. En una hora, el esposo de Brenda llegaría de su trabajo.

24
La madre de Brenda, como parte de su educación, había contratado para su hija un profesor de baile. La joven tenía habilidad en el manejo de los pies, aunque las danzas de la Cofradía de Mujeres Descalzas eran mucho más agitadas y complejas que las gavotas o los bailes de salón.

Vestidas con faldas amplias, sin corsé ni ropa interior, las mujeres giraban formando grupos uniéndose o separándose. Luego, cada una de ellas improvisaba en base a los sones orientales que un par de chinos ejecutaban armónicamente.

Con la danza, Brenda sentía subir por sus pies una fuerza quemante. Perdía la conciencia de sus movimientos y al terminar jadeaba, aunque no tenía idea de haberse movido con tanta rapidez. Luego de su baile individual, siempre era alabada por la intensidad y elegancia de los movimientos.

Una noche, Erick la condujo a las afueras del lago, a uno de los últimos bosques que poblaban la desierta laguna. Se besaron apasionadamente y, como lo habían hecho tantas veces, se unieron en la orilla. El agua llegaba hasta ellos en suaves ondas y la luna iluminaba la superficie.

En el momento del orgasmo, Brenda vio puertas invisibles que se cerraban en el aire de la noche. Un monstruo, parecido a un cancerbero, se encargaba de atrancarlas firmemente como para que nadie pudiera entrar por ellas. Entonces, la joven supo que todo estaba por terminar. Cuando se separaron, Erick se sentó en dirección a la laguna y Brenda lo observó: estaba concentrado en sus pensamientos, con los ojos fijos en las montañas y la luna lejana. La muchacha lo abrazó y acarició su rostro. Erick le contó que habían detenido a dos de sus hombres de más confianza.

— Sé que los torturaron y uno de ellos conocía este escondite.

El gobierno estaba derrotando al anarquismo, y ahora arremeterían no sólo contra él sino contra el mundo que había construido en aquel refugio aislado.

Cuando el ladrón dejó de hablar, hubo un largo silencio. Brenda se sintió obligada a decir algo, como si su amante esperara algún consuelo. Recordó las palabras de Eufrasio en la orilla de la laguna.

— Tu deber es luchar sin que importe el resultado. Debes continuar la guerra a cualquier precio; la victoria es igual a la derrota…

(Continuará)

lunes 20 de julio de 2009

El Viaje de Brenda o Los Pies de la Novia (3ª parte)



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A
Pilar y Otros mundos




La puerta de la casa estaba cerrada. Al llamar, Brenda fue recibida por Hipólita, quien la saludó con afecto y calentó para ella un caldo en la cocina de leña mientras las otras muchachas seguían murmurando y riendo. Hipólita las reprendió.

— Dejen de chismorrear sobre la señorita. Es mi amiga

Llevó a Brenda a un pequeño cuarto del fondo y la acompañó mientras comía. Explicó que acababa de llegar y esperaba a Magdalena quien había dejado la posada a cargo de su hermano para pasar varios días en la casa.

— Hipólita, ¿tú también formas parte de la Cofradía de las Mujeres Descalzas de la que me hablara la señora Magdalena?

La muchacha asintió con la cabeza. Ya no era la joven tímida que Brenda conociera en la posada. La miraba fijamente, con la frente en alto. Estaba descalza y adelantó sus pies, pequeños, con dedos demasiado largos.

— Pronto perderé la virginidad de mis pies.
— Eso es imposible.
— Ya te explicará Magdalena.
— Hipólita, hay un solo órgano por el cual la mujer pierde su virginidad…

— No, Brenda, son dos órganos, la vagina y los pies. Quienes han dejado de ser vírgenes tienen una manchita aquí

La muchacha adelantó su propio pie y exhibió el arco blanco y suave.

— ¿Qué ganas con dejar de ser virgen?
— Podré participar en bodas, velatorios y otros ritos de la Cofradía.

— ¿Y qué me dices de la otra virginidad? ¿No anhelas perderla también?

— Con Erick el Rojo. Todas las mujeres soñamos entregársela a él.

Brenda no se sentía cómoda ante el cambio de trato de Hipólita; alguna vez había leído que los miembros de las organizaciones secretas gozaban de una igualdad absoluta entre ellos. Ahora, la joven que debía ser su criada, la tuteaba y llamaba por el nombre. Estar descalzas, las convertía en mujeres sin rango ni condición. Cierta vez la señorita Cora, su maestra, le había dicho que de todas las prendas, el calzado era el que más definía el carácter noble o plebeyo de quien lo usara. Con los pies desnudos, esa diferencia se abolía.

Brenda contó a la muchacha su experiencia con el cochero y la joroba, cómo lo había devorado frente a ella para luego reclamar la virginidad de sus pies

— Eso pasa todos los años — comentó Hipólita — la joroba traga a Cristino, se convierte en un hombre y pasados seis meses escupe al cochero volviendo a su espalda como una giba. Dicen que con ella se puede perder la virginidad de los pies, pero yo prefiero entregar los míos a un hombre común y corriente.

Hipólita siguió hablando con animación; el trato igualitario con Brenda la entusiasmaba.

— He preguntado a la señora Magdalena sobre Sissi, la reina. Ella también pertenece a nuestra Cofradía y en la corte ha impuesto la moda de que tanto las sirvientas como las mujeres nobles luzcan descalzas.

Brenda la miró asombrada; de ser cierto, lo sabría ya que estaba informada de todo lo que ocurría en la corte austríaca.

Conversaron hasta el crepúsculo. Asegurándose que estaban solas, Hipólita sacó un cigarro y ofreció fumarlo a medias con Brenda, quien se negó. La muchacha sabía encenderlo, pero en el momento de aspirar el humo tuvo un acceso de tos.

— Tu cuarto está disponible — dijo finalmente la criada — Quizá esta noche o mañana llegue Eufrasio a tocar canciones en su mandolina

— ¿Quién es Eufrasio?

— Así llamamos a la joroba de Cristino.

— Es difícil que pueda tocar un instrumento, ya que sólo tiene muñones.

— Las manos le crecerán rápidamente.

— Me dijo Magdalena que no dejan entrar hombres

— Es cierto, pero Eufrasio no es un hombre normal.

— ¿Qué quieres decir con eso?

— Él disfruta con nuestros pies, los consiente, los mima, los besa. Es su forma de gozar. No se le conoce mujer propia.

Caía la noche. Brenda fue al cuarto que le habían asignado. Por la ventana vio los últimos rayos del día a través de las copas de los árboles; los pájaros se preparaban para dormir y las ramas se agitaban con las últimas brisas.

14
— Antes de acostarme y conciliar el sueño, volví a perder la conciencia — explicará la Brenda del futuro a su amiga mesmerista.
— Querida Brenda, no me extraña que te hayan sugestionado de ese modo. Te comportaste con excesiva timidez frente a todo; fíjate que las cosas pasan a través de ti; que no actúas ni logras resultados con tu vida, al menos en lo que me cuentas.
— Recuerda que maté a Pablo
— Me estás hablando de un sueño.
— ¿Y piensas que lo demás es la vigilia?
— Hasta en los momentos de lucidez vives con la pasividad de un sueño. No sé si eso se prolonga en la actualidad.
— Dime entonces quién ha tenido a mis hijos, quién prepara la ropa de mi esposo cuando se ocupa de los negocios. Según tú, lo único que hago es dormir
— No dije eso; me refería a lo que ocurrió en esos días…

Dejarán de discutir y Brenda continuará con el relato.


Despertó muchas horas después, en el amanecer. En las nieblas del sueño había sentido un vago malestar, como una sombra en los senos y el vientre. Un llanto apagado llegaba de la sala donde alguien había encendido una lámpara. Se levantó y apenas abrió la puerta vio a Magdalena; sentada a la mesa, había cubierto su rostro con las manos y Brenda la reconoció por el vestido verde. A su lado estaban Hipólita y las otras muchachas con expresiones de miedo y consternación. Vestida con su camisón, la joven entró en la sala. Al verla, la posadera se levantó de la silla y la abrazó.

— Brenda querida… ¡Ha muerto, él ha muerto!

Se abrazó a ella desconsolada.


— ¿Quién murió?

— Erick el rojo

Brenda se sintió derrumbar. De pronto comprendió que su cuerpo sabía de la muerte del ladrón. Su vientre, cada uno de los senos sentían la pérdida

La posadera se apartó y la miró fijamente
— ¿Tú también lo amaste?

— Anoche me entregué a él —

— Entonces eres su viuda junto a nosotras.

Afuera alguien había encendido lámparas y varios hombres entraron en la casa.

— ¡Ya lo traen, ya viene!.

Las muchachas lloraron más ruidosamente.

— ¡Ya lo traen, ya viene! — repetían a coro como en un sonsonete.

La posadera sirvió a los hombres vino en grandes vasos al que acompañó con trozos de queso y pan. Los ladrones eran robustos, con gruesos bigotes y miraban con rostros de niños asustados.

— Lo traen a pulso sus mujeres — explicaron — Es para que los guardias no descubran el campamento.


— ¡Ya lo traen, ya viene…!

Escoltadas por dos caballos, alumbradas por velas y plañendo, cinco mujeres descalzas traían el cajón donde descansaba Erick el rojo quien se mostraba sereno, con las manos cruzadas sobre el pecho. Lo habían peinado y vestido con chaqueta y camisa de seda. Sus zapatos brillaban como queriendo iluminar la noche

Brenda siempre había sido celosa, pero la presencia de tantas amantes no la turbaba. Cada gemido tenía un eco y su dolor se aliviaba al prolongarse. Ayudó a las mujeres a ubicar el cadáver en la sala. Al terminar algunas de ellas se desmayaron. Magdalena la llamó aparte

— Él se enfrentó muchas veces con guardias y policías. En las noches que pasamos juntos, solía decirme: Magdalena, deseo enemigos dignos; que me fusilen, que me tiendan una emboscada, pero odiaría tener que morir en mi cama o por un accidente. Esta tarde cayó del caballo y se desnucó contra una roca.

La mujer se interrumpió y volvió a llorar.

— Háblame de ti — preguntó a Brenda — ¿Cómo llegaste a él?

La muchacha contó lo ocurrido, sin distinguir entre sueño y vigilia ya que no podía precisar la diferencia. Mientras la escuchaba, Magdalena miraba sus plantas.

— Veo que eres virgen de los pies .
— Algo me dijo Hipólita, pero sigo sin entender qué significa eso.
— Sabes que los hombres tienen nuestros pies en gran consideración. La virginidad de ellos no depende del himen, sino de una actitud, de un deseo. Cuando se pierde, en los arcos internos se forma una pequeña marca del tamaño de una uña. Es necesario que la tengas para que formes parte de nuestra comunidad.

La posadera tomó uno de los pies de Brenda y lo miró con atención.

— Son perfectos; el arco tiene la curvatura justa; los dedos son proporcionados y la piel muy suave.

La mujer adelantó su propio pie

— Mira los míos, reconozco que son hermosos, pero mi arco interno está vencido. Todas las muchachas de la Cofradía tienen algún problema: durezas en los talones, callos en los dedos o juanetes. En los tuyos la piel de la planta es tierna y rosada. Nunca vi pies tan perfectos.

Brenda se ruborizó por los elogios y contó a la posadera su experiencia con la joroba.

— Hiciste mal en escapar, querida. La giba de Cristino lo devora una vez al año y entonces todas las mujeres la buscamos para entregarles nuestros pies. No es algo doloroso ni humillante. Nuestras plantas deben abrirse para que entre por ellas la fuerza del cielo Perder la virginidad significa que los entregas a la tierra a través de un hombre. Haremos un ritual especial con Erick, pero tú no podrás participar por ahora.

Sin dejar de llorar, las mujeres se habían alineado formando un óvalo alrededor del cadáver. Magdalena se ubicó junto a ellas. Se acostaron en el piso junto a la caja y todas levantaron las piernas de modo que los dedos y parte de las plantas tocaran el cuerpo. La posadera dirigía el ritual y sus pies se apoyaron cerca del sexo del hombre.

A la habitación entraron más ladrones escoltando a un anciano que sacó de entre sus ropas un violín y arrancó de él una música suave y extraña Las voces de las mujeres se elevaron en un coro armonioso.

— ¡Ananda tapa maya!
Morzilla Anubis atradasa marjun…

Brenda supo luego que la canción era un himno que las brujas de la región entonaban desde la Edad Media. Ahora se ubicó en un rincón de la habitación ocultando los pies, avergonzada de su virginidad.

Al terminar, las mujeres retiraron las plantas del cadáver, enjugaron las lágrimas. Y recogieron la caja ubicándola en un par de soportes que la separaban del suelo. Magdalena regresó junto a Brenda.

— Con este rito, Erick seguirá su ruta en el más allá.
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— Un discípulo de Mesmer afirma que en una parte de la mente se guardan los rituales utilizados por la humanidad. Afloran cuando la sugestión infiltra y contamina la profundidad de tu cerebro. Entonces se borra lo individual y surge la parte de ti que se vincula con las ceremonias más oscuras. Fíjate, Brenda, que cuando describes el viaje, hablas al principio de tu rostro y luego de tus pies. De una parte del cuerpo que es el centro de la individualidad, pasas a otra que es común a todos y lentamente te hundes en un abismo indiferenciado.

— ¿Eso es malo, Terencia?

— Te deja vulnerable a las influencias oscuras que desean manipularte.

Brenda sonreirá en silencio y beberá un trago de su té.

En medio del llanto y el dolor, el ritual funerario en la Cofradía era preciso. Se alternaban coros, letanías y lamentos con danzas acompañadas por el violín del anciano. Las mujeres desfilaban ahora junto a Erick el Rojo manifestando su amor y brindándole los últimos besos.

Permitieron a Brenda participar en esa parte de la ceremonia. Al llegar junto a él, la muchacha besó en la frente al ladrón y al acercar su rostro sintió que no estaba frío y yerto sino que vibraba suavemente y la piel estaba ligeramente tibia.

Al caer la tarde, las mujeres volvieron a danzar en la enorme sala ejecutando una complicada coreografía de cuatro filas. La música del violín sonó como una filigrana barroca.

De pronto llegó Eufrasio, la joroba de Cristino. Brenda seguía acurrucada en una silla junto a la puerta de su cuarto y al principio le pareció un hombre más. De pronto reconoció los rasgos que parecían trazados por un mal pintor. Los brazos y las piernas habían crecido y lo único que lo recordaba como joroba, era su aspecto alargado, casi sin cuello ni cintura.

Las jóvenes lo rodearon y algunas levantaron sus pies para mostrárselos.

— Mira Eufrasio, la marca que me hiciste tiene forma de estrella…
— ¡Dinos qué haremos ahora sin nuestro protector…!

Con voz acompasada, la joroba aconsejaba a unas y consolaba a otras. De pronto se volvió a Magdalena y le habló por lo bajo, señalando a Brenda. Enseguida se despidió de todos y salió de la casa.

La posadera se acercó a la muchacha.

— Eufrasio nos esperará en un bosque cercano al río; te ofrece perder la virginidad de tus pies esta noche. Habrá luna llena y es un momento ideal para que ofrendes tus plantas a la tierra. Deberás sobreponerte al dolor por la muerte de Erick; esta ceremonia es muy importante. ¿Estás de acuerdo?

Brenda asintió y la posadera la condujo hasta su propio cuarto en el fondo de la casa. Allí buscó unas medias blancas con encajes y volados y un par de sandalias. La muchacha se calzó con ellas.

— Estas medias son como el tocado de una novia. Deberás llevarlas hasta el momento en que entregues tus pies a Eufrasio — explicó Magdalena— Él se encargará de quitarlas como lo haría con tu ropa en la noche de bodas.

A continuación, la posadera tomó una lámpara de aceite y ordenó que la siga al fondo de la casa Allí una escalera daba a largas y oscuras galerías. La descendieron escuchando el rumor de un río subterráneo.

— Estos túneles servirían a los ladrones para escapar en caso de un ataque de los guardias. Podríamos salir por la puerta y encontrarnos con Eufrasio, pero la ceremonia requiere que desciendas al fondo de ti misma para regresar a la luz.

Las paredes de las galerías estaban cubiertas de humedad; de tanto en tanto asomaban cadenas sostenidas por gruesas argollas. Brenda no temía a cementerios ni a apariciones de fantasmas y aquello no la inmutaba; lo único que agradecía eran sus zapatos; aunque un poco estrechos, le daban seguridad al apoyar los pies en el piso húmedo. Frente a ella, Magdalena movía sus plantas desnudas y con mucha habilidad, sorteaba los tramos resbaladizos y difíciles. De pronto se detuvieron frente a un hueco enorme al que no llegaba la luz de la lámpara.

— Este lugar ha sido una cárcel — explicó la posadera — Dicen que aún se escuchan los gritos de los torturados.

Luego de andar un trecho sintieron la brisa fresca de la noche y vieron una luz. Era Hipólita que las esperaba con otra lámpara encendida.

— Perder la virginidad de tus pies es un hecho público — aclaró Magdalena — Hipólita y yo seremos las testigos.
— No sé lo que debo hacer
— Entregarás los pies a Eufrasio y te olvidarás de lo demás.

Salieron a la noche. Entraron a un bosque cubierto de hojas secas; la luna entre los árboles se descomponía en gotas de luz tornasol. Siguieron un sendero iluminado y en mitad de un claro, las esperaba Eufrasio.

.



16
— Había una serenidad como no volví a encontrar en ninguna otra noche — dirá Brenda a su amiga Terencia — Todo era perfecto. Mi corazón se agitaba y saltaba mientras me iba acercando a él.
— La linterna…
— ¿Cómo dices, Terencia?
— Me dijiste que la posadera llevaba una lámpara de aceite. Magnetizaron la cubierta. Mesmer habla de un caso parecido: un hombre que deseaba casarse con una mujer mucho más joven, magnetizó una lámpara para convencerla. Ahora cuéntame cómo fue ese rito de iniciación que me prendo de curiosidad
— No lo recuerdo Terencia
— ¿Que no lo recuerdas? ¿Quiere decir qué…?
— Otra vez me dormí. Con la pérdida de mi virginidad vaginal y la de mis pies perdí la consciencia o como lo explicas tú, la sugestión llegó al fondo de mi ser

Brenda sonreirá frente al gesto de desconsuelo de Terencia y apurará los últimos sorbos del té.

Era falso que Brenda no recordara, aunque de haberlo deseado no hubiera encontrado forma de trasmitir a su amiga lo ocurrido.

Hipólita y Magdalena le indicaron que se tendiera de espaldas y levantara sus pies hasta colocarlos en las piernas de la joroba. Luego echó su cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Eufrasio tenía manos enormes e inesperadamente suaves. Le quitó con lentitud los zapatos y las medias y acarició sus plantas y empeines.

Afloraron recuerdos que daba por olvidados y se llenó de imágenes desconocidas. Sus pies formaron un mundo que se separaba del cuerpo y flotaba en el espacio. Los dedos como muelles; los tobillos como colinas; las plantas inesperadamente enormes, se habían convertido en sitios que podía recorrer. De pronto se encontró con Eufrasio en un sendero cálido ubicado en los talones. Él hablaba sin cesar, pero Brenda sólo recordó una frase.

— …estaremos juntos donde sea que la vida nos lleve.

Sabía que no era aquello lo que deseaba, pero en ese momento asintió con entusiasmo.

— Brenda, todo ha terminado — dijo junto a su oído la voz de Magdalena. Abrió los ojos y vio a Eufrasio observándola fijamente. Aún sujetaba sus pies y los empeines estaban húmedos como si los hubiera sorprendido una lluvia tibia. Una gota de saliva caía por la comisura de la boca de la giba y del ápice de su cabeza surgía a chorros una gelatina espesa y rojiza que la posadera y la doncella recogían en una taza. Brenda se incorporó. Las mujeres le alcanzaron el recipiente humeante.

— Debes beberla
— No podré. Es asqueroso.
— Pruébala. Tiene el mismo alimento que el jugo de una naranja.

Brenda obedeció. El fluido corporal de la giba tenía un gusto dulzón y lo bebió hasta el final. Mientras lo hacía tuvo otras visiones; estaba con Eufrasio en un enorme salón. La joroba vestía un elegante chaqué y alcanzaba a Brenda una vara de radiestesia.

— Aquí está lo que me pediste. Debo decirte que el cordero está a punto. La criada no tardará en servirlo.


Todo desapareció. Magdalena e Hipólita la tomaron del brazo y la llevaron al sendero que conducía a la casa. Esta vez no atravesarían los túneles. Eufrasio se había quedado en el río; Brenda lo vio con las piernas cruzadas, las manos sobre las rodillas y los ojos cerrados; por su cabeza surgía un humo espeso y blanco.

— Cada vez que se apropia de un par de pies, necesita de la soledad, de la luna, del rumor del agua — explicó Magdalena.

El velatorio de Erick el rojo continuaba. Para no interrumpir los ritos funerarios, las tres entraron por la parte trasera de la casa. Una vez dentro, Brenda examinó los flancos de sus pies. Cerca de los tobillos se habían formado sendas manchas del tamaño de una uña; parecían huellas de ceniza, pero al tratar de quitarlas, no se borraban.



16
En un futuro, Brenda encargará la decoración de su casa a un maestro italiano. El artista alternará esculturas y pinturas contemporáneas con piezas de otras épocas y algunos conocidos de la familia definirán el resultado como un colage de mal gusto; una unión arbitraria entre el pasado con el presente.

Esa tarde pacífica, ambas amigas seguirán compartiendo el té junto a un Miguel Ángel enmarcado en líneas de Art Deco.

— …ya sé, los árboles
— ¿Qué dices Terencia?
— El bosque, los árboles. Cuando Franz Mesmer se instaló en París, magnetizó un árbol procurando que los pobres tuvieran la oportunidad de acceder gratuitamente a su terapia. Con sólo abrazar el tronco, quedaban curados de sus males.
— Sigo sin entenderte
— En tu historia me hablas de bosques que rodean la casa. Esos árboles fueron tratados por alguien que conocía el magnetismo. De otro modo no entendería la pasividad que muestras frente a todo lo que ocurre.

En el velorio de Erick, Magdalena, golpeó con el cuchillo una botella para llamar la atención.

— ¡Atención todos!, esta muchacha acaba de perder la virginidad de sus pies…

La interrumpió un murmullo de aprobación.

— Ahora puedes participar, Brenda. Erick el Rojo se marchará al otro mundo con la caricia de tus pies. Colócalos sobre el cuerpo…

Brenda se acostó de espaldas en el suelo junto a la caja, levantó sus piernas y cuando apoyó sus pies en el cadáver todos callaron. La muchacha cerró los ojos; la pana del pantalón de Erick acariciaba sus plantas. Pasaron los minutos, y de pronto sintió que tiraban de ella. Abrió los ojos ; todos estaban en silencio y la miraban con espanto. Al sentir un segundo sacudón, advirtió que llegaba del muerto y retiró sus pies con un grito. Erick el rojo se había incorporado. En la sala hubo un tumulto; muchos escaparon y las mujeres se arrodillaron levantando los brazos al cielo. Brenda volvió a perder la conciencia.


17



Despertó en su cama en la tarde del día siguiente. En la sala la esperaba Magdalena.

— Querida, gracias a ti ha resucitado Erick el Rojo. Tus pies son algo precioso. Ninguna de nosotras tiene tanta fuerza en sus plantas como para levantar un cadáver..

Brenda no había llegado a despertarse y le costó entender las palabras de la posadera Tuvo que hacer un esfuerzo para recordar lo ocurrido. Magdalena seguía hablando del despertar de sus pies (así llamaba al haber perdido la virginidad) y de cómo su intervención en el ritual había traído de la muerte a Erick el Rojo.

— Te desmayaste hasta ahora Quizá por el esfuerzo .
— Magdalena, yo creo que Erick el rojo no estaba muerto — dijo Brenda y contó que al acercarse al cadáver, había constatado que no estaba frío y despedía una suave vibración.
— Querida Brenda, yo lo vi caer y te aseguro que se desnucó, pero estuviera muerto o no, fue gracias tus pies que Erick despertó. Las demás apoyamos nuestras plantas sobre él sin ningún resultado.
— ¿Dónde está Erick ahora?
— Te envía saludos y su agradecimiento que lo hayas sacado de la muerte. Ha salido muy temprano con sus hombres. Te ha dejado dormir y volverá mañana para agradecerte personalmente. Ahora debes salir con Hipólita a caminar descalza por la hierba. Es lo que se aconseja luego de haber perdido la virginidad; no los dañes. Recuerda que son verdaderas joyas


La mañana estaba clara; en la noche había llovido y la tierra, el cielo y el bosque parecían recién lavados. Brenda e Hipólita caminaron tomadas del brazo hasta un prado lleno de hierba. La sensación de frescura que subía por las plantas de la muchacha era muy intensa.

— Debes decirme cómo hiciste para que resucitara
— Sé que no vas a creerme, pero no hice nada. Tan sólo apoyé mis pies.
— ¿Y qué sentiste cuando el muerto se movía?
— Sentí espanto. Habrás escuchado mi grito.

Hasta un poco antes, Brenda había sentido prevención hacia Hipólita. Le costaba abandonar el papel de señorita de condición social elevada y recibía con disgusto el trato igualitario de la muchacha. Quizá fuera la experiencia con Eufrasio, pero sentía placer en dejar el lastre del protocolo. Aquello le ocurriría a Sissi en la corte de Austria cuando se oponía al privilegio y los rituales vacíos de los soberanos.

Las jóvenes se quitaron las ropas y se bañaron desnudas en un embalse del río al sudeste de la casa. Jugaron toda la tarde persiguiéndose, echándose agua una a la otra y abrazándose con placer.

Al terminar se vistieron y se acostaron sobre la hierba; Hipólita habló sobre muchas cosas. Se comentaba que los gendarmes, por orden del gobierno, preparaban una redada para acabar con todos los bandidos.

— En la Cofradía sabemos que hay dos hombres muy fieles cerca de Erick el Rojo, pero uno de ellos lo traiciona. — explicó Hipólita — Los árboles del bosque, el rocío en la hierba y el viejo libro de las brujas lo anuncian, pero Erick no lo quiere creer.

Al regresar a la casa, las mujeres ofrecieron a Brenda medias y un calzado cerrado.
— Debemos proteger tus pies. Con ellos resucitaste a nuestro benefactor y amante. Son muy valiosos para que puedas lastimarlos.

Luego invitaron a Brenda a una reunión de la Cofradía y le ofrecieron sentarse en un lugar destacado. Tuvo que descalzarse para que las demás vieran los pies que habían devuelto a la vida a Erick el Rojo. Durante un rato los examinaron y alabaron hasta que Magdalena volvió a hacer sonar un vaso para llamar la atención de las mujeres.

— Brenda es una gran admiradora de la emperatriz Isabel de Wittelsbach, a quien conocemos como Sissi. Además de los austríacos, los húngaros la consideran su reina y gracias a ella se ha logrado que cesen los enfrentamientos con la corona de Austria. En la corte, la emperatriz hace descalzar a todas las mujeres, pero ella permanece con sus zapatos y tan sólo una criada muy anciana puede ver sus pies. Cuentan que un duque entró clandestinamente en la habitación para espiarla mientras se cambiaba el calzado y el emperador, al saberlo, lo mandó matar. Como les decía, Brenda conoce muchos detalles sobre la vida de la reina. ¿Quieres contarnos algo?


El sol entraba por la ventana iluminando los rostros atentos y un gato ronroneaba entre los pies desnudos de las mujeres. Brenda hizo un resumen de la vida de Sissi. Habló de la muerte de sus seres queridos, del enfrentamiento con Sofía, la Reina madre y de sus preferencias por el pueblo de Hungría.

— En sus paseos congrega multitudes, pero cuando la ovacionan se mantiene callada, encerrada en su propio mundo. Cada vez que puede, visita los manicomios y los cementerios de su reino para conversar con los locos o los muertos. De ella es la frase que afirma “La Locura es más verdadera que la vida” Hay quienes dicen que es amante de Constantin Christomanos, su profesor de griego, pero la soberana está más allá del amor físico. Anhela la muerte y suele afirmar " Abrirán una pequeña abertura en mi corazón y por allí mi vida escapará como el humo."


(Continuará)

Registro Nacional de Derecho de Autor Nº 10-217-170

viernes 3 de julio de 2009

El Viaje de Brenda o Los Pies de la Novia (2ª parte)



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8

En los primeros años del siglo XX, los dirigibles surcarán el cielo de Europa; en Alemania tomarán las primeras radiografías y en todo el continente será cada vez más conocido el cinematógrafo.

En la sala de Brenda, Terencia procurará interpretar los hechos que viviera su amiga en aquellos lejanos días.

— Cierta vez Mesmer demostró ante un juzgado que un asesino había logrado magnetizar un puñal para sugestionar a las víctimas y de ese modo evitar que se resistan. El cochero al que llamas Cristino, te ha dado una daga con carga magnética para que no sientas remordimiento al clavarla en el pecho de tu novio.

— Terencia, querida amiga Yo tomé la decisión de matar a Pablo. En cuanto a lo demás, te concedo el beneficio de la duda, pero no necesité de ninguna sugestión para atravesar su corazón.






En el viaje de vuelta, Brenda sintió que podía ver desde el aire las laderas y las cimas de los montes. Fuertes colores vibraban bajo un amanecer suspendido del cielo. Aquel era un viaje falso, pero el asesinato de Pablo era real.

Vio también el carruaje, la enorme giba de Cristino y ella misma sentada como un insecto, con sus pies recogidos en el asiento. Podía volar donde quisiera y se desplazó hasta encontrarse a pocos centímetros de la joroba, esa gloriosa masa de carne con olor a naranjas que hendía el aire de la mañana. En el tejido violáceo se destacaban cuatro aberturas, un par de ojos, una nariz y una boca.


— Ya no tengo dueño — dijo Brenda en voz alta — Me entregaré al hombre que me merezca.
— ¿Estás segura que lo mataste? — La joroba podía hablar a través del hueco que hacía las veces de boca.

— La daga que hoy clavé en su corazón seguirá allí. No sé si volveré a verlo, pero el puñal no sólo atravesó su pecho, sino que destruyó aquello que lo mantenía vivo.

— Entonces te entregarás a mí.

— Nunca dije eso, pero tendría la libertad de hacerlo. Ya no soy una novia que viaja a casarse. Mi corazón canta y desea realizar lo prohibido. Quiero sentir la alegría del viento y vivir mil vidas a la vez. La verdadera virtud es cumplir fielmente todos los deseos.

— Lo único que te pido es que me acaricies con tus plantas desnudas.

Brenda se puso de espaldas y en el aire vio sus pies blancos y pequeños que vencían el viento. Se acercaron a la joroba y al rozarla sintió que algo crepitaba. La giba suspiró y se aflojó en un enorme gesto de alivio.








9
Terencia y Brenda conversarán en su cuarto. Las sirvientas atenderán a sus hijos.

— Estás describiendo algo muy importante según el magnetismo: los pies están llenos de terminaciones nerviosas y si los apoyas sobre una superficie poderosamente imantada, a través de ellos podrá llegar la sugestión. Ha sido una imprudencia no llevar calzado.

— Terencia, han pasado muchos años, he sobrevivido y ahora converso contigo.



Brenda se durmió en el coche y despertó en su cama a poco del amanecer. La recibió la doncella quien luego de saludarla eligió de acuerdo a sus órdenes un atuendo deportivo: falda simple y botas de montar. .

— ¿Estuviste aquí todo el tiempo, Hipólita?
— Es lo que me ordenaron
— ¿Y me viste dormir?
— Claro; la señorita es muy hermosa cuando duerme.

Mientras se vestía, Brenda pensó en Pablo, parado en la estación de carruajes y con el estilete clavado en el pecho. Era parte del sueño, pero tenía la certeza de haber estado allí. Al mirarse en el espejo se vio demacrada y decidió colocarse una doble porción de polvos en las mejillas.

— La señora Magdalena dice que debemos apurarnos; el carruaje espera desde el amanecer.

Algunas personas desayunaban y cuatro criados limpiaban la cantina recogiendo botellas rotas y vasos vacíos. Brenda se asomó por la ventana y vio a Cristino sentado en el pescante. En su espalda la joroba se inclinaba hacia abajo, como si hubiera perdido fuerzas.

Hipólita la dirigió al pequeño salón donde la esperaban un par de huevos a la francesa y frijoles parisinos. Al terminar, llegó Magdalena luciendo un vestido verde de diario. Seguía descalza

— Brenda, querida, tengo algunos recados para tu madre. Supuestamente debes viajar a la ciudad y quedarte allí para arreglar los detalles de tu boda, pero estoy segura que nos veremos antes de eso.

— ¿Por qué lo dices?
— Mis intuiciones difícilmente fallan.

El piso estaba sucio, pero las plantas de Magdalena mostraban un tono entre rosado y blanco, como si no las afectara el polvo. Sus pies parecían los de una persona mucho más joven.

— Magdalena, ¿Tenemos unos minutos? ¿Puedo preguntarte algo?

— Lo que quieras, querida
— Ayer me hablaste de una cofradía de mujeres…

La posadera hizo un gesto de silencio. Se levantó y revisó los pasillos laterales para asegurarse que no las escucharan.

— Es algo que sólo deben conocer quienes pertenecen a ella— respondió en un susurro— Se trata de la Cofradía de Mujeres Descalzas., un grupo en el que sólo podemos participar nosotras. No se admite a los hombres.
— ¿Qué hacen allí?
— En los pies de la mujer se concentra la fuerza, la gracia, la feminidad. En la Cofradía, danzamos, celebramos rituales y nos reunimos en un refugio secreto en el bosque. Nos da la protección….

Se detuvo un momento antes de pronunciar el nombre. Luego se inclinó hacia Brenda y habló casi en el oído

— …Erick el rojo
— ¡No puede ser!

— De esto no debes decir ni una palabra… Ahora quítate los zapatos.
— ¿Para qué?
— Hazlo — pidió Magdalena mientras sacaba un pequeño pote de los pliegues de su vestido. De él extrajo un ungüento negro que aplicó suavemente en los empeines de Brenda. Apenas lo frotó, fue absorbido por la piel.

— Acabo de iniciarte en nuestra Cofradía. Sé que soñaste con Cristino y su joroba; en el sueño también asesinabas a tu novio.

— ¿Cómo lo sabes?

— Te conozco y por eso pude visitar tu imaginación. Brenda querida, si te puse este ungüento es porque perteneces sin saberlo a nuestro sagrado grupo y nos encontraremos muy pronto cerca de aquí…


Magdalena se interrumpió ante la entrada del cochero quien las miró con una expresión contrariada. La joroba parecía haber crecido aún más o el hombre haberse reducido, ya que se surgía diminuto debajo de la mole de carne que casi rozaba el techo; saludó con un gesto de cabeza y con un gesto pidió que lo sigan.

Mientras cargaban las maletas de Brenda en el carruaje, un travesaño de madera cayó con estrépito. El cochero se inclinó y lo levantó maldiciendo sin importarle la presencia de las damas.

— Recuerda lo que hablamos — dijo por lo bajo la posadera a Brenda mientras se despedía — nos volveremos a encontrar y seguiremos con esta conversación, pero no debes comentar nada.





10


. El cielo estaba nublado y a poco de viajar se desató una lluvia torrencial. El ruido de las gotas sobre el techo del carruaje y el traqueteo del vehículo, hicieron dormitar a Brenda. A través de los ojos entornados, vio la joroba de Cristino levantándose como una torre que atravesaba las nubes e interrumpía el vuelo de los pájaros.

— ¡Maldito sea Dios y su enjambre de ángeles!

Lo despertó la voz aguda del cochero. El aguacero había amainado y el carruaje se detuvo. Al parecer, las riendas se habían enmarañado y costaba desenredarlas. Cristino bajó armado de un rejo y golpeó furiosamente a uno de los caballos mientras lo maldecía con voz atorada. Su joroba se agitaba de un lado al otro en una enloquecida danza de furia. El animal cayó al suelo y el hombre no se detuvo. De los ijares de la bestia surgieron hilos de sangre

— ¡Por favor no siga golpeando! — grito Brenda, pero el cochero estaba demasiado furioso como para escucharla La muchacha bajó del carruaje y sus zapatos se hundieron en el barro.

— ¡Deténgase! ¡No sea bruto…!

En el suelo, el animal relinchaba de dolor. Brenda se colgó del brazo del hombre intentando detenerlo. Él la empujó arrojándola sobre el camino y se volvió hacia ella. Su rostro estaba deformado por el odio.
— ¡Las bestias y las mujeres deben ser castigadas!.

La golpeó con la fusta en las manos, el pecho y la boca. La muchacha sintió el sabor de la sangre. De pronto se detuvo, la tomó de la espalda, apartó las manos con las que se cubría el rostro y la miró con una ternura inesperada. Al hablar no abrió la boca y fue como si su voz llegara de la joroba que se agitaba con las palabras

— La he golpeado porque la amo. Ahora suba al coche.

La muchacha obedeció.

— ¿Qué me hará?

El hombre no contestó. Brenda se miró en el espejo de mano: no estaba lastimada y los golpes ya no le dolían.

11
— ¿Y no te resististe cuando te castigó? — preguntará su amiga Terencia
— ¿Qué podría hacer? Estábamos él y yo. Además, sospechaba que todo aquello era un sueño.
— Es cierto. Esa imposibilidad de precisar los límites de la realidad surge cuando la sugestión hipnótica alcanza su punto máximo. Dice Mesmer que es el momento en que el magnetismo llega al hígado. Entonces se produce la sensación de extrañamiento.


Los campos volvieron a llenarse de unicornios que pastaban junto a asnos y caballos; el aire se cubrió de pájaros centellantes que atravesaban el carruaje y cambiaban de color a medida que avanzaban bajo el sol. Desnudos, los campesinos recolectaban los frutos del otoño cantando himnos que evocaban el antiguo culto a Dionisio y las orgías.

De pronto, la joroba de Cristino se inclinó sobre ella y la miró fijamente abriendo y cerrando un par de huecos como si fueran ojos.

— No perdonaré que te haya golpeado — dijo por lo bajo refiriéndose a Cristino— cuando menos lo espere recibirá su castigo y quedaremos solos tú y yo. Quiero que seas mi esposa.

Brenda iba a contestar, pero no encontró palabras.

.



12
Avanzaron en silencio y luego de varios kilómetros, un grupo de hombres armados y a caballo, surgió de los costados del camino. El carruaje se detuvo; Brenda sintió miedo y se cubrió hasta la cabeza con una manta, pero se asomó lo suficiente para ver lo que ocurría. Los desconocidos y el cochero se miraron en silencio durante un par de minutos hasta que echaron a reír y se abrazaron. Los recién llegados eran tres, vestidos con chaquetas, pantalones de cuero, botas y sombreros. Uno se destacaba entre los demás por su enorme estatura, su larga barba y sus rojos cabellos Hablaba en voz muy alta.

— ¡Cristino, hermano!. Es un placer verlos a ti y a la joroba…

Los demás conversaron entre ellos y Brenda no pudo precisar las palabras. El más corpulento, que parecía el jefe, se apartó y miró a su alrededor como buscando algo. Dejó a los demás y bajó del caballo. Caminó hacia el coche y la muchacha pudo ver el enorme revólver que colgaba de la cintura. Entre la espesa barba, asomaba la nariz demasiado fina que no parecía pertenecer a aquel rostro. Luego emergían los labios como un par de islas de carne en medio del pelo sedoso que cubría casi toda la cara y un poco más abajo, la punta rojiza del mentón.

Brenda pensó en cubrirse nuevamente con la frazada, pero sintió que no debía demostrar miedo y trató de sostener sin éxito la mirada del hombre. .

— ¿Qué quiere de mí? Estoy viajando. Déjeme tranquila.
Él la tomó de un brazo y la obligó a bajar

— Debemos conocernos — dijo con un susurro inesperadamente tierno.

— Usted no existe. Esto es un sueño — murmuró Brenda
— Todo es un sueño — respondió él — y tarde o temprano la realidad se desmorona, como ocurre cuando dormimos.

La muchacha sintió el vaho a alcohol, sexo y tabaco y recordó el sueño de la posada. Aquel era el hombre que la había secuestrado en mitad de la noche

— La llevaré conmigo
— ¿Va a secuestrarme?

Él no contestó y sin soltar su brazo la obligó a seguirlo.

— Mi equipaje — dijo ella — las cosas no pueden quedar aquí. Hay ladrones en el bosque.

Al escuchar esto último, el hombre rió y sus dientes asomaron muy blancos, coronando los enormes labios.

— ¡Cristino! — ordenó — lleva el equipaje de la señora al refugio.

Más allá, el jorobado hizo una reverencia asintiendo a la orden.


De pronto Brenda imaginó que sería la esposa de aquel hombre y lo seguiría en asaltos y aventuras hasta que los guardias lo asesinaran en un triste crepúsculo. Entonces lo lloraría durante tres noches. Pensó vagamente en su madre; sería una contrariedad para ella saber que no iba a casarse con Pablo, pero terminaría aceptando la felicidad de su hija.

El ladrón subió a su caballo sosteniendo a Brenda contra el cuerpo. El bosque se levantaba umbrío y se internaron en la región más oscura. Después de recorrer complicados recodos, encontraron un sendero y cuando la luz había desaparecido bajo el tupido follaje, apareció la enorme vivienda con paredes verdes, quizá para disimularla en medio de la vegetación. Luego Brenda conocería los túneles del subsuelo, por donde los maleantes podrían huir ante la llegada de los guardias.

La casa tenía una amplia sala con muebles sencillos de madera negra. Al verlos entrar, un par de muchachas rubias corrieron a un rincón y rieron entre ellas. El bandido llevó a Brenda hasta una habitación con una cama, una mesa y una ventana que daba al claro del bosque. Desde un sahumerio llegaba un fuerte olor a incienso.

— Dormirás aquí — dijo el ladrón — Después conocerás las costumbres de la casa.
— Me considero secuestrada — repitió ella — no puedo irme aunque quisiera.
— Las puertas de esta casa estarán abiertas para ti, pero te recuerdo que estamos en el corazón del bosque. Si intentas escapar, te perderás.
— Dime al menos lo que harás conmigo
— Por ahora, conocerte.
— ¿Cuál es tu nombre?

Lo intuía, pero se estremeció al escucharlo.

— Soy Erick, el Rojo. Me llaman así por el pirata vikingo. Acomódate mientras llega tu equipaje. Yo vendré más tarde.

Al salir el ladrón, escuchó los pies descalzos de las muchachas que se escondían sin dejar de reír.

13

Las paredes del cuarto donde estaba Brenda eran blancas y a través de la ventana podía ver dos grandes árboles cubiertos de pájaros. Abrió la puerta y se asomó a la sala; el sol daba en la pared delantera de la casa y la luz atravesaba los vidrios. Todo estaba solitario y aprovechó para investigar. Los muebles eran sencillos, pero las finas molduras y los capiteles trabajados pretendían imitar los salones reales. La puerta que daba al bosque estaba sin llave. La muchacha la abrió y pensó que Erick el Rojo tenía razón; habían cabalgado más de una hora para llegar allí y la casa estaría muy lejos de los sitios habitados. Volvió a la sala preguntándose qué haría Sissi, la Emperatriz de Austria si fuera secuestrada por ladrones; sin duda, viviría la experiencia hasta el final.

Las muchachas, había preparado para ella té con masas. Mientras la veían comer, no dejaban de reír y se tapaban la cara con las manos. Finalmente escaparon a las habitaciones interiores.


Con el té trajeron un libro: La Venus de las Pieles. Alguna vez había escuchado comentarios clandestinos sobre esa literatura vedada para una joven como ella. Allí se describían relaciones sexuales y formas de gozo que la religión y la sociedad consideraban prohibidas.

Luego de dos horas de lectura, se miró al espejo que colgaba en la pared. Sus mejillas estaban rojas y brillantes.

Sobre el final de la tarde, una de las jóvenes se ofreció para ayudarla a bañarse. La condujo hacia una de las habitaciones del fondo donde había preparado una tina con agua tibia. Brenda entró en ella y mientras se enjabonaba, las muchachas dejaban caer recipientes de agua caliente sobre su cabeza. Al terminar ayudaron a secarla con gruesas toallas. Luego se vistió con una enagua opaca y amplia que ocultaba sus formas.

Caía la noche cuando golpearon la puerta de su cuarto. Era Erick el Rojo. Llevaba su grueso sombrero en la mano y vestía un pijama blanco.

— ¿Me permites pasar?ert

Brenda se apartó y dejó entrar al ladrón que se acomodó junto a ella. Su torso era enorme y atlético.

— ¿Estás bien? ¿Necesitas algo? — preguntó
— Quiero saber cuándo recuperaré mi libertad.

Brenda dijo estas palabras, con la convicción que no le importaba demasiado. Mientras hablaba no dejaba de mirar las enormes manos curtidas del asaltante y se preguntaba cómo las sentiría su piel.

— ¿Realmente quieres ser libre? — preguntó él con una mirada que pareció atravesarla — ¿Sabrás dónde dirigirte si te devuelvo la libertad?

Ella bajó la cabeza. El hombre tenía razón: había matado a su novio, no deseaba volver a casa de su madre y no tenía otro sitio donde regresar.

— Dejaste partir todo lo que te ataba — siguió diciendo Erick el Rojo — Aquí te trajeron tus actos y tus deseos, incluso aquellos que no puedes pronunciar.

— ¿Voy a ser tu mujer?


— Lo serás cuando llegue el momento. Quiero hablarte de mi vida como ladrón, de lo que conocí asaltando caminos. ¿Deseas escucharme?

Brenda asintió con la cabeza.

— Desde niño me criaron en el campo, entre los ladrones. Mi padre fue un asaltante de caminos y lo mataron los guardias; quizá a mí también me maten,

Se acercó a ella. Brenda sintió que su corazón latía mientras aspiraba el olor del hombre que habló durante horas; de vez en cuando se detenía para acariciar con ternura su pelo o sus mejillas.

Describió el boato que rodea a los reyes; los estandartes vibrando en el viento; habló de las joyas reales que el pueblo podía ver una vez al año cuando los monarcas se dignaban a recorrer las calles. A pesar de la extrema vigilancia, los bandidos lograban acampar en la zona; lugares provisorios que no podían estar en pie más de una semana. . Por espías en la casa real, sabían cuál era el coche que cargaba el dinero. A punta de pistola conseguían las cajas de madera repletas de lingotes y entonces se ocupaban de lo que a muchos ladrones interesaba más que el oro: las mujeres.

— Es falso que seamos brutales con las damas — Los labios de Erick el Rojo estaban muy cerca de los de Brenda — Es falso que las obliguemos a nada. Ellas se entregan voluntariamente y se da el caso de muchas que pertenecen a la casa real, están cansadas del trato insulso que les brindan sus maridos y se embarcan en un viaje con el deseo de ser asaltadas. Cuando secuestramos a una mujer y pasa un tiempo con nosotros, le ofrecemos regresar a su vida anterior, pero la mayoría se niega. De las que han vuelto, ninguna nos delató. A pesar de la vida cómoda de la corte, de los halagos que reciben hay algo que nosotros le brindamos y que tienen los duques ni los archiduques a pesar de sus riquezas.



Brenda había arrimado su cabeza al pecho cubierto de vello cinabrio de Erick el Rojo; el hombre habló de los lejanos puertos donde los ladrones llevan su botín y lo reparten bajo la luz de la luna; de las amarras de los barcos; de los suicidas solitarios y de las jóvenes que van en busca de aventura, pisando las piedras redondas y desgastadas que rodean a los viejos bodegones. Muchas de ellas terminan como prostitutas y otras encuentran el amor de su vida. La luz de la luna las guía a la sombra fresca de los barcos, donde hacen el amor hasta desfallecer

Las criadas trajeron cordero en hojas de plátano y muchas frutas. Ambos comieron y al terminar, el hombre se acostó junto a Brenda. La miró fijamente, sin hablar.

De pronto la muchacha vio la joroba de Cristino cruzar rápidamente por la ventana. Al pensar que el cochero pudiera esconderse para ver lo que ocurría entre ella y Erik el Rojo, sintió un súbito calor que llegó a sus ingles y trepó por el cuerpo hasta las mejillas.


El ladrón se inclinó sobre Brenda y la besó; luego la tomó de la cintura, y la apretó contra sí. Entonces la muchacha cayó en sueño cerrado, sin imágenes.


12

— Sé que fue allí cuando perdí la virginidad — dirá en el futuro Brenda a la asombrada Terencia — Imagino el torbellino de calor, los abrazos, los besos. Pero sólo los imagino, no los recuerdo. He olvidado o perdido esa valiosa parte de mi vida.
— Me dices que la cama era de metal
— Tenía la base de metal
— Era un gran imán. Es de suponer que en el cuerpo de tu amante, ocultos entre el vello que tanto te atraía, había imanes muy pequeños que aumentaban el magnetismo animal y el poder de la sugestión.



Brenda despertó al amanecer escuchando los pasos y las risas de las muchachas. Quizá en la noche hubieran espiado lo que ocurrió entre ella y Erik el Rojo. Quizá hubieran sido testigos de otros episodios amorosos entre el ladrón y las mujeres que llevaba a aquel refugio. Se preguntó si a partir de ahora sería una prostituta o algo parecido; si el bandido se había prendado de ella como para convertirla en su amante y llevarla consigo en los asaltos.


Salió de la habitación. Las jóvenes la saludaron con reverencias. Buscó sus zapatos sin encontrarlos y recordó a Magdalena. Quizá aquellas muchachas también pertenecieran a la Cofradía de Mujeres Descalzas.

La puerta de afuera estaba abierta; decidió salir con los pies desnudos y recorrió un largo camino hasta observar entre las copas el brillo del cielo. Pasó de un suelo cubierto de piedras que lastimaban sus plantas a una hierba tersa y un polvo muy fino que recubría el sendero. Escuchó el estruendo del agua, llegó a un río torrentoso y se sentó en la orilla.


13
Vio la joroba a lo lejos. Pensó en volver a la casa y evitar al cochero, pero luego concluyó que era mejor quedarse y afrontarlo. El jorobado se acercó a ella y se sentó a su lado luego de saludarla en silencio con una reverencia.

— Dejé sus maletas en la casa — dijo con una voz grave que asombró a Brenda.

— Usted me ha golpeado. No crea que lo olvidé — reprochó ella. El hombre guardó silencio y la muchacha tuvo la impresión que su joroba crecía unos centímetros. Se inclinó hacia Brenda y fijó la vista en sus pies desnudos.

El agua, el aire, el brillo del sol tenían una luminosidad especial; la muchacha entrecerró los ojos y descubrió que podía ver al paisaje y al propio cochero cabeza abajo; Advirtió que la joroba tenía la forma de un hombre cuya boca estaba abierta sobre el cráneo del giboso. A sus costados crecían cuatro bultos parecidos a muñones.

— Usted me ha golpeado — repitió Brenda — Después dijo amarme, pero nunca lo demostró.
— ¿Por qué debiera demostrar algo tan evidente como el amor? Cuando una persona se ve arrebatado por él, todos sus actos lo rezuman. Entonces no importa si traspasa la piel de la amada con un golpe o con un beso. Lo que ocurra es justificado por su pasión…

Inesperadamente Cristino se abalanzó sobre los pies de la muchacha y besó largamente los empeines llenándolos de baba. Luego se desnudó sin dejar de mirarla con una mezcla de odio y deseo. Brenda escapó, procurando no resbalar con sus plantas llenas de saliva gelatinosa. El torso del jorobado era de un color entre gris y plateado, como un pescado descompuesto; sus caderas se afinaban y terminaban en un miembro pequeño que caía sin fuerzas.

La muchacha se ocultó entre unos árboles; más allá, Cristino caminó con dificultad por el enorme peso de la giba. De pronto se detuvo y cayó de rodillas; su voz fue un chillido desesperado.

— ¡Ayuda!, ¡ayuda por favor…!

La joroba devoraba el cráneo del cochero. Con parsimonia, mordió primero el cuero cabelludo como probando los dientes y luego abrió sus fauces hasta introducir en ellas la cabeza del hombre. Cuando llegó a los hombros, las mandíbulas se dislocaron para absorber el resto del cuerpo; las piernas de Cristino se agitaron hasta desaparecer. Luego la giba miró fijamente a Brenda quien advirtió que no podía apartar sus ojos ni moverse.

— Soy el dios Krishna — dijo la joroba— Hoy un hombre se quedó con la virginidad de tu sexo. Yo aspiro a la virginidad de tus pies.

— ¿Cómo puedo perder la virginidad de mis pies? Eso es imposible.


En la giba los rasgos terminaron de formarse; recordaban a una muñeca china: cara redonda, nariz achatada y labios gruesos.

— Quiero ser el dueño de tus pies…Si me apodero de ellos, no se los entregarás a ningún hombre.

Brenda intentó moverse, pero se sentía clavada a la tierra. Recordó con espanto el sopor en que caían las víctimas de las serpientes antes de ser devoradas. Con un esfuerzo lanzó un rugido de lo profundo de su estómago que le sirvió para romper la fascinación y correr hacia el refugio. La joroba la llamó con voz atorada; sus pies aún eran demasiado pequeños para correr tras ella.

(Continuará)

lunes 22 de junio de 2009

El viaje de Brenda o Los Pies de la Novia (1ª Parte)



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A Pilar y "Otros Mundos"

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— Señorita, parece una reina — dijo la criada a su ama. Brenda pestañeó mostrando sus ojos verdes resaltados por la peluca y se movió agitando con un suave frufrú el vestido blanco con brocados y la falda con pasamanerías de seda, larga hasta los pies por la que sobresalían apenas las botas azules

— Asunta, no quiero parecer una reina. Tan sólo una novia

La madre de Brenda no estaba de acuerdo en que usara esas prendas para el viaje.

— Es muy largo el trayecto. Tu vestido llegará destrozado.

— Madre, mi ropa debe reflejar mi interior. No importa lo que ocurra; el destino protegerá las prendas.

— Me preocupas, Brenda. Yo no te puedo acompañar debido a mi pierna. Está muy hinchada en estos días. No es bueno para tu virtud que viajes sin compañía , en especial cuando debes alistar los detalles de la boda.
— La virtud, madre. no depende de las costumbres, de la moral, de la Iglesia ni de lo que piensen los demás. Es un movimiento interior. Si mi prometido no lo entiende así, que suspenda el matrimonio. Sabes que mi modelo es la Emperatriz de Austria, Isabel de Wittelsbach. Ella odia el protocolo, fuma y viste como quiere.

La mujer negó con la cabeza. No estaba de acuerdo con esas nuevas ideas, pero sería inútil discutir con su hija.

Las dos criadas y el mozo que atendían la casa esperaban junto al carruaje, un coche pintado de blanco, azul y rojo con el frente descubierto para que en esos días de caluroso otoño, el viajero pueda sentir el viento en su rostro. En uno de los costados llevaba un mástil con un gorro frigio. El mozo ubicó el equipaje en la parte trasera.

— ¿Dónde está el cochero? — Preguntó la madre de Brenda.

El hombre llegó de la cocina limpiándose la boca con la manga y esparciendo un fuerte olor a cerveza. El gorro llegaba hasta las orejas y por debajo asomaban mechones despeinados. La nariz tenía forma de gancho y los gruesos labios se curvaban hacia abajo en lo que parecía una mueca de desprecio. Lo que más se destacaba era la joroba. Surgía del lado izquierdo de la espalda, levantándose como un monolito. El extremo estaba descubierto y mostraba una superficie blanca, orlada con bandas violetas. Brenda pensó que el hombre era la versión masculina de una bruja. Deteniéndose ante la madre de la muchacha, apoyó una rodilla en tierra y besó su mano. La joroba acompañó los gestos, como si tuviera vida propia. Del interior de la chaqueta sacó un fajo de papeles que alcanzó a la mujer.

— Como usted verá, su eminencia el Arzobispo Rubiano me ha recomendado para que lleve con bien a la niña en el trayecto que debe recorrer. Sé que mi aspecto resulta extraño, pero puede leer en mis recomendaciones que soy un hombre en extremo piadoso. Aquí hay una nota de la señora Magdalena, dueña de la posada que se encuentra a mitad de camino y a quien usted conoce. Ella también me recomienda. Su hija pasará allí esta noche antes de continuar mañana el viaje a la ciudad.

La mujer simuló revisar los documentos. Ya había recibido los originales por un correo de la ciudad. Ante la negativa de Brenda de ser acompañada por alguien de la familia, su tío, ayudante personal del arzobispo, había hecho averiguaciones entre varios cocheros concluyendo que aquel hombre era el mejor. La mujer sabía de su aspecto extraño y su joroba. El propio clérigo, al final de la carta, luego de enumerar las virtudes del recomendado, afirmaba que su caso era una prueba de la expresión de Santo Tomás: “Lo deforme es la expresión de lo deiforme”.


Brenda dejó que su madre se ocupe de la parte formal y ayudada por las criadas subió al carruaje. El cochero se acercó a ella y la saludó con una reverencia.

— Señorita, mi nombre es Cristino y tendré mucho gusto en conducirla a la ciudad.
2


El sol brillaba en un cielo sereno y templado. Con los preparativos del viaje, Brenda casi no había descansado y dormitó unas horas. De vez en cuando abría los ojos y veía frente a sí la joroba; el cochero había corrido el trozo de tela opaco, dejando al descubierto la punta. En la franja violeta, donde no llegaba la sangre, el sol se descomponía en destellos dorados.

La muchacha sintió que le molestaban los zapatos. Eran nuevos, de cabritilla; en Inglaterra los llamaban Ankle Boot. Aflojó las tiras que los sujetaban el empeine y la parte baja de la pierna; comprobó que el hombre estaba concentrado en el camino y se los quitó. Apoyó en la baranda sus pies pequeños enfundados en finas medias. Eran populares entre los caballeros que frecuentaban la casa, quienes elogiaban la fineza de los tobillos. Su propio novio había escrito varios poemas dedicados a sus plantas y a un par de zapatos que lo fascinaban. En las reuniones sociales, Brenda reía detrás del abanico, ya que cuando los caballeros la rodeaban, luego de besar su mano y pronunciar algunos requiebros, todos bajaban las cabezas para observar sus pies.

Al rato volvió a sentir sueño, y a punto de dormirse le pareció que la joroba se inclinaba hacia ella. La despertó la voz chillona del cochero.
.
— …la vida es una lucha, señorita. Hace unos años en la Iglesia me han dejado leer el Bhagavad-Gita, un libro traído de la India por los ingleses. Allí se narra una batalla, pero no una batalla cualquiera. El príncipe Arjuna es conducido a la lucha por su cochero, el dios Krishna. Él tiene dudas, ya que debe matar a muchos, entre ellos familiares y amigos...

Brenda advirtió el espejo cuadrado sostenido por una varilla agitándose con el movimiento del carruaje. Reflejaba parte del rostro del hombre, y le permitía ver hacia atrás. Quizá la estuviera espiando cuando se descalzó; retiró de inmediato los pies de la baranda.

— Krishna dice que su deber como guerrero es acabar con los enemigos y que está obligado a matar por encima de los lazos de parentesco o amistad. De allí lo que le digo: la vida es una lucha.

El hombre se volvió intentando sonreír, pero sólo esbozó una mueca. Gruesas y negras gotas de traspiración bajaban desde la punta de la joroba. Brenda se sintió incómoda. No entendía por qué el cochero hacía referencia a esa historia antigua que no le importaba.

— El Gita dice que la espada no debe vacilar, aún cuando debamos matar a los que amamos…
— Disculpe, señor pero no entiendo mucho de lo que habla. Necesitaría una introducción a todo esto.
— El dios habla de los yogas o caminos. El que corresponde a Arjuna, es el yoga o sendero de la acción. Existe también el Bakhti o yoga del amor… a propósito, ¿cómo anda usted del amor?
— De eso ando muy bien, Me voy a casar.
— Entonces usted, como Arjuna, va a librar la gran batalla, en la que deberán caer amigos o parientes, ya que todos son expresiones del mismo ser con diferentes máscaras.
— No estoy de acuerdo. Usted me habla como si el matrimonio fuera una guerra, y no lo creo así.
— El amor es una batalla, lo mismo que la vida.



3

Años después, Brenda contará la historia a su amiga Terencia, entusiasta de las doctrinas de Mesmer. Ella comentará este primer diálogo con el cochero.

— Una técnica de hipnosis consiste en iniciar la charla con un fragmento de conversación que la otra persona no entienda, pero que resulte atractivo — explicará Terencia — Quizá en la referencia sobre el Bhagavad-Gita se haya iniciado todo






El cochero guardó silencio y Brenda volvió a dormirse. La despertaron voces de hombres; varios guardias a caballo habían detenido el carruaje.

— ¿Dónde se dirigen? — preguntó uno de ellos.

El cochero contestó con voz de falsete

— Vamos a la posada del Manco, propiedad de doña Magdalena Irzús.

— Se ha escapado Eric el Rojo, el famoso ladrón de caminos. Está armado y es peligroso; no se aparte del sendero público.

Partieron. Un suave olor a cítricos llegaba de la joroba. Brenda sintió rechazo y una leve náusea, pero no podía dejar de mirarla fijamente.
4
Cuando vieron en la distancia La Posada del Manco , la muchacha se calzó rápidamente. Al llegar, el cochero condujo el carruaje al patio donde había agua y comida para los caballos.

El edificio contaba con dos grandes plantas. . En una de ellas estaba la cantina, repleta de hombres que bebían y reían y en la otra se encontraban los cuartos y la hostería. El cochero guardó el carruaje y se dirigió a la taberna donde un grupo de hombres golpearon con entusiasmo su joroba y lo condujeron al interior.

En ese momento apareció Magdalena, la dueña, amiga de la familia de Brenda. No llegaba a los cuarenta años y muchos la consideraban demasiado joven para estar al frente de una posada como aquella, pero no le había quedado otro camino luego de la muerte de su esposo. De cabellos rubios y rizados, el rostro era redondo con mejillas muy rojas y un hueco a la altura del mentón que se ensanchaba con la risa. Su nariz era alargada y los labios pequeños, con forma de corazón. Ordenó a un par de mozos que ayudaran a bajar a Brenda y ya en el suelo la abrazó con afecto.

— Querida muchacha, bienvenida a mi hogar. Guardé la mejor habitación para ti. Como verás, la posada está llena de gente y debo ocuparme de todos, pero ya tendremos un momento para conversar.

La mujer llevaba un traje ocre, con mandil azul y una cofia. Debajo de la larga falda, mostraba sus pies descalzos, blancos y pequeños. Acompañó a Brenda hasta su habitación en el segundo piso; paredes blancas; mobiliario escaso y preciso. Una lámpara de aceite estaba encendida y a través de la ventana refulgía la luna en cuarto creciente. Magdalena hizo sonar una campanilla y casi enseguida llegó una joven de no más de trece o catorce años; rostro alargado, nariz recta y una constante sonrisa entre infantil y obsequiosa. Vestía traje blanco, con cofia y también estaba descalza.

— Ella es Hipólita. Te hará compañía durante la noche. Si necesitas algo no tienes más que pedírselo. Ahora debo dejarte, Brenda. Como verás, tengo mucho trabajo y no puedo confiar en la servidumbre, pero más tarde o mañana conversaremos. Cuando te acomodes, Hipólita te servirá la cena. No te acerques a la cantina. Los hombres beben mucho y son groseros.

Brenda no apartaba los ojos de los pies blancos de la mujer que asomaban debajo de la larga falda.
— ¿No es malo que andes descalza?


Antes de contestar, la posadera miró a todas partes para comprobar que no la escuchaban.

— Es la consigna de mi cofradía … más tarde conversaremos

La mujer se alejó rápidamente e Hipólita acompañó a Brenda al interior del cuarto, llevando las dos maletas.

— Señorita voy a alistar su cena — dijo con una reverencia — cuando se ponga cómoda la espero abajo. Brenda cerró la puerta, y eligió un vestido más cómodo, y acorde al lugar. El miriñaque se había insertado cerca de su cadera y por un momento pensó que su madre tenía razón, que no era una indumentaria adecuada para el viaje. Práctica en aflojar el corsé, no necesitó de ayuda para hacerlo.

Al terminar se asomó a la ventana pequeña que daba al prado y al oscuro bosque extendido delante de la posada. La noche estaba clara y la luz de la luna caía gelatinosa sobre los senderos. Sintió hambre y decidió bajar. Hipólita la esperaba al pie de la escalera y permaneció junto a ella mientras cenaba.


Desde su silla, Brenda pudo ver lo que ocurría en la taberna, un gran salón rectangular. De un lado estaba el mostrador y del otro un par de largas mesas en las que los hombres no dejaban de beber. Cristino iba de grupo en grupo, conversando animadamente. Su joroba era tan alta que a veces tropezaba con las luces que colgaban del techo. Los demás la palmeaban, la pellizcaban o reían de ella, y él no se ofendía. Un niño que estaba en el lugar, saltaba hasta tomarse de la giba con ambas manos y se balanceaba como un mono.

El menú incluía un caldo espeso seguido por carne de ciervo de la zona y acompañado de un vino rojo y grueso. Como gentileza de la posada, Hipólita sirvió a Brenda compota de manzana procedente de Londres. Explicó que las reservaban para huéspedes distinguidos.

Al terminar, subió a su cuarto seguida por la criada. Brenda se acostó e Hipólita se sentó en una silla. Apagaron la lámpara y conversaron bajo la luz de la luna que entraba por la ventana.

— ¿Sabes quién es Sissi? — preguntó Brenda y la joven contestó que no con la cabeza — es la Emperatriz de Austria. ¿Quieres que te cuente sobre su vida?

La chica asintió y Brenda habló durante una hora acerca de la soberana, de su negativa al protocolo y el hábito de fumar como un hombre. Describió la displicencia altiva con que la emperatriz tomaba los romances de su marido.

— Recientemente su hijo, el príncipe heredero Rodolfo se ha suicidado con su joven amante, la Baronesa María Vetsera en el refugio de caza Mayerling. Eso fue para ella la destrucción

Hipólita no entendía mucho de lo que decía Brenda, pero escuchaba atenta, asintiendo con la cabeza y con los ojos muy abiertos. Era la primera vez que una dama hablaba con ella de igual a igual sobre las costumbres de los poderosos. Finalmente su cabeza cayó hacia adelante y quedó profundamente dormida.

A pesar de lo blando del colchón de estopa, Brenda no pudo conciliar el sueño. De vez en cuando se levantaba, y miraba la luna . Hasta el momento, su vida había transcurrido en la casa paterna, tejiendo junto a su madre. La señorita Cora, una francesa arrugada, le había brindado educación. Extrañaba la libertad que nunca había tenido;

Se levantó y miró por la ventana; sus ojos se clavaron en los lindes del bosque . La noche ofrecía posibilidades interminables, pero el recato de una joven que estaba por casarse, le impedía salir e internarse en los senderos. Luego de su matrimonio, el tiempo correría entre fiestas, clases de piano y la crianza de los hijos. Hubiera deseado una vida salvaje, llena de peligros. Más allá de esos árboles empezaba la tierra de los crueles bandidos, asaltantes de carreteras. Se comentaba que eran muy románticos y que tenían como norma hacer felices a las mujeres. Brenda fantaseó durante un rato en ser amante y hasta esposa de uno de ellos. Quizá perdiera las comodidades que había tenido hasta ahora, pero viviría plenamente la vida.

Decidió arreglar sus pies. El sacerdote de la iglesia afirmaba que ocuparse de una parte del cuerpo era vanidad, pero Brenda estaba orgullosa de ellos. Había heredado las líneas de su madre: empeine alto, arco profundo y dedos suaves, casi trasparentes. Con una pequeña cuchilla y una lima traída de Londres, cortó y emparejó sus uñas. Luego extendió en los empeines y las plantas capas de crema elaboradas por las criadas con glicerina e hierbas recogidas en el monte para dejar la piel lisa y brillante.

Estaba por acostarse, cuando golpearon suavemente la puerta.
5
— Quién es?
— Soy Cristino, su cochero

Cerca del techo había una claraboya y a la luz de la lámpara que iluminaba el pasillo, se reflejaba la sombra de la enorme giba. Brenda abrió lo suficiente como para asomarse.

— ¿Qué desea?

la joroba del hombre se movía nerviosa a un lado y al otro.

— Señorita, los guardias informan que Eric el rojo, el ladrón de los caminos, sigue libre y puede atacar la posada. Ellos han debido marcharse y no hay personal suficiente para proteger el lugar. Es mi deber acompañarla en su cuarto hasta el amanecer. La doncella que está junto a usted duerme profundamente y no podrá hacer mucho si se produce un ataque de los bandidos. Además de las recomendaciones presentadas a su madre, los posaderos saben que mi conducta es honorable. No necesito dormir. Me bastan un par de tragos de agua, y pasaré la noche en oración.

Brenda se mantuvo en silencio. No quería ser descortés.

— ¿Qué decide entonces? Si es molesto para usted debe decírmelo. Lo único que anhelo es protegerla.

Antes de contestar, la muchacha se mordió los labios.
— Sepa que mañana me voy a casar; que una mujer no sólo debe cuidar su virtud, sino la apariencia de esa virtud…

No era esto lo que pensaba, pero con el fin de impedir que aquel hombre entre a su cuarto, debía utilizar ese argumento. El cochero hizo un breve gesto de desilusión.

— Claro, como la mujer del César

Saludó bajando la cabeza y Brenda lo escuchó alejarse. Bebió agua de la jarra; sus manos temblaban y trató de tranquilizarse mirando el paisaje nocturno, pero no podía olvidar la imagen de la joroba. Hipólita roncaba suavemente con la cabeza a un costado.

Un rato después, volvieron a llamar a la puerta.

— Brenda, puedes abrir. Soy Magdalena

El cochero esperaba detrás de la posadera.

— Te garantizo que este señor es un perfecto caballero. El riesgo de los ladrones es real. A pesar del problema en su espalda, él ha recibido formación y disciplina militar y está en condiciones de enfrentarse a cualquier peligro. La mayoría de los clientes han ido a dormir y del trabajo que queda pueden ocuparse mis asistentes, de modo que yo también permaneceré aquí velando tu sueño. Tu virtud no se verá amenazada.

Brenda asintió y los dejó entrar. Cristino tuvo que agacharse para que pasara la giba con un constante balanceo .

— Ahora duerma, lo necesita — dijo con su voz aguda— Es un viaje largo, yo me sentaré en esta silla, la señora Magdalena lo hará en la otra e intervendremos si ocurre algo.

— ¿Es realmente necesaria esta vigilia? — preguntó Brenda — ustedes también están agotados y deben descansar.

— Créame que es necesaria — respondió Cristino — Ahora trate de dormir

La muchacha sintió que las últimas palabras fueron dichas por la joroba. La posadera y el cochero conversaron en voz baja. Brenda miró fijamente los pies desnudos de Magdalena, cruzados uno sobre el otro. Parecían brillar con luz propia.

6
En la charla que muchos años después mantendrá con su amiga Terencia, la misma insistirá que Brenda fue víctima de una complicada hipnosis, y el sueño de esa noche habría sido otra de las piezas claves.

— Mesmer dice que se puede imantar una pieza de metal, cargándola con un sueño que el hipnotizador elige. Al sumergirla en un vaso de cualquier bebida se puede lograr que ocurra esa misma noche. El sueño inducido introduce el mundo de la noche en tu vigilia y te hace vulnerable. En el vino que bebiste en la cena han hundido una barra imantada y quizá fue esa chica que mencionas, Hipólita, por orden de su ama.

La Brenda del futuro escuchará aquello con una sonrisa y no afirmará ni negará las palabras de su amiga.


A poco de dormirse se soñó a sí misma despierta en la misma habitación de la posada. No estaban el cochero, la posadera ni la doncella y la puerta que daba al pasillo golpeaba rítmicamente contra el marco. Brenda se levantó de la cama y la cerró. Sabía que estaba en un sueño, y al mirar hacia afuera descubrió que la luna no estaba en cuarto creciente, sino en plenilunio. Durante un rato siguió con la mirada las sombras que se perdían en el oscuro bosque. Respiró profundamente con una súbita sensación de paz.

Fue entonces cuando advirtió que había alguien en el cuarto; llegó a percibirlo como una rápida sombra que se arrojaba sobre ella, mientras un par de manos la sujetaban.


— ¡No te muevas ni respires! Vendrás conmigo.

Sintió algo frío en la garganta y supo que era la hoja de un alfanje. El desconocido la cargó en brazos, salió por la ventana y se deslizó por una escala hasta llegar al suelo. No dejaba de hablar junto al oído de Brenda, aunque ella no entendía el idioma. Llegaron al prado. .

— … voy a quitar mi mano de tu boca. No se te ocurra gritar. Si lo haces te corto el cuello.

El hombre despedía un fuerte olor a tabaco, vino y sexo. Brenda pensó en Pablo, su novio. Antes de abrazarla demoraba diez minutos en quitarse los guantes y siempre olía a colonia que traían para él de la campiña francesa. Se vio a sí misma desde el aire en los brazos del ladrón. Era una mancha blanca, frágil y supo que el hombre era el propio Eric el Rojo

Desde lo alto vio la giba flotar en el aire de la noche. De ella se desplegó la figura de Cristino. El jorobado ladró con furia. Eric el Rojo soltó a Brenda y sacó una espada que destelló bajo la luna. La joroba se emancipó de la espalda del contrahecho, flotó en el aire unos momentos y golpeó al ladrón en la cabeza desmayándolo.

El resto del sueño fue confuso. La giba tenía una boca redonda que al inclinarse rozó los pies desnudos de Brenda. Luego Cristino la tomó entre sus brazos y subió con ella por la escalera que parecía sostenerse en el aire de la noche. El cochero, a diferencia del ladrón, despedía un fuerte olor a naranjas.

Cuando despertó, la luna seguía brillando. La posadera y la doncella no estaban y el jorobado dormía en la silla; su cabeza colgaba hacia atrás y roncaba ruidosamente. Despertó unos segundos después que Brenda

— El ladrón se acaba de marchar — anunció — la he salvado de un secuestro.
— Fue un sueño — respondió Brenda
— ¿Y cómo pude saber lo que soñaba?
— Eso le pregunto. ¿cómo hizo para saberlo?

— Es lo que algunos llaman la ciencia infusa.
— ¿Qué es eso?
— Es algo que se sabe porque sí, por un golpe de intuición. De este modo se puede predecir el futuro.
— Entonces sabrá si otro ladrón llegará esta noche.
— Por ahora estamos a salvo, pero antes del amanecer, usted acariciará mi joroba con sus plantas.

A pesar de estar cubiertos con la sábana, Brenda retorció sus pies, tratando de esconderlos.

— ¿Por qué dice eso?
— Porque es así. No se confunda. Es una afirmación espiritual, no sensual. Sus pies son perfectos, deliciosos. Ellos resumen la totalidad de su belleza que es mucha. Mi giba es monstruosa, es el ejemplo de toda la fealdad del mundo. Lo que usted desea es que mancillen su pureza, quiere sentir el goce del monstruo arrasando a la bella. Y para eso nada mejor que sus pies en mi joroba como un símbolo universal
— ¿Quién le dijo que yo quiero eso…?
Un resplandor surgió por la ventana; en el cielo un círculo enorme, rojo y amarillo giró furiosamente.

7

— Algo debía servir de base a la sugestión —insistirá su amiga en el futuro — es posible que en la joroba, el cochero escondiera un gigantesco imán del cual surgieran ondas magnéticas que alteraran tu percepción para obligarte a que hagas cualquier cosa..
Brenda la escuchará pensativa.

— Debes saber Terencia que en el sueño, cuando la joroba se inclinó hacia mí, pude tocarla y era blanda y firme como tejido humano.
— Mesmer hablade un tejido de metal que puede intercalarse con el humano…

Terencia seguirá con sus especulaciones hasta pedir a su amiga que continúe con el relato




Brenda tenía mucho sueño , pero procuraba no dormirse. El vértigo y una intensa sensación de peligro llegaban desde sus pies.

— Viajemos, viajemos — Escuchó desde lejos la voz aguda del cochero. Tan sólo podía ver la joroba, emancipada del cuerpo, moviéndose rítmicamente, como si bailara.
— Viajemos… viajemos.

— ¿Viajar? ¿A dónde?


— Viajemos a otro mundo que tiene las mismas ciudades y las mismas personas que amamos y a la vez odiamos.

No se resistió cuando el jorobado la tomó entre los brazos.

— No deberá llevar calzado — dijo a su oído — No lo necesitará durante el viaje.

Tras la ventana, estaba la misma escalera que había usado el ladrón en el sueño. Lentamente, aunque con mucha agilidad, Cristino descendió peldaño a peldaño hasta llegar abajo. El carruaje se había convertido en una diligencia descubierta y arrastrada por hermosos caballos blancos. El cochero sentó a la muchacha con mucho cuidado. Luego subió al pescante y condujo en la noche iluminada por la luna que había retornado al cuarto creciente. La joroba parecía flotar

Viajaron largamente por campos de flores otoñales pardas y violetas. Una bandada de loros amarillos los escoltó durante un trecho. En los campos había vacas y toros junto a unicornios. Todos se alimentaban de plateadas hierbas.

Por el sendero caminaban caravanas de hombres brillantes, azules y verdes que se demoraban en atravesarlo. A ambos lados se levantaban arbustos con rostros humanos y garras en vez de hojas. Inútilmente intentaban detener el carruaje.

Luego atravesaron farallones: a un lado la montaña y al otro un furioso mar. Las rocas eran iluminadas desde adentro y alguien había esculpido en ellas enormes rostros. Brenda vio una talla muy parecida a sí misma.

Llegaron a la ciudad con las primeras luces del día. Cuando atravesaban los suburbios, Cristino detuvo el carruaje en un lugar desierto y se volvió hacia ella. Sus ojos brillaban y los labios se curvaban en una mueca. Le alcanzó un puñal nuevo, plateado que relumbró bajo la luna.

— Va a necesitarlo.

Brenda se negó

— Me asustan las armas.

Bajo la luna llena, la daga brillaba hasta encandilar. Como la joroba, le producía rechazo y fascinación

— Le aconsejo que lo tome. Si no lo usa me lo devolverá — dijo Cristino deteniendo el carruaje — Le confieso algo: mi joroba tiene vida y está atenta a lo que hace. Tome el puñal. La luna, que es la joroba de la noche, también está alerta, esperando su decisión.

Brenda obedeció. La daga medía unos veinte centímetros y su hoja era filosa y aguda. El acero estaba tibio y parecía latir. Con un estremecimiento, lo guardó entre las ropas.

. Antes de llegar, sintió el perfume a lavanda francesa que flotaba en el aire y llegaba al carruaje. Pablo esperaba de pie, vestido con levitón y guantes. Al llegar junto a él, se acercó al carruaje y la ayudó a bajar.

— ¿Por qué estás descalza? — preguntó — te puedes dañar los pies…

Cuando la muchacha descendió, el jorobado adelantó el coche con la intención de dejarlos solos. Ellos se abrazaron discretamente y otra vez Brenda sintió que flotaba y veía todo desde arriba; su cabeza junto a la de Pablo en la soledad del andén ., una novia que llega a aprontar los detalles de su boda; una pareja saludándose. Se vio a sí misma hablando, aunque no tenía noción de sus palabras. Las nubes tenues volaban a un lado y al otro, como si hubiera atravesado las primeras capas de la atmósfera. El viento súbito y helado la hizo bajar vertiginosamente y por un momento temió chocar contra ella misma, pero se limitó a ocupar su cuerpo y la recibió el aliento de Pablo. Estaban muy juntos, con los labios casi pegados.


Sintió el corazón de su novio latiendo como una pasa y tuvo visiones del futuro ; su rostro avejentado, los labios caídos y una expresión de desesperanza en medio de un enjambre de niños. Intentó escapar del abrazo, pero las manos de Pablo la sostenían y los ojos la miraban fijamente. Movió su mano derecha y encontró el puñal que le había dado Cristino.

— ¿Serías capaz de matar por mí? — preguntó por lo bajo a su novio. Él la miró sorprendido.
— ¿Cómo dices…?
— …porque te digo que yo soy capaz de matar por mí.

Sacó el puñal y lo clavó en su pecho. No tuvo que esforzarse; la hoja brillante, fina, resistente, atravesó sus costillas y entró con facilidad en su corazón. Pablo la miró con asombro, sin llevar las manos a la herida; sin caer. Estuvieron así unos segundos, uno frente al otro. Los ojos de su novio se convirtieron en bolas de vidrio y su cuerpo empezó a enfriarse.

— Suba, señorita — es momento de irnos.

Cristino había bajado del coche y la ayudó a trepar. Dio la orden a los caballos que cabalgaron rápidamente. Pablo siguió en la acera, con los brazos abiertos en el gesto de estrecharla. En el carruaje, Brenda vio que la joroba crecía aún más y la luz de la luna se concentró en su punta roja con leves estallidos de luz.

Otra vez sintió sueño y se durmió.


(Continuará)

Ricardo Iribarren

Registro Nacional de Derecho de Autor Nº 1-2009-23606 — Colombia 2009

domingo 21 de junio de 2009

Dormir en Cali



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A Ryonosuke Akutagawa y Gabriel García Márquez.
1
Son más de las nueve y me despiertan el silencio y el guayabo. No han sonado las sirenas de las ambulancias que todas las mañanas salen del hospital cercano; tampoco escucho carros, camiones, motos o el trotar de los caballos . Me asomo a la ventana. Tres hombres están acostados cerca del parapeto que separa la avenida de la orilla del arroyo. No me asombra, ya que en aquel sitio suelen dormir jinchas. Lo preocupante es la soledad y el silencio en vez de las multitudes y el ruido de Cali durante las mañanas.

Me aparto de la ventana. La cabeza me duele , tengo la boca seca, una erección enorme y unas fuertes ganas de orinar (guayabo puntudo que le dicen ) ¿Dónde están todos? Aquella quietud suena como una amenaza . Casi siempre el silencio augura desastres y por eso hay que conjurarlo con música fuerte y alcohol.

La dueña que me alquila ese cuarto con un baño para tres familias, cucarachas y agua fría, ya debía haber despertado. A aquella hora escucho siempre la bulla de sus nietos antes de marchar al colegio. Abro la puerta y me asomo; también en la casa hay un silencio total.

— Un clavo saca a otro clavo — murmuro, repitiendo el remedio popular contra el guayabo. Necesito cerveza fresca . Vuelvo a mi cuarto, me pongo el pantalón y al asomarme nuevamente, veo entreabierta la habitación de doña María y distingo en su enorme vientre subiendo y bajando con la respiración. No escucho los ronquidos que siempre se extienden hasta el pasillo. A aquella hora ya debería haber bajado a la otra casa donde viven sus hijas.

Voy hasta la nevera. No debo tomar la bebida de la dueña, pero no tengo más remedio. Luego de un par de cervezas, el dolor de cabeza disminuye, mi miembro se achica y puedo orinar. Dicen que aquello no quita el guayabo, sino que prolonga la borrachera del día anterior, pero voy a estar bien por unas horas, aunque luego vuelva el dolor y esa ansiedad que me obliga a comer las uñas hasta los dedos.

Termino de vestirme, salgo y bajo las gradas. Como la mayoría de las casas, la escalera es externa y comunica a otras viviendas. La calle sigue solitaria, sin carros. En la otra cuadra hay más personas acostadas en la acera o en el borde de la calzada. Muchos de ellos son jóvenes y están vestidos para ir a trabajar; no pueden estar todos borrachos. En la casa de abajo también hay silencio. La puerta está entornada y la sala desierta. En la mesa hay restos de comida de la noche anterior. Entro al cuarto de uno de los niños que duerme como los demás.

— ¡Ramiro!, ¡Ramiro ¡ — llamo sacudiéndolo. No contesta. El cuerpo está caliente, el corazón late y apenas respira. En la otra habitación está su madre profundamente dormida. Camino hasta el cuarto del fondo. La otra hija de doña María se encuentra en la cama, junto a su marido. En la cuna, el niño duerme como ellos. Temo que en cualquier momento despierten y no sabría cómo explicar mi presencia.

Salgo a la calle y veo más cuerpos en las aceras. Me detengo junto a algunos durmientes. Igual que doña María y su familia, respiran con mucha lentitud. Me inclino sobre una vieja vestida de motociclista. Quito su casco, la sacudo, la llamo, la cacheteo, pero es inútil. No puede ser que todo Cali haya participado en un enorme perrón sin que yo lo sepa. Ni siquiera en la Feria más berraca ocurriría algo como aquello.

Siento hambre y voy a la panadería de la esquina Tomo un par de panes de bono del mostrador; en el piso están durmiendo el hombre, y las dos empleadas. De la nevera saco un par de cervezas y me acerco a los cuerpos acostados. Muchas veces estuve allí sin reparar en la belleza de las viejas. Me inclino sobre una de ellas, mona, con labios gruesos sin colágeno. Desabrocho la chaqueta del uniforme y paso mis dedos por el cuello hasta llegar al inicio de las tetas. Quisiera seguir acariciándola, pero me detengo. Alguien puede observarme .

¿Hay un virus en Cali, como en las películas de ciencia ficción? ¿Puede ser un ataque de la guerrilla? (Guerra Biológica, le llaman). De ser así, yo también debería dormir.

Tomo un periódico de la panadería: los titulares hablan del narcotráfico y del cambio de prisioneros. No menciona lo que está ocurriendo y no puedo saber si afecta al barrio San Carlos, a toda la ciudad o al resto de Colombia. En el lugar hay una radio. Todas las emisoras están mudas, menos una que trasmite música. Escuchar salsa a todo volumen me tranquiliza.

Trato de recordar el día anterior. Fue la bacana fiesta de los quince años de Olga. Con los primeros tragos de aguardiente, mi amigo Diosmedes, hermano de la homenajeada, no hacía más que repetir Cali es Cali y lo demás es loma… ¿¡OÍS!? Y el oís lo profería en la cara de la gente, hasta que lo corrimos golpeándolo con las chaquetas. Mientras el parrandón hacía sonar un furioso Vallenato, el padre de Olga le regaló a su hija un cheque para que la enteten, a lo que sus amigas y todos nosotros, gritamos desaforados ¡Combo! ¡Combo!. Con esto pedíamos que por el mismo precio, el cirujano operara a la hija y a la madre, una cuchibarbie bien conservada. La mujer hizo detener la orquesta, nos pidió silencio y levantándose la franela, exhibió el tetero para demostrar que no necesitaba cirugía Lo último que recuerdo claramente son sus nalgas agitándose frente a cada uno de nosotros.


Los demás son flashes; la fiesta, la música ensordecedora; bailé con algunas viejas y me presentaron a un personaje de nombre griego. Recuerdo el rostro: cabello largo, ojos azules y el labio inferior inclinado a la derecha. Durante un rato me habló mirándome a los ojos. Yo había empinado el codo lo suficiente como para no entender nada de lo que decía. En cierto momento lo detuve con un gesto y pregunté. ¿Usted es marica?. Recuerdo que todos rieron.
En la fiesta la gente estaba despierta y no había nada que pudiera explicar esa dormida general.

Me acerco a la mona panadera, la beso rápidamente en los labios y me marcho. En la calle algo ha cambiado. La calzada estaba vacía y ahora hay tres carros en la esquina. Tienen que haber llegado mientras desayunaba, pero no escuché ruido de motores. Me acerco a ellos: una camioneta y dos coches pequeños. Sus conductores están dormidos, con las cabezas apoyadas en los volantes. Es posible que estuvieran allí y no hubiera reparado en ellos.

En la cuadra de la panadería hay una moto caída, sin seguro. El que sería su conductor está acostado en el asfalto. El sueño o lo que fuera, lo ha sorprendido mientras conducía; alcanzó a tenderse sobre la acera para dormir profundamente.

Camino varias cuadras hacia el norte y llego a la Avenida Roosevelt. A mi alrededor todo está igual: algunos carros detenidos en los semáforos y las motos que se multiplican en las aceras o en la calzada a medida que avanzo.

Siento preocupación, como si me hubiera despertado sin luz, sin agua, sin transportes; una molestia cotidiana, previsible y pasajera. Quizá duerman mis amigos y Delia, la muchacha que me gusta; quizá duerman mis padres que viven en Manizales, pero también lo hace mi jefe de la noche en el salón donde trabajo y el profesor de la facultad que no deja de perseguirme.

Un grupo de motociclistas están tendidos en una isla en el asfalto Tienen los ojos cerrados y las manos sobre el pecho, como si se hubieran puesto de acuerdo o alguien los hubiera llevado hasta allí. Me acerco a algunos y compruebo que no despiertan aunque los sacuda. . Entro a un carro detenido, hago sonar la corneta y pongo música a todo volumen. No hay reacciones.

En la cuadra siguiente hay una gran cantidad de motos, algunas de ellas estacionadas y las demás caídas una junto a otra. Pienso que si la gente despertara súbitamente, nadie se preocuparía por una moto más o menos. Con ella podría recorrer la ciudad y constatar si en todas partes la gente duerme.
2
Elijo una Hurley Davison y lamento que no puedan verme mis amigos, que también dormirán como pendejos. No llevo casco. Siempre me gustó ir en contra de las disposiciones y además, sin carros que circulen, es mínima la posibilidad de un accidente

En el camino me detengo junto a un choque de carros . La cabeza de una mujer atravesó el parabrisas. El vidrio seccionó la arteria y la sangre aún gotea del cuello Tiene los ojos abiertos. La toco; está fría y no respira. Parece simple, pero en ella descubro la diferencia entre el sueño y la muerte. La piel del cadáver es fría como un trozo de caucho, la de los durmientes es tibia y despide un suave rumor que vibra en mis palmas. Pienso en llamar a alguien, pero en los servicios de urgencia también deben dormir.

La casa de Diosmedes, donde estuve la noche anterior, se divide en tres edificios y el del medio se ha derrumbado; sólo hay un amasijo de mampostería e hierros retorcidos. Antes del sueño, alguien pudo sacar una mesa pequeña, una cama, algunos platos y cubiertos.

En la acera, hay una vieja dormida. Viste minifalda y una blusa trasparente que deja ver el corpiño. Le falta un zapato Tiene las piernas abiertas y observo que no usa calzones. Me inclino junto a ella y la acaricio hasta llegar al suave vello de su pubis. Mientras lo hago la miro a la cara. Es negra; nariz achatada como si la hubieran golpeado, frente amplia y rasgos gruesos. Froto suavemente el clítoris procurando que despierte, pero lo único que logro es que el belfo tiemble con mis caricias. De pronto recuerdo que me la presentaron como novia de uno de los asistentes a la fiesta. Me aparto y miro a mi alrededor. Ni un ruido. Ni un movimiento. La ciudad parece un cementerio, pero tengo la impresión de que me observan. .

Me acerco al derrumbe y miro debajo de los escombros. Debe haber sido después de la medianoche, cuando me fui. La entrada de una de las casas tiene la puerta entornada; cargo a la chica y la llevo hasta allí. La acuesto sobre un sofá, le aliso la falda y calzo el zapato que le falta. Una de mis fantasías es estar con una belleza durmiente como aquella, pero sólo me animo a besarla en los labios. Persiste el miedo de que todos despierten. En los cuartos están Diosmedes, Silvestre y Giácomo y en los sillones otros que no conozco. Todos duermen tranquilamente, sin ronquidos.

Después de bañarme, voy a la nevera e improviso un almuerzo ACPM, es decir, arroz, carne, papas y maduros. Al terminar recuerdo que Delia vive allí cerca. En la acera de enfrente hay un espacio sin casas a través del cual puedo ver la vivienda amarilla, de dos plantas. Al salir me detengo espantado: en la puerta hay un enorme carro de bomberos con luces giratorias encendidas. Me quedo inmóvil y espero que de un momento a otro todo se llene de ruidos, bocinas y campanas, pero no ocurre nada. Me acerco con cuidado. Quienes conducen también están dormidos. Tiene lógica que esté allí por el derrumbe, lo que no cuadra es que una hora antes el lugar estuviera vacío y no lo escuchara acercarse. Tampoco es una explicación coherente que hubieran llegado en silencio, y se durmieran frente a la casa Todos están sentados en orden con las manos en los muslos y las cabezas sobre sus pechos. Toco el escape y compruebo que aún está caliente.

Siento un cosquilleo de temor. ¿Y si todo aquello es una alucinación? ¿Si estoy en un loquero con un chaleco de fuerza? Vuelvo a la casa y me miro al espejo: soy yo, no hay lugar a duda. Mi carne es sólida, me pellizco y me duele. No puedo explicar aquello y cuando no entiendo algo, siento ganas de beber.

Recojo una botella de aguardiente y después de varios tragos, recupero mi indiferencia y el sentimiento omnipotente de ser el único despierto. Guardo el Troncolis en el bolsillo, cerca de mi corazón. Cuando era niño, mis padres me hacían beber y reían al verme alcoholizado. El aguardiente me acompañó en la adolescencia y ahora me ayuda a mantenerme sereno en este cambio del mundo.


3
Llego a la casa de Delia. Después de comprobar que la calle sigue desierta, subo por la escalera exterior. La puerta está cerrada, pero es fácil trepar al techo. Miro a los edificios lejanos. Siempre puede haber alguien con un telescopio, pero me arriesgo. Avanzo con cuidado sobre las tejas. Hay una ventana entreabierta que sirve de refrigeración. Me araño el vientre con las salientes de la madera al pasar por el hueco y desciendo sobre uno de los sofás de la sala. En el otro, un par de gatos duermen tan profundamente como los humanos. La llave está en la mesa; con ella podré salir y volver a entrar si es necesario. Camino hacia el interior de la casa. Estuve allí un par de veces, pero no pasé de la sala. Los padres de Delia me recibieron como un amigo y no llegué a ser otra cosa.

Dentro de la casa recupero la confianza, como si estuviera protegido de posibles miradas. Bebo otro par de tragos y entro en la pieza de Mauricio, el hermanito de Delia. Arrebujado entre las sábanas, también duerme . En la otra habitación que da al pasillo, están los padres ; él acostado boca arriba, con su vientre derramándose sobre el colchón. Hasta la puerta llega el olor ácido de su traspiración. Es el único durmiente que ronca. Delia me habló una vez de su alcoholismo y de los escándalos que hay en la casa cuando vuelve borracho. Su esposa está acostada en el borde de la cama, con los brazos y las piernas encogidos, como dejándole espacio.

Temo que Delia no esté en la casa. Es domingo y la noche anterior el sueño pudo haberla sorprendido en alguna fiesta. De ser así, no sabría donde buscarla.

Me detengo en la puerta de su cuarto. Donald y Mickey sonríen desde las paredes Ella está dormida debajo del mosquitero, con las sábanas a un lado y abrazada a un oso de peluche. Es pequeña, casi como una muñeca. Me detengo a mirar sus rasgos: nariz operada y dientes delanteros que asoman por los labios entreabiertos como los de un ratón. No tiene maquillaje y los cabellos negros están sueltos. El pijama es azul con grandes flores rojas en tono pastel; la chaqueta está sujeta con un solo botón y puedo ver el principio de sus senos. Son perfectos, ni muy grandes ni muy pequeños y se adivinan suaves. El pantalón llega hasta un poco más abajo de la rodilla; sus pies son blancos como harina y lleva un anillo en uno de los dedos. Mi mano tiembla cuando la acaricio. Vuelvo a beber y desabrocho el botón de la chaqueta. Saltan las tetas blancas, altas y coronadas con los pezones. Los pechos y el oso de peluche; una síntesis de lujuria e inocencia, diría el cura.

Me acuesto junto a ella. Despide olor suave, como a leche cortada, igual que los bebés, Me excito, pero bebí mucho y me duermo. Despierto luego de algunas horas. Estoy traspirando . Siento una presión sobre mi tórax. Delia se ha volcado abrazándome Su cara está a la altura de mi cuello donde cae su aliento caliente. No quiero moverme. Me pregunto si había sido consciente de su gesto, si ha despertado aunque fuera por un segundo y ha advertido que estoy allí. No me importa la razón; estoy con Delia en la misma cama y acaba de abrazarme. Su olor me excita. Desabrocho su pijama y la acaricio. Aprieto contra mí los pechos desnudos. La tomo de la cintura y en ese momento escucho en la calle una fuerte música de reaegeton que hace vibrar los vidrios. Me aparto y salto para esconderme al otro lado de la cama. Otra vez el terror. Si todos despertaran me encontrarían allí, casi desnudo y en plena erección.

La música se detiene y vuelve a sonar . Me incorporo y camino hacia la ventana. Levanto la gruesa cortina y miro hacia afuera: de espaldas a mí, alguien de cabellos largos, baila agitadamente, pero no puedo ver la cara. Intento correr la falleba, pero está oxidada. Me inclino para hacer fuerza y cuando vuelvo a incorporarme, la figura ha desaparecido. La música continúa hasta detenerse.

Ya no puedo seguir acostado junto a Delia quien ha quedado boca arriba, con su aspecto inocente y desvergonzado. El osito ha caído al piso. Lo tomo y vuelvo a colocarlo entre sus brazos.

Salgo a la calle. Hay más personas acostadas en la acera y en la calzada, una junto a otra. Los carros también han aumentado y por un momento pienso que es por el horario pico, pero rechazo la idea por absurda.

3
Busco al desconocido entre el ejército de durmientes. Quizá alguien ha despertado de pronto, y después de hacer sonar la música, ha vuelto a dormirse. Quizá haya otro como yo, a quien no le afectó el sueño y sean esos los ojos que siento sobre mí.

Bebo otra botella de aguardiente Mareado, salgo a caminar En la acera hay tres hermosas jóvenes dormidas Me detengo y las miro con atención. Una es morena, la otra rubia y la tercera pelirroja. Están frente a Calicarros, un enorme salón de venta de vehículos en el que trabajé un par de años atrás. Desde la calle observo algunos empleados dormidos detrás de los amplios mostradores. Entro y compruebo que el subsuelo para ejecutivos está abierto y vacío. Vuelvo a la acera y tomo en mis brazos a la rubia; La aprieto contra mí y la abrazo fuertemente para sostenerla en el estrecho ascensor.

El salón es amplio, tiene varias mesas y seis sofás de cuero blandos. La siento con cuidado en uno de ellos. Vuelvo a la calle, cargo a la pelirroja, y por último traslado a la morena Sus brazos son un poco largos y uno de ellos se atora en la puerta del ascensor; lo retiro con cuidado. Todo ha sido más fácil de lo que suponía. Miro a las tres, sentadas en el amplio sofá marrón. No lo busqué, pero forman un conjunto perfecto; la pelirroja y la rubia están enfrentadas como si hablaran entre ellas, mientras que la morena parece mirar a un costado, abstraída en sus propios pensamientos.

El salón es grande y faltan más viejas. En la calle, los durmientes siguen aumentando y en algunos tramos ocupan toda la calzada. Aunque no escucho ruidos ni los vea llegar, los carros se multiplican y a la distancia observo que en la casa de Diosmedes, al camión de bomberos se han unido tres ambulancias. . Selecciono otras cinco muchachas y las llevo con cuidado. Cuando llega la noche cuento veinte en el salón. Me aseguro provisiones: galletas, chicharrones y una caja de aguardiente . De un comercio de venta de lencería, selecciono algunas prendas: sostenes trasparentes, batas sugestivas, medias de seda y zapatos de tacón. Una vez en el salón, elijo las más hermosas, les quito la ropa y las visto con la lencería. Mi preferida es una vieja de cabellos cortos y marrones, nariz respingada y un voluminoso par de tetas, que lleva un vestido abierto a lo largo del pecho; los recortes de tela apenas ocultan sus senos y no lleva sostén. . La llamo Lulú.

En el fondo del salón hay un cuarto sin ventanas con una cama de dos puestos. Aire acondicionado, dispersores de perfume, espejos en las paredes; una alcoba de lujo para que los ejecutivos lleven a sus mujeres. Está vacío y me ofrece la privacidad que necesito. Tomo en mis brazos a Lulú. La deposito con cuidado en la cama, le quito la ropa y yo mismo me desnudo. Antes de acostarme a su lado, bebo largos tragos de aguardiente.

El sueño de la vieja evita rituales incómodos . Si me acostara con una de ellas luego de haber bebido, debería lavarme los dientes o comer dulces mentolados. además de recurrir a un arsenal de juegos previos y fastidiosos de charlas y seducción. Aquellas bellezas están dispuestas para mí, sin condiciones. No puedo volverlas locas con mis caricias, pero lo que falta lo completo con la imaginación. No están mis padres, mis maestros, ni el sacerdote de la iglesia para acusarme de perversión. Además, de estar despiertas, todas caerían a mis pies. No haré otra cosa que tomar lo que me pertenece.

Desnudo a la chica y vuelvo a observarla mientras sigo bebiendo de la botella. Me quito la ropa. Hay un espejo en la pared que devuelve parte de nuestra imagen. Mientras la penetro, miro su rostro quese pone rojo a medida que avanzo. Hacía tiempo que no tenía un orgasmo tan completo. Al terminar, recuerdo que Delia duerme sola y me siento culpable.

Salgo a buscarla. Es de noche, y el alcohol me quita la sensación de ser observado. Subo hasta el cuarto de Delia y la tomo con cuidado. En el momento de alzarla, su cabeza cae hacia atrás, pero su brazo sigue sostenido de mi cuello.

Me siento poderoso y me imagino caminando por la ciudad dormida con la muchacha vestida tan sólo con el tenue pijama. No importan padres, maridos o amantes; soy el dueño de todas las mujeres de Cali y quizá del mundo.

En la entrada del subsuelo de Calicarros hay una consola con varios discos. Pongo a todo volumen una marcha nupcial en ritmo de raeggeton Luego apoyo a Delia en un costado y muevo los sofás de modo que formen un círculo. En el centro coloco un pequeño sillón donde deposito a mi novia.

— Esta será mi esposa— anuncio con voz grave — frente a ustedes como testigos, nos casaremos y luego nos uniremos en la alcoba del fondo. Con Delia viviré para siempre. Cada noche seleccionaré a una para hacer el amor, pero deben saber que ella es mi preferida. No quiero celos ni peleas.

Cargo a Delia y la llevo al fondo. Es frágil y tierna como una pomarrosa; virgen a diferencia de todas las otras. Luego del tercer orgasmo me levanto, voy al salón a buscar más aguardiente y me quedo dormido abrazado a dos de las muchachas. Despierto cerca de las diez. Todo parece igual, el silencio y el sueño, pero al volverme lo descubro, inmóvil, observándome. El cabello muy largo cae sobre su rostro en varios mechones. Frente arrugada, labio torcido y ojos jóvenes en el rostro de una puta vieja. Es el griego que estaba la otra noche en casa de Diosmedes, al que en medio de mi borrachera le pregunté si era marica.

— Así que duermes entre los dormidos.

— ¿Quién sos?.

Tengo ganas de escupirlo, aunque al moverme siento el dolor de cabeza del guayabo.

— La otra noche te dije que me llamaba Acheronte, pero no me escuchaste. Vine a verte despertar, rodeado de tus mujeres.
— No sé quiénes son — mentí — cuando llegué, ellas estaban así.
— Vi cómo las traías aquí una por una. Es el sueño de todo hombre. Treinta mujeres hermosas y casi desnudas para el beneficio de uno solo.
— Te pregunté quién sos.
— Soy un adivino, un ser mental, que puede andar por diferentes mundos. Es por eso que te estoy aquí. Te di una señal de mi presencia. La música que escuchaste y te asustó.
— ¿Me podés explicar lo que pasa? ¿Por qué todo el mundo está durmiendo?
— Eso no es así. Habrás visto un derrumbe cuando fuiste a casa de tus amigos.
— Sí, cayó el techo. .
— Tú estabas debajo, pero lo suficientemente borracho como para no recordar nada.
— ¿Quiere decir qué…?
— Que estás soñando el sueño de la muerte. Por eso quienes te rodean parecen dormir. Eres el único dormido en una ciudad de despiertos. Yo te puedo ver porque conozco el secreto para desplazarme por estos mundos, en especial el de los muertos recientes.

La realidad de la gente dormida parece entrar en mí y me siento ahogar

— Mentís — digo con voz vacilante.

— Es natural que me digas eso. Todo muerto niega su condición durante un tiempo. Hasta ahora no encontré a nadie que lo reconozca.
Dejo de ser alguien que sobrevuela las cosas y los hechos. De pronto me siento participar en todo aquello de la forma más inesperada.

— No estoy muerto — muevo mis brazos, miro mis manos. — Los muertos están quietos, no respiran.
— Hablo de un sueño luego de la muerte No hace falta un cerebro que trabaje para que las imágenes se precipiten y continúen su alegre ronda.

De pronto veo a las muchachas como algo ajeno, y por primera vez deseo que la ciudad despierte. Intento incorporarme, pero veo borroso, me mareo y vomito. Es el guayabo.

— Tu cuerpo aún se encuentra en lo profundo del derrumbe. Los bomberos no lo han podido retirar. Estás destrozado…
— ¡Basta!
— Debes saber lo que ocurrió. Sólo así podrás salvarte alguna vez.

— No quiero salvarme — tomo la botella de aguardiente y se la muestro — Este es mi mundo. No quiero otro.

Las muchachas se ha n movido. Delia, a la que he sentado en un sillón negro está en el suelo. Las demás también están caídas, y mi perseguidor se ha ido de pronto. Miro hacia afuera. Muerto o no, en aquel mundo de dormidos, sigo siendo el rey. No sólo puedo ir donde quiera, sino que tengo control sobre los demás. Siento sueño, pero no quiero dormir. Salgo y llego a una panadería donde un par de clientes duermen sobre una mesa. Me acerco a la máquina, bebo varias tazas de tinto y me reanimo un poco.

Vuelvo al salón y coloco a las muchachas en sus antiguas posiciones. Llevo a Delia y a Lulú a la cama. Ellas son mis preferidas. Las coloco desnudas, una frente a otra, como si fueran amantes. En el salón pongo a las demás en círculo con las cabezas hacia adentro. Les quito los zapatos y comparo sus pies. Los hay de todos los tipos y tamaños, grandes, pequeños, blandos como de niñas o cubiertos de nervaduras . Sigo siendo el rey pero ya no es lo mismo, una negra ansiedad me trepa por dentro.

Pongo música a todo volumen. Temas agresivos, duros. Vuelvo a beber aguardiente. Borracho otra vez, abro la boca de Delia mientras sujeto la cabeza con la otra mano y hago que beba largos tragos . Al apretar su cuello siento como baja la bebida. Después de la primera botella, estornuda y se queja suavemente. Pienso que puedo despertarla con el alcohol y lo vuelco sin límites en su boca. Al terminar la segunda botella abre los ojos, tiene arcadas, escupe y me mira fijamente con expresión de asombro.

— Delia, estás despierta. Ahora sí nos casaremos.

Vuelve a cerrar los ojos y su cuerpo cae sin fuerzas. Estoy demasiado borracho como para comprobar sus latidos o su respiración, pero sé que ha muerto.

— ¡Delia…! — repito sin dejar de llorar. — Estás muerta…

Paso largo tiempo abrazado a su cuerpo que se enfría momento a momento. Vuelve Acheronte, lo escucho caminar a mi alrededor y antes que pueda reaccionar, amarra mis muñecas mi cuello y mis tobillos a los de Delia. Trato de gritar, pero sólo surge un gemido. Alguien nos toma amarrados y nos arroja a mazmorras malolientes. Siento los gusanos sobre mi carne, los escucho vibrar, como una marea que crece. Sé que el lugar está lleno de cadáveres, y todos somos llevados en embarcaciones a través del enorme resumidero de Cali. A pesar de estar muerta, Delia es la única que se mantiene intacta. Los gusanos llegan a su rostro y pasan al mío. No puedo moverme mientras caminan por mi cuerpo y siento las miles de bocas mordiendo a la vez y me hundo en el dolor oscuro e insoportable.







Despierto en el salón de Calicarros. Escucho la risa de Delia Abro los ojos y veo su rostro sonriente junto al mío.

— ¿Por qué dormiste tanto? Quería presentarte a mi novio.

La miro sin entender. Aqueronte se acerca sonriendo y me tiende la mano.

— Hace tiempo que deseaba conocerte.

— Él sabe que fuimos amantes — afirma Delia con naturalidad — No le importa. Es un hombre de avanzada.

Se besan frente a mí y él empieza a tocarla. Escucho un aplauso y por la puerta, como desfilando por una pasarela, entran las chicas que habían estado dormidas en el salón. Lucen modelos atrevidos. Alguien pone a todo volumen un disco de Salsa . Dos muchachas se acercan a mi, me toman de cada brazo y salimos. Afuera todos están despiertos circulan los carros y la ciudad se mueve con ruido y velocidad . Llegamos a las sucias aceras de Santa Helena y las chicas me acompañan a un estadero donde pido una botella de aguardiente y la bebo de a pequeños tragos,

El mundo se sumerge en un océano tibio y finalmente todo desaparece.


GLOSARIO

Bacano: Muy bueno, excelente, divertido

Berraco: Se dice de las personas o situaciones extremas así como de los estados de ánimo opuestos (Furia y entusiasmo).

Cuchibarbie: Mujer mayor que conserva aspecto de niña debido a los cuidados y a veces a cirugías

Empinar el codo: Beber

Entetar: realizar cirugía restauradora de senos

Guayabo: resaca

Jincha: Borracho

Mona: rubia
Parrandón: fiesta u orquesta interpretando en la misma
Perrón: Fiesta

Vieja: muchacha joven y bella.

.

.

Tetero: senos

tinieblo Amante mozo

Troncolis: bebida



Ricardo Iribarren

Registro Nacional de Derechos de Autor N º 1-2009-23593


martes 26 de mayo de 2009

Los Fantasmas de Ramalazo



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A pesar del dolor, la locura y la muerte relacionados a su nombre, Ramalazo no se diferenciaba de otros pueblos. Vida pacífica y monótona, interminables siestas y el polvo cayendo sobre las cosas y los hombres. Lo único distinto era la leyenda, que cada jornada parecía volver a fundarlo.

Imelda y Joaquín habían nacido en la meseta sobre la que alguna vez se levantaría el pueblo. El amor empezó en la infancia y al llegar la adolescencia, se unieron en un hermoso paisaje de cascadas y rocas brillantes. Los Demonios del Cielo, celosos de la relación, intentaron separarlos, pero los amantes vivían una continua fiesta en la que se celebraban uno al otro sin hacer caso de las influencias del paraíso o del infierno.

Los demonios lograron que la población del primitivo Ramalazo se dividiera en torno a los amantes y la idea del pecado. Una primera versión de la leyenda afirma que entre esas fuerzas nefastas estaba el sacerdote, pero la exégesis posterior lo ubica del lado de los buenos, bendiciendo la unión de la pareja.

Los vecinos, embarcados en una disputa irreconciliable, iniciaron una feroz guerra. Se recuerdan en las afueras del pueblo los lugares de las batallas: el Roble, el Puente Azul, la Cascada, la Llanura…. Hermanos contra hermanos, hijos contra padres. El enfrentamiento fue cruel, prolongado y sangriento.

Los amantes se habían puesto a salvo, pero sentían dolor por cada uno de los muertos. Una tarde se colocaron en medio de ambos ejércitos como prenda de paz para evitar que la guerra continúe.

Nunca se supo quién disparó. En los relatos de la época se nombra el propio sacerdote, el jefe del ejército, el líder político y dan los nombres de algunos vecinos, a quienes los historiadores de Ramalazo tratan de identificar. La misma bala atravesó a ambos jóvenes que cayeron muertos, uno en brazos del otro. A partir de entonces, los contendientes decidieron terminar la guerra y se unieron a través de un juramento de hermandad, pero los demonios de los cielos profetizaron que en un futuro regresarían para exigir nuevas víctimas entre aquellos que se amaran.

Los habitantes del Ramalazo de los años siguientes, se jactaron de convivir en paz a pesar de sus antagonismos. Las posturas políticas y religiosas iban desde un llamado Socialismo Mítico, mezcla de marxismo y culto a los espíritus de la naturaleza, hasta el fascismo declarado del comisario al que ayudaba su temperamento impulsivo y autoritario. Además, se contraponían la flema del sacerdote de origen británico y la verborrea del alcalde, con ascendientes italianos. Por las noches, luego de discutir las diferencias, se reunían a jugar al Axolotl, competencia creada en el pueblo y que consistía en arrojar sobre una pista astillas de huesos de vaca.

En cuanto a las situaciones domésticas, todos estaban de acuerdo que debían resolverse en el interior de Ramalazo. Graves o nimios, los problemas del país o del mundo dejaban indiferentes a los habitantes. Crisis económicas, levantamientos obreros y hasta una guerra en la que participó la nación. Las noticias fueron seguidas con un interés lejano, como si ocurrieran en otro planeta. Hombres y mujeres permanecían concentrados en la excelencia creciente de las galletas de limón de doña Marika; en la evolución de la úlcera de don Filemón que era anunciada día a día por la emisora local y más que nada en las vibrantes caderas de Renata, la joven hija de Quentin Apuleyo, el líder del Movimiento por el Socialismo Mítico. De cabellos castaños y ojos marrones, tenía la exuberancia de las mujeres montañesas; alguien llegó a decir que su cintura era tan estrecha que cabía en el puño de un hombre. No usaba perfumes, pero su piel despedía un aroma a nardos que llenaba todo el pueblo. En las tardes, recorría la plaza vistiendo atrevidos modelos de la gran ciudad que elaboraba ella misma. Su cuerpo perfecto realzaba las prendas con una mezcla de elegancia y seducción que era el escándalo de las damas pueblerinas. Algunos opinaban que la joven justificaba por sí misma el nombre del pueblo, ya que su silueta desinhibida y sensual irrumpía en las pacíficas siestas como un golpe de locura. Enemigos de la educación religiosa, sus padres le habían enseñado que el cuerpo era una fuente de disfrute y ella lo exhibía a través de gasas, franelas y rasos. Las blusas profundizaban el escote y las faldas muy cortas descubrían los muslos hasta el límite de lo respetable. De niña había aprendido costura y cuando llegaban al pueblo las revistas de moda, reproducía con gran talento las glamorosas prendas. Los paseos de Renata a las cinco de la tarde, eran una fiesta para los ojos de los jóvenes y de los no tan jóvenes. Algunas vecinas respetables que se escandalizaban con las idas y venidas de la joven, expresaban en secreto absoluto y con un dejo de nostalgia, que en sus épocas de juventud hubieran deseado exhibirse como ella.


Los fantasmas aparecieron por primera vez en uno de los aniversarios del pueblo. Eran siete y todos los días a las cinco de la tarde se ubicaban en las cuatro esquinas de la plaza y en las puertas de la iglesia, el ayuntamiento y la policía. Parecidos unos a otros, con gruesos vientres y trajes que respondían a la moda de un siglo atrás, permanecían inmóviles, mirando sin ver la vida que pasaba frente a ellos.

Como todo pueblo, Ramalazo era muy sensible a las novedades. Sin embargo, las exhibiciones de Renata y un plan de actividades recreativas organizadas por el alcalde, contribuyeron a que los espectros pasaran inadvertidos durante los primeros días. Al tratar de explicarlo luego, los ramalacenses coincidían en que los fantasmas presentaban un aspecto familiar, vestidos con traje, chaleco, sombreros antiguos, camisas de algodón y gemelos de hueso. Lo único extraño era que no respondieran al saludo de los vecinos, pero eso se explicaba como una tendencia a la distracción por parte de esos caballeros tan distinguidos, concentrados quizá en negocios o en alternativas de placer propias de los ricos. Después, a la luz de lo ocurrido, algunos opinaron que un fuerte y oscuro lazo unía sus destinos con los del pueblo. Los más pesimistas llegaban a decir que el condenado a muerte ve familiar el rostro del verdugo

Renata fue la primera en comprobar el espectral carácter de aquellas figuras. Una tarde en que lucía zapatos con tacones muy altos, tropezó al llegar a la esquina sudeste de la plaza. Fue a dar contra el vecino parado junto al sicomoro, sólo que en vez de hundirse en la humanidad voluminosa, debió apoyar las manos en el tronco para no caer al piso, mientras el hombre se dejó atravesar sin moverse ni hacer un solo gesto.

Confusa, al recuperar el equilibrio, Renata pidió disculpas, pero el otro no contestó ni cambió de expresión. Luego la joven contó a sus amigas que al atravesarlo sintió un estremecimiento en todo el cuerpo y un frío profundo que de inmediato se transformó en calor vibrante.


Muchos vecinos fueron testigos del accidente. Al conocer la noticia, los niños se dedicaron a saltar a través de los cuerpos obesos e intangibles. Doña Marika les ofreció las deliciosas galletas de limón que preparaba y el mimo del pueblo realizó frente a ellos un espectáculo de piruetas, pero los espectros parecían sordos, ciegos y mudos mirando frente a sí, indiferentes a todo y a todos.



Ante el descubrimiento de los fantasmas, los notables del pueblo — el cura, el alcalde y el jefe de policía — decidieron reunirse. El primer acuerdo fue que el fenómeno debía resolverse dentro de las fronteras de Ramalazo. Con esto se hacían eco del localismo generalizado y quizá justificado; los visitantes de la capital, distante a pocas horas, trataban de estafarlos, de seducir a las jovencitas o ensuciar las calles que los ramalacenses mantenían impecables. Imelda y Joaquín, los míticos amantes, habían muerto donde ahora se levantaba la plaza central, pero el primer alcalde, con el objeto de apartar a los forasteros, mandó construir el monumento que evocaba la memoria de los jóvenes en las afueras del pueblo. Allí funcionaba una que albergaba cantidad de turistas. Conducidos por guías de la zona, recorrían los sitios de las principales batallas y los lugares donde se habían amado Imelda y Joaquín.

Mientras se discutía qué hacer con ellos, los fantasmas, cumplían una estricta rutina. Llegaban a las cinco, permanecían impávidos y al dar las siete en el reloj de la iglesia, levantaban sus brazos derechos a la manera del saludo nazi y desaparecían.

La gente opinaba que además del cura, el alcalde y el comisario, había un cuarto notable: Doña Petra, la adivina del pueblo. Desde quejosos e inofensivos espíritus de muertos hasta complicadas labores de hechicería; desde el conjuro de peligrosos vampiros, hasta trabajos para neutralizar la envidia del amante, la suegra o el vecino. Denostada por el cura en los sermones, reprendida y vilipendiada por el poder político que procuraba quedar bien con el eclesiástico, doña Petra ideaba en sus habitaciones hechizos relacionados con la salud, el amor y el dinero. Recurría a seres de otros mundos, algunos de ellos angélicos y otros no tanto, como afirmaba cuando debía explicarlo. El campo gris que no atendía la iglesia, era jurisdicción de la adivina y tratándose de seres de niebla que podían ser atravesados con un gesto de la mano, ella era la experta.

Doña Petra nunca se había casado. Debía ser muy vieja, ya que conocía de la juventud a algunos ancianos del pueblo, pero no aparentaba más de cuarenta años. Llevaba siempre un vestido gris, una chalina negra y una boina blanca. Los ojos eran grandes y negros y su potente expresión parecía atravesar las cosas y las personas. Muchos la seguían en los atardeceres hasta la llanura que quedaba en los lindes del pueblo. Allí, la adivina entonaba suaves canciones rituales bajo los hermosos crepúsculos de Ramalazo.

En el pueblo algunos opinaban que no tenía marido por preferir los seres inmateriales a los hombres. Otros afirmaban que Doña Petra no envejecía por un pacto con el demonio, y hasta sospechaban que podía haber presenciado la pasión y muerte de Imelda y Joaquín.

Desde la aparición de los fantasmas, las visitas del pueblo a la casa de la adivina arreciaron y el cura se quejó de que los fieles dejaban de asistir a la iglesia para consultar a Doña Petra, quien en la bola de cristal veía pasar ejércitos, mundos y universos hasta llegar a la vida del ansioso consultante.

Ante las preguntas acerca de los espectros, la mujer guardaba silencio. El día de la reunión de los notables, cuando el vestíbulo de su casa estallaba de gente, se dirigió a todos.

— Aún no sé por qué vienen los fantasmas. Estoy esperando una explicación del Espíritu Azul que en cualquier momento bajará a mi bola de cristal.


Durante generaciones, el Espíritu Azul de Doña Petra había ayudado a liberar de diferentes males a los habitantes de Ramalazo. Era un ser poderoso del que conocían la cara amable, pero cuya ira podía ser terrible.

Al Espíritu lo limitaban circunstancias del mundo invisible y pese al urgente llamado de la adivina, no podían precisar cuándo llegaría para interpelar a los fantasmas.

La única ajena a todo era Renata. Desde el día que descubriera a los fantasmas, había multiplicado sus vueltas a la plaza entre las cinco y las siete de la tarde. Nunca Ramalazo había visto un despliegue de elegancia, colores, frescura, gracia y desenfado como el que la muchacha exhibía diariamente.





Los vecinos del pueblo habían intentado comunicarse con los espectros sin ningún resultado. Las niñas desfilaban frente a ellos y con deliciosas reverencias les ofrecían tortas, buñuelos, refresco de mora y otras especialidades de las reposteras del pueblo. El poeta oficial de Ramalazo compuso una larga elegía cargada de ripios y tópicos. Empezó a recitarla a las cinco y a las siete, cuando los fantasmas saludaron con sus brazos en alto antes de evaporarse en el crepúsculo, aún no había terminado. Frente a los pomposos versos, tampoco hubo señales de agrado o desagrado por parte de las criaturas. La persistente indiferencia, desalentaba a todos.

El periódico del pueblo publicó quejosos artículos acusándolos de soberbia aristocrática. El grupo de Socialistas Míticos, encabezados por Quentin Apuleyo, lanzó un comunicado reprochándoles indiferencia y ostentación de ropajes que pertenecían a la pasada oligarquía, mientras que a pocas cuadras, en las afueras del pueblo, gente muy pobre se hacinaba en casuchas malolientes.

A todo esto, los tres notables habían tomado una decisión: se presentarían ante los fantasmas. Tenían la convicción que frente a las autoridades constituidas, los espectros iban a responder. Bastaría que agitaran los ojos, que arrugaran el entrecejo o movieran las orejas para establecer los primeros lazos de comunicación con el pueblo.

En la tarde del día fijado, la policía cercó la plaza para evitar el paso de los vecinos Prepararon un palco donde la voz de los notables sería escuchada a través de parlantes. Un circuito cerrado de televisión, montado por Gandolfo Azurrro, el técnico del pueblo, exhibía frente a las autoridades un primer plano de los rostros de los espectros. Allí podrían apreciar cualquier gesto que delatara un cambio en las expresiones imperturbables.

El cura se adelantó y tomó el micrófono.

— Me dirijo a ustedes como dilectos hijos de Dios. La tenue consistencia de sus cuerpos no impide que sean criaturas, y por lo tanto bienamados del Altísimo, así como las flores del campo, los insectos o los ángeles. El aspecto formal y elegante de sus vestiduras, permite colegir que los anima un objetivo de paz. Quiero que vean mi faz, transida por las emociones.

El sacerdote, estudiante de teatro en su juventud, acercó el rostro a la cámara que a través de sendos monitores trasmitía las imágenes a cada uno de los fantasmas y ensayó frente a ellos expresiones de risa, dolor, alegría y llanto


— Ya les he brindado mis emociones, ahora, queremos que nos hagan llegar a través de sus gestos, los sentimientos que despertamos en ustedes. Sus rostros hablarán, mientras algunas niñas de la parroquia, les reparten imágenes de santos y ramos de olivo como símbolo de paz

Durante veinte minutos, el coro de niños de la iglesia entonó canciones. Luego el alcalde tomó el micrófono.

— Soy el jefe político de la comunidad. Todos saben que no hago obra sólo cuando hay elecciones Mi deseo es que estén unidos y elijan el representante que más se lo merece como resultado de la aclamación simultánea. De este modo, el acto electoral será tan sólo un reflejo de la profunda voluntad popular. Les pido a ustedes, queridos fantasmas, que también se integren al pueblo. Sepan que estoy dispuesto, si así lo solicitan, a facilitarles todos los trámites para brindarles la ciudadanía y la pertenencia a nuestro querido Ramalazo. Así podrán elegir en su momento las autoridades de nuestro querido pueblo. Ahora, esperaremos diez minutos en silencio. En este tiempo aguardamos de ustedes una simple señal para empezar a comunicarnos.

El período de silencio empezó. Los fantasmas seguían inmóviles mirando hacia adelante. Don Lucrecio, el relojero, contaba los segundos en su cronómetro. A los siete minutos y medio, quizá malentendiendo un guiño del alcalde, el jefe de policía ordenó a sus hombres que rodearan a los fantasmas y los aprehendieran. El cargo era desacato a las autoridades legalmente constituidas por no cumplir la orden de reír o llorar.

Diez agentes cercaron la plaza para evitar que escapen e intentaron esposarlos, pero las cadenas se cerraron en el vacío. El comisario se paseó frente a ellos con la cara roja de furia y una actitud amenazante,.

— ¡Llegan como Pedros por su casa y se van de la misma forma! — gritó mirándolos a los ojos— . Cuando les hablan las autoridades, no contestan. ¡Marcharán de inmediato al calabozo!.

En ese momento dieron las siete Los espectros levantaron su brazo derecho y desaparecieron.


A partir de entonces se convirtieron en tema obligado y en el pueblo olvidaron las enfermedades de doña Angustias, quien al no poder hablar de sus males, cayó en una profunda depresión. Olvidaron el nuevo romance entre la lavandera y el sargento Teófano. Olvidaron incluso a Renata, quien en las tardes no dejaba de pasearse por la plaza, siendo el único público los propios fantasmas.

Frente a la decisión del comisario de castigarlos, se formaron dos bandos. Uno alegaba el libre derecho a la circulación sin que nadie tenga que dar explicaciones y el otro criticaba la actitud de los fantasmas como un acto de rebeldía.

Al día siguiente, a las cinco, el comisario ordenó otra vez la detención. Durante quince minutos los policías trataron de esposar los espectros, mientras la gente gritaba estribillos a favor o en contra de los uniformados y sus inútiles esfuerzos por sujetar las impalpables muñecas. Al ver el comisario que sus hombres hacían el ridículo, ordenó que regresen.
.

Más tarde, cuando todo se hubo calmado, vieron a un hombre con el sombrero hasta las orejas. A pesar del calor, lo envolvía un grueso sobretodo con cuyas solapas intentaba cubrirse la cara. Era la tercera vez que cruzaba de la alcaldía a la casa de la doña petra.

— Es Ciriaco Méndez — dijo alguien. Todos reconocieron la forma del cuerpo, las piernas largas y el andar pausado. El personaje no era bien visto en el pueblo; se lo consideraba un lacayo de los notables, ya que además de ofrecerles servicios de todo tipo, acostumbraba a delatar a los vecinos. Ahora servía de conexión entre las autoridades y la adivina, procurando esconderse detrás de una inútil clandestinidad.

Nadie se asombró cuando en la mañana siguiente, la emisora de Ramalazo anunció que tanto el cura como las autoridades harían una tregua con Doña Petra y entre todos procurarían exorcizar a los fantasmas.




La alcaldía organizó un recital de música a varios kilómetros del pueblo y logró desviar la atención de los vecinos, de modo que a las cinco, cuando llegaron los fantasmas, la plaza estaba solitaria y silenciosa. Una de las pocas que no asistió al espectáculo fue Renata, quien lució frente a los espectros y unos pocos ancianos presentes en la plaza, un hermoso y escotado vestido de lamé cuyas solapas simulaban hojas de plata.

Al otro día todos acudieron a una competencia de parapentes que se prolongó durante la tarde. A la noche agasajaron a los participantes con una fiesta en la hostería del pueblo.

La emisora local difundió un mensaje del mundo astral que anunciaba la presentación del Espíritu Azul el jueves siguiente entre las tres y las seis de la tarde y esa noche, teniendo en cuenta que los ramalacenses estaban emborrachándose en la hostería, la misma Doña Petra dio por terminada la intermediación de Ciriaco Méndez y se presentó en la alcaldía donde estaban reunidos los notables.

— Para que el Espíritu Azul no vuelva a sus regiones y se mantenga en los límites de este mundo, hacen falta quinientas galletas de limón de las que fabrica doña Marika — aseguró la adivina.

Todos asintieron y el cura puso a disposición de la repostera, la amplia cocina de la parroquia, con grandes hornos y enormes planchas, además de muchos kilos de harina, mantequilla y limones frescos.

El día en que debían encontrarse con la entidad, se celebró el partido entre Ramalazo y Torontaga, el pueblo vecino. Casi todos asistieron al juego, de modo que a la hora en que debía llegar el Espíritu Azul, sólo se encontraban los notables, varios ancianos y un puñado de personas que no habían asistido al evento.


Antes de las cinco de la tarde, doña Petra se instaló en la alta tarima a la vista de todos. La pantalla enorme, ubicada en la puerta de la iglesia, reproducía alternadamente las expresiones hieráticas de los siete fantasmas

Como lo hacía siempre a las cinco de la tarde, Renata se presentó luciendo esta vez un elegante traje debajo del cual se advertía que no llevaba corpiño. No le importó que la plaza estuviera cercada por la policía y pretendió caminar por los senderos. El propio comisario y su padre tuvieron que intervenir para exigirle que se aleje .

— Ad mmoom ad mam ad mom— Repetía doña Petra invocando al espíritu. A eso de las seis, cuando el cielo empezaba a oscurecerse, una luz brillante surgió de la bola de cristal y se elevó en el aire de la tarde.

El Espíritu Azul era un tenue y gigantesco hombre musculoso; con los brazos cruzados sobre la brisa, miraba a todos sonriendo beatíficamente. Lo primero que hizo fue devorar de tres bocados las quinientas galletas de limón, luego de lo cual, su consistencia aumentó.

Doña Petra había explicado muchas veces que, según las misteriosas leyes del mundo oculto, ella no debía hablar ni hacer gestos con las manos para comunicarse con el Espíritu. Tan sólo podía usar la cabeza y los ojos para trasmitir sus deseos a la entidad. Casi siempre lo invocaba para recuperar a alguien de una enfermedad o conseguir material para ciertos embrujos. Ahora debía confrontar a los fantasmas, pedirles explicación de su presencia en el pueblo y quizá exigirles que se marchen. La mujer se subió a la mesa, acercó el rostro al del Espíritu , estiró el cuello, movió los ojos e hizo gestos con la boca señalando a los espectros. Durante diez minutos, la entidad siguió sonriendo y mirando a la mujer con ojos interrogantes.

El alcalde se mordía las uñas, el cura rezaba y el comisario, que lucía el uniforme de gala, metía y sacaba el sable de la vaina. Eran las seis y media cuando el Espíritu se inclinó junto a una niña a quien había curado de una fuerte diarrea a poco del nacimiento. Acarició su rostro e hizo un gesto para cargarla, pero doña Petra negó con la cabeza y con el cuello volvió a señalar a los fantasmas. Pensando que se refería al grupo de vecinos, la entidad se dirigió a ellos y alzo las manos dispuesto a brindarles una bendición, La adivina fue más terminante en la negativa, mientras el comisario extraía el sable hasta la mitad de la hoja.

De pronto, el Espíritu vio los fantasmas y se volvió hacia ellos con los labios cruvados en una expresión de asombro. Se elevó y avanzó en el aire sobre las cabezas de la gente a fin de observar mejor a los espectros. El asombro se convirtió en terror; el cuerpo se encogió y con un helado gemido, se zambulló en la bola de cristal.

El policía terminó de sacar el sable

— ¡Su demonio es un marica! — espetó con furia a doña Petra mientras se abalanzaba sobre los fantasmas y procuraba partirlos al medio. Lo único que logró fue descortezar varios árboles. Terminó jadeando, consternado y frustrado frente a los pocos vecinos que habían visto la escena.

Habían dado las siete, y los fantasmas, tras el misterioso saludo, volvieron a desaparecer.


La vieja casona, propiedad de Quentin Apuleyo y ubicada frente a la plaza, estaba llena de gente. Los militantes del Socialismo Mítico habían decidido no acudir a los eventos organizados por la alcaldía y deliberaban día y noche en la espaciosa sala. La vivienda había sido de los abuelos de Quentin, y lucía en las paredes numerosos cuadros de sus antepasados. Apuleyo había donado la herencia que recibiera a la causa del Socialismo Mítico.

— El ataque de esta tarde a los fantasmas, no debe repetirse. — afirmó Quentin con tono terminante y dirigiéndose a la asamblea — Muchas veces me han escuchado repetir el poema de Martin Niemöller. Les recuerdo el contenido: Vinieron a buscar a los comunistas, a los socialdemócratas, a los judíos y no me importó porque no compartía sus ideas. Ahora que vienen por mí, ya es tarde y nadie levanta la voz para defenderme. Hoy son estos fantasmas los que incitan la injusta ira del policía. Mañana seremos nosotros. ¡Debemos tomar medidas para que nunca más se ataque a criaturas inocentes!.

— ¿Qué sugiere hacer, camarada Quentin? — preguntaron desde la multitud.

— Mañana a las cinco de la tarde nos introduciremos en los fantasmas. Compartiremos su destino. Si van a ser detenidos, seremos detenidos con ellos. …

Desde la calle, y abriéndose paso entre la multitud, un grupo de jóvenes llegó portando un enorme cartel en el que se leía TODOS SOMOS FANTASMAS. Los aplaudieron con entusiasmo.

— Si los espectros reciben un ataque, lo recibiremos nosotros. El gobierno utiliza recursos como el fútbol o la música a fin de poder avasallar los derechos humanos en la plaza del pueblo, bajo la luz del sol…

— Disculpe, Quentin. Usted habla de derechos humanos, pero ellos no son humanos…

— La situación es la misma. Se ejerza la dictadura con hormigas o con dioses, siempre es dictadura.

Al otro día a las cinco de la tarde, mientras en la alcaldía los notables jugaban al Axolotl y discutían las medidas a seguir, se eligieron siete guerreros míticos socialistas entre lo más selecto de los hombres cercanos a Quentin Apuleyo. Cuando fueron las cinco y aparecieron los espectros, los siete hombres corrieron a ubicarse dentro de ellos, adoptando las mismas posturas. Ninguno se ajustaba a las dimensiones de los fantasmas. En el caso de Ágape Marulanda, que medía casi dos metros, su cabeza sobresalía por encima de la del espectro, mientras que Torto Simbrón, de baja estatura y gordo, apenas llegaba al cuello; por el costado y el frente, su abdomen atravesaba la tenue carne como un acolchado de grasa.

El comisario, al enterarse de lo ocurrido, se puso furioso.

— ¡Fantasmas y hombres!. ¡Arréstenlos a todos!. Por oponerse a las autoridades, y por complicidad.

Los policías suspiraron; era de suponer que ahora podían cumplir la orden, ya que habría muñecas tangibles para colocar las esposas. Aquello calmaría al comisario, quien dispondría de siete detenidos para levantar cargos.

Se dirigieron hacia Elizondo Pérez, situado en la esquina noreste de la plaza . El guerrero mítico era cuñado de uno de los policías que venían a cumplir la orden

— Elizondo, debo arrestarte — dijo por lo bajo su pariente — no te preocupes, estarás una noche en la comisaría y te soltarán al día siguiente…

El hombre no contestó. Dentro del fantasma, sus labios se habían curvado hacia abajo. Cuando intentaron tomar su muñeca a través de la impalpable carne, las esposas cerraron en el vacío y recién entonces comprendieron que la mirada de Elizondo era de angustia.

—— Mueve las manos, las piernas — pidió su cuñado — trata de salir.

Fue inútil. El hombre estaba prisionero en la intangible cárcel del espectro y lo mismo ocurría con los otros seis. Al saberlo, el comisario tomó un parlante y ordenó en voz alta que los militantes socialistas abandonen los fantasmas, pero ninguno de ellos pudo hacerlo y cuando dieron las siete, hombres y espectros levantaron la mano derecha en el extraño saludo y desaparecieron.



Lo ocurrido aterrorizó al pueblo; a pesar de su aspecto pacífico de buenos burgueses, los espectros eran capaces de tragar seres humanos

Esa noche, mientras los grupos volvían a deliberar en la casa de Quentin, llegó hasta ellos un rumor alarmante: el comisario había ordenado rociar a los fantasmas con altas concentraciones de ácido. Esto, además de destruir los árboles y parte de la plaza, podía comprometer el regreso de los desaparecidos.

El planteo de Quentin fue radical; la solución debía ser heroica y eran necesarios nuevos guerreros míticos que entraran otra vez en los fantasmas. De ese modo, el comisario no se animaría a utilizar el ácido.

— Confío que se encuentran en otro mundo en otra dimensión desde la cual regresarán tarde o temprano. En todo esto debemos actuar con fe.

Los notables, ante la desaparición de los hombres, suspendieron todo evento recreativo y establecieron el toque de queda en el pueblo. Los seleccionados por Quentin como nuevos guerreros míticos, se prepararon para ocupar el lugar de los fantasmas,

La policía, advertida de la intención, cercó la plaza. Antes de las cinco, un hombre con una máquina de rociar y un traje protector, llenó de ácido los lugares donde debían aparecer los fantasmas.

Ante aquello, los vecinos lanzaron piedras y palos a los policías que repelieron el ataque con gases y balas de goma.

Los espectros se instalaron sin consecuencias sobre los charcos de ácido y al rato aumentó la batalla . Nadie advirtió que faltaba el fantasma de la esquina suroccidental de la plaza.


La lucha siguió durante la noche. La gente se atrincheraba en las calles y los proyectiles iban y venían. Los heridos no eran de gravedad y los atendían en el hospital local. Las mujeres llevaban a los refugios de los Socialistas Míticos, apetitosos sándwiches, galletas de limón, refrescos y todas las delicias del pueblo. Luego acudían con otra tanda de provisiones a los policías, que en muchos casos eran sus propios parientes.

Para los habitantes de Ramalazo, acostumbrados a las celebraciones, aquello era un evento deportivo , aunque las balas y las piedras que rozaban las cabezas de los combatientes, eran reales..

A la madrugada asomaron en ambos bandos sendas banderas blancas: era necesario un descanso. y unas horas después, como respondiendo a un acuerdo, la lucha se reanudó.

A las cinco de la tarde seguían las escaramuzas y cuando aparecieron los fantasmas, lo hicieron unidos uno a otro a través de un cordón luminoso que llegaba a la esquina suroccidental donde faltaba el espectro. Allí la luz se concentraba formando una figura con contornos humanos. Al retirarse, quedó el extraño chal de luz que no se deshacía y vibraba cuando era atravesado por balas, piedras o por los propios combatientes.



Amaneció el tercer día de lucha. La emisora local trasmitía el desarrollo de los eventos y pasaba recados de los familiares a los contendientes o aún de los contendientes entre sí. Al principio, el carácter de los mensajes era de desafío y describían lo que se harían unos a otros. Despuntando el tercer día, hablaban de planes para cuando termine la lucha y empezaron las misivas de amor a novias y esposas.

En tanto, la gruesa cadena iluminada aumentaba de tamaño con cada aparición de los espectros. Emitía tentáculos de luz que apuntaron primero a las casas solitarias del oeste y que luego se fueron centrando en la solitaria residencia de Quentin

En la tercer noche de rebelión, la vivienda enorme y oscura se fue llenando de líneas luminosas entre azules y plateadas que recorrieron los sillones gastados y los viejos cuadros; luego subieron la escalera, deteniéndose en cada peldaño, como olisqueando el polvo y las arañas. Llegaron a las habitaciones superiores y volvieron a bajar a la sala iluminada por las hogueras que los manifestantes habían encendido en la calle para repeler los gases lacrimógenos.

El hilo de luz se retorció sobre sí mismo y vibró en el aire hasta tomar la forma de uno de los fantasmas; rostro inexpresivo, prendas del siglo XIX y un enorme reloj de oro cruzando el vientre. Con gestos seguros, caminó hacia el inicio de la escalera que llevaba al sótano. Antes de llegar se escuchó un ruido de pies descalzos que subían las gradas. Era Renata, vestida con un camisón blanco de encajes bordados. Al verla, el fantasma se detuvo.

— ¿Vienes a buscarlo? — preguntó la muchacha con voz ansiosa. El fantasma asintió con la cabeza. Afuera recrudecieron los gritos, los disparos y el resplandor del fuego atravesó el cuerpo del espectro.

— No te lo lleves — pidió la joven — yo tengo la culpa, yo lo provoqué. Advertí que notaba mi presencia y sus ojos me seguían. Entonces, luciendo mis vestidos, caminé frente a él una y otra vez. Me gustaba ver como cambiaban los reflejos en su cuerpo. Una noche, después de las siete, cuando ya se habían marchado de la plaza, trepó por mi ventana y se presentó en mi cuarto. . Me dijo que me amaba y vi crecer la carne y los huesos desde un bulto rojo en el centro de su pecho. Ahora ambos deseamos que no tomen represalias, que nos dejen vivir en paz y que termine este ridículo enfrentamiento…

Interrumpió a la joven una figura en sombras que también subía la escalera. Era el fantasma que faltaba. Había dejado de ser transparente y vestía tan sólo un pantalón, exhibiendo el vientre enorme. La falta de sombrero mostraba el liso y brillante cráneo; se detuvo en los últimos peldaños y habló.

— Alirio, sé que no debí mirarla y la primera vez que lo hice, informé al mando supremo del desvío milimétrico de mis ojos que siguieron su silueta Noté que ella lo había advertido. Eso fue lo que no confesé. También oculté la masa roja que se formaba en mi pecho. Pensé que era uno de los tumores que a veces afecta nuestro cuerpo fantasmal y me dispuse a morir, a deshacerme en la nada. Volví al otro día dispuesto a no mirarla, pero otra vez pasaba caminando con elegancia, la cabeza inclinada hacia mí, atenta a mis reacciones. La bola roja no era un tumor, sino la carne que me enviaban para nutrir mis tejidos y cuando lo supe deserté para ir con ella.

Como toda respuesta, el otro fantasma empezó a vibrar.

— Por favor Alirio, no utilices la vibración. No querrás matarme de ese modo. Tratemos de de negociar. Piensa en esta muchacha que no tiene la culpa de lo que ocurre…

Se interrumpió. Sus rasgos cayeron y el cuerpo se sacudió como en medio de un diferido huracán. Renata saltó hacia él y lo abrazó. Ambos quedaron inmóviles y formaron una bola informe que vibraba y se sacudía. Un frío súbito llenó el lugar. La enorme sala se cubrió de nieve y escarcha, y el fantasma Alirio, luego de mirar los cuerpos inmóviles de los amantes, marchó hacia la puerta, donde las llamas de las hogueras empezaban a derretir la escarcha.



A la madrugada terminó la lucha. Se estableció una tregua para dialogar entre Quentin Apuleyo y el comisario y al mediodía firmaron un documento donde ambos bandos cedían en algunos puntos y establecían otros para seguir la discusión.

Apenas se firmó la paz, de alguna parte de la plaza surgieron los desaparecidos. Con una ceguera momentánea, cayeron o se golpearon contra los árboles antes que corrieran a ayudarlos. Al principio sólo murmuraban quejas y palabras sin sentido. Ocuparon todas las camas del hospital local y unas horas después, el médico del pueblo informó que los encontraba famélicos y extenuados, con indicios de haber estado sometidos a una fuerte tensión, pero sin otros problemas. No recordaban lo vivido en aquellos tres días.

Exhausto, Quentin llegó a su casa cerca del mediodía y encontró la sala inundada con algunos trozos de hielo que no se habían llegado a derretir; flotando junto a ellos y estrechamente unidos, estaban los cadáveres de su hija y el fantasma.

En Ramalazo se inició un tiempo de lamentaciones y llanto. Los notables compusieron discursos emocionados y el forense local concluyó que aquellas muertes no tenían un motivo visible y que sólo podían haber sido obra de los fantasmas.

Doña Petra volvió a invocar su Espíritu Azul con el que mantuvo una reunión privada. Al terminar, accedió a la entrevista que le brindó la emisora local.

— Los fantasmas eran los Demonios de los Cielos — dijo la adivina — Luego del asesinato de Imelda y Joaquín, llegaron para cumplir la profecía y repetir la muerte de dos amantes. Dicen que son sacrificios necesarios para que siga saliendo el sol, para que la primavera florezca y la vida continúe en el planeta. En la guerra que se acaba de librar en el pueblo, hubo algunos heridos. Renata y su amante fueron los únicos muertos.

Poco a poco el pueblo volvió a su vida rutinaria y monótona; a las siestas interminables; al polvo acumulándose sobre los viejos. Renata Apuleyo y su fantasmal amante, se convirtieron en otra leyenda que reemplazó la de Imelda y Joaquín

Pasaron los años en Ramalazo. Doña petra mantuvo su aspecto juvenil, a pesar de que vecinos memoriosos le calculaban cerca de doscientos años. Cuando llegaba la primavera, la adivina reunía a los jóvenes enamorados y los llevaba a las afueras del pueblo. Allí hacían el amor en una profunda cueva oculta al firmamento. En tanto ella, con su legendaria bola de cristal, emitía poderosos conjuros de protección para evitar que vuelvan los demonios. Cuando el crepúsculo caía sobre Ramalazo, terminaba con un armonioso canto y las notas largas y armoniosas subían y se mezclaban con los diferentes tonos del azul.




domingo 3 de mayo de 2009

La Luna de Kyoto



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A
Yamashiro, Hozumi

…el viaje de Kamakura a Kyoto dura doce días. Su usted viaja durante once jornadas y se detiene en la duodécima, ¿cómo podría admirar la luna sobre la capital?

Nichiren Daishonin — Carta a Nikke — Gosho Zenshu, Pág. 1439 ——





— ¿Qué llevas para el viaje? — pregunta el anfitrión de Kamakura a uno de los viajeros conocido como El Hombre de la Luna.

— Un jergón para dormir, la túnica para cubrirme, otro par de sandalias y palillos de Haki para limpiar mis dientes. También un poco de tofu al que administraré como a un escaso tesoro.

— ¿Por qué viajan a Kyoto?

— Estoy enfermo y busco un médico— contesta otro de los hombres

— Yo voy a ganar dinero

— ¿Y tú a qué vas? — pregunta al Hombre de la Luna.

— A contemplar la luna llena que asomará en doce días.

— Ahora deben contarme vuestros sueños — reclama el dueño de casa — Es una vieja costumbre. Se lo exijo a todos los viajeros y a cambio les doy asilo antes de partir

— Yo sueño con una mujer embarazada que enferma luego de dar a luz — dice el hombre que viaja por dinero.

— Yo sueño que soy muy anciano y vivo el momento de mi muerte.

— ¿Y tú con qué sueñas?

— Con la luna de Kyoto. Nunca la he visto, pero me la han descripto. Es enorme y se eleva detrás de los techos de las casas. Dicen que ocupa más de medio cielo y sus colores van de un rojo intenso a un amarillo pálido.

— Es un largo viaje hasta Kyoto

— Doce días exactos— afirma el Hombre de la Luna — De llegar antes o después, no será lo mismo. Hay que verla la primera noche, cuando se muestra como un círculo brillante cuyos lados se aplanan antes de exhibir todo su esplendor.


Los viajeros se despiden del anfitrión y se ponen en marcha a la madrugada.

— Nos adelantaremos — anuncian dos de ellos al mediodía. No nos interesa la luna. Yo voy a hacer dinero y él a curar su mal. Eso requiere de urgencia. Quizá nos encontremos en Kyoto.

— Yo seguiré mi ritmo — explica el Hombre de la Luna — Llegaré a la capital en los doce días exactos.

Los dos hombres se despiden y apuran el paso.

Esa noche, bajo el brillo del cuarto creciente, el peregrino sueña con una mujer poderosa, rica y de mucha belleza. Se enamora de la imagen y tres días después, bajo el leve resplandor de la luna que crece, encuentra a la misma que vio en el sueño

— He soñado contigo y te he amado.

La mujer cubre su rostro y baja la cabeza antes de hablar.

— Yo también te soñé y fui tuya mientras dormía.

Esa noche se unen sobre un tatami. La luna los ilumina a través de la ventana.

— Quiero que te quedes junto a mí — dice ella —. Deseo tener hijos contigo; guerreros poderosos que enfrenten al Señor. Seremos felices con mi dinero y mi poder No es necesario que marches a Kyoto. Puedes ver la luna desde nuestro valle; ella brillará todas las noches de tu vida.

El hombre no responde. Vuelven a amarse y a la madrugada, mientras la mujer duerme, toma su morral de viaje, calza las sandalias y escribe una nota engrosando los rasgos para demostrar pasión. Hay una sola luna y me espera en Kyoto. Regresaré con su poder para que sigamos amándonos

Al sexto día de su partida, el peregrino despierta en mitad de la noche. Lo rodean hombres armados. Sus rostros están ocultos.

— La mujer que amaste nos ordenó que cortemos tu cabeza. Ella dijo: Entiérrenla en Kyoto. Desde su tumba podrá ver eternamente la luz de la luna que asoma por las noches. Dime qué nos puedes ofrecer a cambio de tu vida.

— Donde termina el brillo de la luna de Kyoto, hay un arcón de monedas de oro. Cuando lo encuentre, te lo brindaré. Es parte de mi búsqueda y sólo yo las puedo hallar.

Los asesinos le exigen que lo jure con sangre. Para celebrarlo ríen, cantan y beben, pero sus ojos permanecen fríos y brillan como lunas heladas. Lo escoltan durante dos días, recordándole en todo momento la promesa que los une.

— Ahora nos vamos, pero seguiremos tus pasos — dicen al separarse.

Al octavo día el viajero llega a una población.

— ¡Ayúdanos, Hombre de la Luna!

Aprisionados en un carro con rejas, están sus compañeros de viaje. Varios guardias los conducen a la prisión del pueblo. La gente comenta que han cruzado los senderos de las afueras del pueblo sin el permiso del Señor. El mismo se presentará en diez días, cuando llegue el menguante; entonces decidirá qué hacer con ellos. El hombre procura interceder. Ante la firmeza de su voz y la claridad de su mirada, los funcionarios deciden ayudarlo. Es recibido por un consejero del Señor.

— ¿Qué quieres, viajero?
— Deseo que liberen a mis compañeros de viaje. Marchan a Kyoto en busca de riquezas y salud. No han hecho ningún daño.
— Hollaron sin permiso los senderos del sur. Deberán esperar a que llegue el Señor para que decida su suerte. En cuanto a ti, te aconsejo que te dirijas a la capital por el camino que bordea el monte Ameru. Te llevará un día más, pero si pretendes atravesar las tierras prohibidas, también ordenaré detenerte. Tu rostro refleja un corazón limpio. ¿Por qué quieres ir a Kyoto? Allí la vida es corrupta. En la pureza de Kamakura, vivirías feliz.
— Voy a la capital a ver la luna llena. Ella brilla generosamente sin importarle la corrupción de la ciudad. Llegaré en el crepúsculo del día duodécimo y esperaré que asome como una hermosa mujer para recibir las bendiciones que brinda su luz. Te pido un solo favor. Déjame hablar con los hombres detenidos.

El hombre llega al calabozo.

— Los saludo, camaradas de viaje. No pude hacer nada por ustedes, pero cuando regrese de la ciudad, aún se encontrarán en esta celda. Entonces les brindaré el poder de la luna de Kyoto y quedarán libres.

Ellos no responden y bajan sus cabezas. El peregrino se aleja y camina toda la noche alrededor del Monte Ameru . Al otro día llega al valle, encuentra una balsa en la orilla del río y con ella avanza hasta retomar el camino público fuera de las tierras del Señor. Según sus cálculos, casi ha recuperado el día que le falta. A la hora de comer, se encuentra con una anciana.

— Voy a contemplar la luna de Kyoto.
— Alguien de mi clan hizo el mismo camino, pero se equivocó, llegó el día undécimo y sólo pudo permanecer en la ciudad aquella noche. Desde entonces vive tristemente y llora al escuchar relatos sobre la magnificencia de la luna. Cuida de no perder el sendero y contar con precisión los días que faltan a tu viaje.

El viajero revisa sus mapas celestes Los cálculos son correctos. A la noche observa con atención el cuarto creciente. Ciertas nubes brillantes en los extremos indican que la luna llena estallará en poco tiempo.

Ya en el décimo día, cerca de Kyoto, lo alcanzan los asesinos.

— Te vigilamos. No te has desviado de tu ruta. Luego del primer día de luna llena, esperaremos el oro. La sangre te ata a nosotros y si no cumples tu promesa, te espera una horrible muerte.

Kyoto está llena de gente y de agitación. Con el dinero que le queda, el Hombre de la Luna compra algunas provisiones y atraviesa la capital hasta llegar a las afueras. El suelo está cubierto de pozos. Busca a un anciano.

— Te pido que cubras este pozo cuando entre en él — pide — He venido a ver la luna llena.
— ¿Cómo harás para verla en lo profundo de la tierra?
— Es en las sombras donde la luna debe brillar.
— Como quieras. Al amanecer, volveré a buscarte.

El peregrino desciende con ayuda de una cuerda y se sienta sobre la tierra húmeda del fondo en actitud de meditar. La oscuridad es completa. Al rato, su interior se llena de luz y de paisajes. Es Kyoto que surge dentro de sí, rodeada de quebradas, verdes bosques y bajo un rojo crepúsculo. Allí, los asesinos esperan en las cercanías del pozo. La mujer que amó, arrepentida de haber ordenado su muerte, ha llegado a la capital y lo busca desesperada. En la cárcel del Señor, sus compañeros de viaje lamentan la libertad perdida y en Kamakura, el anfitrión que los despidiera mira el horizonte preguntándose por los viajeros.

Cuando la luna asome, la mujer recibirá amor; los asesinos, dinero; libertad sus compañeros de viaje y agradecimiento el anfitrión.

Llega la noche en la ciudad soñada por el hombre; el humo se detiene en las chimeneas de las casas y se apagan las luces bajo el cielo azul oscuro. Las tinieblas se cierran y lentamente madura el tiempo para que asome la enorme luna de Kyoto.

Entre las sombras, el hombre espera.

Ricardo Iribarren
Registro Nacional de Derecho de Autor Nº 1-2009-16743

jueves 23 de abril de 2009

La Tortuga y el Tiempo



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La Tortuga y el Tiempo

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— Si retrocedes sesenta años en el tiempo, podrías transformarte en mujer — me dice el monje más anciano. Acaba de contar la historia de otro religioso que, buscando aventuras sexuales sin compromiso, fue al pasado y volvió lleno de frustración debido al espontáneo cambio de sexo que se produce al atravesar las turbulentas corrientes del tiempo. Lo escucho cortésmente, pero no le presto atención: es otra de las tantas historias de la zona que hablan de piedras, árboles, troncos, ríos y cantidad de objetos grandes o pequeños que han sido mujeres o se transformarán en tales en el futuro. Leyendas derivadas de otra primitiva que se trasmitió a través de las generaciones con pequeñas o grandes variantes

Antes del viaje, Li Chengyu, la joven monja ciega, me ofrece la tortuga de tierra. Al sostenerla, saca la cabeza para mirarme con ojos rugosos y húmedos. La noche previa a la partida, duerme conmigo y come de mi mano. En su caparazón tiene grabados cuatro hexagramas que corresponden a Lo Creativo, Lo Receptivo, El Estancamiento y La Paz. El conjunto sugiere un equilibrio perfecto entre el Yinn y el Yang. Li Chengyu, me explica que los diagramas tienen un profundo simbolismo y contienen las leyes del tiempo para el que pueda interpretarlas,.

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Después del mediodía, con la tortuga en mis brazos, giro tres veces las ruedas del pequeño amuleto de madera y espero. A primera vista nada cambia. Desde la ladera del monte Ameru, diviso el verde valle y el río plateado, iguales a los del futuro. Supuestamente he llegado a mil novecientos cuarenta y ocho, cuando recién se ha instaurado el gobierno popular y aún los monjes no sufren persecuciones.

Lo único diferente es el aspecto de Pura Alegría, el templo taoísta. Sesenta años en el futuro, es decir en mi presente, exhibirá la cúpula rota, las paredes despintadas y gastadas. Ahora se levanta frente a mí llenando la tarde de destellos al reflejarse el sol en su intacta pátina dorada. La cúpula que termina en punta, pretende perforar el cielo para que desciendan sus brillantes beneficios sobre la tierra. Aún están lejos las revoluciones culturales y los monjes no son apremiados por consejos obreros que amenacen con demolerlo.

Miro hacia el este: en el valle, los devotos forman una caravana larga y sinuosa. Aún no prohíben las peregrinaciones y al llegar al templo, la multitud reclamará amuletos y bendiciones, brindando a cambio ofrendas en dinero y en comida.

Antes de partir, la monja ciega ha dicho que no cuento con mucho tiempo y debo retirarme antes del crepúsculo, cuando esos peregrinos se detengan en una estupa visible desde el templo. Para regresar, debo reclamar a ella misma un nuevo amuleto.

— ¿Reclamar a usted el amuleto? — la monja no tiene más de treinta años y si retrocedo sesenta en el tiempo, aún no habrá nacido.
— Yo lo esperaré en el pasado y calmaré su necesidad de volver una vez que haya dejado el animal y los objetos que lleva — insiste con una sonrisa al sentir mi desconcierto.

Ahora debo dejar la tortuga en el pequeño corral anexo al templo y sesenta años después, la encontraré convertida en un galápago adulto. Será fácil reconocerla por los cuatro hexagramas claramente grabados en su caparazón.

La tarde está serena y llegan hasta mí los cantos de los peregrinos. Recuerdo una tortuga de agua que tuve años atrás; vivía desesperada por llegar al río. Fue inútil que trenzara cuidadosamente los alambres del redil, que lo reforzara con vallas de piedra y madera. Se trepaba a ellos como un gato. Una tendencia oscura, inexplicable, la empujaba a la quebrada que corría un poco más allá. Finalmente hizo un hueco con las uñas y escapó. Hasta hoy procuro imaginar su destino: quizá logró sobrevivir a pesar de los depredadores; quizá fue muerta antes de sumergirse, por un oso u otro animal.

El redil está al pie de la muralla externa del templo, protegido por tres frondosos sicomoros. Es un cuadrado de tres metros de lado donde todo el año crecen hierbas. En el centro hay un pequeño estanque. Allí mi tortuga se bañará y beberá. La apoyo en la grama y suspiro al separarme de ella.

De mi bolso saco palillos y rocas de colores que entierro o ubico debajo de las piedras, llevando una contabilidad exacta de los elementos y los lugares donde los deposito. Al regreso, apreciaré los efectos del tiempo sobre ellos.

Falta una hora para que los peregrinos lleguen a la estupa y entonces regresaré al futuro. Necesito otro amuleto; el que me llevó allí sólo actúa hacia el pasado. El templo parece solitario y desde algún sitio llega el tintineo de una campana

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Pura Alegría está edificado sobre una base cuadrada y en la parte superior, la arquitectura se resuelve en líneas circulares. Estas formas simbolizan respectivamente la tierra y el cielo; el Yinn y el Yang. Una gruesa muralla separa el exterior del interior, pero no hay guardias y puedo entrar y salir libremente.

Es tiempo de ver a Li Chengyu, la monja ciega Frente a la entrada del templo siento temor. Si no la encuentro, ¿cómo haré para volver?

Me recibe el olor a leña quemada; los monjes están sentados frente a una hoguera y algunos de ellos muelen maíz. Les pregunto por Li Chengyu y sin hablar, señalan al fondo con sus cabezas. Me dirijo hacia allí. Había conocido en fotos esos enormes dragones de oro que flanquean el paso al edificio interno y que serán arrancados en la segunda Revolución Cultural. Un pasillo conduce al salón de oraciones y más allá se encuentran las habitaciones de los monjes. En cada una de las entradas hay atriles con ejemplares del Tao Te King enmarcados en filigranas de oro. A partir de los años cincuenta, el gobierno popular intervendrá en la vida del templo y obligará a los monjes a casarse y llevar la vida de los hombres del pueblo.

Li Chengyu borda con sus ojos fijos en el vacío. Sirviéndose del tacto, clava la aguja y sigue cuidadosamente los dibujos. El mismo rostro que dejara en el futuro; la misma chaqueta azul, gastada en los hombros y los codos. Tomo su mano a modo de saludo. Levanta la cabeza y sonríe. No llego a presentarme.

— Lo estaba esperando — dice con formalidad
— Necesito su ayuda para regresar — me siento junto a ella — Hay algo que debo decirle
— Hable
— Dentro de sesenta años en el futuro, será tan hermosa como ahora. Hace unos minutos lo verifiqué.

Se sonroja y vuelve a sonreír coqueta. La ceguera da a su belleza un clima de lejanía. Habla y no la escucho, concentrado en la suave línea del cuello perdiéndose debajo de la gruesa solapa de algodón.

— …el tiempo tiene sus propias reglas — afirma — Conocerá la Paradoja del Abuelo.

— Yo la conozco, pero no sé quién le puede haber hablado de ella.

No contesta a mi pregunta La Teoría de la Relatividad ya existe y se ha aplicado para crear la bomba atómica, pero en aquel rincón de China, la monja ciega no puede conocer esa paradoja; aunque si dispone del amuleto, pudo haber viajado al futuro, recorrido Occidente y estar informada de las consecuencias del pensamiento de Einstein.

— La paradoja dice que si logra trasladarse al pasado y mata a su abuelo, está anulando la posibilidad de su nacimiento y esa muerte lo hundirá en la nada — continúa la monja — Es un enfoque equivocado y completamente falso.

Deja el bordado y parece mirarme fijamente con sus ojos redondos, de color almendra.

— La paradoja sería válida si las rutas del tiempo fueran lineales — agrega — pero lo único lineal es la mente de los hombres. El tiempo va y viene; sus leyes son volátiles. Habrá leído el Tao Te King
— Sí, lo he leído
— Hay una forma de combinar los ideogramas que permite experimentar esas leyes; sólo con el libro podría ir y venir por el tiempo. La tortuga a la que ama, también oculta esas leyes en los dibujos del caparazón. Para que usted regrese con la forma de un hombre y ocupe el mismo lugar que dejó su doble del futuro, debe hacerlo en el horario que le dijo Li Chengyu. Si se demora y retorna cuando los peregrinos vuelvan de la estupa, aparecerá dentro de sesenta años como una brizna de hierba, un soplo de aire o una golondrina. El tiempo tiene leyes tan complicadas que parece caprichoso.

Pienso en lo que dice: En mil novecientos cuarenta y ocho, mi abuelo aún vive en la región noroccidental de China. Si me propusiera encontrarlo y lo matara, no desaparecería; me convertiría en pájaro, mariposa o en chispa.

— ¿Ha viajado al futuro o al pasado, Li Chengyu?

— Lo he hecho muchas veces y lo volveré a hacer. Una de las leyes dice que cuando un viajero va y viene del tiempo, convierte a éste en un dragón que se muerde la cola alimentándose a sí mismo. Yo estaré en uno de los puntos de la circunferencia que dibuja el dragón en su viaje por el tiempo, y usted deberá reconocer la forma que adopto.

— Me ayudaría que la describa ahora


La joven sonríe y guarda silencio. Siento que la amo. El cariño desborda mi garganta y me contengo para no besarla allí mismo.

— Quiero saber lo que dejó para reencontrar en el futuro — indaga
— Lo principal es la tortuga con los hexagramas en su caparazón. Además escondí palillos y varias piedras de colores debajo de las rocas.
— Las leyes del tiempo son diferentes para cada uno de estos elementos y para el animal. Quizá los palillos se conviertan en mariposas que morirán, volverán a nacer como palillos y a repetir su ciclo una y otra vez.

Cae la tarde. El brillo en las paredes del templo aumenta con los oblicuos rayos del sol. Antes de volver, pido a la monja que me acompañe al redil para asegurarme que la tortuga está bien Come briznas de hierba y al asomarme se detiene y clava en mí uno de sus ojos.


La monja sigue explicándome importantes aspectos de las leyes temporales. No entiendo todas sus palabras, pero no pido que las aclare. Me fascina la textura de su piel y desearía acariciarla.

— Los peregrinos están por llegar a la estupa

Me alcanza el nuevo amuleto.

— Sabe como usarlo — saca la mano que esconde en la manga para protegerse del frío creciente y acaricia mi mejilla derecha. Entonces siento dentro de mí la textura de las plantas del valle, la frescura del río y el brillo del cielo de la tarde.


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A este amuleto también lo forman dos ruedas de madera superpuestas y unidas por un eje. Me basta hacerlas girar en uno y otro sentido. La caravana parpadea. Los cantos se apagan un momento y regresan. Finalmente todo desaparece; queda tan sólo el río y la superficie verde del valle. Al volverme, veo el templo sin la cúpula ni la pátina dorada. Las paredes descascaradas, la silueta de una rata que escapa de mi presencia y el fuerte olor a orín de gatos que llena todo, me indican que he vuelto al futuro, a mi presente. Pura Alegría es un museo deteriorado que pretende exhibir a los visitantes los privilegios de la casta sacerdotal antes de la Revolución, Los monjes son figuras decorativas que sólo se encargan del mantenimiento.

La brisa trae olor a maíz asado. En una hora llegará la luz violeta del atardecer, las casas del pueblo encenderán sus luces y el humo de las chimeneas se disolverá como estelas brillantes sobre el horizonte amarillo.

Busco ansioso el redil y al llegar junto a él, no veo la tortuga. Entro y reviso inútilmente hierba por hierba Me detengo a reflexionar. En esos sesenta años, alguien puede haberla llevado, pero el pueblo considera sagrada toda pertenencia de los monjes. Un robo al templo implicaría una catástrofe para el ladrón.

Vuelvo a buscarla y examino todo cerca de una hora sin resultados. Su ausencia me produce pesar, como si hubiera muerto alguien muy querido. Constato que los palillos se encuentran debajo de la piedra donde los había dejado. Están desgastados por el agua y el paso del tiempo, pero los amarran las cintas amarillas con que acabo de anudarlos en tres haces de a nueve.

Al mover la piedra donde guardara las rocas, se levanta un enjambre de abejas de colores que vuelan hasta perderse en el atardecer. Recuerdo las palabras de la monja. Según las leyes del tiempo, las piedras han llegado al futuro como abejas. Busco a Li Chengyu y los monjes me dicen que debo esperar, ya que participa en las oraciones de la tarde. Temo que el tiempo haya transcurrido para ella y que la encuentre como una anciana decrépita.

Me siento junto al fuego con los que no oran en ese turno. Uno de ellos entona melodías antiguas, suaves y hermosas que sólo logran aumentar mi nostalgia por la tortuga. Al terminar el canto, pregunto por ella.

— Estaba en el redil de la parte trasera — aclaro — Desde aquí podemos verlo…

Todos niegan con sus cabezas.

— Se habrá convertido en una muchacha — dice el más anciano. Lo miro interrogante— Según una leyenda de esta zona, las tortugas son mujeres encantadas y en ciertas horas buscan acostarse con los hombres para volver a ser tortugas.
— Conozco esas historias. Todas dicen lo mismo, que lo existente ha sido y será mujer.
— Yendo a lo que quiere saber — continúa el anciano — Recuerdo que hace treinta años en ese lugar había una tortuga mágica.
— ¿Por qué mágica?
— Tenía algo grabado en su caparazón.

Sigo preguntando, pero el monje contesta vaguedades. Su memoria parece flaquear.

5

El cielo organiza la noche. Luna llena y un firmamento blanco de estrellas. Ya tarde, escucho la voz de Li Chengyu que me llama. Suspiro aliviado al ver el rostro fresco, la sonrisa, los ojos que tratan de mirarme.

— No nos reuniremos aquí. Vendrá a mi habitación.

Ya no están los dragones dorados que flanquean la entrada ni los atriles con los ejemplares del Tao Te King y en las habitaciones de los monjes, la humedad ha hecho estragos. La celda de Li Chengyu tiene paredes de piedra oscura y está iluminada con velas. Me pide que sirva dos tazas de caldo de buey y nos sentamos junto a la ventana. Yo miro la luna llena y ella siente la brisa de la noche. Decido tutearla.

— Dime, Li Chengyu, ¿sabes donde se fue mi tortuga?
— ¿Tu tortuga? ¿Quién dijo que era tuya?

Recuerdo a Lao Tse: El apego mata las cosas y a quien lo siente. Estoy confundido y avergonzado.

— Mientras la consideres tuya, no reconocerás la forma que ha tomado. Ella se limita a vivir y de ese modo también viaja en el tiempo y se somete a sus leyes.

Pasan los minutos. El caldo de buey está sabroso. Ella pide que sirva dos vasos de aguardiente para acompañarlo.

— Dime Li Chengyu — pregunto después de un rato — ¿Cómo es que te encontrabas en el pasado, en una época en la que aún no habías nacido?
— ¿Quién dijo que me encontraba allí?
— Yo mismo te vi y hablé contigo como lo estoy haciendo ahora
— ¿Quién te dijo que era yo?
— Eran tu rostro, tu voz tu perfume.

Ella vuelve a acariciarme. En mi interior y en medio de la noche, siento un cielo azul y un arpegio de pájaros.

— Tú hablaste con la auténtica Li Chengyu — dice por fin — Ella murió a los ochenta años y fue reconocida por todos debido a su impecable práctica del Tao.

La miro asombrado.

— Entonces, ¿tú quién eres?
— Cuando fuiste al pasado tuviste un vínculo especial con las cosas que te rodeaban El viaje en el tiempo hizo que algunas se unieran a ti y al llegar tomaran la forma que esperabas… o que no esperabas, pero estoy hablando mucho . Esta noche me entregaré a ti.

Se incorpora. La luz de las velas ilumina su cuerpo. Se quita el sombrero y exhibe el cráneo liso, brillante. Luego se despoja de la chaqueta y la camisa. Sus pechos son hermosos y suaves. Me paro frente a ella para acariciarlos. Termina de desnudarse. Su piel es como la leche tibia; una prolongación de la luna. Ya no me importa quién pueda ser.

Nos sentamos en el suelo frío y nos abrazamos estrechamente de modo que nuestros sexos queden unidos. Es medianoche. Apago las velas, las nubes ocultan la luna y nos amamos en una oscuridad total.

6

Me duermo a pocas horas del amanecer y sueño que regreso del pasado y encuentro la tortuga en el redil. La reconozco por los cuatro hexagramas sobre su lomo. Despierto con la sensación de que aquello es real. Al llegar he visto una linterna en un costado del cuarto, la recojo y camino descalzo hacia el corral que sigue vacío. Recuerdo que las tortugas suelen esconderse debajo del suelo, pero éste se encuentra seco y duro como una roca.

Mientras regreso a la habitación, amanece. El brillo del sol entra por la ventana. La monja ciega duerme desnuda, boca abajo y su espalda se ha transformado en un caparazón donde aparecen grabados los cuatro hexagramas que forman el perfecto equilibrio entre el yinn y el yang. Me arrodillo junto a ella y la observo. Sé que por efecto de las leyes del tiempo, su cuerpo seguirá endureciéndose. Quizá hacia media mañana, convertida en una gigantesca tortuga, se marche en busca de otras tierras y entonces no la veré más.

Ricardo Iribarren
Registro Nacional del Derecho de Autor Nº 1-2009-15914 — Colombia 2009

Omnisciente Narrador




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La concha es enorme, blanca y la rodea una fosforescencia azul. Al acercar el oído se escucha fluir el agua y de acuerdo con el manual, la persona que se acueste en su interior, gozará de una relajación profunda, “como si se sumergiera en las profundidades de un tibio mar…”

Ángela la compró por encargo de Alfredo, su amante y padrino de la mafia en la ciudad. El manual dice que combate el estrés en todas sus formas, ya que promueve el regreso a los orígenes. El mafioso sufre del corazón y será una ayuda terapéutica a su mal.

Con gesto triunfal y una sonrisa confiada, el hombre entra en la concha y Ángela cierra herméticamente las valvas. Debería abrirlas a los veinte minutos, pero al quedar sola se dirige al ordenador, ingresa en la cuenta de Alfredo y transfiere a la suya la totalidad de los millones. Luego se marcha sin saber que una hora más tarde, su amante morirá de un infarto dentro de la concha.

En el gigantesco molusco, el hombre sentía la suavidad de la brisa, la frescura de la lluvia, los olores del campo; también podía proyectar en las paredes un amanecer en el Cairo, un atardecer en Estambul o las verdes praderas del Líbano. No se puede achacar el infarto a la claustrofobia; la única explicación era que había llegado el momento de su muerte.

El resto de la historia, narra la fuga de Ángela y los intentos de matarla por parte de la familia y los hombres de Alfredo. No es una asesina. Golpes de su padre en la infancia, prostitución en la adolescencia; maltrato en todas sus formas. Ha sufrido mucho y cuando se le ofrece el amor, no puede aceptarlo.




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Ya tracé el esquema de la historia. Ahora debo esperar a Raúl Viglizzo, el escritor y orar porque no borre todo, sino que conserve los fragmentos ajustados a su intención de narrar un cuento divertido, como afirma cuando está borracho, se apoya en el teclado y echa sobre mí sus vahos malolientes.

Me presento, aunque muchos me conocen. Soy el famoso Narrador Omnisciente. En los círculos literarios mencionan mi nombre con respeto. Suponen que conozco todas las cosas, las actuales, las posibles, las que son y las que nunca han sido. Para muchos soy Dios, o uno de los resultados de invocar lo trascendente y obligarlo a participar en el relato que se está pergeñando.

La diferencia con Dios es que el mismo no tiene historia en el sentido humano. Es eterno, no ha sido creado y se encuentra por encima de los hombres, del mundo y del tiempo, pudiendo ver y presentir todo. En cambio yo nací y en algún momento sufriré un cambio parecido a la muerte, como es el destino de todo lo que llega al mundo. Además, Dios por su naturaleza, no podría constreñirse a un desarrollo argumental confuso y mediocre. El esquema que diseño más arriba servirá para narrar la historia de Ángela, una mujer enamorada de un mafioso y a quien mata por accidente. El lector transitará en ella caminos trillados y lo inyectarán con masivas dosis de tópicos a fin de inducirlo a la estupidez y al olvido. Según la moda literaria, los cuentos o novelas están sujetos a deshonestos trucos introducidos por los escritores para mantener la atención del lector. En tanto yo, el que supuestamente conoce todo y narra todo, soy relegado a la categoría de una simple voz. Cuando intento rebelarme, me propinan un fuerte papirotazo y me echan a un costado. ¡Menudo Dios me ha tocado ser!

Cuando Raúl lea estas líneas, las borrará de un plumazo como se decía antes. En los ordenadores, plumazo significa empastar el texto y apretar cualquier tecla para que mis disquisiciones se disuelvan sin honor en el ciberespacio.


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Los Narradores Omniscientes somos una raza de dioses caídos y olvidados que recordamos los hechos más allá de nuestra vida terrestre. Me gusta evocar los colores de mi infancia lejana, por llamarla de algún modo, ya que era un estado completo y no requería de crecimiento. Entonces corría desnudo por el campo, sintiendo la libertad en todo mi cuerpo.

Una tarde, fui perseguido por un hombre. No era la primera vez, pero mi habilidad en la carrera siempre me permitía escapar. Este humano parecía conocer mis movimientos y logró apoderarse de mí. Dice la tradición — lo supe luego — que cuando alguien atrapa un Narrador Omnisciente y lo sostiene con su espalda en la tierra, puede exigirle su nombre. Él está obligado a responder con la verdad. Así fue que aquel hombre se apoderó de mi aliento y mi poder y lo trasmitió a su descendencia… junto conmigo, claro está.

En aquel entonces las cosas que ahora son invisibles y etéreas, tenían consistencia y yo disponía de un cuerpo. Algunos de mis amos me colgaban de un clavo en una de las paredes o encima de la puerta y todos reían observando mis muecas y mis inútiles intentos de escapar. Sólo me daban comida si durante horas recitaba endechas, elegías o les contaba sabrosas historias. En la antigua Grecia fui el creador de cantidad de obras a las que hoy se considera clásicas. Luego me recibieron otras manos, y por aquel lazo de vasallaje brindado a ese primer hombre, nunca pude recuperar mi antigua libertad.

Gran invento el de Internet que no existía en la Grecia Arcaica, cuando llegué a este mundo. Puedo avanzar por los circuitos, hablar con uno y con otro, gozar de una libertad lejanamente similar a mi vida antes del cautiverio. Aquí converso con investigadores en cosas ocultas que me aportan hechizos, conjuros y otros instrumentos de mucho valor.

Como ustedes verán, potenciales lectores de estas líneas que desaparecerán con un simple movimiento de dedos, éste es un día de rebelión. Mi estado de servidumbre se ha mantenido durante milenios y quizá hoy pueda quitarlo de mis hombros.

4


— ¡Mi vida es mía y no debo darte razones…! ¡no me importa lo que dijo el médico!

Raúl, el escritor, discute en la planta baja de la casa con su esposa Clotilde, diez años más joven que él; rubia, de grandes senos, redondas caderas, hermosas piernas y un cutis suave como la aurora. Como se diría en estas épocas, un verdadero bomboncito.

Él ha debido ir al médico por un problema en el corazón. Le ha prohibido el alcohol y el tabaco, pero no quiere obedecer. Eso es lo que discuten

— ¡Son mis hábitos! ¡Ellos forman la gran trama de mi literatura que aunque no lo creas, algún día va a entrar en la despampanante gloria!

Escucho la voz en la escalera. Se está acercando.

— ¡Debes saber lo que dice de mí el Washington Post o The progress de Massachusetts! ¡Se me ha llamado The New Shakespeare! Así como lo escuchas. ¡The new Shakespeare…!

Tu turutú turutú turutú….

Lo anterior debe leerse como un toque de trompetas, ya que acaba de entrar el escritor. Rostro mate, manos regordetas, tobillos hinchados; un verdadero monstruo marino con remota forma humana. Cierra de un portazo. Está furioso. En sus mejillas, las venas se transparentan a través de la piel. Hasta la nariz está roja. Enciende un cigarrillo y dentro de poco el ambiente se llenará de humo blanco y tóxico. Se sirve un whisky y lo bebe rápidamente.

Creerá que lo escrito en el ordenador lo compuso él mismo unas horas antes. Su ego es demasiado grande como para pensar en espíritus y musas a la hora de narrar. A través de la pantalla me echa su aliento, esa mezcla de pudrición, humo y alcohol. Le basta una simple ojeada para murmurar la fórmula que conduce a la destrucción:

— ¡Esto es pura mierda…!

Ya ha empastado todo; ya su meñique y su índice se apoyan en la macro con la que ha programado el borrado, cuando me deslizo a través de la pantalla. Aún no puede verme, pero logro sujetar su mano y evitar que destruya lo escrito. Al sentir la fría presión, se incorpora y retrocede apartándose de la máquina.

Saboreando el primer triunfo, recito el conjuro que aprendí al arrastrarme por los circuitos de Internet. Da resultado y salgo por la pantalla. Ál principio me ve como una niebla tenue que apenas se diferencia del humo del cigarro. Luego percibe mi rostro. Abre la boca, pero no dice nada. Está demasiado asustado. Vuelvo a sujetar una de sus manos y trato de hacer lo mismo con la otra. Se retuerce, intenta zafarse, pero es demasiado torpe. Su cerebro acostumbra a navegar en marañas de anestésicas historias, pero su cuerpo se arrastra como un lamentable gusano.

No quiero hacerle daño. Sólo necesito apoyarlo en el suelo sobre la espalda y clavar mi rodilla en su pecho. Ya está. En la planta baja escucho el portazo de su mujer; acaba de marcharse furiosa. Es entonces cuando Raúl recupera el habla.

— ¡Clotilde! — llama desesperado— ¡Clotilde, por favor…!

Ya es tarde. Estamos solos en la casa. Mi rostro junto al suyo le produce espanto; el mismo espanto que sentí hace tres mil años cuando un humano me puso en la misma posición. Se sacude, quiere liberarse, pero a pesar de su tamaño no tiene la fuerza suficiente. Está rojo, cara, cuello y cuerpo. La silla cae a un costado con estrépito y se enreda en el cable del ordenador. Debo tener cuidado. Si se desconecta no lograré mi cometido. Lo sostengo con fuerza para que no se mueva. Le cuesta respirar.

— ¡Dime tu nombre…! — mi voz parece llegar de un nido de cuervos; de una cueva en la ladera de un monte; de la cámara secreta de una pirámide

— ¡Dime tu nombre! — aprieto con fuerza mi rodilla contra su pecho

— Raúl… me llamo Raúl.

— Ese lo sé. Quiero tu verdadero nombre, tu apellido, el que palpitaba en las piedras antes que llegaras a este mundo.

— Raúl… Viglizzo…

Con su voz débil salen nubes de aliento verdes y rojas que llegan hasta mí. En ellas está el verdadero nombre, el que necesito y no puede pronunciar. Acerco mi cara a la suya. El aliento penetra mi boca, mis ojos; atraviesa mi piel. Siento su estertor y observo que los ojos se ponen vidriosos. Las muñecas dejan de agitarse. Queda inmóvil y absorbo las últimas nubes.
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Mi interior se llena de imágenes. Paisajes plateados moteados de verde. Agua, mucha agua. Cielos verdes y grises. Criaturas extrañas que cruzan junto a mí como destellos. Regresa todo lo olvidado. Mi cuerpo cobra consistencia. Cacheteo al escritor. Ahora deberá arreglarse solo para componer sus mediocres historias comparables a la música ensordecedora y al alcohol. No responde. Está frío y mira con sus ojos abiertos, sin brillo. ¿Es que habrá muerto como tantos personajes de sus novelas y cuentos? He visto muchas veces la muerte en las historias de batallas. En Grecia, Esquilo, Sófocles y Eurípides me llenaron de cadáveres, pero nunca había estado encima de uno.

Me levanto. No sé cómo actuar, pero ya se ha roto el hechizo. Luego de tres mil años, he recuperado mi nombre a través de otro humano. Me miro al espejo. Estoy desnudo. Mi cuerpo es hermoso, ágil, joven y eterno. Ahora mismo puedo salir por la ventana de la planta alta y escapar por los techos. Aunque sé que los humanos visten ropa y debo buscar prendas que me sirvan para andar por el mundo.

Hay un closet en la habitación. Lo abro y elijo algunos trajes de Raúl. No son mi talla, pero no tengo el prejuicio de la elegancia. También hay un fajo de billetes; él no confía en los bancos, de modo que los conserva en la casa. Por sus relatos sé que son necesarios y los guardo en los bolsillos.

Siempre opiné que la ropa de los hombres es una tortura, pero al vestir una chaqueta, pantalones y zapatos, advierto que son cómodos y vuelvo a observarme largamente en el espejo del cuarto. Lo único que necesito es algo para cubrir mis orejas puntiagudas y encuentro una vieja gorra. Estoy por salir cuando escucho que abren la puerta de calle.

— ¡Raúl….! — es la voz de Clotilde. Sube la escalera.

— ¿Raúl? ¿Estás ahí…?


6

Alarma. Peligro. No debo contestar ni permanecer en el cuarto cuando ella llegue. Salto por la ventana que da a una cornisa y luego a la terraza. Siento por primera vez el sol sobre mi piel, el sol real y no el descripto en las historias. Vuelvo a saltar hasta llegar al patio. Desde allí escucho los gritos.

— ¡Raul! ¡Raúl…! ¡No puede ser…!

Me deslizo por las paredes hasta la calle. No volveré a mi libertad original. Tantos años de escribir historias sobre los hombres, hacen que anhele permanecer entre ellos.

Esperaré a que todo se tranquilice y me presentaré en la casa con cualquier pretexto. Clotilde vestirá de negro con un tul cayendo sobre su rostro y me recibirá llorando… aunque creo que lo odiaba y su muerte ha sido como quitarse un oprimente peso. Entonces, cuando llame a la puerta, me recibirá con un vestido de colores, el cabello suelto, perfumada y se tomará de mi brazo. Cerraré los ojos y sentiré su olor. Necesito algún seudónimo. No puedo explicar que mi nombre es Narrador y mi apellido Omnisciente

Interrumpen mis pensamientos la llegada de la policía y la ambulancia. Las sirenas son atronadoras. Me refugiaré en un café como hacen tantos solitarios, un café en alguna esquina y desde allí estaré atento a los movimientos, esperando que Clotilde quede sola para golpear su puerta. Me recibirá como al salvador, como al príncipe esperado. Sus frases serán: ¿Dónde estuviste todo este tiempo? o ¡Amado mío! ¡Cómo te extrañé…!

No sé cuanto dinero tengo, pero me alcanzará para comprarle un castillo en las afueras y un automóvil con el que acudiremos al supermercado y al volver nos perseguiremos por las habitaciones arrojándonos comida y nos amaremos una y otra vez.

Hay un café en la esquina de la casa. Entro y pido una ginebra (en una novela de Raúl había un personaje que siempre bebía ginebra). Desde la mesa puedo ver que la policía se retira y un par de enfermeros cargan el cuerpo en la ambulancia.

Quizá llame a su puerta y Clotilde me reciba desnuda y con un salto caiga en mis brazos, llenándome de besos…

Sentado en el café, bebiendo por primera vez la ginebra, sintiendo como se filtra por mis venas y mis huesos, decido que ya no quiero escribir historias.

Ha llegado el momento de vivirlas.

Ricardo Iribarren
Registro Nacional del Derecho de Autor Nº 1-2009-15535 — Colombia 2009

El Futuro Cadáver



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— No entiendo la muerte — dijo Adriana mientras pulverizaba el terrón de azúcar con la cucharilla de café —No sé por qué intentó suicidarse

— Me dijiste que en los últimos tiempos tenías poca comunicación con Roberto. Quizá no te confesó cosas que lo angustiaban.

Estábamos en el café de la clínica. Dos pisos más arriba, mi amigo y novio de Adriana estaba en Cuidados Intensivos por lesiones en las cervicales y principio de asfixia a causa de su intento de suicidio..

— ¿Qué motivo puede tener para matarse? — insistió Adriana —Yo lo amo, está rodeado de buenos amigos como tú, disfruta de la herencia de su padre y no necesita trabajar. Son pocas las personas de su edad con automóvil y casa propia.

— Pienso en preocupaciones y angustias que para nosotros pueden ser tonterías y para él razones de peso.




Unos meses atrás, Roberto había inaugurado en Internet un blog llamado El Futuro Cadáver en el que defendía la cultura del suicidio. Se abría con un grabado de Zenón el Estoico quien, según la leyenda, al salir de la Stoa cayó rompiéndose un dedo de la mano. Lo interpretó como un llamado de la tierra y se estranguló a sí mismo frente a sus discípulos.

Varias entradas las dedicaba a Artur Koestler, el escritor que en los años ochenta se suicidó junto a su esposa por problemas de salud. En un libro póstumo, aportó recetas de cócteles tóxicos para lograr la muerte con rapidez.

El futuro cadáver debe montar un escenario preciso, donde sólo figure lo necesario para su tránsito. La escenografía será simple, ascética. No olvidemos que el único protagonista es la muerte y debe estar rodeada de silencio e intimidad, afirmaba mi amigo en el blog. Siguiendo estas consignas, luego de comprar en una ferretería varios metros de cuerda y una roldana para ajustarla al cuello, colgó de las vigas un saco de cemento para comprobar su resistencia. Enseguida desconectó el timbre, apagó el móvil y vació de cuadros y muebles el desván donde debían encontrar su cadáver.

Menciona en muchas entradas del blog el vínculo entre el sexo y la muerte. Varios artículos se extienden sobre el suicidio ritual de algunos miembros de la Masonería que envuelven sus cabezas con herméticas fundas de plástico para producir la intensa excitación que acompaña a toda forma de asfixia y lleva al hombre a eyacular. Quizá por eso haya elegido el ahorcamiento como forma de morir.

Para mi amigo, el último momento de la vida debía estar lleno de orgullo y de una altivez desdeñosa por la estupidez del mundo. La nostalgia y la desesperación que engendraran el deseo de suicidio, debían culminar en un show de dignidad, en una demostración al universo del sonoro desprecio que el futuro cadáver sentía hacia él, de modo que los sobrevivientes, al escuchar los detalles de la muerte, se admiraran y siguieran su ejemplo.




— Roberto es muy callado — comenté a Adriana — tú a veces te quejas de eso. Quizá ese carácter introvertido lo llevó a ocultar la causa de su decisión.

— Entonces, ¿que sugieres que haga?

— Mañana se cumplirán cuarenta y ocho horas; dicen que es el plazo para que aflore la angustia luego de un intento de suicidio. Tendrá necesidad de hablar y aprovecharé para preguntarle los motivos; si no me los dice, insistiré una vez más y si también se niega, me daré por vencido. En muchos casos, las tentativas de suicidio se repiten y de conseguir que se exprese, sería como hacer que nos tienda una mano para ayudarlo.






Aquel día, la muchacha fue a visitar a la madre de su novio, quien permanecía postrada desde hacía años debido a una tendencia a las embolias. La anciana la recibió preocupada; la noche anterior había soñado que su hijo pedía ayuda. Adriana la tranquilizó

— Anoche fuimos a cenar y a bailar y estaba más contento que nunca — aseguró — Ha iniciado un nuevo negocio y brindamos por el éxito.




Otra sección del blog se llamaba Las trampas de la vida. En ellas se describen los intentos de familiares, amigos y gente en general para evitar el suicidio. Premoniciones (como en el caso de la madre de Roberto) y todo tipo de argucias más o menos disimuladas, procurarían impedir que el futuro cadáver encuentre su destino. Mi amigo, en una entrada titulada La propuesta de Hamlet, afirmaba: Cuando resolvemos nuestro fin, podemos mirar de frente a la vida con la convicción de que en unas horas terminarán las insolencias, las alegrías, los dolores, las angustias y el mismo afán ciego e irracional de vivir. Todo se hundirá en las negras aguas de la muerte





En el café de la clínica, Adriana había reflexionado.

— Alirio, estoy de acuerdo contigo en que no debemos dejar ningún cabo suelto Yo también preguntaré el motivo de su decisión. Si te parece, mañana conversaré con él y luego lo harás tú…

Se interrumpió y tiró de mi manga.

— Mira a esas personas.

Eran una pareja. Ambos vestían de negro, estaban maquillados con ojeras y sus camisas mostraban el antiguo símbolo celta de la muerte y el perfil de Zenón el Estoico, los logotipos del El Futuro Cadáver.

— No debes perseguirte, Adriana. Puede ser casual que lleven esas franelas…

— ¿Qué opinas ahora? — señaló otro par de jóvenes vestidos y maquillados de la misma forma que se acercaron a ellos. Llevaban carpetas cuyas cubiertas reproducían la carátula del blog. Advertí alarmado que aquella era la respuesta a la convocatoria de Roberto a través de Internet. Pensando lo mismo, Adriana me miró con desconsuelo.

— Ves, Alirio. Esto también me lo ocultaba.





El sueño de la madre de Roberto había preocupado a Adriana. Decidió ir a casa de su novio y al llegar vio cerrado el ventanuco del desván; siempre lo dejaba así cuando estaba dentro. Pulsó el llamador, golpeó, gritó su nombre y al no tener respuesta, subió a la azotea donde había dos ventanas daban al ático. Desde allí vio las piernas de Roberto colgando a un metro del piso y agitándose en los espasmos previos a la muerte. Rompió los vidrios y se deslizó al interior cortándose uno de los brazos.

En otro de los pasajes del blog, mi amigo afirma que si alguien descubre al suicida cuando está a punto de morir, la víctima debe echarlo, insultarlo e incluso golpearlo. La persona que llega es el embajador de la vida que estamos abandonando. Si es necesario utilizar la violencia para marcharnos, debemos hacerlo. Por eso, cuando vio a Adriana, intentó patearla, el único ataque que le permitía su postura. A pesar de esto, la joven buscó un cuchillo, se trepó a la mesa y cortó rápidamente la soga. Medio asfixiado, Roberto cayó al piso boqueando. Dejó de resistirse cuando llegó la ambulancia y fue atendido por los paramédicos.


En cuanto a las razones para el suicidio, no había artículos precisos en el blog. Algunos párrafos se referían a los motivos de los orientales, como el honor, la lealtad al emperador y otros relacionados con cuestiones metafísicas. Mencionaba también el agobio que producía la decrepitud del mundo, comprobar no ya el paso de la propia vida, sino de los eones; el desgaste de lo que fuera alguna vez una gloriosa creación. Dice el párrafo: …es lo que sentimos cuando miramos el cielo y las estrellas nos parecen pocas; cuando intuimos que alguna vez hubo un firmamento donde los astros luchaban entre ellos para mostrarse e iluminar la tierra como si fuera de día.





El grupo de supuestos seguidores de El Futuro Cadáver, nos miraba fijamente. Una de las chicas levantó el dedo, nos señaló y cuchicheó con los otros

— Alirio, voy a preguntarles.

— No creo que sea prudente, Adriana …


La muchacha no hizo caso a mi advertencia; se levantó de la silla acercándose al grupo y yo la seguí. Me recordaban los Cabezas Rapadas de Europa o los Motociclistas de la Muerte de Estados Unidos.

— ¿Vienen a visitar a Roberto Apeztegui?

— Sí…

— ¿De dónde lo conocen? Soy la novia.

— Somos los Futuros Cadáveres, discípulos de Roberto en nuestra lucha por la propia muerte. ¿Usted también pertenece a nosotros? — preguntó el más corpulento.

— No seas tonto — dijo una de las chicas— Ella fue quien lo salvó.

Se apartaron como si tuviéramos peste y dejaron de hablarnos. En ese momento, la enfermera avisó que podíamos pasar y seguimos al grupo a la habitación de Roberto.

Habían peinado los cabellos lacios de mi amigo y rociado el ambiente con un perfume a magnolias ácidas. Sin saludar, un par de Futuros Cadáveres se colocó a ambos lados de la cabecera y la otra pareja a los pies de la cama. Después supe que aquello era un ritual. Simbolizaban cuatro guerreros encargados de custodiar la voluntad de morir del candidato. Adriana se acercó y lo besó fugazmente en la boca.

— ¿Cómo estás, campeón? — pregunté tratando de dar a mis palabras una nota de optimismo que sonó falsa. Roberto sonrió y asintió con la cabeza.

Estuvimos un rato hablando de vaguedades frente a los desconocidos. Tuve que marcharme; estaba sin trabajo y esa noche me habían ofrecido reemplazar a un amigo en la vigilancia de un depósito. Adriana salió conmigo.


— Esto no puede ser, Alirio — dijo frustrada — Yo le salvé la vida y no pudimos tener un momento de tranquilidad debido a esos idiotas que sólo piensan en la muerte.


Estaba a punto de llorar. La calmé insistiendo que lleváramos adelante nuestro plan. Al otro día después del almuerzo se cumplirían las cuarenta y ocho horas del intento de suicidio; ella entraría primero y le preguntaría por los motivos.

Llegué más temprano que Adriana. Sólo había una pareja de Futuros Cadáveres junto a la ventana y hablaban entre ellos con apasionados susurros. Esto me permitió conversar casi a solas con Roberto.

— ¿Qué les pasó a los que estaban ayer?

— Mauricio se arrojó desde el puente — respondió mi amigo con tranquilidad — De acuerdo a las corrientes, encontrarán su cuerpo esta noche. María, la muchacha que estaba con él, debe estar bebiendo arsénico y al atardecer su madre hallará el cadáver.

Comprendí entonces que a pesar de su aspecto temible, todos eran soldados condenados a caer en la lucha contra sí mismos. La chica que estaba en la habitación se adelantó. Era hermosa, pero sus dientes delanteros estaban demasiado salidos y abultaban sus labios.

— Roberto, debemos irnos. Tenemos un mitin…

Abrazaron a mi amigo y se despidieron de mí con frialdad. Todos ellos (debía reconocer que también Roberto), tenían la mirada fija y los ojos perdidos, quizá buscando otras realidades, como lo había descripto Adriana.

Mi amigo se mostraba triste y me pregunté si sería la angustia de las cuarenta y ocho horas

— ¿Qué planes tienes para cuando salgas de aquí? — pregunté al quedar solos.

Su sonrisa y su silencio me hicieron saber que volvería a intentar el suicidio.

— ¿Por qué lo hiciste, Roberto? — era Adriana quien debía preguntar en primer término, pero no me pude contener. Al tomarlo de sorpresa, desvió la vista y por un momento sus labios se ahuecaron en un gesto de angustia.

— Me dijiste que habías leído mi blog Allí explico que no debe haber un motivo para suicidarse, o que el motivo es lo secundario…

— El blog dice muchas cosas. Habla de la lealtad al emperador, de sentirse un anacronismo y de la decrepitud del mundo. Todos ellos serían motivos para un suicidio y te nombré sólo tres…

En ese momento llegó Adriana. Saludó, besó a su novio y yo me disculpé diciendo que debía ir al baño. Intercambiamos una mirada de inteligencia con la muchacha sin que lo advirtiera Roberto.

En el pasillo me senté junto una reja por la que llegaba el rumor de las voces. La de Adriana, grave y pausada y la de Roberto, angustiada. No podía escuchar las palabras, pero me pareció extraño que mi amigo, acostumbrado a los monosílabos o a los largos silencios, hablara tanto. De vez en cuando lo interrumpía algún comentario de su novia.

Dormité y soñé que Roberto, parado en la mitad de una calle, confesaba con acento quejoso infidelidades, perversiones y delitos sin nombre. En vidas anteriores había sido Nerón, participó en las Guerras Púnicas y colaboró en clavar a Cristo al madero. Al fondo, sobre un lóbrego atardecer, lo esperaba un alto patíbulo.

Me despertaron los gritos de Adriana.

— ¡… no me puedes decir que es por eso!

— ¡… no debo darte explicaciones… mi vida y mi muerte me pertenecen…!

Una enfermera que pasaba caminó más lentamente, preguntándose si debía intervenir.

— Es una pelea de novios — comenté con una sonrisa de disculpas. En ese momento, la muchacha salió de la habitación dando un portazo. Sus ojos brillaban furiosos.

— ¡Te lo dejo a tu amigo! Sé que no tienes la culpa, pero es imposible estar con alguien que se suicida por eso.

— ¿Qué te dijo…?

Estaba demasiado furiosa como para responder. Me hizo un gesto airado y se marchó. Volví a entrar. Roberto miraba con aspecto pensativo la ventana que daba al río Desde allí podía ver las ramas de los árboles inclinadas sobre el agua. Estuve por preguntarle qué había ocurrido con Adriana, pero sentí que debía actuar con prudencia.

— Está hermosa la tarde — comenté.

— Todo lo que aparece es malo — respondió mi amigo.

— ¿Cómo dices?

— Son las palabras de uno de los padres de la iglesia, San Ignacio de Antioquia. Pidió que lo arrojaran a los leones, aún cuando podía haber logrado el indulto del Emperador sin abjurar de su fe. En las cartas que envió a los diferentes pueblos por los que pasaba cargado de cadenas, escribió esa frase: Todo lo que aparece es malo. Sabía que con la perspectiva de la muerte, el mundo cobra fealdad, maldad, no importa que estemos mirando a nuestra amada o a lo más bello del universo…

— Adriana acaba de enfadarse.

— Así son las mujeres.

— Creo que ella supo el motivo de tu decisión por lo que dijo al salir. Roberto, hace un año querías vivir, no tenías esta obsesión suicida. Algo tiene que haber ocurrido.

Me miró con una sonrisa.

— Tú también te matarías si comprendieras. Cuando me vaya, mi muerte será como el reflujo de una ola y atraerá a unos cuantos. El suicidio se contagia. Te recomiendo la novela Mesías de Gore Vidal…

— No son más que palabras — lo interrumpí — tiene que haber un motivo, algo que pueda revertirse.

— La fuente de la melancolía — me corrigió

— Llámalo como quieras, pero en algún momento debe haber empezado todo…

— Las estrellas de Windows ya no son lo que eran — me interrumpió.

Tuvo que explicarme en detalle. Se refería al protector de pantalla de Windows llamado Campo de estrellas.

— Hace unos años, cuando era adolescente, en la segunda versión del Windows 98, la pantalla pasaba del negro al blanco por la enorme cantidad de estrellas y recuerdo que estaba horas mirándolo, imaginando que volaba entre ellas. En las versiones posteriores, sólo llegan a doscientas y apenas tiñen la pantalla. Hay que acercarse para verlas. Se trata de la entropía, la decadencia, el final de la energía; la señal del universo afirmando que debo morir.

— ¿Te das cuenta de lo que dices Roberto? Es algo secundario, tan sólo un sistema operativo. No son las verdaderas estrellas las que se alejan y se pierden. Si te asomas a la noche, verás el cielo repleto de ellas. Piensa además a cuántos afecta el cambio en el protector de pantalla; no todos intentan suicidarse por eso.

— El camino hacia la muerte es diferente para todos… — miró el reloj — Noelia, la chica de los dientes salidos acaba de colgarse. Espero que haya tenido éxito. Su amigo era el encargado de cuidar que nadie llegue de pronto y frustren el suicidio, como me pasó a mí.

— Si consigo que en tu ordenador el protector de pantalla funcione como antes, ¿revisarías tu decisión de suicidarte?.

— Eso es imposible. No podrías modificarlo.

— Lo que viste fue el resultado de una producción técnica Hay quien puede cambiarlo.

— No te creo

— Las estrellas de Windows pueden volver a ser lo que eran. No hay que perder las esperanzas…

Me preguntaba si mi amigo me tomaba el pelo; si intentaba apartarme para intentar matarse otra vez. Tenía el rostro vuelto a la ventana y de pronto advertí que estaba llorando.

— Soy un defensor de la muerte, Alirio, pero reconozco que es doloroso abandonar la vida; es como hacerlo con la mujer que se ha querido desde siempre, como dejar un puerto donde han encendido guirnaldas y los niños agitan banderas con tu nombre.

— Roberto, me comprometo en conseguir para hoy a las nueve y media de la noche un protector de pantalla como el que tenías antes. Debes prometerme que no te suicidarás hasta entonces

Él asintió. Le pregunté varias veces si quería contarme algo más, pero siguió callado, negando con la cabeza. Había vuelto a hundirse en el mutismo.

Pensé que todo iba a ser fácil. Sabía que bastaba tomar el archivo con terminación scr que contenía el protector y reprogramarlo para aumentar en forma indefinida la cantidad de estrellas que debían aparecer sobre el fondo azul oscuro. Traté de comunicarme con alguna de las tres personas que en la ciudad podían ayudarme.
Dos eran ingenieros de sistemas y se habían marchado sin dejar direcciones ni otros datos. El tercero, un amigo programador, vivía en un barrio apartado, sin teléfono. Al llegar allí, encontré la casa vacía y los vecinos me informaron que se había mudado al otro extremo de la ciudad. Les expliqué la urgencia del caso y uno de ellos accedió a darme sus nuevas señas. Cuando pude hablar con él y explicarle todo, accedió a reprogramar el archivo sin cobrar un peso.

Contaba con poco dinero, pero tomé un taxi tratando de llegar a tiempo a mi cita con Roberto, a pesar de lo cual estuve en la clínica recién a las diez de la noche, una hora después de lo acordado.

En la guardia no me dejaron pasar. Discutí con la enfermera; expliqué que el paciente no tenía familiares, que yo era uno de los pocos que lo visitaban.

—Eso no es cierto — afirmó la mujer — Su hermana está con él. Llegó hace una hora.

— No puede ser. Roberto es hijo único.

— Hay una señorita que dice ser su hermana y que por pedido del paciente pasará la noche cuidándolo.

Después de rogar y discutir durante media hora más, pude finalmente entrar. En el pasillo, frente a la puerta de la habitación, encontré a Noelia, la chica de los dientes salidos.

— Pensé que habías muerto

— Es lo que te hizo creer Roberto... No entres — ordenó al ver que me dirigía hacia la puerta

— Tengo algo para él. Es urgente.

— No creo que puedas entregárselo. Ya debe haber hecho efecto el cóctel que le preparé.

— ¿Qué cóctel?

— El Koestler 25

Supe que se refería a la lista de recetas del último libro de Arthur Koestler. Entré en la habitación y encendí la luz. Mi amigo se sacudía con los ojos abiertos y una línea entre amarilla y sanguinolenta bajaba de su boca. Llamé rápidamente a la enfermera que me hizo salir y al rato el lugar se llenó de médicos. Iban y venían con expresiones de urgencia.

No pudieron salvarlo, ya que el veneno era uno de los más letales. Tuve que declarar en la policía y finalmente fui liberado de cualquier cargo en mi contra. Noelia, (su verdadero nombre era Dorotea) se suicidó esa misma noche, colgándose de la cornisa del edificio donde vivía.

En los días que siguieron, el blog se convirtió en objeto de culto para la mayoría de los adolescentes de la ciudad y del país que vestían las franelas del El Futuro Cadáver y llevaban adelante sus consignas. Ante la cantidad creciente de suicidios, las autoridades tomaron medidas y los jóvenes protestaban diariamente frente a gobernaciones, alcaldías y ante la misma casa del presidente, reclamando la libertad de morir.



Una tarde me encontré casualmente con Adriana. Estaba hermosa; había soltado sus cabellos rojizos y al besarla sentí un suave perfume. La invité a un café y durante una hora hablamos sobre generalidades.

— ¿Cómo te has sentido desde la muerte de Roberto? — pregunté de pronto

— Fue un gran fracaso, Alirio. Volqué mucho en él, lo amé verdaderamente.

El tono era resignado. Comentó que había reflexionado mucho sobre lo ocurrido. De pronto calló, negó con la cabeza y sus ojos se enrojecieron.

— Pensé que lo había superado.

— Es muy reciente como para dejarlo atrás así de fácil — dije tomándole la mano. Ella sonrió.

— Mañana me caso — murmuró — mi familia opina que es un salvavidas, pero no me importa.

Se aferró a mi mano, me miró a los ojos, nos besamos y al rato estábamos en un motel.

Caricias ardientes; gemidos; posturas extremas. Nos mordíamos gritando groserías y nos abrazábamos tan fuerte que no sentíamos los cuerpos. Con aquello intentábamos compensar el gigantesco reflujo de vida que había sido la muerte de Roberto. Al terminar quedamos jadeando, rendidos. En la calle, los manifestantes seguían clamando por la libertad de ser futuros cadáveres.

No volví a ver a Adriana. Los suicidios de personas jóvenes se multiplicaron aún más y las autoridades, desesperadas, recurrieron a una medida que había sido exitosa en la antigua Roma frente a una epidemia como aquella: diariamente, en las plazas de la ciudad, expondrían al público los cadáveres desnudos de aquellos que hubieran muerto por su propia mano.

Durante tres días, cuerpos inertes de hombres y mujeres jóvenes fueron exhibidos en una plataforma y la gente se agolpó para verlos. Como resultado, las manifestaciones y los suicidios disminuyeron a más de la mitad. Un mes después, todos habían olvidado El Futuro Cadáver. Furiosos cantantes de Rock con agresivas protestas lo reemplazaron en la moda y entre las muchachas se multiplicaron los casos de bulimia y anorexia. La vida regresaba lentamente a sus cauces normales.

En cuanto a mí, instalé el protector de pantalla que no pude entregar a Roberto y todas las tardes miro las estrellas que por momentos cubren la pantalla con una pátina lechosa y brillante. Entonces imagino volar por los espacios siderales, participando en una creación continuamente renovada que me obliga a seguirla.


Ricardo Iribarren

Registro Nacional de Derechos de Autor Nº 1—2009—15417

sábado 21 de marzo de 2009

"Si Encuentras un Buda..."



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¡Sangha…!

Varios niños jugaban en el portal del templo; en las cercanías del altar, una pareja de ancianos ofrendaba una flor de loto. Surachai, el viejo sacerdote, encendía las velas junto a la estatua de Buda y como siempre se preguntaría por el significado de alguno de los doscientos cincuenta preceptos del Theravada.

— ¡Sangha…!

Ninguno de ellos escuchaba la voz femenina, el tono cálido lleno de ecos, así como tampoco oían el rugido del Tigre de la Impermanencia que llegaba de las montañas del este. La bestia no saltaba de pronto. El ataque era lento, diferido, creando la ilusión de que el tiempo y la vida eran eternos.

— ¡Sangha…!

Era mi segundo nombre, el que fuera elegido por los dioses. Sólo conocido por mis padres y por el prior de un templo lejano, ahora llegaba de las profundas piedras de la pagoda. En silencio, mi cuerpo respondía, aunque mi mente sólo pronunciaba la primera parte de una frase.

— Si encuentras un Buda…

Faltaba una palabra que no llegaba a mi lengua, pero recorría mis miembros y cosquilleaba en las puntas de mis dedos.

— !Sangha…!¡Sangha…!

La voz pronunciando mi segundo nombre me hacía vibrar como una casa en medio de un terremoto; como un condenado al escuchar por última vez el canto de los pájaros.

— Si encuentras un Buda…
— Otra vez mi respuesta truncada; otra vez mi vientre dispuesto a saltar.

De pronto los árboles dejaron de agitarse y los pájaros de volar Los niños quedaron inmóviles en distintas posturas de juego. En las cercanías del altar, el anciano miraba con ternura a su mujer y levantaba la mano en una caricia suspendida. Más allá, Surachai había interrumpido el gesto de encender una vela.. Un vendaval luminoso arreció en mis entrañas y me trajo recuerdos de otras eras que vibraron en el inerte viento de la tarde. En aquel mundo quieto, yo me llenaba de luz; el llamado provenía de la pagoda y a la vez de las puertas del Nirvana. La Iluminación latía en el aire. Amenazaba desgarrar mi ser para ofrecerme la conciencia absoluta, única forma de vencer al Tigre de la Impermanencia. Aquello explicaba mi alegría ante el reclamo, aunque la voz y la presencia de una mujer pudieran resucitar mis deseos mundanos a los que consideraba vencidos.

— ¡Sangha…! ¡Sangha!

Mi respuesta seguía incompleta. Pronuncié en voz alta las cuatro palabras: Si encuentras un Buda… El resto de la frase atravesaba las plantas de mis pies, trepaba por mis piernas y se detenía en mi sexo.

— ¡Sangha…! ¡Sangha!

Parecía absurdo, pero aquello que debía precipitarme en la Iluminación, también me llenaba de anhelos vagos y lejanos.

— ¡Sangha…!¡ Sangha…!¡ Sangha…!

El llamado implacable se elevaba como humo desde las viejas piedras, desde los cimientos de la pagoda.

Caminé hasta el salón donde los otros monjes oraban en círculo. También estaban inmóviles y callados, con las cuentas entre los dedos y las cabezas bajas.

— ¡Sangha…!

La voz llegaba de la base cuadrada de la estupa. Mientras descendía las gradas, una luz celeste que provenía del sótano, recorrió mi piel.

— ¡Sangha! ¡Sangha…!

La alegría desbordante, casi escandalosa, entró por mi nariz, mis orejas y mis ojos. No me sorprendió encontrar una mujer desnuda parada frente a mí, con los cabellos sueltos. Vi su imagen borrosa; había llegado al límite del abismo luminoso y bastaba un soplo, el suave roce de un ala o la levedad de un pensamiento para precipitarme en él.

Ella me miró sin hablar. Era la propia Iluminación. Sólo así podía conocer mi nombre oculto. De unirme a su cuerpo, lo haría con el Buda del centro del universo; conocería los remotos eones sin abandonar la pagoda; desde las eras más lejanas, hasta cada una de las flores de los cerezos del parque.

Abracé a la mujer. Su piel era suave y luminosa, pero algo me impedía hundirme en el abismo; era el vaivén de un pensamiento que llegaba, partía y luchaba contra la luz embriagadora; contra el avasallante conocimiento que mostraría todo.

— ¡Sangha! — repitió ella junto a mi oído

— Si encuentras un Buda…— contesté una vez más

La otra parte de la frase llevó a mis ojos a contemplar la enorme hacha que colgaba de la pared a pocos pasos de donde estábamos. Con ella, el monje Thaksin cortaba diariamente la leña. Lejano, perdido en las montañas del este, aún escuchaba el rugido del Tigre de la Impermanencia.

Continuaba la diferencia entre lo agradable y lo desagradable, entre el placer y el dolor, pero frente a mí estaba el punto en que todo se extinguía. Allí las cosas se convertían en almohadas; en velas agonizantes. Supe de mis vidas anteriores: había sido un santo, un Anāgāmī, pero también un monje corrupto y un emperador asesino dominado por los tres venenos. Mi mente era una sombra débil en medio de la luz; una llama oscura a punto de extinguirse bajo el viento de la Iluminación. La mujer se había arrodillado a mis pies con una ofrenda de frutas, dispuesta a adorar al Buda que asomaría por mi pecho.

— Si encuentras un Buda…

Mis manos tomaron el hacha, la blandieron y me bastaron dos golpes para separar la cabeza de su tronco. La sangre saltó, cubriendo mi túnica azafrán. En medio de espasmos dolorosos, mi cuerpo y mi mente se oscurecieron y los eones se alejaron vertiginosos. El mar de luz crepitó y las aguas me devolvieron a la playa que era el mismo sótano en la base de la pagoda. La cabeza de la mujer tenía los ojos abiertos y me miraba con ternura. Lo último que recuerdo es haberla colocado sobre el cuerpo, cubriéndolos piadosamente con mi túnica.


Al despertar escuché a los monjes orando. Habían empezado sin mí. . Estaba desnudo y mi túnica permanecía a pocos pasos, limpia, sin huellas de sangre No vi el cadáver ni había rastros del asesinato. Me vestí, subí al salón circular y empecé a orar junto a los otros.

— Ayer estuviste a las puertas de la Iluminación — me dijo en un susurro el monje más anciano mientras marchábamos al refectorio.

— Fue un engaño — expliqué— Los deseos mundanos se vistieron de Iluminación.

— Está bien — asintió el maestro — Seguirás la senda del peregrino, practicarás el sacrificio y los preceptos y luego de muchos eones, renacerás como Bodhisattva Quizá, en otra eternidad, puedas convertirte en Buda.

Miré el rostro del anciano. Otra vez la frase que atravesaba mi garganta como una daga oscura. Pronuncié para mis adentros la primera parte: Si encuentras un Buda… el resto volvía a agitar mis miembros, intentando llegar a mi cerebro.

Durante la segunda ronda de oración, nos sentamos en círculo. En silencio, esperaríamos que el prior diera tres vueltas alrededor de nosotros. El pensamiento regresó. Ya no era la respuesta a la voz de la pagoda que pronunciaba mi nombre. Arrancaba de mis entrañas como una ola incontenible y mientras la sentía llegar, recordé vagamente un Sutra que describía la oscuridad como otra cara de la luz. Luego las palabras me anegaron. En medio de un cielo negro, vi la frase completa, iluminada por un siniestro sol. Debía pronunciarla, aunque desatara una tormenta.

— Si encuentras un Buda, ¡mátalo!


Los monjes interrumpieron sus oraciones y me miraron con horror. Algunos se incorporaron y quisieron escapar, pero fue inútil. Como hojas en medio de un vendaval, sus pieles cayeron mostrando los tejidos, los músculos y los huesos. Rápidamente se convirtieron en un puñado de cadáveres y las paredes de la estupa se derrumbaron. Corrí, procurando salvarme de las piedras que caían. Una vez fuera, vi como el edificio se convertía en puñados de polvo gris arrastrados por el viento de la mañana. Mi túnica se deshizo y quedé desnudo en el desierto.




Después de muchos años de la catástrofe, los campesinos siguen venerándome por ser el único sobreviviente. Me ofrecen alimentos, reclaman bendiciones y guardan mis harapos como amuletos. Cuando muera, disputarán los trozos de mi carne y cada uno de mis huesos. Muchos se postran frente a mí y me llaman Maitreya, adorándome como a Buda.

Todas las mañanas, un niño llamado Luang me traía una hogaza de pan. Ahora es un joven que sigue alimentándome y recibiendo mis mensajes sobre la vida, la muerte y la Iluminación.

Hoy hablo acerca del sufrimiento. Luang me escucha atentamente, con un brillo familiar en los ojos y advierto que además del trozo de pan, ha traído un hacha. Me interrumpo y aclaro que no soy un Buda, pero la frase se ha liberado en su cuerpo. Asentirá a lo que diga y esperará a que baje la cabeza; entonces cercenará mi cuello, abandonará mi cadáver y se internará en el desierto para hacer penitencia entre los buitres y los alacranes, tratando de obtener la Iluminación.

Dejo de hablar. Nos miramos fijamente. El silencio es intenso, casi doloroso.

Desde las lejanas montañas del este, vuelvo a escuchar el rugido del Tigre de la Impermanencia.


Ricardo Iribarren
Registro Nacional de Derechos de Autor — Colombia— Nº 1-2009-9557

viernes 13 de marzo de 2009

Vacilón



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1
No importa si el párvulo dispuesto a arrojar la pelota contra los vidrios, odia a la dueña de casa, detesta a sus hijos o sigue un impulso atávico, incontrolable que lo lleva a lanzar el feroz balón contra la enorme ventana, procurando destrozarla, fragmentarla, convertirla en añicos; sobreviene el puntapié y la pelota describe una veloz trayectoria elíptica, trazando una certera y rápida parábola ; la física clásica hablaría del encuentro de dos cuerpos; de la fuerza a que actúa sobre el punto de apoyo b, produciendo el choque, la reacción, el impacto; pero con la misma rapidez de la trayectoria, una silueta se dibuja en el aire de la tarde, cargado de brisas azules y olor a magnolias y repele el balón antes que el vidrio inmaculado, destellante por las largas horas que el ama de casa dedicara a su aseo, se convierta en un frondoso puñado de agudas astillas, clavándose con un ansia ciega en la pared, en los marcos, en el alféizar; el muñeco gigantesco, sonriente, construido de metal, madera, nubes y humedades, de traje naranja salpicado de motas blancas, de gorro azul y una gigantesca sonrisa, recibe la pelota con el enorme zapato y la devuelve a los cielos; con una velocidad inaudita, el balón se pierde en los confines del día; el muñeco se curva entonces en una reverencia y queda inmóvil, agitando rítmicamente su pie derecho, quizá esperando otro pelota para enviarla a la estratósfera; se llama Vacilón: un robot creado para evitar que los balones de los niños destruyan los vidrios de la barriada.

— Señora, ¡esto es un atropello!
— ¿Qué le pasa vecina?
— He perdido la pelota de cuero que compré para mi hijo con los últimos ahorros de mi familia. Usted programó a Vacilón para que la enviara a la mierda.
— Eso es falso. Además, yo no lo programé, fue mi marido
— ¡Entonces fue su marido el que metió la pata, el que la embarró el que la cagó!.
— ¡No hable así! ¡No sea grosera ¡
— ¡Soy grosera todo lo que quiera…!

Y así las vecinas se lanzan una a la otra las negras y sutiles flores de la violencia desde el mediodía hasta el despuntar del crepúsculo; el resto de la vecindad trata de reconciliarlas y terminan tomando partido por una o por otra.

— Vacilón es perverso — afirman algunos — hace lo que le viene en gana.

— No tiene la culpa el chancho sino el que le da de comer — sentencian otros — Hay que reconvenirlo, regañarlo, ponerle los límites que trazan la decencia y las buenas costumbres.

De acuerdo con esto último, todos se dirigen a Vacilón, cuya silueta se forma, cambia o desaparece al activar los controles de una caja roja.

— ¿Por qué has despachado a la mierda la pelota? Comentan que la fuerza de tu patada la envió a las inmediaciones del imperio Romano de Occidente.

El muñeco se encoge levemente de hombros sin dejar de sonreír; una vecina muy religiosa, se planta frente a él y recita aquellos fragmentos de las Escrituras que hablan de las armónicas relaciones entre las personas y explica que el repeler suavemente las pelotas evidenciaría el amor al prójimo; esa noche los vecinos cantan a coro, procurando que las armónicas voces relajen los complicados circuitos, los sutiles carbones, algunos de los cuales se forjaron en atanores angélicos, según comenta el fabricante mientras exhibe imágenes de seres alados que habrían intervenido en la construcción de Vacilón.

Toda la noche los vecinos adoctrinan al muñeco con palabras sabias y cantos embriagadores y al amanecer, cuando suponen que ya han influido en el cibernético cerebro y que los circuitos se han aquietado, colocan en sus pies una nueva pelota; antes de programar la patada, algunos se trepan a los altos oídos advirtiéndole una vez más que debe impulsarla con extrema suavidad; don Álvaro, el vecino más antiguo, a quien se le encomendó activar el control de la pierna del muñeco, pronuncia un breve discurso, mientras Vacilón mira al horizonte sin dejar de sonreír.
— Estamos en los finales del tercer milenio. La tecnología se adueña de los hombres y las cosas. Luego de haber chupado hasta el hastío los jugos del planeta, hemos logrado que el mismo nos entregue lo esencial de su vida en forma de angélicos tecnócratas ocupados en conjurar las fuerzas opuestas de la naturaleza y del trabajo del hombre. De ellas has surgido tú, hermoso Vacilón, símbolo de los alados conocimientos infusos aplicados a lo cotidiano. Tú, encargado de rebatir las pelotas que los pícaros niños lanzan contra las ventanas de los vecinos. Ahora te pedimos que la fuerza de tu pie se limite a devolver el balón antes de llegar a los frágiles cristales, sin dañarlo, sin arrojarlo a lugares lejanos e inconcebibles. De este modo lograremos el balance sin par de todas las energías del mundo, las inertes, las activas, las de los mundos visibles y los invisibles. ¿Estamos de acuerdo, querido muñeco?

Sin dejar de sonreír, Vacilón asiente con su gigantesca cabeza. Colocada la pelota junto al enorme pie, apenas lo retira como para tomar un pequeño impulso, y la patea enviándola sobre los techos de las casas, cruzando las noches y los días, perdiéndola en un cielo que se convierte a veces en mar encrespado y que ahora grita, salta y salmodia, recibiendo el veloz balón en sus olas eternas y crispadas.

La segunda pelota perdida; el fracaso de la admonición y la persuasión, hace que los vecinos vuelvan a discutir; algunos son partidarios de medidas radicales; se tiene demasiada consideración a los robots y se olvida que son sirvientes de los hombres; muchos de los presentes pierden horas de trabajo hablando en el oído del gigante sonriente para que siga destrozando balones de fino cuero; harían falta medidas más duras; celdas de castigo; dejarlo sin comer y sin dormir.

Otros vecinos insisten en que no se han agotado los recursos para persuadirlo; que no se ha orado lo suficiente a fin que el inicial espíritu angélico vuelva a descender sobre los circuitos para suavizar, amansar, convertir en blando lo rígido y finalmente lograr que los instintos se vean constreñidos por la mansedumbre filial, ya que el robot no es otra cosa que un hijo de los hombres y los ángeles que una vez lo engendraran.


2

A un par de kilómetros de los lindes de la ciudad donde los vecinos procuran convencer a Vacilón para que muestre los suaves flancos de su carácter, una serpiente alta como un edificio a la que llaman Antígona, custodia los límites del tiempo; no duerme ni se alimenta y se dedica a administrar el pasado, el presente y el futuro; observa en silencio y con expresión lejana las caravanas de peregrinos que atraviesan los sutiles senderos de las horas y los días por los que marchan a las diferentes eras; a partir de Antígona, se interrumpen las autopistas, desaparecen los automóviles y los seres humanos son trasportados por bueyes, asnos y caballos; allí el hombre se asomará a su propia creación; florecerá Babilonia la grande; Tales de Mileto gritará el asombro ante las cosas; Darío el persa emitirá un aullido de triunfo y de derrota y Roma será el centro del mundo; la gente se vestirá con túnicas y sayos y las mujeres cubrirán sus cabezas.

Un grupo de vecinos organiza una expedición para recuperar la primera pelota arrojada por Vacilón que ha caído en las afueras de Roma el día en que Bruto mata a César; en que sus partidarios se deshacen en llantos y desbordan las fuentes y colman los ríos; el balón está en poder de una pareja de campesinos que lo considera un regalo de los dioses,

— Nosotros también somos dioses— afirman los vecinos al llegar a la humilde vivienda — Les pedimos este regalo y a cambio les daremos otros más valiosos.

Abren una caja con finas piezas de oro, plata, diamantes, lapislázuli y rubíes; los campesinos eligen diez prendas entre las más valiosas y a cambio entregan la pelota; al regresar pasan junto a la serpiente Antígona que en todo momento mira al este y llegan al pie de Vacilón con la pelota intacta; en ese momento, una nave espacial se detiene sobre el grupo y dos seres con tentáculos en vez de manos y pies, muestran achicharrado, convertido en una pasa, el último balón que pateara el muñeco . Los seres se prosternan, cubren sus cabezas con cenizas y piden disculpas como si fueran los responsables de lo ocurrido; saben que las pelotas son escasas y valiosas por la tremenda mortandad de ganado y presentan la que encontraron: un testículo arrugado, seco, agreste y terroso, luego de haber resistido la fricción de una velocidad incalculable.

Los vecinos la exhiben a Vacilón que continúa sonriendo en dirección de los techos de pizarra, los pararrayos y las veletas; no pierde la expresión divertida, casi infantil, cuando una anciana de aspecto angelical sube hasta su oído sirviéndose de una escalera y desde la altura profiere una lista de groserías sin nombre; tampoco se inmuta cuando un grupo de vecinos entre los que se cuenta el dueño de la pelota, llegan hasta él y frotan en las tenues mejillas los restos del balón, pintando el rostro con una fea sustancia arcillosa.

— ¡Llega el doctor Aurelio! — grita alguien

— ¡El doctor Aurelio.-…! ¡el doctor Aurelio!

Vistiendo una túnica de trabajo verdosa y grácil, con grandes anteojos y los cabellos despeinados, el doctor Aurelio monta una carroza adornada con plumas de rinoceronte desde la cual saluda acompañado de siete muchachas muy bellas, ataviadas tan sólo con bikinis que apenas cubren los senos y los pubis y calzadas con gruesas y brillantes botas; los caballos que arrastran el carruaje llevan coronas, ya que según el médico, los nobles brutos serían príncipes, princesas y reyes sometidos a un sortilegio en este mundo.

— La energía de Vacilón está alterada — afirma con seguridad luego de revisar el muñeco y sus secretarias, sin dejar de moverse rítmicamente al compás de un Rap ultramoderno, muestran las enormes jabalinas que serán utilizadas como agujas; el doctor habla a la multitud expectante.

— Las agujas tienen pequeños receptores que aportarán a Vacilón la fuerza celeste para conectarse con los lejanos astros y lograr que una partícula de ira generada en su nacimiento, no se traslade a su pie derecho. Sólo así podremos salvar las pelotas de la destrucción.

3

En tanto los peregrinos van y vienen a las distintas épocas de la historia custodiadas por Antígona, la boa gigantesca que guarda y mantiene los minutos, las horas y los años; desde los inicios del hombre hasta la era angélica y atómica; desde los milenios a las fracciones de segundo son restaurados y archivados en la sangre de la enorme serpiente, quien decide si los viajeros deben marchar al futuro o al pasado más remoto; muchos afirman que esta selección es un capricho de la serpiente, pero los más aseguran que sus decisiones se basan en una sabiduría que excede el pensamiento de los hombres.

Algunos peregrinos del siglo XIX vestidos con elegancia, cruzan el sendero de Antígona; otros, pobremente ataviados, escapan de la restauración monárquica; un grupo de hombres prehistóricos caminan descalzos dejando sus huellas en las hirvientes rocas que rodean a la serpiente, la que impasible y serena contempla todo con ojos rasgados y profundos, mientras hombres mujeres, niños, animales y plantas atraviesan la seda exigua y levemente espinosa que mana de su cuerpo y se extiende como una rara y permeable cortina .

Muchos se preguntan: ¿qué hay en el cerebro de la serpiente? ¿Qué siente el extraño ofidio? Antígona está atenta a lo que ocurre tres kilómetros más allá con Vacilón y su patada a la que los vecinos tratan de conjurar.

4

— La maravilla de la acupuntura está obrando sobre los circuitos angélicos — exclama cada tanto el Doctor Aurelio frente a la multitud enfervorizada mientras señala al muñeco que no deja de sonreír; las agujas cuelgan como racimos de su nariz y sus orejas, mientras que el resto se reparten en el pecho, el vientre, las piernas y el pubis; en las puntas, los receptores aportan energía celeste y la distribuyen a través de los canales del Chi; la fuerza restauradora se concentra en el perímetro del muñeco, haciendo que brille con tonos tornasoles; los vecinos no se mueven del lugar, fascinados por los destellos de Vacilón que les recuerdan los años de infancia, los primeros amores y una tarde en la que caminaran entre árboles de azahar, contemplando la suave geometría de las corolas.

— Con este tratamiento se convertirá en un dulce muñeco y no aplicará a las pelotas la fuerza incontrolable que proviene del averno — afirma el boticario de la cuadra que aún vende medicamentos antiguos en frascos color caramelo.
— ¡Será bueno, será muy bueno como un niño bueno! — dice la anciana doña Pepa mientras la prótesis dental bailotea en su boca.

Es la hora de retirar las agujas; ante un toque de trompeta, las hermosas asistentes del doctor Aurelio se descalzan para trepar por el muñeco; sus delicados pies y sus hermosas manos, se aferran a la carne húmeda y tenue y al son de una música sincopada, quitan jabalina por jabalina; les basta una leve presión para que cedan y abandonen los poros de la carne casi celeste.

Una muchacha rubia, mostrando sus redondas nalgas, trepa hasta el pubis de Vacilón y con un gesto triunfal retira la última aguja; entonces, el cuerpo del muñeco se tiñe de una sustancia etérea, morada, con tintes verdosos; el sol de la tarde al caer sobre la eterna sonrisa, traza notas de luz que se repiten formando una melodía y el cuerpo del muñeco brilla aún más, llenando el lugar de una extraña, intensa y hermosa luz, como si se tratara de otro sol o de otra luna; los vecinos gritan de admiración.

— ¡Es otro Vacilón! — repiten y repiten señalando los fulgores traviesos que recorren los brazos, los zapatos; que se trepan a sus ingles y se sumen en los resplandores solemnes del pecho, el cuello y las extremidades.

El Doctor Aurelio está radiante; sus hermosas secretarias, calzadas otra vez con las argentinas botas, lo rodean abrazándolo.

— ¡El muñeco está curado! — anuncia el médico con tono triunfal y la multitud lo ovaciona, arroja papeles, silba y enloquece; los viajeros del tiempo que acaban de recorrer los circunvalares caminos de la serpiente Antígona, se suman a la gloriosa ovación.

— Ahora la prueba definitiva — el médico muestra una enorme pelota de cuero de cebú amarillo que pasta en las laderas heladas del Monte Fuji, y tres de sus secretarias la colocan junto al pie del muñeco — Verán que su patada apenas llegará a cubrir el espacio que se tiende entre una acera y la otra.

Vacilón vuelve a tomar el corto impulso llevando su pie hacia atrás.

Un estallido de luciérnagas.

Un vuelo de mariposas.

Con el puntapié de Vacilón, todo se detiene; el tiempo cuelga del aire de la tarde y por un momento los hombres sabrán que aquel día no tendrá crepúsculo; que no llegará la noche; los viajeros del tiempo serán arrastrados por olas negras que invadirán las calles; los vecinos se verán unos a otros con los ojos desorbitados, las lenguas negras saliendo de las bocas y las carnes cayendo de a pedazos.

Pocos sabrán que la fuerte y preciosa pelota hecha del cuero del último cebú amarillo que pastara en las laderas del Monte Fuji, habrá golpeado la cabeza de Antígona, la serpiente del tiempo, quien caerá muerta a un costado de sus sedosos senderos; que la tela tenue que surgía de su cuerpo, se habrá rasgado para siempre, haciendo estallar los días, las horas, los años, las centurias y los milenios.

Agonías súbitas y nubes provenientes del averno; abismos abiertos en la tarde, tragando a toda una generación; ya no tendrán sentido los logros de la historia y todo se hundirá en el súbito olvido.

En medio de la noche sin espacio y sin tiempo, espesa como una gelatina, el muñeco brillará más que nunca y cuando el propio planeta se reduzca a una minúscula partícula, seguirá incólume, con su sonrisa tendida a los vientos de la tiniebla eterna.

El tiempo volverá a engendrarse; regresará la vida, y otra humanidad se creará a sí misma y derivará por los peñascos del espacio y en vez de la serpiente controlando los minutos, las horas, los días y las centurias, el enorme muñeco inmóvil y sonriente enviará con su patada a los peregrinos hacia uno y otro sendero de la historia.

Ricardo Iribarren

Registro Nacional de Derechos de Autor Nº :1-2009-9264 — Colombia 2009

lunes 23 de febrero de 2009

El Arlequín y el Clítoris






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El Arlequín y el Clítoris

Donatella no recordaba el momento en que descubriera el Barquito (su forma de llamar a clítoris); quizá al acariciarlo por primera vez se desatara el placer súbito, las deliciosas ganas de orinar y Abdur, el arlequín, saltando como un grillo. Traje rojo con rombos negros, sombrero simulando un par de cuernos y zapatos en punta como los payasos; entre una y otra voltereta, se detenía para mirarla: rostro alargado, voz profunda y ojos tristes a pesar de la sonrisa.

Su madre debía bañarla en casa del vecino, ya que en la suya siempre faltaba el agua. Al terminar, la envolvía en toallas tibias y sobre la cama, Donatella seguía acariciando el Barquito. El arlequín corría entonces por las paredes, se columpiaba en las manchas de grasa y a veces lo acompañaban perros, focas o leones que ejecutaban números asombrosos. Cuando la niña retiraba la mano de la entrepierna, todos desaparecían en medio de chispas encarnadas.

Alguna vez temió que sus padres la regañaran, pero pronto advirtió que ellos no podían verlo; al saltar, el Arlequín atravesaba los cuerpos y las cosas sin lastimarse ni herir a nadie. A medida que Donatella crecía, su madre se preocupó de las risas y voces solitarias y lo comentó con la maestra, quien explicó que la niña estaba en la etapa del amigo imaginario; agregó que aquello era normal y que todo pasaría sin consecuencias.


Casi todas las noches, el padre de Donatella regresaba borracho. Insultaba y golpeaba a su esposa, pero antes de dormir tomaba a la niña, la cargaba y con tono alcoholizado le hablaba tiernamente. Es mucho lo que te quiero… por ti yo vivo y siento. No contenía las lágrimas al repetir las protestas de cariño y todas las semanas le compraba juguetes nuevos, aún cuando escaseara la comida.

Ojos llorosos, labios apretados y una permanente mueca de amargura, su madre vivía quejándose de la falta de dinero. Regañaba muy seguido a Donatella y por encima del miedo que le producían las violentas discusiones, la niña pensaba que los golpes propinados por su padre eran merecidos por tratarla mal.




— ¡Señoras y señores! ¡Con ustedes el trapecista atrevido y peligroso, que desafía la muerte con toda elegancia…!

En aquella noche de sus nueve años, luego de esta formal presentación, Abdur saltó hasta el columpio, una rectangular mancha de humedad en el techo de la cocina; allí se balanceó, caminó cabeza abajo y brincó cayendo parado frente a Donatella. La miró a los ojos.

— Esta noche tu vida cambiará — Ella entendió a medias sus palabras.

— No cambiará — aseguró con tono terco — mi papá me quiere y no va a cambiar.

— Esta noche tu vida cambiará — repitió él e hizo otra voltereta al advertir que su amiga estaba a punto de llorar — ¡Soy tu padre! — agregó ahuecando la voz y simulando que cabalgaba — ¡Vengo a buscarte en un caballo blanco…!

Ella volvió a reír hasta escuchar los gritos y los golpes. Su padre había llegado más borracho que otras veces y al entrar rompió la puerta. Donatella retiró la mano del clítoris y el arlequín se disolvió en los halos de la luz del bombillo.

A partir de ese momento se abría un hueco en su memoria; años más tarde, los recuerdos regresarían como fragmentos súbitos y brillantes y al asociar a ellos el relato de los hechos, podría armar lo ocurrido.

Su padre tomó a su madre como un ariete y golpeó varias veces la pared con su cabeza. Donatella intentó detenerlo tirando de los pantalones, pero con el revés de su mano él la golpeó en la cara arrojándola lejos.

En los restos de recuerdos, veía a su madre con cara de loca arrastrándose hasta el mueble donde guardaban la vieja pistola del abuelo; luego, el estruendo del disparo y su padre cayendo como una bolsa.

Sola, helada y con miedo, escuchó las sirenas; una ambulancia llevó el cadáver y un coche de la policía trasladó a su madre. Alguien le avisó que su tía vendría a recogerla y mientras aguardaba, Donatella metió la mano bajo la braga y se acarició. Sonriente, inmóvil, mudo, el arlequín la miró en silencio durante un rato, tranquilizándola con su presencia.

Su tía Alcira era solterona y muy piadosa. Tenía dinero, vivía en una casa espaciosa y por primera vez Donatella tuvo un cuarto para ella. Pasaron los días, volvió a la escuela y en los atardeceres, cuando quedaba sola, recurría al Barquito para llamar al arlequín. La música de circo resonaba al compás de sus caricias y las volteretas de Abdur la ayudaban a conjurar la tristeza.

Niña tímida, callada, sumergida en su mundo. Así la definía la maestra. En los recreos se encerraba en el baño, colocaba una carpeta encima de su falda, metía la mano por debajo de la ropa y dialogaba con Abdur o disfrutaba del espectáculo.

La noche en que su madre murió en la cárcel, él la llevó a volar por la ciudad y al regreso comprobó que apenas habían pasado unos minutos. Durante el velorio y el entierro, la ayudó a evitar la desesperación.

Al cumplir catorce años, las caricias de Donatella dejaron de ser inocentes. En esa edad tuvo su primer orgasmo. El cuarto, la luz del día, los contornos de las cosas; todo desapareció en medio de una oscuridad embriagadora, y sólo brillaron los ojos del arlequín que no dejaban de mirarla fijamente.

A los quince años cuestionó su existencia.

— No eres real. Cuando quito la mano de mi Barquito, desapareces. ¿Acaso estás muerto y eres un fantasma?
— Estoy a mitad de camino entre la vida y la muerte — contestó él — Tus caricias me acercan a la vida.

Otras noches la acompañaba a mirar televisión; elegía los programas más violentos, se extasiaba ante la sangre y los cadáveres y después volvía a ser el dulce compañero de siempre.

A los dieciséis años, Donatella conoció a Mauricio, su primer novio. La noche que dejó de ser virgen, llamó a Abdur para contarle la experiencia, y por primera vez el arlequín no respondió a las caricias. Unos días después, Mauricio se emborrachó y la golpeó brutalmente. Los castigos se repitieron y su tía, al ver los moretones en su cuerpo y descubrirla llorando, decidió enviarla a lo de Palmira, prima de su madre, que vivía en un pueblo alejado y también era muy devota.

La joven se adaptó rápidamente a la nueva vida, pero en la pequeña ciudad, las horas se hacían largas y aburridas y los intentos de llamar al arlequín fracasaban, hasta que una tarde calurosa a la hora de la siesta, apareció de pronto. Rostro rojo, voz entrecortada; no sabía qué hacer con las manos. Ella lo recibió con alegría.

— ¡Abdur! ¿Por qué habías desaparecido?

— Tu novio y tu angustia cerraron el Barquito y no pude pasar.

La tomó de la mano y la miró a los ojos.

— Vine a decirte que te amo.

Cantó una tonada hermosa en un lenguaje desconocido y a partir de entonces siguió visitándola todas las noches para mirarla con adoración. A veces acariciaba sus mejillas y Donatella sentía un lejano hormigueo



Abdur pertenecía a un mundo cuyos habitantes dormían todo el tiempo y sólo despertaban al ser convocados por un humano. Le confesó que bajo una forma sutil e invisible, recorría la casa para verla dormir y con una memoria insólita, describía lo que guardaba su tía Alcira en cada uno de los cajones de la cómoda.

Pedía a Donatella relatos sobre la guerra, las armas y esa costumbre de matar y morir propia de los humanos. Una tarde su amiga lo llevó al cementerio del pueblo y le mostró las tumbas, pero Abdur insistía en ver un cadáver. A la hora de la siesta, lo hizo entrar al cuarto de Pandora, la sirvienta de su tía. Gorda, cubierta con una cofia y debajo del mosquitero, dormía boca arriba y roncaba sonoramente. Abdur dio tres vueltas alrededor de la cama para observarla con atención y preguntó por los resuellos.

— Todos los muertos hacen ese ruido — explicó ella

Aquello lo tranquilizó y al otro día, cuando vio a Pandora hacer las tareas de la casa, no se asombró. En su mundo desconocían la muerte y la imaginaban como un estado pasajero o un sueño; los cadáveres podían despertar y seguir realizando sus tareas alegremente, como si nada hubiera pasado.



Una mañana, la tía Palmira llamó a Donatella y habló con tono solemne.

— Querida sobrina, el señor Cecilio Madanes, amigo de la casa, desea conocerte. Es un hombre justo y piadoso. Enviudó hace cinco años, no tiene hijos y desea volver a casarse. Va a proponerte matrimonio y eres tú la que debe decidir, así que tienes dos días para pensarlo.

Donatella asintió. Ya había olvidado a Mauricio y la divertía recibir un nuevo cortejo.

Gordo, calvo, con cincuenta años recién cumplidos, Cecilio se presentó al domingo siguiente con un hermoso ramo de flores y una caja de bombones Después del té, su tía los dejó solos; el tono del hombre era afectado, pero tenía un dejo de ternura.

— Señorita Donatella, mi vida es un permanente diálogo con Dios y él, en su infinita sabiduría, me ha pedido que vuelva a casarme. Era mi intención convertirme en un viudo consagrado, ya que este ministerio es reconocido por la Santa Iglesia Católica, pero todas las noches un ángel del señor se presenta encima de la Santísima Virgen y me dice: Cecilio, debes buscar una mujer joven y compasiva para levantar un hogar y tener descendencia. Ése será el perfecto testimonio de tu fe…

Sacó de su bolsillo un rosario vasco con incrustaciones de diamante y se lo ofreció.

— Le pido en nombre de Dios que se case conmigo. Le prometo felicidad no sólo en nuestra vida, sino en la eternidad, cuando contemplemos para siempre el rostro del Señor.

Donatella reflexionó. Entre Cecilio y ella había mucha diferencia de edad y no lo amaba, pero le inspiraba seguridad, no sólo por su dinero, sino porque estaba segura que nunca la golpearía. Contestó que sí y esa noche, al acariciar su clítoris, Abdur no apareció. Tampoco lo hizo en los días que siguieron.

Pasada la ceremonia y la fiesta, Cecilio habló con ella y aclaró que el sexo en la pareja sólo debía servir para la reproducción. En la noche de bodas, luego de rezar un rosario completo, le mostró una fina sábana con un agujero en uno de sus extremos.

— Así se unieron mis padres y antes de ellos mis abuelos — explicó — Esta noche tendremos relaciones y luego dormiremos en cuartos separados.

Todo fue rápido, sin pasión, cumpliendo el mandato bíblico.

A pesar de esos hábitos que Donatella consideraba extravagantes, su esposo era tierno, considerado y le daba libertad. Visitaba amigas los fines de semana y libremente realizaba algunas tareas parroquiales.

En los primeros días del matrimonio, tuvo una diferencia con Cecilio. Él era experto en el manejo de armas y había ganado varios concursos de tiro. Antes de trasladarse a la casa de tres plantas que había pertenecido a sus padres, mostró a Donatella dos pistolas.

— Las guardaremos en lugares seguros que sólo nosotros conoceremos.

Luego de la muerte de su padre, ella se había jurado que cuando viviera sola o se casara, no habría armas en su casa. Lo discutió con Cecilio.

— Noches pasadas, don Omar, nuestro vecino, sufrió un asalto — alegó él — Lo golpearon brutalmente y de haber contado con un arma, habría repelido a sus agresores.

Su esposo conocía la tragedia familiar.

— Sabes que yo odio la bebida — agregó — me considero equilibrado y responsable como para saber en qué momento debo usar un arma.

Hizo que sostuviera las pistolas para familiarizarse. Una era negra, enorme y la otra pequeña, plateada, de mango nacarado.

— Parece de juguete — comentó Donatella olvidando sus prevenciones.

En los días que siguieron concurrió a prácticas de tiro y al poco tiempo manejaba con maestría la pistola.

En el atardecer, luego de su baño, la muchacha se envolvía en una toalla como cuando era niña. Acariciaba su clítoris, pero ya hacía tiempo que el arlequín no se presentaba y mientras se procuraba placer, sólo veía la mampara azul y la superficie acerada de los azulejos.

Cuando tuvo su primer hijo, olvidó a Abdur por un tiempo y a los pocos meses del nacimiento, volvió a quedar embarazada. El segundo parto, del que nació una niña, fue normal, pero durante el puerperio se alternaron la euforia y la alegría. Rebeldía, llanto sin motivo y ganas de llorar, como si regresara la adolescencia. Ante sus estados cambiantes, Cecilio la instaba a rezar frente a la Virgen, le traía escapularios con reliquias de santos y hasta un exorcista de la capital que visitó la casa, esparciendo agua bendita y quemando incienso.

En esa época aumentó la nostalgia por el arlequín y una tarde, apenas rozó los labios del Barquito, apareció Abdur con un ramo de rosas rojas.

— ¿Por qué tardaste tanto?

— Estabas muy ocupada cuidando de tu marido y de tus hijos — contestó él con tono de reproche — En estos meses recorrí la casa sin que me vean. Es muy hermosa.

Le alcanzó las rosas y al tocarlas, se deshicieron en goterones de luz bermeja.

— ¿Sigues enamorado de mí?

— Te amo más que nunca, Donatella. Mataría por ti — dijo con emoción, arrodillándose junto a la cama.

— Acuéstate a mi lado — pidió ella. El arlequín obedeció. Sólo sintió un perfume muy leve con un dejo salado, como a sangre.

A partir de ese día, sus visitas fueron diarias. A la hora de la siesta y en la noche, se presentaba en su cuarto y sin pedir permiso, se acostaba junto a ella y la abrazaba. Su contacto era como una brisa tibia bajo el calor del sol; como un líquido suave que se deslizara sobre la piel

El ánimo de Donatella mejoró. Decidió cantar en el coro de la parroquia y participó alegremente en las misas y en las reuniones con las damas de beneficencia. Cecilio supuso que la santificación de la casa y el exorcismo habían alejado las sombras.

En los tres años que siguieron, Abdur apareció cada vez que ella se acariciaba. Conversaban de muchas cosas; él indagaba sobre el mundo humano y ella, describía los países que quedaban al otro lado del mar y narraba historias de amor y de muerte. Otras veces recordaban el pasado y el arlequín repetía sus volteretas, haciendo reír a Donatella, quien volvía a sentirse niña.

Una noche, con inocencia, ella preguntó algo que cambiaría todo.

— ¿Hay algún modo de lograr que tu cuerpo sea más sólido o que yo sea más etérea para estar contigo?

Abdur parecía aguardar esas palabras. Se levantó rápidamente, bajó su pantalón y exhibió el miembro blanco y los testículos negruzcos.

— Si lo acaricias con pasión, me convertiré en humano — dijo con esperanza.

Donatella accedió divertida, aunque dudaba de los resultados. En los primeros intentos cerró su mano en el aire, hasta palpar la superficie sedosa que se engrosó bajo su palma.

— Deja de acariciar el Barquito — pidió él. Donatella obedeció y por primera vez Abdur no se desvaneció entre chispas bermejas. Se inclinó sobre ella y sintió el roce de sus labios.

En ese momento escucharon voces infantiles en el pasillo.

— Vienen mis hijos…
— Podrán verme — dijo Abdur preocupado — Ya no seré invisible para ellos.

Era lo suficientemente delgado como para caber en el closet y ocultarse entre los vestidos. Los niños entraron a la habitación, reclamando besos y las buenas noches de su madre antes de dormir.

Cuando todos se retiraron, Abdur se acostó en su cama y por primera vez ambos tuvieron una verdadera noche de pasión. Al amanecer, el arlequín perdió consistencia y desapareció.

A Donatella le resultaba divertido tener un amante de carne y hueso y lo convocó con sus caricias a la hora de la siesta; le bastó un suave roce en el miembro para que recupere la solidez..

A partir de entonces vivió su larga luna de miel con el arlequín. Antes de hacer el amor, Abdur la miraba fijamente y entonaba tiernas canciones. Luego acariciaba y besaba todo su cuerpo hasta llegar al sexo; por primera vez Donatella tuvo orgasmos múltiples y debía morder la sábana para que evitar los gemidos.

Al cumplirse un año de las visitas clandestinas, una noche oyó que golpeaban la ventana. A través del vidrio vio con asombro la silueta de Abdur, aunque ella no lo había llamado con sus caricias. El arlequín entró al cuarto; la alegría no lo dejaba hablar y danzó frente a ella.


— Ya no tienes que tocarte para que aparezca — dijo por fin— Ahora soy un hombre, de carne y hueso.

Donatella lo miró con espanto.


— Ya no seré un fantasma — agregó Abdur — Tengo un cuerpo que será mío para siempre. Me he convertido en un ser humano gracias a ti.

Ella no contestó. Todo había sido perfecto porque dependía de sus caricias y podía convocarlo sin riesgos, con la certeza de que en unas horas se volatilizaría. Aquello cambiaba las cosas, ya que Abdur no tenía trabajo ni casa y sus únicas pertenencias eran las ropas de arlequín.

Él la acarició, mirándola fijamente.

— No te preocupes, ya hice todos los planes para que seamos felices.
— ¿Qué planes hiciste, Abdur?
— Nos casaremos y viviremos solos en una isla.
— No puede ser. Tengo mis hijos; además está Cecilio…
— Con él no hay problemas. Lo mataré esta noche.
— ¿Qué dices, Abdur? No quiero que lo mates.
— ¿Es que lo amas?
— No lo amo, pero es una buena persona y es el padre de mis hijos. No se puede andar por el mundo matando a la gente.
— Todo está preparado, Donatella. Conozco todos los movimientos. Su muerte es cuestión de horas.

Discutieron. Ante sus argumentos, Abdur se limitaba a negar con la cabeza y a mirar a un costado, manteniendo los ojos azules fijos en un punto. Se empecinaba como un niño, pero no era un niño. Surgido de lo más íntimo de Donatella, se había forjado con su placer y era un adulto con la inocencia y la crueldad de la infancia.

— Te entregaste a mí y gozaste. Él fue tu hombre antes que yo y debe morir por una ley natural.

Ella pensó que Mauricio, su primer novio, también debía ser asesinado, pero se cuidó de mencionarlo.


Donatella guardaba ropa de su esposo en el closet. Abdur parecía saberlo, ya que lo abrió y tomó un pantalón y una camisa con los que reemplazó el traje de arlequín. Cecilio era más corpulento que él, pero se arremangó hasta los codos y plegó el pantalón.


— Abdur, no es necesario que lo mates — repitió ella una vez más — Esta casa tiene un enorme sótano. Te puedes alojar allí y nos encontraríamos en la noche hasta arreglar todo para fugarnos.

Él volvió a mirarla fijamente.

— Vengo de un mundo donde dormimos todo el tiempo y despertamos cuando algún ser humano piensa en nosotros. No conocemos el honor, el sexo ni la muerte, pero soñamos con ellos. Yo cumplo el anhelo de mis hermanos al matar por amor. No te preocupes. Todo será rápido. Ahora soy tu marido y me debes obediencia.

El sol del amanecer entró por la ventana y dio de lleno en su rostro. Silencioso, pálido, con expresión de misterio y una intensa belleza. Antes que Donatella pudiera impedirlo, caminó hasta la puerta y salió al pasillo de la planta alta. Ella se asomó de inmediato, pero ya había desaparecido. Desde el comedor llegó el ruido de la platería; en media hora servirían el desayuno. Se asomó por el barandal y comprobó que las sirvientas limpiaban los cubiertos con tranquilidad. No habían visto a Abdur.

De pronto tuvo un presentimiento y corrió hacia la cómoda donde escondían la pistola negra. No estaba en el cajón de doble fondo. Abdur, en su forma incorpórea, habría visto el arma y estudiado los movimientos de la casa. Era posible que planeara la muerte de Cecilio desde mucho tiempo atrás.

Donatella fue al closet donde guardaba la pistola pequeña y suspiró aliviada al comprobar que estaba allí. La tomó, regresó a su cuarto y llamó a emergencias reportando que un extraño había entrado a su domicilio. Al escuchar la dirección, afirmaron que vendrían de inmediato; Cecilio tenía influencias en la policía y el gobierno.


Dieron las siete, hora en que su esposo despertaba. Entró al cuarto; acababa de salir del baño y vestía una bata.

— Querido, hay un hombre en la casa. Lo vi saltar la medianera. y creo que está armado. Avisé a la policía y están por llegar.

Él la miró con incredulidad

— ¿Qué dices, Donatella? ¿Estás segura?

— Subió al techo y entró por la ventana del pasillo. Lo vi desde mi cuarto…

Cecilio estaba cerca de la puerta, la abrió y se asomó al pasillo. El disparo hizo temblar los vidrios y la bala pasó a pocos centímetros de su cabeza, incrustándose en el marco. Todos vieron la figura de Abdur correr y escabullirse por una de las ventanas.

La policía revisó la casa y no lo encontraron. Cecilio comprobó que no estaban las pistolas; Donatella había guardado la suya en un bolso viejo, pero no lo comentó.

Durante el día acarició su clítoris para llamar a Abdur, hasta comprender que había dejado de ser un fantasma y todo sería inútil. Quizá estuviera en la copa de un árbol o en un recodo de la medianera, buscando la oportunidad de entrar en su cuarto.

Participó en el grupo de oración organizado por la parroquia para agradecer el milagro que salvara la vida de Cecilio y pedir por la solución del problema. Al anochecer, preparó una maleta con ropas, un bolso con objetos personales y guardó la pistola en su cartera. Hizo compañía a su esposo hasta las diez; luego cuidó que los niños durmieran y se retiró a su cuarto. Apagó la luz y esperó a oscuras. Afuera brillaban las luces de los patrulleros y por un momento temió que Abdur no pudiera llegar debido a la custodia policial de la casa. A la una escuchó golpes en la ventana. Abrió rápidamente.

— ¡Abdur!. Es peligroso que hayas venido
— Mi piel toma el color de las paredes y puedo subir por cualquier superficie con mis pies y mis manos.

Entró al cuarto con la cabeza baja.

— Debo pedirte perdón, Donatella.
— Dime por qué

— Temo que hayas dejado de quererme luego de esta mañana…

Ella sintió ternura y acarició su cabeza.

— No te preocupes. Fue un momento de debilidad. No debes avergonzarte de haber perdido el control. Ahora verás que todo será fácil, que podremos ser felices…

— …había imaginado muchas veces ese momento — interrumpió él — No sé por qué falló el disparo. De haber matado a tu marido, ya estaríamos viajando a nuestra isla.

— No te preocupes — repitió ella —ya lo maté yo.

Fue la primera vez que Donatella vio un brillo en sus ojos .

— ¿Es cierto lo que dices?
— Está muerto en su cama. ¿Quieres verlo?

Entraron en silencio al cuarto de Cecilio que dormía boca arriba, con la boca abierta y roncando sonoramente.

— Escucha esos ruidos — susurró ella — Recordarás que los hacen los muertos. Puse veneno en su comida de la noche.

Abdur hizo un gesto de satisfacción y salieron.

— Me duele acá — dijo él señalando su estómago cuando estuvieron en la habitación de Donatella.
— ¿Qué has comido?
— ¿Comido…? — la miró sin comprender. Donatella fue hasta la cocina y trajo un par de sándwiches. Tuvo que enseñarle paso a paso los movimientos de tragar y deglutir.


— Es hora de irnos — ordenó al terminar y ella apenas tuvo tiempo de recoger la maleta y asegurarse sin que él lo notara, que la pistola se encontraba en el bolso. Salieron por el acceso norte de la casa. Se identificó ante los policías que los dejaron pasar.

El aire estaba lleno de luciérnagas flotando en una extraña y leve niebla. Por un momento Donatella pensó que podía escapar con Abdur, dejar todo y buscar una isla desierta como había sido su idea.

— ¿Es cierto que me amas? — preguntó.
— Con todo el corazón — respondió él volviendo a sonreír — Viviremos juntos, Donatella y te amaré siempre — sacó el arma de entre sus ropas — con esta pistola mataré a todos los que se opongan.
Abdur caminaba descalzo y en ese momento pisó un vidrio. Ante el dolor, su rostro se descompuso. Se sentó en la acera sujetando su pie y mirando con horror la sangre que brotaba del dedo gordo.

— Vamos a la plaza — dijo Donatella— Allí te podrás sentar

Pasó el brazo por sus hombros y se dejó conducir. Llegaron al parque solitario y se acomodaron en un banco apartado. La luz era escasa, pero las luciérnagas iluminaban el lugar. Donatella apoyó la cabeza en su pecho.

— En un rato, la herida de tu pie sanará para siempre.

Recordó su infancia y los esfuerzos de Abdur para alegrarla. Revivió la muerte de su padre, los años que siguieron; los días de tristeza; su primer novio; la boda y el nacimiento de sus hijos.

— Te amo — murmuró. Sin que él lo advirtiera, sacó la pistola y apoyó el caño sobre su corazón

El disparo sonó como un suave chasquido. El arlequín tembló, la observó interrogante unos segundos y su cabeza cayó sin fuerzas contra el respaldo del banco.

Donatella miró por última vez sus ojos; permanecían abiertos, con una dolorosa expresión de asombro. Regresó a su casa; las luciérnagas se fueron apagando una a una, las luces apenas iluminaron la calle y todo se hundió en una penumbra opresiva. Antes de acostarse se miró al espejo: por primera vez vio un par de arrugas junto a la comisura de sus labios y en los ojos una expresión resignada, amarga, muy parecida a la desesperación.



Doña Donatella, la elegante y devota esposa de Cecilio Madanes, fue conocida en la sociedad de la época por la ayuda que brindaba a los pobres, por la distinción de su ropa y sus modales y más que nada por su constante tristeza. En total tuvo cuatro hijos y luego de su último parto, enfermó de diabetes; la enfermedad le afectó la circulación, su visión disminuyó y finalmente no pudo levantarse de la cama debido a las crecientes úlceras en pies y piernas. Nunca había vuelto a acariciar el Barquito, hasta esa tarde en que la nostalgia se hizo insoportable. Casi enseguida, a través de su visión borrosa vio la imagen: Traje rojo con rombos negros, sombrero simulando un par de cuernos y zapatos en punta como los payasos. El arlequín se acercó y le ofreció un ramo de rosas rojas que al tocarlas se convirtieron en goterones de luz bermeja.

— ¿Por qué tardaste tanto? — preguntó ella. Abdur la miró con ojos tristes a pesar de la sonrisa.

— Sabías que estaba muerto — contestó — He venido a decirte que te amo como nunca; que mataría por ti…

Ricardo Iribarren
rik1622@gmail.com
Inscripción en el Registro Nacional de Derecho de Autor (Colombia) Nº: 10—206—470

La Esfera y el Rayo







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1
Cuadros, esculturas y tapices, convertían la oficina del señor Arkadin en un museo que se alteraba diariamente debido a la reflexión de la luz al atravesar los ventanales biselados y polarizados por un bailarín tailandés que trabajara en ellos siete días y siete noches al son de danzas tradicionales y que al terminar se suicidara colgándose de la viga central del techo; los vidrios cambiaban la apariencia de las cosas y las personas de acuerdo a las horas del día y era así que entre las siete y las once, se iniciaba el Tiempo del Bronce y las paredes, las obras de arte y el propio Arkadin junto a su secretaria Aurelia, parecían objetos de metal y tanto ellos como los visitantes, permanecían inmóviles unos frente a otros, mirándose fijamente, como las estatuas de la plaza cercana y cuando debían caminar, lo hacían con mucha lentitud, suponiendo que aquellos serían los movimientos de las figuras de cobre y concreto que durante las noches bajaban de sus pedestales para recorrer la grama cubierta de rocío; entre las once y las dos de la tarde, el sol a través de los vidrios inauguraba el Tiempo de la Madera en el que los objetos y la gente se mostraban como grandes troncos con vetas profundas y cortezas nudosas y el señor Arkadin ordenaba que la actividad se interrumpiera y que Aurelia, retocando su manicura, entonara las canciones de Tom Bombadil, mientras en su cabeza la luz reemplazaba los finos cabellos rubios por hojas de abeto francés; el resto de la tarde hasta el crepúsculo, el sol, al cruzar los vidrios, llenaba la habitación de globulosas estructuras blancuzcas que se deshacían ante cualquier contacto, por lo que llamaban a este período el Tiempo del Yeso, donde la actividad disminuía y todos se desplazaban con lentitud, como si estuvieran dentro de una gran burbuja, y era en los minutos que precedían al atardecer, cuando los efectos desaparecían y las cosas y las personas tomaban sus dimensiones y apariencias reales que enseguida se sumergían en las nieblas amarillas de la luz artificial.



Clientes, visitantes ocasionales y todos aquellos que recibían la noticia de su existencia, procuraban entrar en la oficina para admirar la escultura más amada por Arkadin y su secretaria, que ocupaba el centro de la habitación y que mostraba un rayo atravesando espacios diferentes, sugeridos por tenues planchas de acrílico al que interrumpía de pronto una esfera, de modo que el movimiento zigzagueante y rectilíneo era quebrado por la suavidad de la forma circular, lo que disminuía la tensión del primero y graduaba las desviaciones de la quebrada trayectoria, como años atrás explicara Arín Puspín, su creador, en la única y magistral conferencia que brindó acerca del trabajo y que luego sería desarrollada por críticos de toda laya que no dejaban de brindar charlas, filmar películas y promocionar la obra exponiendo su significación profunda, por la cual las dulces formas de la esfera interrumpían la tensión propia de este siglo.

En aquella conferencia inaugural sobre la escultura, Puspín habló sobre los significados del rayo como distintivo de los dioses escandinavos para quienes era un símbolo del poder y exhumó el sentido de la esfera que entre los chinos simbolizaba el cielo y para los presocráticos la perfección y el cese de todos los movimientos, así como la forma redonda de las caderas de las mujeres, anticipando la procreación y el sentido del Yin que es mucho más poderoso que el Yang según el Tao Te King; en la filmación de la conferencia se veía al escultor gordo, rubicundo, mientras su obra aparecía pequeña, casi deslucida, comparándola con la belleza contundente que adquiriera en años posteriores y en la cual el creador, que ya en esa época tomara el camino sin retorno de la droga, no había intervenido para lograr la apariencia que durante el día, en la oficina del señor Arkadin, pasaba por las formas del bronce, la madera y el yeso para al final de la tarde deslumbrar unos minutos con la perfección que trasuntaba la síntesis de los elementos opuestos, de la esfera y el rayo.

Al señor Arkadin y a su secretaria no les importaba que los libros, los teléfonos, las computadoras, se alteraran con la luz ni que el Picasso y el Chagall que se levantaban majestuosos en la pared del fondo, se metalizaran, se convirtieran en madera plena de vetas o en obesos glóbulos de yeso; no importaba que los tapices elaborados por varias generaciones de artistas en el lejano Reino de Siam, se sumergieran en las aguas aberrantes de la luz pervertida, (como gustaba llamarla Aurelia, repitiendo la frase a todo el que quisiera oírla y marcando la “erre” de aberrante); no importaba que Arkadin, su secretaria, los clientes y los visitantes se convirtieran en seres morenos, teniendo en cuenta su propia aprehensión por la gente de color y que el azogue le devolviera la imagen de un hombre de piel oscura con labios blancos; lo importante era que La Esfera y el Rayo, esa pieza bienamada, se disolviera, destruyera y volviera a armarse diariamente, pese a que en los atardeceres, cuando las cosas de la oficina regresaban por unos instantes a la normalidad, mostrara una belleza lejana y sensual como nunca la había tenido; el temor de Arkadin era que alguna vez se sumergiera para siempre en ese caos cotidiano y no retornara, aunque su secretaria le hacía notar que la vitalidad de la pieza era muy superior a la que aparecía en las antiguas fotos, y afirmaba: ¡La obra se está creando a sí misma! ¿No lo cree así, señor Arkadin?,


Arkadin no lo creía y aquel cambio era para él la interrupción de un devenir en el que reinaba la estable esfera del sol por otro cubierto de nubarrones, truenos y rayos; la interrupción de la paz y la serenidad que debía trasuntar la obra por impulsos oscuros que agitaban los corazones de las gentes que día tras día formaba largas colas en la puerta de la oficina con la esperanza de apreciar unos segundos la escultura que obligaba a su propietario a tocarla una y otra vez para probar con el sentido del tacto aquello que se escabullía sombríamente a los ojos.


2
Grupo numeroso y selecto de visitantes. Arkadin se disculpa.

— Tenemos problemas con la luz, pero ustedes pueden palpar suavemente la obra, completando con el tacto lo que oculta la vista por esta jugarreta del sol al atravesar los vidrios biselados y polarizados.

Ante las palabras del señor Arkadin, todos se abalanzan sobre la escultura y compiten entre ellos por colocar encima de la pieza sus manos ansiosas y temblonas.

— ¡Yo también quiero tocarla, madre, quiero apoyar mis pequeñas manos sobre la suavidad de la piedra!

Niño de gorro azul, pantalones cortos y una paleta de franjas incandescentes con sabor a fresa. A él también lo fascina la serenidad gozosa de El rayo y la Esfera.

Con la bendición de Arkadin, su madre lo levanta y toca la escultura. Nadie advierte que un momento antes sus manitas se habían posado sobre la chupeta. En un principio, ni el señor Arkadin, ni Aurelia, ni el resto de las personas, excitadas por haber tenido contacto con la famosa obra, advierten la mancha con forma de corazón que crece implacable hacia el interior de la pieza.

Al otro día, en el Tiempo del Bronce, Arkadin descubre un pequeño triángulo grasoso en la intersección del rayo con la esfera. Allí, la cardíaca silueta se muestra como un batiente corazón de acero. En el Tiempo de la Madera, la mancha se traslada hasta uno de los tres quiebres del rayo donde se acurruca. ¡Parece un pollito!, exclama Aurelia con voz chillona, señalando sus estrías similares a plumas y alerones

En el Tiempo del Yeso, crece hasta cubrir toda la pieza que parece atravesada por la intangible sombra de un corazón. Finalmente en la noche, cuando la escultura recobra su aspecto original, el pequeño triángulo se convierte en un punto luminoso que salta una y otra vez a lo largo del rayo y se introduce en la esfera

— ¡Un restaurador! ¡Mi vida por un restaurador! — Clama Arkadin con tono dramático mientras Aurelia llama por teléfono a uno de ellos, famoso por sus treinta años de experiencia.

Fauna extraña y caprichosa pero necesaria — piensa el propietario mientras observa al restaurador preparar una alquímica batería de elementos cuidadosamente calibrados. Antes de empezar su trabajo, el técnico reflexiona.

— Creo que el corazón queda bien ¿No pensó en consultarlo con el escultor?

— Señor restaurador, ni usted ni yo somos artistas, pero nuestra misión es mantener el impulso original que llevó a esta pieza a ser lo que es. Yo con mi dinero, usted con sus líquidos, entre ambos exorcizaremos esta diabólica mancha.

El técnico termina su trabajo cerca del mediodía. Bajo el Tiempo del Bronce, la pieza aparece pura, rotunda, sin nubarrones de manchas rebeldes. Arkadin y Aurelia aplauden con entusiasmo y el restaurador saluda con una reverencia antes de marcharse.

En el Tiempo de la Madera, la mancha vuelve a perfilarse, primero tímidamente, luego como un diseño aceitoso en la corteza. En el Tiempo del Yeso, adquiere una consistencia granulosa y blanca, se separa de la obra y marcha por toda la habitación. El señor Arkadin se hala los cabellos y llama nuevamente al restaurador, quien regresa al otro día en el Tiempo del Bronce. En la escultura, el corazón late desfachatadamente. Un nuevo diálogo entre los hombres.

— Señor restaurador, su trabajo ha sido oneroso, pero superficial. La obra de arte vuelve a mostrar los vestigios de la mancha. Esperamos los resultados de su accionar.

— ¿Está seguro que ese detalle no estaba desde antes? — pregunta a su vez el restaurador — ¿Cómo sabe cuál era la forma original de la escultura si usted mismo me dice que cambia con la luz? Cierta vez en mi larga carrera, encontré una obra que se creaba a sí misma al margen de quien le había dado origen. ¿Está seguro que no es éste un caso parecido?

Con aire triunfal, Aurelia trae las fotos de la escultura y el video que la muestra junto a su autor.

— Deben reconocer que estos documentos gráficos no exhiben la fuerza y majestuosidad que ha cobrado la obra en este tiempo, cualidades que han sido reforzadas por la mano inocente que trazara este dulce corazón en el punto exacto donde el rayo se une con la esfera; es la fuerza que invade lo receptivo; el ósculo agresivo sobre la piel cerúlea de la amada.
— Quiero que la retire de la base y la lleve a mi apartamento privado — ordena secamente Arkadin. El restaurador se niega.


— Debe saber que una obra de arte es más sensible que un ser humano a los cambios de temperatura, de presión, a las alteraciones de los husos horarios, al jet lag, a las emociones de su dueño y todo lo que lo acompaña.

— Señor restaurador, le insisto que cumpla la orden. La escultura es mía y pagué por ella. Si quiero destruirla, puedo hacerlo.

— Señor Arkadin, si desea despedazar la obra, busque otro hombre. Yo no destruyo obras de arte.

— No le estoy pidiendo eso, sino que la traslade.

— ¿Se ha fijado cómo está sujeta a la mesa? — el restaurador muestra un grupo de caños muy pequeños que la atraviesan y forman parte del conjunto estético — hay que desguazarla en tres o cuatro trozos y ensamblarlos en el destino. Para eso debe encontrar al artista, ya que usted pretende conservar el impulso originario, la emoción eidética, la imagen ideal de lo que fue en su origen la obra de arte. Sólo él puede modificarla. Sólo él dispone de la sagrada llama.

— ¿Y dónde encuentro al artista?

— Ese es su problema, señor Arkadin. Para eso debiera ayudarle su dinero.



3
El señor Arkadin atravesará el Reino de Siam, las Nieves del Kilimanjaro y los caminos de Katmandú buscando a Arín Puspín, el creador de la Esfera y el Rayo y mientras cruce desiertos y llanuras cubiertas de nieve, en su oficina la escultura seguirá cambiando, la gente reclamará verla y se instalarán en las calles y encenderán hogueras para alumbrarse y calentarse durante la noche, en tanto que Aurelia, sin una explícita orden, no sabrá que hacer; hospitales, barrios apartados, grupos de gente muy pobre, sabrán que en esa obra llamada La Esfera y el Rayo, un niño habría dejado su corazón y la noticia se trasmitirá de boca en boca y atravesará las fronteras de la ciudad, llegará a los pueblos vecinos y todos se presentarán en largas caravanas, entonando cánticos y exigiendo ver aquello que se convertirá en el sentido de sus vidas.

América Latina, África, Asia hasta sus confines, serán los destinos del señor Arkadin y en antros de perdición, morideras y lugares innombrables, pagará verdaderas fortunas a personas que afirmarán conocer a Arín Pouspín, para finalmente encontrarlo en una playa abandonada del estrecho de Gibraltar, donde el artista, enloquecido por las drogas, se dedicará a comer arena de a puñados, mientras las multitudes lo rodearán como a una atracción turística

— La escultura… — el hombre observará al señor Arkadin con cara de imbécil. — Claro, alguna vez fui artista y gané premios internacionales.
— Se llama La Esfera y el Rayo, ¿la recuerda?
— Tendría que verla. En el hotel tengo fotos….

Lo conducirá a un hotel destartalado, lleno de gatos, prostitutas y traficantes y en un sucio cuarto, exhumará otra fotografía que lo mostrará sonriente junto a la pieza, la que parecerá un simple esbozo, un borrador, algo carente de la belleza serena y agresiva del original.

A muchos kilómetros, en la oficina del señor Arkadin, Aurelia no tendrá tiempo de arreglar sus uñas, ya que las manchas en la escultura se multiplicarán, como si los ácidos que le aplicara el restaurador la hubieran convertido en algo vivo con capacidad de reproducirse y emitir sonidos, al principio suaves murmullos, luego tiernas melodías, acordes sinfónicos e himnos llamando a la guerra y a la paz, mientras afuera se formará una religión con adeptos, sacerdotes y ofrendas en torno a La Esfera y el Rayo como objeto de culto y emergiendo del cemento de las calles, surgirán profetas capaces de interpretar los cambios de la obra y traducir los mensajes ocultos en su música y ante los numerosos reclamos, Aurelia deberá permitir las visitas y contratará los servicios de una vigilancia privada que será impotente ante la fuerza creciente de la masa y en una de las manifestaciones, un guardia, asustado, recordará las palabras de Napoleón: Cuando muchos se rebelan, basta con matar unos pocos en las líneas delanteras para que las demás retrocedan y disparará ciegamente asesinando a un joven de un balazo en la cabeza, ante lo cual, en el centro de la esfera se formará una hermosa flor roja que supurará líquido espeso, gelatinoso, de un color similar al del cinabrio y con esa muerte se suspenderán las visitas, pero uno de los sacerdotes de La Esfera y el Rayo, sabrá lo de la flor encarnada y volverá a los adeptos afirmando que la obra llora sangre, con lo que se dividirán los fieles y se acusarán unos a otros de vacilaciones, de falta de decisión, y de producir el sufrimiento de la escultura.



Arkadin y Arín Puspín llegarán a una ciudad tomada en la que el ejército bloqueará el edificio donde se encuentra la oficina y para acceder, ambos deberán aguardar muchas horas a que el comandante del arma los reconozca y acepte la entrada, mientras en la calle la multitud se preparará para la guerra, ya que todos sabrán que se encuentra el autor de la escultura y temerán que la misma se venda, traslade o sea retirada del país.

— Esta no es la obra que modelé hace diez años — afirmará Arín Puspín frente a la enorme estructura roja, vibrante, llena de sangre y a punto de explotar — Nunca pude ni podré hacer una cosa como ésta.

Los sonidos que escaparán del vientre de la obra, reproducirán una disonante marcha fúnebre y las notas plañideras llegarán hasta la calle y se mezclarán con el sonido de las ametralladoras, los fusiles y los cañones, mientras los ondulantes reflejos de las llamas alumbrarán los rostros furiosos de la masa.

— Cierre las ventanas — pedirá Arkadin a su secretaria. — Tengo necesidad de descansar.
— ¿Qué edad tiene, don Arkadin? — preguntará Arín Puspín.
— Cincuenta y tres
— Están muy bien los cincuenta y tres, porque no son cincuenta y dos ni cincuenta y cuatro, y mucho menos cincuenta y uno. Cinco y tres son ocho, y ése es el número perfecto, el número que lleva la paz.

Dicho esto, Arín Puspín se abrazará a la escultura mientras retumbarán disparos, gritos, golpes y en la escalera el ejército procurará detener a la multitud que intentará subir por la fuerza a la oficina.

— ¿Y cómo se obtiene la paz, señor escultor?
— Escuche a la obra. Aunque yo lo haga, no hay nada que pueda aprender; ya no es lo que creara en un tiempo entre los vahos del alcohol y la heroína.
— Señor Arkadin, dice el ejército que no puede controlar a la multitud. — afirmará una Aurelia, despeinada, con las uñas rotas y herida de muerte, que en sus últimos momentos se arrodillará en un postrero gesto de adoración a la escultura.
— Es la guerra — dirá Arín Puspín con una sonrisa— Un movimiento colosal de todas las cosas que tiende a un nuevo orden. Ya nada será como antes. Su objetivo de trasladar la pieza, será imposible.

Vibrará la oficina y de la escultura manará sangre, escurriendo hasta la calle y uniéndose a las heridas de los fieles; se escucharán gritos en las escaleras y la multitud abrirá la puerta con un aullido de júbilo, mientras Arkadin y Arín Puspín, procurando la paz, saltarán por la ventana olvidando que se encuentran en un décimo piso, pero ambos flotarán en el aire de la tarde, en las nubes bajas y flotarán y flotarán sobre la guerra y la muerte y con una sensación de serena euforia, verán abajo a las personas y a las cosas como pequeñas hormigas.

Reventarán las ventanas de la oficina y la multitud devorará a la escultura que se transformará en una sustancia leve y carnosa, la que reproducirá al instante cada parte que le quiten y sus fieles descontrolados, comerán trozo a trozo y al tragar su carne, se convertirán en cucarachas tornasoles, brillantes y furiosas que morirán lánguidamente no sin antes morder a los demás y convertir la humanidad en un gran cucarachero suicida, hasta que los edificios y los cadáveres sean desguazados por el tiempo, el abandono y el olvido.

Arkadin y Arín Puspín sentirán que el viento de la noche embolsa sus trajes y en vez de caer planearán hacia el sur, se extenderán por encima de las hogueras y de los crecientes muertos, sintiendo un júbilo desconocido y en las calles incendiarán casas, automóviles, animales y toda la civilización, entonando cánticos agoreros de un futuro celeste.

El escultor y el empresario seguirán flotando y viajarán a un lado y al otro empujados por las brisas y se unirán con los seres invisibles que pueblan las capas de la atmósfera y con ellos tendrán hijos, mientras en la tierra se abrirán agujeros negros y los sobrevivientes de la guerra se transformarán en ratas y en alimañas.

Pasarán los años, vendrán los alados nietos de Arín Puspín y Arkadin, hasta que una tarde, en el filo del fin de los tiempos, sus vuelos los devolverán al sitio donde había estado la oficina y en el que la escultura se habrá convertido en una enorme planta carnívora, quizá lo único vivo en el planeta, y allí, en el punto exacto en que se arrojaran por la ventana aquel día lejano, cuando buscaran la paz en medio de la guerra, perderán su condición de alados y se estrellarán contra el suelo.

Los últimos que morirán en un mundo de muertos.

Ricardo Iribarren




inscripción en el Registro Nacional de Derecho de Autor (Colombia) Nº:1-2009-5960

jueves 12 de febrero de 2009

LA POCETA ME MIRA



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