

EL CAFÉ DEL AUTOR
contadores gratis
1-2008-33281 Nº ─ Registro Nacional de Derechos de Autor.
Primera parte.
1
Casi desnuda, Delicia abrió la puerta y me besó en los labios.
─ ¡Patricio! ¡Debo contarte algo...!
─ Y yo estoy dispuesto a escucharlo bebiendo un Gin cola con unas gotas de licor de frutas.
Entré y me desplomé en el sofá.
─ ¡Apestas a perfume!
─ Es preferible que apeste a perfume y no a transpiración, querida
─…y vas a calmar tu sed antes de escuchar mis novedades...
─ Desde luego, amorosa. Y no se te ocurra hablar desde la cocina, porque no te voy a oír
Me recosté en el sofá, dejando caer mis mocasines. Delicia hizo un mohín y fue a preparar la bebida
Con los ojos cerrados, la escuché abrir y cerrar la nevera y trajinar con las botellas y los vasos. Regresó rápidamente.
─ Ni siquiera nos saludamos como se debe...
Se inclinó para besar mi nariz, rodeándome de un halo de Nina Ricci. Antes de hablar se quitó el sostén, sacudió los senos y me ofreció una revista abierta en un artículo, El arte de asesinar. Se la devolví, negando con la cabeza.
─ Soy yo quien está muerto de cansancio. Te escucho mientras saboreo mi bebida.
─ ¡Muy Bien! ─ los pezones y los ojos de Delicia me apuntaron desafiantes. ─ La nota habla de un hombre que es necrófilo, es decir que le gusta matar y follar mujeres. Ahora está purgando una condena.
Se quedó en silencio. Esperaba un comentario de mi parte, pero encogí los hombros y le pedí que continúe.
─ Habrás notado que no usé la palabra asesino, porque no lo es. Tampoco es un tío acomplejado. Mató a ocho mujeres y a cada una de ellas la hizo gozar como loca. Tiene la habilidad de inspirar en sus víctimas orgasmos repetidos y cuando llegan al colmo del placer, sienten la muerte como una continuación
Hubo otro silencio
─ Todo es muy interesante, pero aún no sé por qué estás tan excitada.
─ ¡Porque lo que acabo de contarte me excita!
─ Sigo sin entenderte
Temblaba suavemente. Sus ojos brillaban.
─ Es que yo desearía llegar a ese extremo de placer y ser asesinada. Entonces entraría en un hermoso éxtasis y quedaría así para el resto de la eternidad.
Me senté en el sofá. Nunca había visto a mi modelo y amiga tan fuera de control.
─ ¿Realmente te gustaría eso?
Se acercó y se sentó en el suelo junto a mí.
─ Hay más, Carola, la abogada de Pablo Zoilo Cardón, que así se llama el necrófilo, es mi íntima amiga. Ella comprende lo que siento, porque hay miles de mujeres que piensan como yo. Fíjate que han creado un club de admiradoras de Pablo.
Delicia me miró sacudiendo sus cabellos rubios y rizados. Al sonreír se mordió el labio inferior. Esos gestos indicaban que iba a pedir algo.
─ Necesito un favor...
─ Ya lo imaginaba. Dime lo qué quieres.
─ Carola me consiguió una entrevista con Pablo. Simularé que soy periodista y le daré algo que ninguna otra mujer pueda ofrecerle.
─ Hoy estás enigmática. Sigo sin entenderte.
─ Quiero llevar a la cárcel algunas fotos mías.
─ ¿Fotos de las revistas?
Delicia negó con la cabeza.
─ No. Fotos que debes tomar tú; fotos donde aparezca muerta en distintas posiciones, desnuda o cubierta apenas.
Terminé el Gin Cola. Mi amiga esperaba suplicante y yo no sabía qué decirle. En los últimos tiempos nos había hecho importantes favores a Rodrigo y a mí y sería una deslealtad negarme.
─ Dime, querida, ¿consultaste esto con tu psicóloga?
Negó con la cabeza.
─ Cuando le confesé mi deseo de ser follada y muerta por Pablo, se puso histérica y ordenó que me fuera. Más tarde me llamó y explicó que por razones personales no podía seguir atendiéndome. Dos días después leí en el diario una solicitada en la que se pedía la libertad del necrófilo, y ella era una de las firmantes.
─ Entonces el tema del asesino es una moda entre las mujeres...
─ Hay algo que debe quedar claro ─ Delicia me interrumpió con tono firme ─ No debemos llamarlo asesino.
─ ¿Qué nombre tiene alguien que mata de esa forma?
─ Ya te lo dije, Pablo es un necrófilo, alguien que ama la muerte y los muertos. Más exactamente, los muertos que él mata. Si lees este artículo, verás que en la historia de la humanidad hubo respetables y famosos necrófilos. Hay juristas que dicen: con el acuerdo expreso de la víctima, es discutible que el matador pueda sufrir una condena...
─ Querida, si seguimos hablando voy a ser un experto en necrofilia, pero a nosotros nos van a comer los buitres. Mañana a primera hora, debemos tener listas treinta fotos excelentes.
Delicia volvió a mirarme con expresión implorante, se arrodilló y besó mi mano.
─ Seis fotos, nada más que seis fotos. Las tomarás al final y te juro que esta sesión va a ser memorable. Tendremos un éxito como nunca lo soñamos.
Volvió a besar mi mano y ya se inclinaba para hacerlo con mis pies enfundados en medias de la NBA, cuando la detuve.
─ Está bien. Sabes que no te puedo negar nada. Levántate.
Cumplió lo prometido y el trabajo de aquella tarde fue un éxito De las treinta fotos, todas fueron publicadas, no sólo en la revista que nos había contratado sino en otras de más prestigio. Una de las exposiciones en la que aparecía con un minúsculo traje de baño y mirando una rosa con expresión de éxtasis, fue considerada un clásico y una agencia extranjera compró los derechos por una suma millonaria.
Delicia siempre había sido caprichosa, y extravagante, pero ese afán de ser violada y asesinada por aquel hombre era diferente. Estaba acostumbrado a chequear sus estados de ánimo y aquella tarde intuí que había crecido en ella una fuerza fascinante y espantosa.
Terminamos a eso de las ocho. Mi amiga se puso una bata y preparó una merienda dietética. Comimos en silencio.
─ Ahora lo que prometiste ─ dijo al terminar ─ supongo que no estarás muy cansado.
─ Tú me conoces, querida y sabes que aunque esté desfalleciente, mis promesas son deudas.
Se quitó la bata y quedó desnuda como lo hacía tantas veces, pero ahora despedía un olor ácido, dulce, extraño. Volvió a maquillarse.
─ Si no dices lo que quieres, mi trabajo va a ser difícil.
─ Fíjate arriba de la mesa. Allí están las fotos de las mujeres que mató Pablo; son tres y las tomaron tal como las había dejado. Quiero imitar esas posiciones para él.
Busqué las reproducciones. Una de las mujeres yacía boca abajo, vestida, con las piernas abiertas. Las otras estaban desnudas y miraban hacia arriba. Un punzón en la yugular, moretones del estrangulamiento. Todo era un festival macabro de sangre, heridas y horror.
─ Algunas de las fotos las tomarás desnuda y otras a medio vestir... ─ explicó Delicia saliendo del baño. Sólo llevaba una trusa muy pequeña y había elegido los maquillajes perfectos para el rostro y el cuerpo ─ En la primera se supone que escucho ruidos; alguien se acerca. Estoy asustada, atenta...
Mientras hablaba, se colocó un vestido de color rojo, trepó a la cama, se arrodilló y tensó el cuerpo mirando a todos lados. Yo preparé las luces de modo que la foto fuera nítida, pero con claroscuros para sugerir un ambiente inquietante. Cuando todo estuvo listo, apunté la cámara y disparé varias veces. Luego, Delicia desgarró el vestido y dejó al descubierto parte de los senos. Se tendió hacia atrás, apoyándose sobre los codos y mirando al vacío, como si algo le inspirara espanto. Tomé otras exposiciones.
─ Atención ─ Delicia se quitó el vestido ─ Ahora viene la primera posición de mi muerte...
Se arrojó hacia atrás con los ojos abiertos y una expresión de espanto. Desde la cama, los largos cabellos rubios llegaron al suelo. Sintiendo un extraño placer, busqué diferentes ángulos. La muerte parecía real y acentuaba su hermosura. Dos años antes, le habían otorgado el premio nacional de belleza. Sus medidas de cintura, caderas y senos eran perfectas. Cuando terminamos y se levantó, advertí que hubiera deseado seguir contemplando aquella muerte simulada
─ Recién estaba desnuda para morir. Ahora voy a vestirme para morir.
La seguí a la sala donde pidió que la ayude a correr un sillón para dejar suficiente espacio. Supe lo que buscaba y ajusté los spots tratando de obtener una iluminación difusa. Delicia se puso un vestido sencillo, sostenido por lazos desde los hombros. Nunca la había visto tan segura de sí, tan dueña de su cuerpo. Cuando cayó al suelo y quedó inmóvil, la miré durante un rato. El vestido era de una tela suave que dejaba adivinar las formas del cuerpo. Estaba descalza, no llevaba joyas y la casi desnudez trasuntaba pureza y melancolía. Cuando era niño había visto una mujer muerta en la morgue del cementerio Sus pies eran enormes, pero lo que más me impresionó fue la transparencia de la piel, convertida en una extraña y fina porcelana. Ahora Delicia había logrado ese efecto. Recordé también una versión para adultos de la Bella Durmiente, supuestamente el relato original antes de haber sido adaptado para niños. El príncipe encontraba el cadáver de la joven y enamorado de su belleza, lo poseía hasta lograr su resurrección. Quizá en el fondo de toda necrofilia se escondiera el deseo de iluminar la muerte con la belleza.
Por un momento creí que Delicia no respiraba y tuve que inclinarme para percibir el suave vapor que arrojaba por la nariz. Sentí rabia al pensar que aquellas fotos serían para alguien que estaba entre rejas, que nunca podría tenerla en carne y hueso.
Ajusté la cámara al trípode y tomé varias exposiciones.
─ Ya está ─ anuncié secamente al terminar.
Delicia se levantó. La palidez y la fascinante transparencia de la piel ya no estaban. Saltaba contenta como una niña. Mientras guardaba el equipo, rodeó mi cuello con sus brazos.
─ ¿Te impresionó mi actuación?
─ En absoluto. Soy un profesional y debo estar preparado para cualquier tipo de tomas.
─ Estás enojado. Te conozco, estás furioso.
─ Creo que te animas a provocarlo porque está preso, pero si pudiera llegar a ti para matarte, escaparías.
Se apartó indignada
─ ¿Qué quieres decir con eso?
─ Que gozas con tus fantasías produciendo deseos en alguien que no puede satisfacerlos. Te pregunté si continuabas con tu psicóloga, ya que tu actitud es propia de una personalidad histérica o histriónica, como la llaman ahora.
Al verla llorar, se fue mi enojo y la abracé, besándola y calmándola hasta tranquilizarla. Siempre habíamos sido como hermanos, pero ahora, detrás del vestido que había usado para posar, no podía dejar de sentir sus senos apretados contra mí.
─ Perdóname. Lo que pasa es que estoy un poco celoso de ese Pablo...
Ella dejó de llorar y rió.
─ ¡Te produzco celos...!
─ Por supuesto, estúpida, si eres lo que más quiero en el mundo.
─ ¿Y Rodrigo?
─ También, pero es otro tipo de amor.
Nos despedimos. Casi siempre, después de sesiones como aquella, bebíamos y conversábamos hasta la madrugada, pero al otro día Delicia debía llevar las fotos a Pablo, el necrófilo, de modo que fui a casa a revelarlas.
2
En la puerta del edificio aguardaba el portero.
─ Señor Patricio, esta vez los ruidos son insoportables. Ya se quejaron los vecinos...
Como siempre lo interrumpí con un billete y aseguré que todo se arreglaría en pocos minutos. Escuché los golpes desde el pasillo y al entrar encontré a Rodrigo desnudo sobre una silla. Se había lastimado un hombro y la sangre goteaba por el brazo. Con la mano derecha golpeaba el postigo de la ventana y cantaba una canción ininteligible.
─ Rodrigo, soy Patricio.
Me miró con las pupilas dilatadas. Tomé su mano, lo invité a bajar y lo conduje a la cocina donde le serví un vaso con agua. Mientras lo bebía, preparé una aguja con un tranquilizante que apliqué en su nalga. Luego desinfecté y vendé la herida del hombro e hice que se sentara en el sillón del comedor. Aceptó todo sin dejar de sonreír irónicamente.
─ Mete tu dedo en mi culo ─ pidió de pronto. Como respuesta lo besé en la comisura de los labios.
─ ¿Otra vez te inyectaste? ¿Estuviste con Pavlova? Confiésalo; no me voy a enojar.
─ Sellaré mis labios por una eternidad si no metes tu dedo en mi culo.
Estaba acostumbrado a buscar el ano de Rodrigo con mi índice. Casi siempre aquella caricia terminaba en una intensa relación, pero esa noche hurgué su intestino con cierto hastío.
─ Responde, ¿por qué te inyectaste...?
─ ¿Estuviste con Delicia? Cuando nos separamos me convenció de volver contigo; hoy hace exactamente un mes.
Tenía razón. Aquel día Delicia se encerró con él y hablaron durante horas. Más tarde lo hizo conmigo. Sus argumentos eran que no podíamos estar el uno sin el otro, que en un mundo hostil donde los homosexuales y los sidosos éramos discriminados, las parejas debíamos ser fuertes para defendernos.
─ Es un amor, un ángel. De ella no puedo esperar nada malo.
─ No contestaste a lo que te pregunté...
─ ¡Y qué quieres! ─ se movió de tal modo que mi dedo penetró más profundamente en su ano ─ Cuando diagnosticaron SIDA dieron por sentado que ya no era un drogadicto, pero sigo siendo un enfermo. Y sé que en parte tú me quieres por eso, porque te gusta lo retorcido, lo enfermo. Soy tu otra mitad, Patricio.
Acarició mi miembro mientras apoyaba su boca en la mía e intentaba abrir mis labios.
─ Hagamos el amor ─ dijo en un susurro ─ Dejo que pongas cámaras; que nos tomes fotos en la cama...
Lo aparté con suavidad.
─ Te apliqué un calmante y dentro de un minuto vas a dormir como un bebé...
Rodrigo volvió la cara y vomitó suavemente sobre las baldosas de la cocina. Al terminar, se recostó sobre mí y se durmió. No me costó cargar el cuerpo liviano, acostarlo y arroparlo. Después fui al laboratorio con los rollos que había tomado esa tarde y trabajé con rapidez.
Hice dos copias en gran formato. Me fascinaba la imagen de Delicia acostada, inmóvil, con los ojos cerrados. Su cuerpo despedía erotismo. Era la primera vez en muchos años que una mujer me producía esa sensación. Mis fantasías iban de la silueta vestida y desmayada, hasta la desnudez rosada que había logrado al combinar diferentes lámparas. Imaginaba que era yo el que la había matado, que la estaba penetrando y que no haría el amor con nadie más. Me bastó acariciar mi pene para eyacular.
Dejé todo como estaba, fui a la habitación de Rodrigo y me dormí sin quitarme la ropa. Soñaba con algo plácido, cuando escuché su grito junto a mi oído. Sus miembros estaban rígidos y tenía los ojos abiertos. Reconocí el síndrome de abstinencia. Los gritos se repitieron cada vez más fuertes, los vecinos golpearon para quejarse y los despaché con rapidez. Llamé a emergencias. En media hora llegaron dos enfermeros robustos y después de inyectarlo, lo cargaron en una ambulancia. Fui con ellos.
─ Esta crisis es más seria que las otras ─ El médico que lo atendía era rubio y atlético ─ Creo que hay una bacteria en sus pulmones. ¿Siguió inyectándose heroína?
─ Sí, lo hizo
─ Debe saber que con cada dosis retrocede aún más.
Cuando lo sacaran del cuadro agudo debía quedar en observación, de modo que volví a mi casa, tomé un par de hipnóticos y dormí hasta el otro día a la tarde.
Desperté embotado y al entrar al laboratorio encontré las fotos que había tomado a Delicia, Ante la enfermedad de Rodrigo y la falta de relaciones sexuales, solía masturbarme con revistas masculinas que mostraban atractivos ejemplares exhibiendo sus bíceps. Ahora mi excitación surgía del cuerpo quieto de una mujer, presuntamente muerta.
Como ocurría durante los ataques de Rodrigo, tuve un amago de depresión que fue cediendo hacia la tarde. Me obsesionaba pensar en el extraño impulso de Delicia y sentía celos del asesino que recibiría aquellas fotos encerrado en la cárcel.
Seguí trabajando en las exposiciones. La película era de buena calidad e hice copias de tamaño natural que colgué en las paredes. Delicia acababa de terminar una relación con un abogado dueño de varias empresas. Quizá ella fuera tan depresiva como yo y aquella reacción inesperada fuera una tendencia al suicidio.
Esta última idea me alarmó. Tomé el teléfono y marqué su número.
─¡...te comunicaste con el amor!. Tu amiga Delicia espera el mensaje después de la señal...
Su voz se escuchó entre cantos de pájaros y música infantil.
En el laboratorio, bajo la poca luz, por segunda vez me masturbé mirando las fotos.
En la tarde volví a la clínica. Rodrigo dormía bajo el efecto de las drogas. Despertó después de un rato, me miró con ojos mansos y al hablar tomó mi mano.
─ ¿Te hago sufrir mucho...? Ten paciencia, ya que dentro de poco mi vida no inspirará ni gozo ni sufrimiento. El mundo sabrá que he pasado por el recuerdo tuyo y el de Delicia; por mi perfume que se borrará de los lugares que he habitado...
Llevó mi mano debajo de la sábana, apoyándola sobre su miembro flojo. Por primera vez desde que estábamos juntos, sentí rechazo. En ese momento llegó Delicia, vistiendo una falda corta y una camisa roja..
─ Si interrumpo, me marcho ─ dijo al ver mi mano debajo de las sábanas. Saqué rápidamente el brazo.
─ No, querida. Rodrigo te estaba esperando; deseaba hablar contigo.
Salí al pasillo. Necesitaba respirar. Después de un rato apareció Delicia. Me miró inquieta, con sus grandes ojos azules.
─ Patricio, ¿Otra vez?
─ ¿Otra vez qué?
─ Rodrigo dice que últimamente te muestras frío y distante...
─ ¿Preguntaste de cuándo es ese “últimamente”?
─ No sé... ¿desde anoche?
─ Querida, anoche, cuando llegué a casa, tu amiga, Rodrigo Cormurgo Cabezón estaba más loca que nunca después de haberse inyectado una buena dosis de droga en compañía de su amigo íntimo Pavlova. Lo único que te puede contar es que le apliqué un calmante, lo acosté y a la madrugada tuve que llamar a la ambulancia. Hace exactamente dos horas recuperó la conciencia y ya estaba reclamando prácticas genitales. ¿Puedes decirme cuándo tuve tiempo de ser fría y distante con él?
Iba a replicar, pero la interrumpí.
─ Delicia Petunia Kolonsky, no pienses que fui indiferente a lo que ocurrió ayer. Las fotos de tu muerte, me... bueno, me afectaron.
─ ¿Qué quieres decir?
─ Es la primera vez en mucho tiempo que tengo fantasías eróticas con mujeres. Ver una de ellas muerta, dormida, desmayada, como tú quieras y saber que está dispuesta a ser follada, me acelera la adrenalina. No lo sabía hasta ayer.
─ ¿Quiere decir que la sesión de fotos alteró tu relación con Rodrigo...?
─ Nunca dije eso ─ Rocé su mejilla izquierda como lo hacía siempre, pero esta vez sentí algo especial al tocar su piel ─ Cuéntame, ¿cómo te fue con Pablo?
El pedido la animó.
─ Aceptaron la credencial de Carola y al entrar me revisaron por todos lados. Después tuve que avanzar a través de puertas de rejas que se abrían y cerraban a mi paso y llegué al centro de la cárcel donde están los guardias que controlan todo. Al principio pensé que no podría pasar las fotos, porque tuve que esperar en un pasillo público. Allí llegó Pablo. Era como lo había imaginado, alto, de pelo castaño... y más que nada, Patricio, más que nada su mirada... ¡Ay! ¡Como si te desnudara a cada segundo!. Los guardias no escuchaban lo que hablábamos, pero podían ver nuestros gestos. En los primeros momentos no dijimos nada. Yo tenía la vista clavada en sus enormes manos y las imaginaba sobre mi cuerpo. Eso me llenaba de calor y de sofocos. Creo que lo adivinó, porque echó la cabeza hacia atrás y clavó los ojos en mí. Dijeron que eras de la prensa... Confesé que era mentira. No era reportera sino una admiradora que tenía algo para él. Haz de cuenta que se te cayó la cartera. Yo solté el bolso y las fotos se regaron en el suelo. Miré hacia arriba y... ¡Ay, Patricio!: ahí estaba su bulto, casi a la altura de mi boca. Recogí todo y me senté temblando. . Lo observé atentamente mientras revisaba las fotos. Cuando llegó a la última donde estoy muerta con el vestido, abrió los ojos un poco más. Después me miró en silencio y sonrió. ¿Qué te parecieron? ─ pregunté ─ Son pocas. Trae más y veremos. En ese momento me anunciaron que terminaba la visita.
Delicia jadeaba.
─ ¿Y ahora?
Me miró frunciendo los labios, con expresión suplicante.
─ Ahora depende de ti. Puede que tengas razón, que sea una hembra histérica, pero me vuelve loca imaginarlo masturbándose con mis fotos en la celda oscura, bajo la luz de una vela...
─ Estás equivocada, querida. Ya no hay luz de vela en las celdas; ahora utilizan la electricidad en todas sus formas.
─ Lo que quieras, pero ¿qué contestas?
─ ¿Sobre qué...?
Deseaba que Delicia no me hiciera el segundo pedido. En ese momento supe que otra sesión de fotos nos conduciría a un camino sin regreso.
─ ¡Ya sabes sobre qué! Debemos tomar más fotos para Pablo. Otra sesión; al menos un par de rollos...
─ ¿Cuándo?
Antes de contestar, Delicia se mordió los labios.
─ Cuando Rodrigo esté mejor.
─ Entonces será dentro de dos días Sus recuperaciones siempre duran eso...
Delicia me interrumpió con abrazos y besos.
─ ¡Entonces dices que sí, que lo vamos a hacer...!
Una enfermera nos avisó que Rodrigo dormiría toda la noche y no necesitaba de cuidados especiales. Salimos. Era temprano y fuimos a comer a Pátinas, un lugar de moda. Robamos el cenicero, y sobre la hora de cierre, bailamos descalzos sobre la mesa. Al despedirnos nos besamos y la larga y tibia lengua de Delicia recorrió mi boca.
3
Al mediodía me despertó el teléfono. Pedían que fuera con urgencia a la clínica. Cuando llegué, ya estaba Delicia y una enfermera nos hizo pasar al consultorio del médico.
─ Hay un bacilo que está afectando el organismo del señor Cormurgo. Debemos prolongar su hospitalización...
Lo interrumpió un sollozo de Delicia.
─ ¡Sálvelo, doctor! ─ pidió tomándolo de las solapas ─ ¡Sálvelo, no lo deje morir! ¡Él representa mucho para nosotros...!
El médico la apartó
─ Señorita, yo no hablo de muerte, sino de recuperación. Deben rodear al paciente con un clima apacible, sin emociones fuertes...
La falta de defensas impedía que el organismo de Rodrigo se defendiera. Debía permanecer hospitalizado, no sólo para una mejor atención, sino para evitar que siga consumiendo droga.
Cuando salimos, Delicia secó sus lágrimas y retocó el maquillaje. Fuimos a tomar un helado y el tema derivó hacia mi relación con Rodrigo.
─ Nunca olvides que él es tu pareja. ─ dijo mi amiga ─ Tienes que hacer lo posible para que todo funcione. Si hay dificultades, debes cerrar los ojos y seguir adelante. Él te necesita mucho más que yo.
Bebimos el helado en silencio. Delicia tenía razón, atender a Rodrigo era mi deber, pero las fotos abrían un panorama desconocido y atrayente. Miré fascinado su lengua acariciando el chocolate. Antes de terminar, metió una y otra vez el cucurucho entre los labios y me miró con ojos entornados. Sentí un poco de miedo al pensar que aquel era un gesto de provocación.
─ ¿Sigues pensando que no me ocupo lo suficiente de Rodrigo? ─ pregunté.
─ No. Al mirarte pensaba en mi propio egoísmo.
─ ¿Qué quieres decir?
─ No sé cuándo le van a dar el alta a Rodrigo, pero la sesión de fotos tendrá que ser mañana o pasado, ya que Carola consiguió un nuevo permiso para visitar a Pablo. Te retendré sólo lo suficiente para posar. Después vienes y no te separas de él.
Nos miramos en silencio.
─ Hay algo que no sabes o no recuerdas.
─ ¿A qué te refieres?
─ Rodrigo me engaña.
Delicia abrió los ojos.
─ ¿Cómo puedes afirmarlo? ¿Tienes pruebas?
─ Ya sabes que cuando estuvimos en España, él posó para revistas masculinas. Durante dos años Pavlova fue el fotógrafo y la pareja de Rodrigo. Ahora, cuando no estoy, le trae droga y folla con él. Nunca quiso tener sexo conmigo estando drogado.
─ ¡Eso no me lo dijiste nunca...!
La miré asombrado. No era la primera vez que se lo contaba. Al intervenir como mediadora entre nosotros, la relación entre Rodrigo y Pavlova se había discutido largamente.
─ ¡De haber sabido antes...! ¡No me hubiera entrometido para que se reconcilien!.
Estuve a punto de recordárselo, pero me contuve. La negativa era parte del cambio en nuestra relación luego de la primera sesión de fotos para el necrófilo. No debía huir de ese cambio, sino explorarlo.
─ La crisis continúa, Delicia Anoche, cuando tuve que llevar a Rodrigo desnudo a la cama, sentí como si cargara un cadáver y tuviera que caminar con él por mi pobre vida.
La miré esperando su respuesta. Antes de la sesión de fotos, ella hubiera interrumpido una frase como aquella con argumentos de salvar la pareja a toda costa, pero ahora jugaba con la cuchara del helado, con aire pensativo y frunciendo los labios.
─ Lo mismo me pasó con Gumersindo...
─ ¿Ah, si?
─ Recordarás que Gumer era muy dependiente y despertaba mi instinto maternal, pero hay un límite para todo. Cuando vivíamos juntos era yo la que debía tomar las decisiones, hasta en lo sexual. Fue así durante diez meses, hasta que terminé con él.
─ Nunca me habías contado eso ni lo habías comparado con la relación entre Rodrigo y yo
─ Creo que mi atracción por Pablo es lo opuesto a mi relación con Gumersindo. Que alguien me asesine es lo que más deseo. Gozar y hacer gozar a alguien con mi muerte. Dime si no es lo contrario del instinto maternal que me despertaba Gumer.
Durante el almuerzo no tocamos el tema. Criticamos a algunos amigos comunes y comentamos novedades musicales.
En la tarde nos separamos. Debía tomar fotos en el cumpleaños del hijo de un funcionario del gobierno. Sólo ese nivel de gente podía pagar un profesional de mi calidad. La fiesta terminó a las cinco de la tarde. Al pasar por la clínica sentí alivio cuando la enfermera dijo que Rodrigo continuaba durmiendo.
Aquella noche desperté gritando por una pesadilla que luego no pude recordar. Sólo sabía que estaba relacionada con Delicia. Transpiraba y mi corazón latía con fuerza. Más tranquilo, pensé que el cambio en la relación podía ser riesgoso para mí. . Tomé otro par de hipnóticos y esperando su efecto, volví al laboratorio a contemplar las fotos del hermoso cuerpo inmóvil.
Al día siguiente, cuando llegué a la clínica, Rodrigo estaba despierto, sentado en la cama y mirando el vacío.
─ ¿Te acordaste que existo?
─ No seas tonta. Traje los bombones que te gustan.
─ Pensé que ibas a traer las flores que me gustan, pero no para que adornen mi cuarto sino para ornar mi tumba.
─ Eres un estúpido, Rodrigo Cormurgo. Deja que arregle las sábanas...
La psicóloga afirmaba que cuando tenía esos accesos de autocompasión, debía tratarlo con un poco de desprecio y agresividad para lograr una reacción positiva, pero aquella vez no dio resultado. Permaneció inerte, con los brazos colgando a ambos lados del cuerpo y la vista fija en la guía del suero. Pareció mejorar cuando me acosté junto a él, lo abracé y puse mi cabeza en su pecho.
─ No tengas miedo ─ dije ─ Todo va a mejorar entre nosotros.
Me acarició la cabeza y suspiró un par de veces.
─ Y cuando me den el alta... ¿vas a ser buena y disfrazarte de mujer para mí?
Contesté que sí y como agradecimiento, Rodrigo tomó mi cara con ambas manos besándome en la boca. Al sentir en su cuerpo un calor sospechoso, llamé a la enfermera. La fiebre había subido y debía terminar la visita.
Una vez en casa, llamé a Delicia.
─ Quiero volver sobre el tema que tocamos hoy. Dijiste que tu atracción por Pablo era lo opuesto al instinto maternal que sentías hacia Gumersindo...
─ Claro, son sentimientos opuestos.
─ Yo pienso lo contrario
─ No entiendo…
─ Es un instinto maternal el que te lleva a satisfacer el deseo de Pablo. Sería el caso extremo de la madre que, obsesionada por dar el pecho a su hijo, permite que la devore. No vacilas en dar tu vida para saciar el hambre del necrófilo
Delicia reflexionó.
─ ¿Y cómo llegaste a esa conclusión?
─ Porque descubrí en mí una inclinación parecida a la tuya.
Ambos nos callamos.
Al otro día desperté temprano y volví a la clínica. Delicia esperaba nerviosa frente al cuarto de Rodrigo. Al verme se acercó con rapidez.
─ Rodrigo no está. El médico quiere hablar con nosotros.
Nos explicó que había empeorado y hubo que llevarlo a una sala estéril en el sector de cuidados intensivos. Nos preparamos y entramos cinco minutos Tenía los ojos abiertos, y deliraba. No nos reconoció.
Al salir, Delicia no pareció tan preocupada como el día anterior.
─ ¿Quieres venir a casa? Debemos organizar la campaña del desfile de fines de enero
─ Falta mucho para eso.
─ Ya sé, pero quiero estar contigo ─ agregó tomando mi brazo ─ ¿Y las fotos para Pablo? Podríamos adelantar la sesión...
Cuando llegamos a su casa, Delicia se quitó la ropa y preparó café.
─ Ayer dijiste que sentías una inclinación parecida a la mía...
La miré. Ojos sensuales, labios gruesos y dos rizos castaños que caían a ambos lados de la frente con descuido coqueto. El olor a lavanda de su cuerpo, me recordaba los baños de vapor de mi adolescencia, donde me masturbaba al ver desnudos a sujetos musculosos.
─ Siento el deseo de ser el hombre que mata y la mujer que muere ─ contesté
─ ¿Es suficiente inspiración para tomarme las fotos?
─ Claro que sí.
Delicia había trazado dibujos esquemáticos que describían los pasos de un asesinato y la violación del cadáver. Yo debía participar como protagonista.
Eligió el fondo blanco de la sala y un sofá marrón, con vivos de múltiples colores.
─ Hay que crear el contraste entre la muerte y el ambiente que debe ser inocente y festivo ─ explicó
Preparó almohadones con estampas de dibujos animados, mientras yo evaluaba la luz. En esta sesión no debía jugar con esfumados ni con contornos oscuros. Pensé en Pablo, encerrado en su celda; cada foto debía ser impactante, luminosa, rotunda.
Monté varias cámaras Una de ellas debía registrar instantáneas automáticas cuando yo participara en la escena.
─ El argumento es simple ─ explicó Delicia ─ Yo estoy en mi casa sola y vestida con ropa provocativa. Tú eres un asaltante que me espía y enloquecido con mi cuerpo, te acercas a violarme. Encuentras resistencia, me matas y te satisfaces con mi cadáver.
─ ¿No sería mejor si lo filmáramos?
Delicia negó con la cabeza
─ La foto habla del instante. Una película impide que tu fantasía vuele. Además sería inútil en la cárcel. Nunca olvides a Pablo, solo ante las fotos. En su celda las mirará y tejerá mil historias... ¡Patricio! ¡El solo pensarlo me vuelve loca...!
Vistió una blusa crema con mucho escote y una falda ajustada que terminaba en flecos.
─ Llego a mi casa desde la calle. Esta primera parte va a ser fácil, porque vas a estar detrás de la cámara. Lo difícil será cuando tengas que participar.
Delicia se quitó los zapatos, tendiéndose en el sofá redondo del living. Su falda corta, mostraba las piernas hasta más arriba de los muslos. Tomé varias instantáneas;
─ Tranquila, corazón ─ esas palabras servían para calmarla y lograr una pose sensual.─ Tranquila, corazón ─ programé la cámara para que tomara instantáneas automáticamente. Al acercarme a ella, sentí que mis movimientos eran torpes.
─ ¡Quién es usted...! ─ exclamó Delicia con expresión sobreactuada.
─ ¡Vengo a violarte y a matarte!
Forcejeamos y la sostuve de las muñecas, mientras la máquina desde el trípode disparaba seis veces. Al tomar la última exposición ya la había desnudado casi por completo. La programé otra vez. Repetimos la escena en la que terminé de quitarle la ropa y simulé abrir mi pantalón.
─ ¡Estrangúlame! ─ pidió Delicia en un susurro ─ Que mi muerte aparezca en las fotos.
La obedecí, y al tocar su cuello delgado, tuve una conmoción. Busqué la garganta con el pulgar y me enloqueció sentirla tibia y vulnerable. Apreté con fuerza hasta que el cuerpo de Delicia se aflojó entre mis brazos. Me arrojé sobre ella mientras la máquina tomaba las últimas impresiones.
Repetimos la escena tres veces y utilizamos cuatro rollos. Un buen número de fotos nos permitiría una buena selección. En las segunda usé un buzo liviano sin ropa interior, y con facilidad pude caer desnudo sobre Delicia. En la tercera, me vestí con ropa fucsia para que se destacara sobre el cuerpo blanco, inmóvil de mi amiga.
Al terminar, nunca había visto sus mejillas tan rojas y sus ojos tan brillantes. Me recosté junto a ella en el sofá.
─ Patricio, te quiero pedir un favor, pero como amiga; no quiero que me entiendas mal.
─ Te escucho.
─ Esto que hicimos me puso cachonda y quisiera correrme... te pediría que me chupes... No sé si alguna vez lo hiciste, pero tienes que detener la lengua en el clítoris...
Accedí. Yo también estaba muy excitado, pero no se lo dije. Hundí la boca entre sus piernas y mi lengua jugueteó con su vulva hasta escucharla gemir y agitarse Entonces me desnudé y ella lanzó una exclamación al ver mi miembro erecto.
─ ¡Patricio...! ¡No serás capaz!
La abracé e intentó rechazarme, pero volví a tomar su cuello y a apoyar el pulgar sobre la glotis, hasta que se relajó y me abrazó con un gemido.
─ Si quieres lo hacemos, pero voy a pensar que eres Pablo...
─ ¡Piensa lo que quieras...!
Delicia gritó cuando la penetré. Su vulva se estrechó mientras bramaba y se retorcía.
─ ¡Mátame! ─ pedía con voz ronca ─ ¡Mátame. Pablo...!
Terminamos rápidamente y a la vez.
─ Quiero que las reveles ahora
Entré al laboratorio y trabajé con rapidez. Ya en el negativo pude apreciar el éxito y después de revisar las copias, Delicia, me besó en la boca y volvimos a follar. Esta vez La arrojé sobre el piso, la puse boca abajo, tomé una crema lubricante, unté su ano y la penetré. Se quejó y crispó las manos hasta quedar inerte, como si hubiera muerto. Eyaculé otra vez.
Después montamos las fotos. El acierto no fue sólo con la luz. En todas ellas se veía con nitidez el cuerpo de Delicia y el mío aparecía de espaldas o de perfil, pero el rostro de mi amiga, su expresión de miedo y de dolor, eran perfectos.
Preparamos dos series con el mismo argumento. Sugerí que podría ser monótono.
─ Te aseguro que soy especialista en fantasías sexuales, y cuanto más se repitan los temas y más simple sea el mensaje, más efectivas serán.
─ Desconocía esa especialidad.
─ Lo estudié bastante. El Marqués de Sade, utiliza imágenes simples, groseras, y las repite hasta el cansancio. Por eso son efectivas.
Terminamos los montajes a la madrugada. Las últimas fotos reproducían la misma escena, de espaldas, levantaba sobre mi cabeza el cuerpo desnudo y sin fuerzas de Delicia , como ofreciéndolo a alguna divinidad invisible .
Ordenamos las series en un par de álbumes que embalamos dentro de una caja con otras pertenencias dirigidas a Pablo.
─ Carola ha logrado que no revisen las cosas que le envío, pero hay que tomar precauciones
Al terminar, Delicia se quitó la robe y se restregó contra mí.
─ ¿Me matarás, Pablo? ¿Me matarás…?
Follamos por tercera vez y quedamos abrazados Estaba por dormir, cuando ella se incorporó mirándome con rabia. Tomó su robe y se la puso en un súbito acceso de pudor
─ Patricio, esto no tiene que repetirse. Fue agradable, no te lo niego, pero pienso que eres Pablo y no me parece honesto. Además, es una cochina traición a Rodrigo.
No contesté. Me sentía confuso y cansado. Quería ir a mi casa, pero a la vez deseaba que aquello no terminara.
─ Me gustaría un poco de tiempo para pensarlo.
─ No hay nada que pensar, Patricio ─ No hay nada que discutir. Lo que pasó hoy fue un íntimo favor de amigos. A ti también te gustó y de no ser así, al menos te ayudó a descargar tensiones. No hay otra cosa. Dentro de diez días tendremos la temporada de Marbella. Hasta tanto, conviene que dejemos de vernos. Sería bueno que arreglemos horarios diferentes para visitar a Rodrigo.
─...y no sabré qué pasó con las fotos.
─ Voy a llamar por teléfono y a explicarte lo que ocurra, pero nada más.
Abrió la puerta invitándome a salir y apenas respondió a mi saludo de despedida.
4
En los días que siguieron, Delicia procuró no encontrarse conmigo en la clínica y las pocas veces que nos cruzamos, apenas me saludó. Cumplió su promesa y llamó al regresar de la visita a Pablo.
Su actitud no me preocupaba demasiado. Luego de intensos momentos de entusiasmo o pasión, mi amiga solía adoptar una conducta opuesta como aquella, para luego regresar a su impulso inicial.
─ Hoy llevé la caja, pero no pude verlo. Los guardias se la harán llegar.
─ ¿Por qué no lo viste?
─ No sé. Lo tienen castigado.
El tono era cortante. Me despedí y colgué sin seguir preguntando.
Rodrigo tuvo una recuperación inesperada, salió de la sala de Terapia, le quitaron el suero y pudo alimentarse con normalidad. También recobró su ánimo y una tendencia al humor macabro que le era propia.
Una mañana encontré a Delicia en la clínica. Llevaba un vestido fucsia sin sostén, que la hacía más encantadora. Pidió hablar conmigo y fuimos al café.
─ Entre nosotros todo debe parecer normal. La recuperación de Rodrigo depende del afecto que sienta a su alrededor, de modo que nos esforzaremos en ser espontáneos el uno con el otro.
─ Hay en tus palabras una contradicción que no es digna de tu inteligencia. Nadie puede esforzarse en ser espontáneo; simplemente se es o no se es...
─ Tú sabes lo que quiero decir. Evitemos gestos, miradas, palabras que lo puedan turbar.
Dio por terminada la charla y se marchó sin despedirse. Por un leve temblor en las manos y el rojo de sus mejillas, supe que estaba ansiosa de repetir las sesiones de fotos y quizá nuestro encuentro sexual.
Tres días más tarde dieron el alta a Rodrigo. El médico habló conmigo.
─ Sé que usted lo cuida con esmero y que me va a llamar ante cualquier crisis que se produzca. Por eso le permito retirarse. Es preferible que el señor Cormurgo esté junto a la gente que ama, aunque deba asumir los riesgos.
El médico era un futbolista conocido, y a pesar de su tono cordial, no podía evitar un ademán de asco al estrechar mi mano o acercarse. Machista, despreciaba a los afeminados, aunque por razones profesionales le convenía mantener buenas relaciones con maricas y prostitutas.
Rodrigo no estaba en condiciones de salir de la clínica. Caminaba con dificultad y aún tenía picos de fiebre. Además no podía cumplir la principal prescripción, evitar las drogas. Delicia se presentó puntualmente para acompañarnos en el viaje a casa. Llevaba un top con motivos de flores, sin sostén, que dejaba ver su ombligo y una minifalda muy corta. El cabello suelto caía sobre los hombros con un descuido encantador. Se mantuvo indiferente hacia mí; además de la ropa provocativa, usaba un enloquecedor perfume a pachulí.
─ En dos días vamos a organizar una fiesta íntima celebrando tu regreso ─ Rodrigo la miró con expresión ausente ─ va a ser una fiesta en toda la regla y nos vamos a divertir muchísimo…
─ ¿Vino a verme Pavlova o llamó preguntando por mí? ─ interrumpió de pronto. Los dos callamos ─ Comprendo que no haya venido. Tarde o temprano, todos discriminan a los sidosos.
─ Sabes que con nosotros puedes contar. Debes ser querido e importante para alguien y lo eres para nosotros ─ aseguró Delicia.
Rodrigo levantó la cabeza y la miró con incredulidad.
─ ¿Quieres que te demuestre que no es así?
Ella acarició su cabeza.
─ No debes demostrar nada...
─ Recién hablabas de hacer una fiesta, una comida para celebrar mi llegada.
─ Por supuesto...
─ Acepto el ofrecimiento, y voy a demostrarles que antes de terminar esa comida ustedes me habrán discriminado.
En ese momento, el taxi se detuvo en nuestro departamento y no tuvimos tiempo de contestar.
En un comercio de productos pornográficos conseguí prótesis desechables que imitaban a la perfección un par de senos. Tengo un torso delgado y los rasgos de mi cara son muy finos, de modo que desnudo, a media luz y con los senos artificiales, parecía una mujer. Depilé cuidadosamente todo mi cuerpo y un buen maquillaje hizo el resto. La primera noche de la llegada de Rodrigo, vestí ropas sugestivas y desfilé para él. Me observó sentado en su sillón. Estaba pálido y traspiraba. Varias veces interrumpí la exhibición y le ofrecí descansar, pero se negó.
─ ¡Haz lo que te mando, idiota! ─ gritó la última vez que se lo sugerí y en pocos segundos cayó dormido sobre la mesa. Lo observé como si lo hiciera por primera vez. Era delgado, lampiño. Las cejas estaban muy juntas, rematando la frente pequeña y la nariz parecía de juguete. Un bigote muy fino le daba un aire de inesperada masculinidad. Debía llevarlo a la cama, pero me fascinaba verlo tendido sobre un costado, apoyada la cabeza sobre su brazo. La frazada que lo abrigaba había caído y sólo vestía un slip.
Intenté despertarlo, pero no pude. Al comprobar que dormía profundamente, lo arrojé de bruces sobre la alfombra, me quité mis prótesis y se las puse en el pecho; también coloqué mi peluca sobre su cabeza.
Bajé el slip, abrí sus nalgas, utilicé aceite de oliva como lubricante y lo penetré con un preservativo doble. Se quejó en sueños. Totalmente relajado, el recto recibió mi miembro y acaricié los senos sintéticos hasta eyacular.
Permanecí acostado sobre él unos instantes, disfrutando del júbilo. Me sentía un animal depredador, un extraño buitre violando a su víctima antes de devorarla. Cargué el cuerpo, lo acosté sin quitarle la prótesis ni la peluca y lo miré dormir. Era la primera vez en meses que tenía con Rodrigo un orgasmo tan intenso.
Fui al laboratorio y repasé otra vez la colección de fotos. Desplegué las ampliaciones donde aparecía el cuerpo desnudo y quieto de Delicia, admirando su belleza.
Al otro día me levanté para preparar el desayuno y al rato apareció Rodrigo trayendo en sus manos la peluca y la prótesis.
─ ¿Por qué dormía con esto? ─ preguntó con una mezcla de asombro y reproche.
─ ¿No te acuerdas, querida? Anoche te disfrazaste de mujer y desfilaste para mí...
Como respuesta, Rodrigo arrojó los objetos sobre la mesa y derramó el jugo de naranja que estaba sirviendo.
─ ¡No seas mentirosa! Puedo ser sidosa, pero no estúpida. ¡Eras tú el que llevaba esta porquería! ¡Eras tú el que desfilaba para mí...!
Lo interrumpió un ataque de tos. Busqué rápidamente el nebulizador y se lo apliqué. Sus ojos brillaron con furia y trató de hablar entre jadeos.
─ No seas tonta... ─ dije ─ es que estabas muy apetecible mientras dormías...
─ ¡Y metiste tu polla hasta los huevos! ¡Ahora tengo irritado mi culito...!
Sollozó y agitó la cabeza. Yo traté de hacerlo callar con la máscara del nebulizador mientras trataba de razonar con él. Si no se tranquilizaba y comía, quizá lo hospitalizaran otra vez. Le coloqué un calmante y cuando dormitó en el sofá, marqué el número de Delicia.
─ ¿Petunia? ─ pregunté al escuchar su voz.
─ Patricio, sabes que puedo matar cuando me llaman por mi segundo nombre.
─ Querida, te llamo por Rodrigo
─ ¿Qué le pasa? ¿Tuvo una recaída?
─ Se encuentra bien. Anoche tuve con él una relación mientras dormía profundamente y no le gustó nada. Tú eres la responsable, la que me acostumbró...
─ Ahora vas a decir que yo te corrompo...
─ No. Simplemente aprendo de ti cosas nuevas. El problema es que Rodrigo no las acepta. Te llamaba para programar la cena celebrando su recuperación. ¿Tienes algo pensado?
─ Rodrigo debería estar bien para poder disfrutar, pero tampoco podemos esperar mucho.
Quedamos ese miércoles a la noche. Esperé que despertara y se lo dije mientras preparaba café con leche. Tomó la noticia con alegría y su humor cambió. Me alegró que quisiera preparar el postre.
─ Tengo una receta única para rellenar el bizcochuelo.
─ Así me gusta oírte ─ acaricié su cabeza ─ A ver si podemos crear el clima de los primeros días de nuestra relación, en Marbella.
Me pidió que volviera a disfrazarme de mujer para salir. Elegí una peluca negra, pinté mis labios y las uñas de manos y pies Seleccioné mis prótesis más elegantes y elegí el vestido azul y ajustado que guardaba para ocasiones especiales. Calcé zapatos de tacón alto. Años atrás, había aprendido a caminar con ellos.
Salimos cerca de las ocho. Tomado del brazo de Rodrigo, sentí que habían regresado los viejos tiempos. Fuimos a una discoteca donde amigos comunes nos recibieron con alegría. Él bebió con moderación y volvimos a casa temprano. Esa noche pidió chupar mi miembro sin quitarme el vestido. Lo dejé y nos masturbamos mutuamente.
─ Vas recuperando fuerzas cada día. Mañana o pasado podremos hacer una orgía privada
─ Lo único que espero es el día de la cena con Delicia. Entonces, con un bombillo en el culo, voy a decir cosas muy importantes
La mañana del miércoles, Rodrigo se levantó antes que yo y al despertar encontré una nota: Estoy en la cocina preparando una sorpresa. Te pido que me dejes sola todo el día, ya que el postre requiere concentración. Besos. Rodrigo.
Salí a comprar rollos, un fotómetro y algunas lámparas de flash. Almorcé en un restaurante y fui al cine gay donde vi un par de películas. Cuando regresé al atardecer, encontré a Rodrigo sonriente.
─ Patricio, el postre será una verdadera sorpresa.
Se quitó el delantal sucio de harina y cantó alegremente mientras se bañaba. Todavía faltaba para la hora de la cena y decidí buscar a Delicia. A través del comunicador, escuché su voz turbada. Me recibió con una bata rosa, larga hasta los pies. Recién había lavado sus cabellos y estaban envueltos en una toalla.
─ Quédate tranquila, querida. No te voy a follar; Simplemente trato de cumplir con lo que exigiste, que sigamos siendo amigos para una mejor atención de Rodrigo. Si no estamos un rato solos, si no tratamos de recuperar la relación de antes, no la podremos trasmitir cuando nos vea.
Asintió con la cabeza y se apartó. Entré y me senté en el sillón de siempre.
─ Puedes quitarte la bata y quedarte en ropa interior como acostumbras cuando estás conmigo. Sé que lo nuestro no puede ser y te veo como a una hermana.
─ ¿Y cómo voy a saber que no me estás deseando?
─ Mira, querida, al ser tú una perfecta histérica, es ideal que alguien te quiera follar y se tenga que tragar las ganas mientras te ve pasar una y otra vez desnudita frente a sus narices.
Esto la hizo reír, se quitó la bata y se movió frente a mí con la soltura de siempre, aunque mi sentimiento ya no era el de antes.
─ Quiero que me expliques qué pasó con Pablo No lo pudiste ver...
─ No lo pude ver, pero sé que le llegaron las fotos.
─ ¿Cómo sabes?
─ Hace dos días, mi amiga Carola, su abogada, me dijo algo lo había puesto como loco y quiso violar a otro detenido. Lo golpeó hasta enviarlo al hospital.
─...y tú piensas que eso se relaciona con las fotos.
─ ¿Qué otra cosa puede ser? La solución sería tomar una nueva serie, pero ahora tiene prohibidas las visitas. El Juez de turno abrirá otro proceso.
─ Podríamos hacer otra sesión. Tengo ideas nuevas al respecto
─ ¡Patricio! ─ interrumpió Delicia cubriéndose los senos con los brazos. ─ ¡Me niego por completo a acceder a tus peticiones! Tú sabes cómo termina todo.
─ En caso de que lo hagamos, por mi parte me quedaría muy cachondo, pero si tú sabes contenerte, el beneficio sería para Rodrigo, ya que me desquitaría con él.
─ ¿Y cuáles son esas ideas?
─ ¡Romper las paredes del estudio! Conozco una playa privada que en esta época del año podemos alquilar por poco dinero. Allí aprovecharía los matices de luz natural, y encontraría nuevas formas de mostrarte desnuda y muerta, utilizando efectos especiales como cuchillos falsos, sangre artificial... el argumento sería que soy tu marido, tú me traicionas y te mato de un modo feroz, erótico y...
─ ¡Basta Patricio! Esto va por mal camino.
Noté sus mejillas rojas, y antes que volviera a tapar sus senos, pude ver los pezones erectos.
El resto de la tarde nos limitamos a fijar las fechas de trabajo para la próxima temporada y nos despedimos con un beso en la boca, como antes.
A mi regreso, Rodrigo estaba radiante.
─ ¡Todo bien! ¡Todo perfecto! ─ anunció besándome con entusiasmo ─ ¡El postre, una preciosura!
─ ¿Puedo verlo?
Me condujo a la nevera y la abrió exhibiendo una torta enorme, cubierta de crema.
─ La rellené con gelatina de fresa. Se van a relamer... ─ Levantó un pitillo de plata, con cabeza redonda y grande ─ Esto es para meter en mi culo cuando comamos y de ese modo pueda pronunciar mi solemne discurso ante la discriminación que voy a sufrir.
─ ¿Otra vez con esa idea? ¿Quién te va a discriminar?
─ Tú y Delicia. Cuando terminemos de comer me van a discriminar.
Me acerqué a él, lo acaricié y lo besé.
─ Sabes que te queremos mucho. Sabes que Delicia y yo somos tu familia. ¿Cómo podremos rechazar a alguien de la propia familia?
Rodrigo sonrió, me miró fijamente unos instantes, y cambió de tema.
5
Para la cena, Rodrigo pidió que me disfrazara de Marlene Dietrich. Asentí encantado. Adoraba a la protagonista de El Ángel Azul y mi nariz y mi frente eran iguales a los suyos. Depilé mis cejas con facilidad, pero a los labios tuve que delinearlos con pincel para lograr una expresión exacta a la de la divina Marlene. Busqué una boquilla exótica y elegí una peluca rubia con ondas en el cabello. Me costó decidirlo, pero opté por un vestido rojo cubierto de lentejuelas. A Rodrigo le gustó mi atuendo, y su única objeción fue la boquilla. Discutimos si debía ser de nácar o de baquelita, y finalmente concluimos que la diva habría usado la de nácar.
Delicia llegó temprano, vistiendo blusa de guipur negra con pasamanerías, falda laminada en dorado, ajustada y corta. Calzaba un par de sandalias de cuero que mostraban completamente sus pies .
Bebimos un par de Martinis y a la hora fijada apareció Rodrigo, con un esmoquin azul, camisa marrón y un par de tenis blancos.
─ ¡Ta-tán! ─ exclamó dando una vuelta frente a nosotros para que lo admiremos. Delicia aplaudió y yo la imité. Luego nos dio la espalda y agachándose recogió la cola del esmoquin. Con ambas manos abrió el pantalón que tenía un tajo en la tela. No llevaba calzoncillo y mostró las nalgas, separándolas con sus dedos para exhibir el ano. Lo sostuvo con la mano izquierda y con la derecha tomó el pitillo, insertándolo muy lentamente en el orificio.
─ Los dos son amigos íntimos. Los dos saben que hablo incoherencias si no tengo algo metido en el culo.
Me preocupó ver sus pupilas dilatadas y sus brazos cuidadosamente cubiertos, quizá para ocultar marcas de agujas.
La entrada fue una deliciosa copa de langostinos. De pronto, Rodrigo golpeó tres veces una botella con el tenedor.
─ ¡El pitillo en el culo me inspira! ¿Saben en qué se parece un sidoso a un pollo recién horneado?
─ En que los dos están cocinados ─ dije al azar. Rodrigo negó con la cabeza.
─ En que los dos están amarillos ─ intervino Delicia, riendo de su propia ocurrencia. Rodrigo también negó y nos dimos por vencidos.
─ Que tanto el pollo al espiedo como el sidoso, mueren pinchados.
Todos reímos, pero Rodrigo lanzó carcajadas y lloró apretando su vientre. Se atragantó con un langostino y Delicia y yo tuvimos que golpear con fuerza su espalda para que lo arrojara.
Cuando se recuperó, fue a buscar el plato central, pollo asado con salsa de crema y ajo. Lo sirvió parsimoniosamente y empezamos a comer. Al rato volvió a golpear la botella.
─ Queridos amigos. El pitillo que tengo en el culo vuelve a hablar por mi boca ¿por qué el pitillo? porque los sidosos tomamos esa forma, cabezas redondas, cuerpos delgados y es así como vagamos por el mundo. Quiero hablar sobre las etapas de la enfermedad... No, no piensen que voy a referirme a esas tonterías que nos enseñaron en la fundación. Revelaré las verdaderas etapas, las que sufro desde el principio y de las que ustedes, mis queridos amigos, mi única familia, han sido testigos. La primera fue la desesperación. Patéticamente preguntaba, ¿Por qué a mí? ¿Por qué a los 28 años? Entonces tuve mi intento de suicidio. Luego de eso y con ayuda de la querida Delicia, pasé a la segunda etapa, la de la culpa tratando de ser una chica buena para curarme de todo , aún de las cosas en que no debía o no podía solucionar...
─ ¿Por ejemplo? ─ interrumpió Delicia
─ Las drogas, mi querida. Heroína, cocaína y toda sustancia que se presente. ¿Quién puede afirmar que deba dejar de consumir? Nadie. Hacerlo es un rasgo mi personalidad...
─ No te vayas del tema ─ intervine ─ Dices que pasaste a una segunda etapa, la de la culpa ¿y cuál sería la tercera?
Rodrigo no contestó enseguida. Me miró fijamente y levantó la pata de pollo que sostenía en su mano hasta llevarla encima de su cabeza.
─ La tercera etapa es este muslo de pollo.
En uno de los lados tenía un mordisco visible.
─ ¿Qué acabo de hacer con la pata de pollo?
─ Devorarla, como una glotona ─ contesté
─ Es en esto, en una pata de pollo mordida en lo que nos convertimos los sidosos en la tercera etapa. El pitillo desde mi sagrado culo sigue explicando. Primero viene la desesperación, después la abstinencia en que una piensa que haciéndose monja el SIDA va a pasar... y por supuesto, no pasa. Entonces una mañana, al despertar, llega la iluminación. Los cielos se abren y vemos la epifanía Una voz en tu interior te dice la verdad. Una voz que repite la frase: El SIDA te convierte en un ser elegido.
Delicia y yo nos miramos.
─ Todavía no entendemos. Explícate mejor.
─ El mundo se derrumba y necesita víctimas. Es entonces cuando llegamos los sidosos. Nos sacrificamos para que el cosmos continúe. La enfermedad nos llega porque nuestra sensibilidad es mayor que la de los demás y debemos redimir al planeta...
Rodrigo se interrumpió para terminar de arrancar con sus dientes la carne de la pata de pollo. Delicia y yo habíamos dejado de comer y lo mirábamos atentos.
─ Se preguntarán cómo pensamos redimir al mundo. Somos sensibles, buenos, considerados y por eso sufrimos el SIDA. Dicen los Evangelios apócrifos que en la última cena los discípulos comieron el cuerpo de Jesús. Si a nosotros nos devoraran públicamente todo podría cambiar. Imagino una enorme plaza en la que nos ensarten como lo hicieron con este pollo, mientras la gente espera que le sirvan un pedazo. Ya los escucho: ¡Una patita de Clemente...! ¡Una pechuguita de Pavlova!.. Un bracito de Jacqueline...! ─ Rodrigo nombró a amigos y conocidos que tenían SIDA ─ Y cuando la multitud nos haya comido, sonreirán beatíficamente, ya que habrán incorporado a sí mismos el alma y el cuerpo de seres puros.
Delicia me miró interrogante.
─ Es interesante lo que propones ─ comentó ─ ¿Ya lo hablaste con tu psicóloga?
─ Hace tres meses que no veo a mi psicóloga
Mordí mis labios de Marlene Dietrich. Recién me enteraba de aquello. Al ver que Delicia y yo no comíamos, Rodrigo levantó rápidamente los platos.
─ Estoy ansiosa por que prueben el postre. Quiero saber qué opinan sobre la exquisitez preparada con mis propias manos...
Cambió de cubiertos, puso la Marcha Nupcial y trajo la torta caminando con gestos solemnes. Encima de la crema blanca había una muñequita vestida de novia. Por un pliegue del traje, a la altura de sus nalgas, asomaba un palillo simulando un sorbete.
─ Ahora, desde mi sagrado culo, el pitillo les dice que disfruten, que agudicen sus paladares con el sacro manjar aquí presente...
Cortó la torta y empezamos a comer. La cubierta estaba deliciosa. Rodrigo nos miró sonriente. Al llegar al relleno, por debajo de la esencia de frutilla y el azúcar impalpable, sentí un extraño gusto salado. Miré a Delicia que seguía masticando sin sospechar nada. Rodrigo había dejado de comer y sonreía, esperando mi pregunta.
─ ¿Qué le pusiste al relleno?
Antes de responder, hizo sonar otras tres veces la cuchara contra el cuello de una botella.
─ Patricio, querida, acertaste en la pregunta. Siempre dije que eras una filósofa oculta, ya que la función de los grandes pensadores no es resolver problemas sino plantearlos. El pitillo que tengo en el culo les va a revelar el secreto de la torta. El mismo se remonta a la última crisis que tuvimos, durante la cual llegué a masturbarme hasta cinco veces por día.
─ ¡Pobrecita! ─ interrumpió Delicia con la boca llena del relleno rojo.
─ Eso no es nada. ¿Qué hacía yo con mi semen? ¿Lo botaba al sanitario? ¿Lo recogía en toallitas desechables y lo arrojaba a la basura? ¡Nada de eso! Lo guardaba en frasquitos sellados que acumulaba en un rincón de la nevera. Ahora los he mezclado con esencia de fresa, azúcar, unos chorritos de mi sangre y se los he servido a mis amigos más queridos, los privilegiados. Tendrán la oportunidad de comer a un sidoso, a alguien de la raza elegida...
Al escuchar esto, Delicia se incorporó y miró a Rodrigo con incredulidad. Tuvo una arcada, se llevó la mano al estómago, caminó hacia el baño, pero no pudo contenerse y vomitó sobre el linóleo. Se sentó en el suelo, sosteniendo la cabeza con las manos. Sentí que mi estómago se revolvía.
─ Rodrigo, tú estás loca ─ traté de mantener la calma, sin alterar mi tono de voz. Más allá, Delicia volvió a vomitar ruidosamente
─ ¿Cómo puedes hacernos esto? ─ pregunté mientras tragaba saliva. Sin responder, Rodrigo me miró sonriendo, masticando su trozo de pastel y llenándose la boca con su sangre y su semen.
─ ¿Qué pasa? ¿Es que rechazan la pureza? ¿Es que rechazan mi cuerpo y mi sangre? No es mucho lo que voy a vivir, así que tendrían que masticarme como si fuera la Ultima Cena; al menos, como si comulgaran en la iglesia. Nadie se imagina a María Magdalena vomitando el pan y el vino ofrecido por Jesús.
Delicia lloraba en silencio. Quizá la compasión y el cariño que sentí por ella en ese momento, fueran el disparador de lo que ocurriría luego. Me controlé pensando que aquel Rodrigo de ojos brillantes y pupilas dilatadas era un enfermo.
─ ¿Cómo nos hiciste esto? Tú sigues cursos de prevención. Eres cuidadoso en evitar el contagio...
─ ¿Es que acaso no están dispuestos a compartir conmigo la Enfermedad del Final del Siglo?
─ ¡Claro que no!
─ ¡Entonces me rechazan! ¡No soy más que una pobre chica discriminada por quienes se llaman mis mejores amigos, mi familia...!
─ ¡Y qué quieres, estúpido! exclamó Delicia levantando la cabeza ─ ¡Nos das a comer tus asquerosidades y pretendes que te levantemos un monumento!
Tomó un tenedor y se lo arrojó sin dar en el blanco.
─ ¡Rechazado y muerto! ¡Rechazado y muerto...! ─ Repitiendo esto y gesticulando, Rodrigo entró a su habitación y cerró con un portazo.
Me acerqué a Delicia que había vuelto a llorar. La abracé.
─ Está enfermo, drogado. No sabe lo que dice.
Ella me miró con ojos implorantes y tomándome ambas mejillas me dio un beso en la boca.
─ ¡Ya veo cómo se unen para relegarme y agredirme...!
Rodrigo había vuelto a abrir la puerta y nos miraba.
─ ¡La estoy consolando por lo que acabas de hacer...! ─ Alcancé a gritar antes que cerrara con un golpe. El espejo en la puerta reflejó mis labios de Marlene Dietrich con la pintura corrida.
Llevé a Delicia a la cocina y preparé té. Lo bebió en silencio mientras yo me quitaba la peluca y limpiaba el maquillaje.
─ ¿Te das cuenta de todo lo que sufro? ─ pregunté con tono dramático
Ella dejó la taza y acarició mi cara. Estaba pálida y hermosa.
─ Quiero que hagamos la sesión de fotos en la playa como me sugeriste hoy.
La acompañé hasta afuera
─ ¿No vas a pedirme que siga con Rodrigo? ¿No vas a aconsejarme que salve la relación...?
Me interrumpió con otro beso en la boca.
─ No me importa si Rodrigo nos ve. Mañana voy a estar ocupada, pero luego, todo el tiempo será nuestro ─ antes de irse pasó el dorso de su mano por mi ingle.
6
Esa noche y al día siguiente sólo me levanté de la cama para ir al baño y comer algo.
A diferencia de otras veces, no lamenté lo terrible de los días por venir en medio de una efusión autocompasiva. Un optimismo al que no justificaba, me hacía ver el futuro como algo bueno y luminoso.
En la cocina, Rodrigo había recogido los restos de torta y lavado la vajilla. Desde su cuarto llegaban los compases de Para Elisa y un sahumerio llenaba el ambiente con olor a sándalo. Eran señales de arrepentimiento. Siguiendo los códigos, yo debía golpear en su habitación, preguntarle cómo estaba y a partir de allí reanudar todo. Un impulso de disgusto y cansancio hizo que regresara a mi dormitorio.
Pasé el resto del día fantaseando sobre una vida sin Rodrigo. Podría comunicarme con sus parientes, exigirles que se ocupen de él y trasladarme a un apartamento más pequeño.
Esa noche, cerca de las diez, me levanté para comer, cuando escuché que llamaban a la puerta. Estuve a punto de atender, pero dejé que lo hiciera Rodrigo. En un estrecho pasillo que comunicaba mi dormitorio con la cocina, podía escuchar lo que ocurría en la sala. A la segunda vez que sonó el timbre, Rodrigo abrió y escuché la voz excitada de Pavlova.
─ Estoy muy deprimida; hoy no te puedo atender. Te pido que te vayas, Pav.
─ ¡Dónde está el loco!
Tardé unos segundos en advertir que el loco era yo.
─ Patricio también está deprimido por algo muy feo que le hice y quiero portarme bien. Por favor, Pav, no insistas.
─ Cruno se sacrificó para darme blanca de la buena. Es la que usa Palomo que cumplió cinco años con SIDA. Se la aplica y no le pasa nada. Es más, parece que le hace bien.
─ No insistas, Pav.
En puntas de pie, miré por las ranuras del respiradero. A pocos metros vi a Pavlova con el pelo cortado a lo Punk y el rostro pálido. Abría y cerraba el ojo izquierdo, mirando a Rodrigo con expresión desencajada. De pronto tomó su mano.
─ Te doy una dosis si me la chupas. Va a ser como siempre, te va a gustar...
Rodrigo contestó algo en un susurro y alcancé a ver que sollozaba. Pavlova levantó su brazo. Por un momento pensé que acariciaba su cabeza, pero lo había tomado de los cabellos mientras que con la otra mano le tapaba la boca. Forcejearon, hasta que con un aullido de triunfo, Pavlova se separó sosteniendo un mechón con su trozo de piel. Rodrigo gritó mientras la sangre cubría su cara, ensuciaba sus ropas y llegaba al piso.
─ ¡Ahora mírame bien, hijo de puta!...
Estaban junto a la rejilla y por un momento pude ver la cara deforme de Pavlova, los labios torcidos y los ojos muy abiertos. Corrí hacia la entrada a la sala donde una cortina de abalorios evitaría que pudieran verme. Rodrigo seguía llorando y gimiendo. Arremangado, Pavlova inyectaba en su brazo una dosis de heroína.
─ ¡Esto era para ti! ¡Desgraciado! ¡Enfermo! ¡Marica! ¡No sirves para nada...!
Rodrigo intentaba explicar algo con voz aguda, pero no se entendían sus palabras. Era de suponer que aquellos gritos me habían despertado por más profundo que fuera mi sueño. Irrumpí en la sala.
─ ¿Qué está pasando?
Pavlova se abalanzó sobre mí y su trompada me hizo ver relámpagos azules.
─ ¡Cornudo! ¡Cornudo y apaleado! ¡No eres otra cosa!
Caí sobre los sillones del comedor y lo escuché salir dando un portazo. Me levanté aturdido, con un fuerte dolor en mi maxilar y en mis muelas. Sentí consuelo al pensar que aquello era un paso acelerado hacia el fin. Rodrigo lloraba a los gritos y me acerqué a él. Con un pañuelo intenté enjugar la sangre de su cabeza.
─ ¡Rechacé la droga que me ofrecía y me negué a follar con él!
Miré a la mesa y advertí que, en medio de su furia, Pavlova había olvidado una bolsita con cocaína. La tomé y la guardé en el bolsillo sin que Rodrigo me viera. Pensé que quizá fuera el momento de irme, pero no lo podía dejar herido y llorando. Lo abracé.
─ No te preocupes. Nos queremos y eso es lo más importante...
─ Hay algo que quiero preguntarte ─ Rodrigo se sonó la nariz ─ La otra noche me pareció que tú y Delicia se estaban besando..
─ Así fue
─ ¿Y cómo debo tomarlo?
No contesté enseguida. Busqué desinfectante y vendas para emplastar la herida. Me senté en una silla junto a él y lo acomodé en mis rodillas
─ ¿Cómo quieres tomar el beso entre Delicia y yo?
─ No sé. Tú me dirás.
Era la oportunidad de cambiar todo, de cerrar aquel círculo. Mi voz tembló de júbilo
─ Delicia y yo somos amantes.
─ ¿Cómo...? ─ Rodrigo se incorporó ─ ¿Estás loco?
Negué con la cabeza.
─ Hace diez días, cuando estabas en la clínica, follé con Delicia. Fue magnífico, mejor que cualquiera de nuestras relaciones.
─ ¡Y eres tan cínico que me lo confiesas...! ¡No te creo! Te estás vengando de lo que pasó la otra noche, y de algún modo tienes razón. ¡No te creo en absoluto!.
─ Entonces, acompáñame al laboratorio.
Rodrigo me siguió temblando Abrí las gavetas donde guardaba el álbum de secuencias en el que aparecía desnudo encima de Delicia mientras le apretaba el cuello. Sus ojos se abrieron a medida que pasaba las fotografías.
─ ¡Me engañaron! ¡Me engañaron! ─ tomó el álbum y lo arrojó a un costado ─ ¡Claro! ¡Una pobre enferma!
Saboreaba el júbilo como a una suave descarga de electricidad. Rodrigo se incorporó sin dejar de mirarme con ojos trágicos y se encerró en el baño. Eso también era parte del código. Luego de cinco minutos, yo debía golpear preguntando si estaba bien. Al no recibir respuesta, le pediría que no hiciera locuras. Mis golpes debían ser cada vez más fuertes hasta amenazar con romper la puerta. Finalmente tomaría otra llave y encontraría a Rodrigo con las venas cortadas. En la clínica lo atenderían sin preguntas, teniendo en cuenta que el pago de la atención iba a ser al contado, además de las escandalosas propinas que recibirían las enfermeras.
Esta vez traje una silla y me senté frente a la puerta. Pasaron los cinco minutos y miré con atención el extraño dibujo que producían las luces al mezclarse con el vapor. A los diez minutos escuché ruido de agua. Nunca había tardado tanto en socorrerlo.
─ ¡Patricio! ¿Estás ahí? ─ preguntó a los quince minutos. Seguí sin contestar y volví a escuchar ruido de agua.
─ Patricio, el agua de la bañera se está llenando de sangre y no puedo detener la hemorragia... me tienes que hacer un torniquete.
Los minutos pasaron y con una tranquilidad que me asombraba, encendí un cigarrillo.
─ ¡Patricio! ¿Es que no te importa? ¿Qué piensas hacer?
Tampoco contesté; por primera vez la voz de Rodrigo pidiendo ayuda me llenaba de alegría.
─ ¡Esta vez voy a morir en serio...!
Acompañando estas palabras, el agua espumosa y rojiza se filtró por debajo de la puerta. En un rincón de la cocina guardaba una llave maestra con la que abrí la puerta del baño. La bañera parecía rebalsar de sangre. Rodrigo estaba desnudo, con los brazos abiertos y las clásicas heridas en las muñecas. No podía sostener la cabeza y sus ojos estaban vidriosos. El sexo colgaba entre sus piernas como una pequeña ubre y su cuerpo lampiño era el de un andrógino.
Recordé el libro Confesiones de una máscara de Yukio Mishima. El autor confiesa que su despertar sexual fue al ver la imagen de San Sebastián con las flechas clavadas en el tórax, y la mirada hacia arriba en un éxtasis celeste. Ahora Rodrigo yacía dentro de la tina con los brazos abiertos. Los ojos en blanco miraban al techo trasuntando muerte. Quizá fuera mi propio despertar sexual.
Lo saqué de la bañera y lo acosté boca abajo en el piso del baño, de goma roja y acanalada Me quité la bata.
─ No te preocupes Todo va a salir bien.
─ Apúrate... llama a la clínica por favor ─ pidió con voz débil.
Limpié lo que pude de la sangre y me acosté sobre él, procurando que mi miembro estuviera a la altura de sus nalgas.
─ ¿Qué estás por hacer...? ─ intentó separarse, pero no tuvo fuerzas ─ Patricio, por favor. Esto es serio. Voy a morir.
Era un andrógino a mi merced. Imaginé que yo era el primer hombre en su vida y que me ofrecía sus primicias suaves y tersas. La tibieza de la carne. La fuerza de la vida unos momentos antes de la muerte. Al penetrarlo sentí en mi miembro la textura húmeda y resbaladiza de la sangre y el agua. La muerte era una línea luminosa estallando en un punto del que no había regreso.
─ ¡...a la clínica! ¡Llévame a la clínica! ─ alcanzó a decir en medio de un estertor. ─ ¡No vas a follarme ahora!
─ Al morirte tu fuerza pasará a mi cuerpo y podré utilizar tu nombre para tener poder en este mundo ─ dije en su oído con un susurro jubiloso.
─ ¡Patricio! ¡Estás loco...!
Gimió cuando atravesé el esfínter. Sus manos se crisparon y aflojaron clavando sus uñas en el piso de goma. Disfrutaba y la agonía se mezclaba con el placer.
En el momento de los estertores eyaculé largamente, como si me precipitara desde una cima y abriera mis brazos al abismo azul. Fue una explosión ardiente y dolorosa en la que rompí todas las vallas Mi último espasmo coincidió con su muerte.
Quedé jadeando encima de su cuerpo y unos segundos después el pánico llegó como una ola negra. No lo había matado, pero no había evitado su muerte y podrían condenarme por eso.
Me incorporé y el miedo cedió al ver su cadáver. Pálido, yacente, como Cristo al ser bajado de la cruz. Tenía los labios entreabiertos y sus ojos estaban entornados. Examiné la punta de su pene, pero no pude precisar si había eyaculado.
Con los brazos abiertos y la huella de sangre que dejaban sus arterias rotas, era la imagen del despojo, del desamparo. Busqué la cámara y tomé fotos. Distintos ángulos, procurando reproducir el Cristo de Dalí. Encontré un globo terráqueo y lo acomodé bajo juegos de luces, para que a sus pies pareciera que se abrían el cielo y las aguas.
Después me ocupé de borrar las evidencias y lo primero que hice fue limpiar con un trozo de papel un goterón de semen que asomaba entre sus nalgas.
Lo llevé hasta la bañera cuidando que quedara boca arriba, con los brazos abiertos. Limpié el resto del baño, botando los trapos manchados con sangre. Estaba terminando, cuando escuché que abrían la puerta con violencia. Caminé a la sala y encontré a Pavlova. Se abalanzó sobre mí, me tomó del cuello y gritó junto a mi cara.
─ ¡Quiero lo mío! ─ la mitad izquierda de su rostro temblaba con violencia. ─ ¡Quiero lo mío! ¡Hoy dejé una bolsa con blanca de la buena! ¡La quiero ya...!
Me había levantado en vilo y hablaba junto a mi nariz. Olí su aliento a acetona.
─ ¡La quiero!
Me arrojó hacia la puerta y debí sostenerme del picaporte para no caer. Traté de responder con tono tranquilizador.
─ Nadie discute que sea tuya; la vas a tener enseguida...
Ya junto a la salida del apartamento, saqué del bolsillo la bolsita con droga y la arrojé sobre la mesa. Al ver que Pavlova se abalanzaba con un rugido, salí rápidamente y cerré con llave desde afuera. Unos segundos después escuché sus golpes y sus gritos. Ordenaba que abriera. Me tranquilizó recordar que la puerta era blindada y no la podría romper.
Segunda parte
7
─ Monseñor, usted y yo coincidimos en mantener el orden establecido, en fomentar el desarrollo de las instituciones y en castigar a quienes, con propósitos inconfesables insisten en derribarlo. Entonces, también coincidirá conmigo en que no hay valores, que se han ido. No importa dónde, lo cierto es que nos reunimos en el andén para decirles adiós con un pañuelo.
La fiesta había sido un éxito. Había cientos de invitados y todos los representantes de la prensa local y extranjera. Yo debía estar con ellos, pero me fascinaba la discusión entre el Ministro del Interior y el Obispo
─ Las familias educan un niño con valores pero cuando llega a la adolescencia descubre que lo han estafado, que no se encuentran o son obstáculos para la vida y entonces da rienda suelta a sus instintos. A veces para bien, a veces para mal… no me diga nada, monseñor, es así. No todo en esta situación es malo. Por razones económicas o demográficas, a veces el gobierno decide matar algunos miles de personas, y este devalúo de la vida humana, nos favorece cuando deben actuar los tecnócratas.
El Ministro tenía sesenta años. Calvo, delgado y elegante, al hablar se acercaba demasiado a la cara del obispo. El religioso, vestido con su hábito, se limitaba a mirarlo fijamente. Sólo movía la mano para secarse del rostro las gotas de saliva que llegaban de su boca.
─ Drogas, sexo y todo tipo de muertes son bienvenidas en mi ministerio, señor obispo. Habrá visto esas mujeres que manifiestan reclamando ser víctimas de un asesino que está en la cárcel. Yo las felicito. De poder hacerlo, les diría pasen chicas, pongan sus cuellos en las manos de este loco. Un país cuya población disminuye, se puede gobernar mejor, y la muerte es el mejor instrumento que disponemos. Ya decía Malthus: El hambre mata al hambre. Debiera alegrarse, señor Obispo… Brinde conmigo por la sociedad del absurdo.
El mozo me avisó por segunda vez que los periodistas requerían mi presencia. Les mandé a decir que esperen. Hacerse desear era el distintivo de estar en la cima.
El obispo replicó con voz atiplada.
─ Creo que usted como funcionario del gobierno debiera cuidar antes que nada el bienestar de la población, señor ministro. Es cierto que las personas se matan entre ellas porque son conducidas por las mentiras y se drogan para escapar equivocadamente de un infierno. Usted, ministro suena como un nihilista y recuerde la frase de Turguenev, Un Nihilista es una persona que no se somete ante ninguna autoridad, es aquella que no acepta ningún principio basado en la fe, por más que este sea venerado. Sé que su cargo lo lleva a presenciar cosas que son desalentadoras, pero le pido que reflexione. Si faltan esos valores básicos, falta la vida.
─ Claro que falta la vida, monseñor, estamos de acuerdo. Usted ha leído a Nietzche. Él dice que Dios ha muerto y que a partir de entonces, todo está permitido. Eso es lo que vemos, muertes absurdas, cosas que nunca antes habían ocurrido. Le repito, hay casos en que las propias víctimas son cómplices de los asesinos.
El sacerdote iba a contestar, pero el ministro se dirigió a mí, interrumpiendo la discusión.
─ Supongo que no se ofenderá si le pido a la novia unos momentos.
Asentí con una sonrisa. El funcionario se acercó a Delicia que estaba supervisando los canapés, la tomó de la mano y la llevó al fondo de la casa quinta. Desde lejos vi como hablaba con mi esposa, sosteniendo sus manos, sonriendo y mirándola a los ojos.
Delicia estaba hermosa. Llevaba un vestido beige de brocado, con detalles de brodery rojo. El peinado simple, inocente y candoroso, aumentaba su belleza. Asentía, visiblemente incómoda, mientras el Ministro hablaba cada vez más cerca de su rostro. A ella también le caería la lluvia de saliva. Finalmente pudo deshacerse del político y se dirigió a mí.
─ Antes de ir a casa pasaremos por el cementerio ─ dijo tomándome del brazo.
Ya era de madrugada y nos despedimos de los padres de Delicia y de los invitados. Conduje el Toyota que había reemplazado al Renault y nos dirigimos al cementerio privado donde estaba la tumba de Rodrigo. Los bordes de la lápida en forma de volutas, asomaban de la tierra.
Mientras Delicia arreglaba las flores, recordé aquella noche. Desde la casa de los vecinos, llamé a la policía. Pavlova tenía un pedido de captura por tráfico de drogas y lo detuvieron enseguida. Yo quedé libre en unas horas, luego de declarar. La muerte de Rodrigo fue considerada suicidio y no hubo detectives brillantes que establecieran incongruencias en mis afirmaciones. Tampoco se presentaron parientes desconsolados para exigir una autopsia del cadáver o nuevas investigaciones.
Aseguré que en la mañana había salido sin saber que Rodrigo estaba en la casa y que al volver encontré la puerta cerrada y Pavlova en el interior. Nadie preguntó cómo había hecho el traficante para cerrar herméticamente sin disponer de otra llave. Lo condenaron desde el principio y el proceso fue sólo una formalidad. Los mismos maleantes con los que traficaba estaban cansados de su conducta y habían retirado su protección.
Jueces, fiscales, comisarios, todos consideraban lo ocurrido como cosas de drogadictos y maricas. Me salvaba disponer de un trabajo estable, ser reconocido como un excelente profesional y más que nada el testimonio favorable de Delicia Petunia Kolonsky, la hija de un reconocido empresario y político de prestigio nacional. Nuestro compromiso se anunció una semana después de la muerte de Rodrigo.
─ Quiero que repitas lo que acordamos ─ la voz de Delicia me sacó de mis pensamientos.
─ ¿Qué dices?
─ Que repitas ahora los puntos del convenio.
─ Te dije que estaba de acuerdo.
─ No basta con eso. Hoy es el día de nuestra boda y estamos frente a la tumba de Rodrigo. No importa lo que haya hecho. Fue nuestro amigo más querido. Reiterar nuestras promesas en su presencia, garantizará que las cumplamos
Delicia levantó su pequeño pulgar para enumerarlos. Suspiré con resignación.
─ Primero, no dejaremos de enviar fotografías a Pablo.
Levantó su dedo índice.
─ Segundo: cuando estemos haciendo el amor te vas a imaginar que soy Pablo y que está a punto de matarte
Levantó su dedo mayor.
─ Tercero: si alguna vez Pablo llegara a aparecer, yo me retiro y te quedas con él.
Este último punto era inverosímil, ya que la Cámara Penal había dictado prisión perpetua sobre el necrófilo por la cantidad de crímenes y la crueldad con que los había cometido.
Delicia y yo habíamos preparado cinco pequeños álbumes de fotografías, tres de ellos fuera del estudio, en la playa, el bosque y la montaña. En cada secuencia habíamos agregado detalles que la mejoraban, como la explicación de la historia y de cada una de las fotos en una coqueta y delicada impresión pegada en la parte interior de las tapas.
Conseguí sangre artificial y vísceras de plástico para simular el destripamiento de Delicia y disfraces para mí. Tomé un par de cursos de especialización en el arte del disfraz y compré máscaras, prótesis y elementos sofisticados a fin de personificar a hombres diferentes.
Los argumentos eran cada vez más sórdidos. Había uno de ellos que considerábamos el mejor, en él contábamos en fotos la historia de un asalto a un matrimonio, un hombre mayor y una mujer joven. Al entrar, el atracador amarraba al hombre a una silla y lo obligaba a presenciar la violación de su esposa, la que descubría placer en la relación con el maleante y hacía con él cosas que había negado al marido, como pedir que la sodomizara. Gozaba tanto que perdía el control y se corría ostensiblemente varias veces. Al irse el ladrón, el marido furioso, mataba a la mujer mientras la penetraba.
Sentía placer al repasar esa secuencia y comprobar la perfección de mis disfraces. Durante las tomas, Delicia se excitó de tal modo que tuvo varios orgasmos no fingidos y la cámara registró sus expresiones.
Cumpliendo con el segundo punto del convenio, cuando hacíamos el amor, Delicia imaginaba estar con Pablo. Siguiendo la costumbre de mi convivencia con Rodrigo, yo solía disfrazarme de mujer y aprovechaba el parecido con mi esposa (ambos teníamos el cabello castaño, los ojos verdes, el mismo grosor de labios y la forma de la cara) Con el maquillaje y el artificio del disfraz, parecía su gemela. Era una fuente de placer imaginarme muerto en los brazos del necrófilo con el cuerpo de mi esposa.
Esa fantasía creció y se convirtió en el motor de mi sexualidad. En los momentos de descanso, cerraba los ojos, imaginaba ser Delicia, y competía con ella en recibir las atenciones y la violencia de Pablo Zoilo Cardón. Entonces la buscaba y teníamos una fogosa relación.
Como regalo de boda, mis suegros nos obsequiaron una casa de dos plantas con jardín y piscina en un barrio residencial de las afueras. El día de nuestra boda, después del juramento frente a la tumba de Rodrigo, nos trasladamos allí. Uno de los cuartos de la planta alta sería usado como laboratorio y quedaban vacías dos piezas de servicio con las correspondientes cocinas y baños. Con Delicia habíamos acordado no tener servidumbre, para evitar problemas con las sesiones de fotos.
Al instalarnos en la casa, mi esposa me mostró con gestos solemnes un bolso rojo lleno de frascos muy pequeños con forma de biberón y otros tantos muñecos de plástico.
─ Hay trescientos sesenta y cinco botellas y muñecos ─ explicó mientras metía uno de ellos por la boca del envase de vidrio ─ Cada día del año en que seamos felices, guardaré un andrógino en la botella.
Examiné el juguete y advertí que tenía un falo erecto, casi tan grande como su cuerpo. Se prolongaba en un par de testículos debajo de los cuales se abría una vulva. En el pecho, sobresalían un par de senos prominentes.
Dos días después de llegar a la casa, Delicia se comunicó con su amiga, la abogada de Pablo y cuando colgó me besó con más pasión que otras veces.
─ Carola me consiguió otro permiso para entrevistarlo. Me esperan en el penal mañana a las ocho.
Hasta el momento habíamos podido enviar los cinco álbumes de fotos, asegurándonos que los recibiera como paquetes confidenciales. Luego de cada remesa, esperábamos conductas extrañas de Pablo que tomaran estado público, pero el silencio había sido total.
Con aquel permiso podría entrevistarlo y evaluar sus reacciones al recibir las fotos.
Nos levantamos muy temprano, la ayudé a maquillarse y a elegir un vestido. Nos decidimos por uno de voile con galones azules. La peiné cuidadosamente, sintiéndome tan excitado como ella.
La despedí y tres horas más tarde volvió con aspecto abatido.
─ No me quiso recibir ─ dijo apenas me vio en la puerta
─ ¿Cómo dices? ¿Estás segura?
─ El guardia, el oficial, todos fueron muy amables y me pidieron disculpas explicándome que el detenido no quería atenderme, sin dar ninguna razón...
Se echó a llorar y yo la consolé abrazándola y acariciando su cabeza. Cuando se tranquilizó analizamos qué razones podría tener Pablo para negarse a verla. De haberse convertido a alguna religión que incluyera abstinencia sexual, nos hubiéramos enterado.
─ Él sabe que tu presencia puede excitarlo hasta perder el control. Debe temer un nuevo escándalo que lo comprometa aún más ─ reflexioné.
Ese razonamiento serenó un poco a Delicia y al día siguiente montamos otra secuencia de fotografías. Hacia el fin de aquella semana se la enviamos por medio de Carola, la abogada quien afirmó haberle entregado el paquete en sus propias manos.
Fuimos de luna de miel al Caribe. En el viaje tuve la idea de disfrazarme de Pablo. Delicia casi enloquece de alegría. Al regresar, y sin deshacer el equipaje, inicié los preparativos para una secuencia de fotos en la que yo debía actuar de necrófilo, pero descubrimos que no sabíamos cual era su apariencia. El tema parecía sencillo, pero se complicó hasta ser la única discusión importante en nuestro matrimonio.
Recordé que cuando ella fue por primera vez a la cárcel, lo describió como alto, con el cabello largo y los ojos penetrantes. Ahora, al preguntarle, agregaba que era muy joven, casi un chico, pero, al revisar los recortes guardados y clasificados, descubrí dos fotos totalmente distintas. Una tenía como epígrafe: Un retrato del terrible asesino y aparecía la mitad del cuerpo de un hombre de cincuenta años, calvo, con el labio inferior levemente caído. En otro periódico de fecha próxima, bajo el epígrafe Aspecto del horrible necrófilo Pablo Zoilo Cardón, mostraban la fotografía de un sujeto de treinta años, con cabellos cortos y un par de gruesos anteojos
Aquella tarde, Delicia estaba recostada y leyendo. Llegué hasta ella y le arrojé furioso los recortes.
─ ¡No puede ser que los dos estemos pendientes del mismo hombre y no sepamos qué aspecto tiene! ¡Eres una indolente, una despreocupada! Tu descripción cuando lo conociste en la cárcel no tiene nada que ver con estas fotos. ¿Es que existe realmente este personaje al que tanto admiramos? ¡No lo han filmado, no lo han fotografiado, no fue reporteado en televisión! ¡En consecuencia no es real...!
Me detuve al verla llorar.
─ A mí me lo presentaron y lo vi como te dije...
Terminamos la discusión estableciendo que la verdadera imagen de Pablo era la que tenía Delicia. Dibujamos bocetos, improvisé un disfraz y elaboramos una secuencia de fotos en las que un presunto asesino entraba por la ventana, violaba a Delicia y la mataba en el momento del orgasmo. Mi esposa permaneció pensativa y su actuación no fue tan intensa como otras veces.
─ No saber cómo es Pablo me preocupa. Reconozco que la primera vez que fui estaba muy excitada. Podría ser como en cualquiera de estas fotos o diferente.
El problema la turbaba hasta hacerle perder el apetito y el entusiasmo. A fin de sacarla de aquel estado, perfeccioné mi disfraz de ella misma. Conseguí prótesis que se correspondían con las medidas exactas de sus glúteos, pechos y cintura, logrando un cuerpo idéntico al suyo. Podía usar su ropa con modificaciones muy pequeñas, y en cuanto a sus rasgos, diseñé mascarillas de goma de las que usan los actores profesionales. Compré prótesis muy pequeñas que subían o bajaban en milímetros partes del rostro, como los arcos de las cejas y el mentón. Encontré una peluca con el mismo volumen que el cabello de Delicia y finalmente conseguí una colección de zapatos exactamente iguales, sólo que dos medidas más grandes.
En cuanto a la voz, acudí a una reeducadora de las cuerdas vocales, explicando que quería lograr registros femeninos para trabajar en una obra de teatro. Luego de muchos esfuerzos, logré un timbre casi idéntico al de Delicia, sólo que un poco más grave. Mi teoría era que imitando sus formas, nadie escucharía la voz.
A mi esposa la divertían mis intentos de imitarla. Me ayudaba a maquillarme, arreglaba mi ropa, hasta que un día decidí salir a la calle imitando su forma de caminar y sus gestos. Los hombres me miraban y a veces me seguían como a una mujer hermosa.
Otro día caminamos por el centro de la ciudad vestidos con prendas idénticas, Delicia compró un perfume y lo olvidó deliberadamente. Enseguida entré yo en el comercio y la empleada me lo dio sin dudar que se tratara de la misma persona. Salí triunfante con el perfume y caminé hacia Delicia que me esperaba en la esquina. La gente se detuvo a mirar aquellas dos mujeres idénticas, abrazadas y riendo en mitad de la acera.
8
En esa época el prestigio profesional de Delicia como modelo había aumentado y noche por medio debía asistir a agasajos y reuniones de prensa. Una tarde ella había salido y golpearon a la puerta. Al atender, encontré a una mujer alta, bien formada, vestida con una falda con flecos, chaqueta de cuero y una banda de tela en la cabeza, a la moda de los años sesenta. Era muy delgada y tenía la mirada triste. En sus brazos llevaba un bebé dormido.
─ Soy Claudia, la hermana de Delicia ─ Le ofrecí pasar y le serví café y torta.
─ Hace dos días que me separé de mi esposo ─ explicó mientras comía ansiosamente y daba el pecho a su niña ─ No tengo dinero ni sitio dónde quedarme y vine a pedir ayuda a Delicia.
Cuando mi esposa volvió, reconoció a su hermana y ambas se abrazaron.
─ Puedes quedarte el tiempo que quieras ─ ofreció Delicia ─ En la planta alta hay una habitación con baño; ésta es tu casa desde hoy.
Después se volvió hacia mí y me miró fijamente.
─ Quiero estar con mi hermana y no voy a ir a la cena de esta noche ─ dijo desafiante mientras abrazaba a Claudia.
No contesté. Las fiestas y agasajos oprimían a Delicia, ya que en público era tímida y le costaba hablar con fluidez. Podía expresar lo que fuera con su cuerpo y de ser necesario se exhibiría desnuda en cualquier circunstancia, pero era un esfuerzo unir dos ideas, convertirlas en palabras y exponerlas ante una audiencia.
Aquella noche, el Ministro del Interior había organizado una cena en su honor. A la misma concurrirían políticos, empresarios y más que nada productores de espectáculos. Era una reunión que nos había llevado semanas de preparativos y sería decisiva para nuestra carrera.
Mientras Claudia y la niña se instalaban en las habitaciones de servicio en la planta alta, llamé aparte a Delicia y traté de convencerla, pero siguió firme en su decisión.
─ Es mi hermana. No sólo necesita que la ayude con la vivienda y el alimento. La primera noche que viene a mi hogar, no puedo dejarla sola.
Dicho esto, subió con Claudia y la ayudó a instalarse. De pronto tuve una idea súbita. y la llamé al laboratorio.
─ Voy a ir yo a la cena.
─ Pero me invitaron a mí. Recomendaron que fuera mi imagen la que...
Se interrumpió cuando vio que tomaba la peluca que usaba para disfrazarme.
─ ¿Te animas a hacerlo?
─ ¿Cómo piensas que va a resultar? ─ Pregunté a mi vez. Antes de responder, reflexionó unos segundos.
─ Va a ser un éxito ─ dijo por fin.
─ Quédate con tu hermana; ella te necesita.
El resto del día estuve ensayando gestos, posturas, giros. Depilé mi cuerpo centímetro a centímetro, y en las primeras horas de la noche era la réplica exacta de mi esposa. Elegí un vestido de brocado negro con encaje, guantes de raso y zapatos abiertos de charol. Al salir, Claudia bajaba la escalera.
─ Delicia, ¿te vas?
─ Es por trabajo, querida - contesté sonriendo ─ Vuelvo enseguida.
Después Delicia río de su desconcierto cuando la vio llegar por otra puerta, vestida con jeans y zapatillas.
Pedí una limousine y llegué a la fiesta. La cena era en un club social y exclusivo. Sentí júbilo al pensar que las luces y el ambiente estaban preparados para mí.
El Ministro del Interior me besó en la mejilla, muy cerca de mi boca. Estaba radiante, ya que Delicia había llegado sola, sin su esposo. Me senté junto a él en el lugar de honor y hablé sobre todos los temas, luciendo encantadora. Al sentir que seducía al funcionario, mi miembro creció, pero el slip especial que llevaba bajo la trusa, evitaba que se viera el bulto.
─ Querida Delicia ─ dijo el Ministro a los postres tomándome la mano y mirándome con sus ojos vidriosos ─ A pesar de mi cargo soy un hombre sensible, preocupado por el bienestar del prójimo y créame que le serviré en lo que me pida. Este humilde lacayo se pone a sus pies.
Después de la cena bailamos y las parejas se formaron de acuerdo con un estricto protocolo. Me correspondió un futbolista atlético, de cabellos largos y rizados. Sentí alegría, ya que desde mi relación con Rodrigo no bailaba con un hombre. Se sorprendió al oírme hablar con total conocimiento de equipos, jugadores, copas y campeonatos. Tomó con fuerza mi cintura y apretándome contra él susurró cosas en mi oído. . En la tercera pieza suspiré y apoyé mi cabeza contra su pecho, pero la esposa, al advertir el juego de seducción, lo hizo llamar y nos separamos.
Regresé a casa de madrugada y subí a la planta alta. Delicia dormía en la cama pequeña abrazada a su hermana. Bajé a mi habitación y me masturbé imaginando a mi lado al futbolista desnudo.
En los días que siguieron, a pesar de nuestro fracaso por encontrar una imagen auténtica de Pablo, seguimos con los montajes fotográficos. En algunas exposiciones donde Delicia debía aparecer casi desnuda, la reemplacé colocándome en sus mismas posturas. El resultado fue excelente, ya que al examinar las copias con una lupa, no encontré diferencias.
Una tarde decidimos probar mi disfraz con Claudia. Vestir su ropa de diario era más difícil que presentarme en una reunión social. El maquillaje debía ser muy suave o no estar, y mis gestos y actitudes debían imitar los ademanes habituales de Delicia.
Después de prepararme un par de horas, me vestí con una blusa anudada a la cintura, un Jean viejo y roto en las rodillas y un pañuelo sosteniendo el cabello de la peluca. Fui hasta la pieza de Claudia, la saludé con naturalidad y le ofrecí preparar té.
Estaba informado de su historia y de las confidencias que le había hecho a mi esposa, como para no asombrarme ante nada que pudiera decirme. Cuando mi cuñada se casó, sus padres la echaron de la casa y le negaron todo tipo de ayuda. Su marido consumía drogas y ella debió trabajar durante dos años para mantenerlo. En el embarazo de Regina, su hija, el esposo trajo a su amante y exigió que vivieran los tres. Al nacer la niña, Claudia decidió separarse.
Mientras bebíamos té y conversábamos, la miré atentamente tratando de notar en ella algún gesto de asombro, pero no descubrí nada.
─ Quisiera que me cuentes algo de tu vida sexual con Patricio ─ pidió de pronto
─ ¿Qué quieres que te cuente?
─ ¿Eres feliz?
─ Claro que lo soy. Tenemos nuestros códigos que podrían parecerte extraños, pero nos llevamos bien... Me parece que hay algo que quieres comentar.
─ ¿Él no te pega?
─ Claro que no. Nunca me ha levantado una mano.
─ Cuídate, porque en el corazón de ese hombre anida mucha violencia.
Traté de convencerla de su equivocación, conversamos un largo rato y la despedí con un beso antes de volver al dormitorio sin que tuviera la menor sospecha del disfraz.
Aquel juego hizo que recrudeciera mi deseo de seguir con los montajes fotográficos y los envíos de los álbumes al penal. En cuanto a Delicia, también participaba con entusiasmo, pero había cambiado desde la llegada de su hermana. A veces en medio de un orgasmo pronunciaba mi nombre y no el de Pablo. Una noche desperté a la madrugada. Sentada en la cama, me miraba fijamente.
─ Este mes no me cuidé. Es posible que quede embarazada. ¿Qué piensas de eso?
Tardé unos segundos en contestar.
─ Deseas que Pablo te asesine y quedas embarazada. No lo entiendo.
─ Una vez me explicaste que era lo contrario. Que satisfacer a alguien permitiendo que me mate era una forma de canalizar el instinto maternal o algo así...
─ Algo así...
─ Fue la llegada de Claudia y su hija. No sé. Me dieron ganas de ser madre. Es como si dejáramos pasar otra vida que se nos escapa al pensar todo el día en la muerte
─ ¿Y qué hacemos con Pablo?
─ Ayer me habló la abogada. Consiguió otro permiso para que lo visite el próximo viernes.
Encendí la luz y esta vez yo la miré fijo.
─ ¿Qué piensas hacer?
─ En este momento no quiero ir.
─ ¿Te parece que vaya yo en tu lugar?
Mi pregunta pesó en el aire
9
Preparamos un par de montajes donde se repetía una vez más la muerte de Delicia con gran efusión de una sangre artificial que acababa de conseguir. Pensar que en las próximas horas le entregaría esas fotos a Pablo, me acercaba al delirio.
A las diez debía estar en el Penal donde se alojaba el necrófilo, pero desde las seis preparé mi disfraz. La noche anterior había cubierto mi rostro con crema hidratante para lograr una adaptación exacta de la mascarilla. Traté con cremas suavizantes mis manos, piernas y pies y luego de colocarme las prótesis, elegí un vestido de satén blanco con detalles rojos, medias de seda negra y un par de zapatos al tono. La chaqueta liviana, de un inocente gris, compensaba la sensualidad del satén.
Mi esposa me deseó suerte por décima vez, y partí al penal ubicado en las afueras de la ciudad. Tuve que dejar el coche en la entrada y caminar cerca de medio kilómetro. Un par de patrulleros pasaron junto a mí y sentí en mi cuerpo las miradas de los policías.
Durante el camino, hice ejercicios para relajarme y al llegar mostré en la recepción el documento de Delicia con el permiso firmado por el Juez autorizando la visita al detenido. Luego de unos momentos, un policía me pidió que lo siga y atravesamos varios pasillos vigilados electrónicamente. En un segundo control, volví a presentar los documentos. El trato familiar del guardia, un hombre joven, me hizo pensar que el disfraz daba resultado.
─ Vi su foto en la tapa de una revista, señorita. No quiero ser impertinente, pero ¿por qué una mujer de su clase viene a visitar a un interno como nuestro querido Pablo?
Sonreí al hombre mientras simulaba arreglarme el pelo con un gesto propio de Delicia.
─ En mis momentos libres trabajo para la Iglesia y traigo asistencia espiritual a algunos detenidos.
Más adelante volvieron a pedirme el documento y al constatar mi identidad, pasé a un cuarto como el que había descrito Delicia. De las esquinas asomaban cuatro cámaras que filmaron cerca de una hora. Un policía entró sosteniendo un par de perros enormes que me olfatearon arrugando sus hocicos. De allí pasé a lo que parecía el centro del penal, una caseta custodiada por hombres armados. Desde ese lugar se iniciaban cinco pasillos enrejados y todo estaba controlado por ordenadores. .
─ Siéntese en este pupitre ─ el policía señaló un banco estrecho en medio de uno de los pasillos ─ Traeremos al interno en cinco minutos.
Sentí pánico. En el fondo había esperado una nueva negativa de Pablo a entrevistarse con su ferviente admiradora.
─ ¿Está seguro que quiere recibirme?
─ Tiene pocas visitas y es natural que las aproveche.
Me quité la chaqueta y antes de sentarme, acomodé el vestido. Desde la caseta los policías me miraban. A los cinco minutos lo trajeron. A simple vista me pareció esposado, ya que llevaba una mano al costado y la otra detrás, pero luego supe que los detenidos debían caminar así.
Quedamos solos y se sentó frente a mí en otro pupitre. No respondía a ninguna de las imágenes que teníamos de él. Aparentaba treinta años y llevaba el cabello muy corto, como los demás detenidos. Era robusto, con mofletes hinchados y curvaba con desprecio los gruesos labios. Me miró fijamente con ojos pequeños, grises y brillantes. Yo no sabía por dónde empezar.
─ Por fin puedo verlo otra vez ─ dije en un susurro mientras pasaba mi lengua por los labios delineados con pincel. ─ Espero que haya recibido mis envíos...
─ ¡Yo creo que estás loca! ─ me interrumpió ─ ¿No se te ocurrió pensar que estoy encerrado sin poder hacer nada y recibiendo esas fotos?
Sentí Júbilo. Él mismo confesaba su excitación ante los montajes preparados durante esos meses.
─ Pienso en sus fantasías al recibirlasy eso me pone cachonda ─ afirmé con tono tranquilo.
Sus manos temblaron. Noté que estaba furioso.
─ ¿Sabes lo que voy a hacer cuando salga? te voy a follar por todas partes, te voy a matar y te voy a seguir follando muerta.
─ No me vas a encontrar...
─ Tengo mis medios para encontrarte, ¡puta!, ¡zorra!, ¡calienta pollas…!
Siguió con los insultos en voz baja, mientras yo abría la cartera de Delicia y buscaba una libreta en la que anoté nuestra dirección. Se la alcancé.
─ Aquí voy a estar. Puedes venir cuando quieras.
Pablo guardó el papel.
─ ¡Creo que estás loca! ─ repitió ─ Sé quién eres; te estás haciendo famosa y tu fotografía anda por todos lados. Si todo esto es un capricho, estás jugando con fuego Soy una caldera a punto de explotar y esas fotos son el combustible.
─ ¿Me puedes dar una foto tuya? ─ lo interrumpí sin dejar de mirarlo fijamente.
─ ¿Una foto? ¿Para qué?
─ Para que cuando esté sola pueda masturbarme mientras imagino la caldera
Pablo buscó en el bolsillo, mientras se inclinaba hacia delante y acariciaba mis muslos con la otra mano. Temblé al advertir que buscaba mi sexo. Descubriría mi miembro erecto bajo el slip que lo sostenía. Gemí al sentir aquellos dedos sobre mi pierna; al saber que con esas manos había cometido tantos crímenes. Pensé en Delicia, en su afán de que la mate y la comprendí profundamente.
Cuando los dedos de Pablo estaban cerca de mi ingle, escuché los pasos de un guardia. El necrófilo retiró rápidamente la mano.
─ ¿Quería un retrato, Delicia? ─ preguntó en voz alta con tono inesperadamente dulce ─ Aquí lo tiene...
Me alcanzó la credencial de un club con su foto a color. A pesar de su sonrisa, no podía controlar el temblor furioso de sus manos.
─ ¿Todo está en orden, señorita? ─ preguntó el guardia armado con un machete.
─ Como verá, el caballero me ofrece la credencial de un club deportivo al que pertenecía antes de ser internado en este establecimiento. Supongo que no tendrán problemas si me quedo con él.
─ Ningún problema. Tenga en cuenta que faltan pocos minutos para que termine la visita..
─ Está bien ─ siguió Pablo cuando quedamos solos ─ Por ahora llévate mi foto, pero no te asustes si en algún momento aparezco en persona.
─ ¿Y qué harías?
─ Ya lo dije, matarte.
─ ¿Y cómo me matarías?
─ ¡Eso es lo que quieres saber, puta! ¡Así te podrás masturbar entre sábanas de seda mientras yo tengo que hacerlo en la mierda de mi celda! Como anticipo te digo que podría desnucarte, cortarte el cuello, las tetas; meterte una cuchilla por el coño y sacártela por el ombligo...
Con cada descripción, Pablo levantaba la mano y señalaba en él la respectiva parte del cuerpo. Sentí un vértigo insoportable y me incorporé.
─ Creo que se acabó la visita ─ dije.
Le di un beso en la mejilla, cerca de la boca, apretando con disimulo mis pechos artificiales contra él.
A la salida, después de atravesar los túneles enrejados, pedí permiso para pasar al baño. Levanté el vestido, bajé la trusa, el slip especial y con las toallas de papel que guardaba en la cartera de Delicia, limpié el semen de las dos eyaculaciones que había tenido mientras hablaba con Pablo.
10
Al contarle mi experiencia a Delicia y mostrarle el verdadero rostro de Pablo, su sexualidad recrudeció. Esa tarde, cuando estábamos solos y le narraba por quinta vez mi encuentro, me interrumpió pidiendo que le chupara el coño. Apenas mi lengua rozó el clítoris, se corrió varias veces conteniendo los gritos. Esa noche hicimos el amor hasta la madrugada, y despertamos al mediodía.
En los días siguientes hubo una gran afluencia de trabajo. La capacidad de Delicia era asombrosa y después de jornadas de hasta doce horas, nos dedicábamos a las sesiones de fotos para el necrófilo que terminaban en fogosas relaciones.
A pesar de la actividad, mi esposa buscaba tiempo para estar con Claudia que se había adaptado a nosotros. Sabía cantar y Delicia contrató un profesor que daba lecciones en el domicilio. Al trabajar escuchábamos en el otro cuarto hermosas canciones entonadas con su voz blanca, inocente, sonora. Regina en tanto seguía creciendo y Delicia pagaba el mejor pediatra de la ciudad.
Muchas noches, al terminar el trabajo, cenábamos en el comedor del primer piso. En verano, nos quedábamos hasta tarde en el parque, cerca de la piscina, donde leíamos, jugábamos a las cartas o simplemente escuchábamos la voz de Claudia.
Uno de los primeros días de febrero, desperté y no encontré a Delicia. Subí a la habitación de Claudia, quien estaba con el profesor de canto. La había escuchado irse temprano, pero no sabía dónde. Volvió al mediodía con una expresión de furia y desesperación.
─ ¡Estoy embarazada! ─ arrojó su cartera sobre la mesa del comedor y me alcanzó el resultado de los exámenes. ─ No te lo quise decir antes porque no estaba segura.
Me encogí de hombros.
─ Es natural, con todo lo que follamos y sin cuidarnos
─ Pero de acá a un mes voy a parecer una bola. Tendremos que dejar el trabajo.
Delicia tenía razón y me asombré de mi indiferencia. Le acaricié los cabellos.
─ No te preocupes. Ya se nos ocurrirá algo.
Con la noticia del embarazo, se desató su afán sexual y destructivo. Por primera vez desde que empezáramos con las sesiones de fotos, suplicó que la lastimara, golpeándola o hiriéndola. Al principio probé pequeños tajos en la espalda con una cortaplumas muy afilada. Ella gritó y me arañó en medio de múltiples orgasmos.
─ ¡Pablo! ─ murmuraba ─ ¡Mátame!; por favor, mátame.
No podía seguir torturándola en partes visibles del cuerpo, por lo que recurrí a sus intestinos. Probé con una sucesión de enemas que recibió gimiendo de deseo. Como no eran fuente de un sufrimiento importante, conseguí una rama nudosa y se la introduje por el ano. Delicia se corrió varias veces bramando de deseo mientras sacaba el tallo con sangre y trozos de su piel.
Me pedía que la humillara y la obligaba a caminar desnuda, apoyándose en manos y rodillas mientras la perseguía introduciéndole todo tipo de objetos punzantes y cortantes en el ano. Una noche me pidió que vomitara en la tierra del parque. Luego, arrodillada en el piso, lamió con fruición los restos de mi vómito.
Aquella tarde habíamos terminado temprano y nos sentamos en la sala a beber un aperitivo y mirar televisión. De pronto anunciaron que los presos del penal, luego de amotinarse habían tomando el ala de alta seguridad. Al escuchar la noticia, nos miramos con Delicia, pero no lo comentamos, ya que Claudia estaba presente. Ambos pensábamos lo mismo, era la caldera que explotaba. En la pantalla, los detenidos quemaban colchones y se asomaban al exterior gritando consignas. Al rato informaron que varios condenados altamente peligrosos se habían escapado aprovechando la confusión. Delicia no pudo evitar un grito de triunfo y Claudia la miró extrañada, pero no preguntó.
En mí la excitación se mezcló con el miedo. Habíamos acumulado mucha destrucción para salir ilesos.
Aquel sábado luego de terminar la sesión de fotografías eróticas, Delicia se acostó temprano. Yo miré televisión hasta tarde, y antes de ir al dormitorio, subí a la planta alta, comprobando que Claudia y la niña estaban dormidas.
Conciliaba el sueño, cuando escuché un golpe en el piso de arriba. Encendí la luz de la lámpara. Delicia, boca abajo, dormía profundamente. En el resto de la casa el silencio era total. Estaba por apagar, cuando escuché llorar a Regina y después de unos minutos, los gritos aumentaron. Al oír pasos pesados en la planta alta, me levanté, fui a la sala y encendí la luz. Las pisadas se detuvieron. Me asomé a la escalera.
─ ¿Claudia? ─ pregunté, pero sólo escuché el llanto de Regina. ─ ¡Claudia! ─ repetí. Nadie contestó y subí. En el cuarto de mi cuñada, la luz estaba encendida y el llanto de la niña no llegaba desde allí. Caminé sin hacer ruido y abrí la puerta. Claudia estaba desnuda sobre la cama con las piernas separadas. Vi su cuello abierto como una boca macabra. La sangre que había empapado la sábana, ya goteaba sobre el piso de madera.
Retrocedí hacia la escalera y en ese momento encendieron la luz del pasillo. A unos metros, cruzó una figura vestida de marrón, sosteniendo de los tobillos el cuerpo desnudo de Regina que no dejaba de llorar. En la otra mano llevaba una vela enorme.
Regresé con rapidez al dormitorio y traté de abrir el cajón de la mesa de luz donde guardaba un revólver. Tiré con fuerza, pero estaba trabado.
─ ¿Qué pasa...?
Delicia acababa de despertar.
─ Mataron a Claudia
─ ¿Cómo...? ¿Quién?
─ Yo, querida, ¿Es que no me conoces? ¿Acaso no me esperabas?
En la puerta, la luz del velador iluminó la figura de Pablo, vestido con una túnica marrón y calzado con sandalias. Con su mano derecha sostenía a Regina que no dejaba de llorar. Me aparté de la mesa de luz.
─ ¿No me reconoces, querida? ─ repitió ─ Hace mucho que esperaba este momento.
Delicia, sentada en la cama, lo miró con ojos desorbitados. Pablo arrojó el cirio a un costado y sin soltar a la niña levantó la túnica, enganchándola en un cordón oscuro que llevaba a modo de cinturón. Debajo estaba desnudo. Su miembro erecto era enorme.
─ Puedo asegurarles que la chica de arriba murió feliz.
Tomó a la niña, apoyó la pelvis en el miembro y con tres golpes lo introdujo en la pequeña vagina. Regina dejó de llorar, sus brazos se aflojaron y varios hilos de sangre cayeron de su vientre.
─ ¡Hijo de puta! ─ gritó Delicia con voz deformada ─ ¡Es a mí a la que tienes que matar! ¡Es a mí...!
Pablo quitó el cuerpito de Regina de su miembro y lo arrojó sobre un sillón blanco que rápidamente se tiñó de rojo. Se acercó a nosotros sin dejar de sonreír. Una vez más intenté inútilmente abrir el cajón.
─ Matarte a ti es demasiado fácil. Ya lo haré, no te preocupes, pero antes sufrirás un poco por las fotos que recibí estos meses.
Se acercó a mí. Con una de sus enormes manos me tomó del cuello
─ ¿Así que éste es tu marido? ─ Delicia no contestó. Arrodillada en la cama, temblaba mirando a Pablo. Nunca había visto esa expresión anhelante. El hombre me quitó el pantalón del pijama y me sentó en una silla Con el cordón que sujetaba su túnica, ató mis manos al respaldo.
─ Presta atención a lo que va a pasar... ─ me dijo. Se acercó a Delicia que retrocedió instintivamente hasta una esquina de la cama. Cuando la acarició, se fue relajando, hasta gemir. Mi miembro creció ostensiblemente.
─ ¡Mira, cornudo! ─ gritó Pablo ─ ¡Mira cómo le gusta! ¡Tú fuiste el que ayudó en todo! ¡El que tomó las fotos a esta puta...!
Arrojó a Delicia sobre la cama, abrió sus piernas y la penetró. Ella gritó, arqueó su cuerpo y clavó las uñas en la enorme espalda de Pablo.
─ ¡Mira, cornudo...! ─ se detuvo al ver mi miembro erecto.
─ ¿Qué te pasa? ─ preguntó Delicia desesperada ─ ¡Sigue! ¡Sigue!
─ ¡Estás cachondo! ─ exclamó Pablo mirándome ─ Te pone cachondo ver cómo me follo a tu esposa.
─ Soy bisexual ─ contesté
Pablo dejó a Delicia y se acercó a mí.
─ ¡Qué haces, hijo de puta! ─ gritó ella con la mirada extraviada y tomándolo de un brazo ─ ¡Sigue! ¡Mátame! ¡Es eso lo que quieres...!
La interrumpió con una trompada que la arrojó al otro lado de la cama.
─ ¡Nadie me dice lo que debo hacer! ¡Vine acá a matar a quien quiera y cuando quiera! . Ahora me gustan los maricas.
Se acercó a mí y luego de desatarme hizo que me arrodillara sobre la cama, de espaldas a él. Delicia, en un rincón, se masturbaba compulsivamente.
─ ¡Tienes que matarme a mí! ─ repetía ─ ¡Tienes que matarme a mí..,!
Pablo me penetró tomando mi pene y masturbándome. Sentí un dolor intenso cuando atravesó mi esfínter y no tardé en eyacular en su mano. Acercó el semen tibio a mi boca y lo chupé con ansias. El miembro siguió entrando y gemí entre el dolor y la plenitud, hasta que se corrió.
─ ¡Follé a cuatro, maté a dos y me corrí con uno! ─ gritó con tono triunfal escupiendo a un costado y acercándose otra vez a Delicia, quien había tomado el cuerpito de Regina y lo acunaba con ojos extraviados. Se lo quitó, la tomó del cuello y golpeó varias veces su cabeza contra la pared.
─ ¡Mato a quien quiero! ¡Follo a quien quiero!
Volvió a acariciar los pechos y la pelvis de Delicia quien gimió otra vez.
─ Consigue una soga ─ ordenó. Fui hasta el lavadero y volví con una cuerda plástica. Ató con ella a Delicia, sujetando fuertemente muñecas y tobillos a los extremos de la cama. Después hizo una seña para que lo siga.
─ Desnudo como estás. Vamos a la cocina y me preparas algo para comer.
Obedecí. Desde el dormitorio, Delicia seguía gritando.
─ ¡Mátame a mí! ¡A mí...!
En la cocina herví huevos y salchichas y se los serví con un poco de revuelto que había sobrado del mediodía. Mientras comía, Pablo me ordenó ponerme de espaldas a él y jugó con el cabo de un cuchillo al que metía y sacaba de mi ano.
─ Cuéntame algo que te haya excitado mucho ─ pidió de pronto.
Narré por primera vez lo que había pasado con Rodrigo. Pablo escuchó masticando lentamente. Me interrumpió cuando dije que había sentido a la muerte como un límite que debía atravesar.
─ ¡Ésa es la clave! El momento en que tienes al otro entre la vida y la muerte. Se está yendo, pero todavía puedes retenerlo. No se puede pasar el límite en cualquier momento; hay que saber cómo y cuándo.
─ Es verdad; pero, ¿cómo saberlo?
Pablo había terminado de comer y jugaba con uno de los frasquitos en los que Delicia había colocado al muñeco con los dos sexos.
─ Cuándo cruzar el límite lo decide uno ─ Pablo ensartó el frasco en un tenedor y lo calentó en el fuego de la hornilla ─ La muerte no es algo que ocurre de pronto, sino que se acumula hasta el momento en que estalla.
─ En el caso de Claudia y Regina no tuviste oportunidad de acumular mucho que digamos.
─ ¿Claudia y Regina?
─ Sí, la mujer y la niña que mataste hace un rato.
Pablo se encogió de hombros. Inclinándose, me abrió las nalgas.
─ Fueron el aperitivo. Lo que quería era llegar a ustedes
En ese momento metió en mi culo el frasco al rojo. Grité. Me tomó de los cabellos y acercó mi cara a la suya mientras seguía hundiendo el vidrio que mordía y devoraba mis intestinos
─ ¡No vine a ser maestro de nadie! ─ habló junto a mi boca ─ Vine a matar y a follar. Primero morirás tú y después ella. Antes y después de la muerte los voy a llenar de leche por todas partes...
Aullé mientras el frasco seguía llagando mi intestino y enloqueciéndome de dolor. Cuando lo retiró de pronto, me desmayé. Desperté sintiendo que me cacheteaba
─ ¡Vamos, mierda!
Me obligó a incorporarme y me hizo caminar otra vez hasta el dormitorio. Allí esperaba Delicia, amarrada a la cama.
─ ¡Es a mí a la que tienes que matar! ─ repitió una vez más.
─ Eso es lo que vengo a hacer, querida...
Pablo se quitó la túnica marrón. Su enorme miembro estaba erecto otra vez. Me sentó en la misma silla sin atarme, y pude tomar de la mesa de luz una crema anestésica y un hisopo. Al untar con ella el ano, el dolor disminuyó.
Pablo se arrojó sobre Delicia que lo recibió con un grito. Cuando la acarició, ella volvió a gemir y a arquear el cuerpo. Después la penetró, apretando la garganta con una de sus enormes manos. En el momento en que se retorcía en el orgasmo, presionó el pulgar. Ella intentó toser y se agitó hasta quedar inmóvil. Pablo retiró el miembro y se corrió encima de mi esposa, llenando su cara y su pecho de semen.
─ ¡La mataste! ─ exclamé. Delicia yacía con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás.
─...ahora te toca a ti.
─ ¿No era que primero me ibas a matar a mí?
En ese momento, Delicia tosió.
─ ¿Ves? Eso es lo que te decía recién: la llevé hasta el límite de la muerte; el punto en que todos somos hermanos, y ahí me corrí.
Delicia volvió a toser. Respiraba con dificultad.
─ Ahora voy arriba a disfrutar de mi obra. Ustedes van a quedar encerrados en este cuarto y más les vale que se porten bien.
Antes de salir se puso la túnica marrón, tomó de un pie el cuerpito de Regina, lo llevó consigo y salió trabando el cerrojo del lado de afuera. Escuché que levantaba una barrera con sillas y muebles para que no escapáramos.
Volví a ponerme anestesia en el ano. El ardor me mareaba, pero lentamente fue cediendo al contacto con la crema.
─ ¡Mátame a mí...! ─ volvió a murmurar Delicia. Medio desmayada, su cuerpo estaba más suave y apetecible que nunca. Por su impulsividad, a Pablo se le había escapado la puerta trampa en el techo de la habitación. Comunicaba al pasillo de la planta alta. Podía llegar allí y a través de una de las ventanas saltar a un árbol del parque. Me acerqué a la puerta y escuché las pisadas recorriendo la casa.
El sentido común me indicaba que debía irme cuanto antes, pero me atrajo la fragilidad de Delicia. Me acerqué a la cama y me acosté junto a ella.
─ ¿Qué pasa? ¿Estoy muerta?
─ No. Estás conmigo...
Lo que había dicho Pablo sobre el límite entre la vida y la muerte era cierto. No sólo lo había experimentado con Rodrigo, sino que había podido palpar el límite de Delicia. Al apoyar mi mano en su cuello sentía el botón caliente y luminoso. Deseaba apretarlo hasta hacerlo estallar.
─ ¿Por qué no quiere asesinarme? ─ preguntó debatiéndose y tratando de liberarse de las cuerdas. Me acosté junto a ella y hablé junto a su boca.
─ ¿Qué opinas si te mato yo?
Volvió su cabeza y me miró con desprecio.
─ ¡No serías capaz! ¡No puedes matar a nadie! Además acuérdate de nuestro convenio, cuando aparezca Pablo tienes que apartarte...
─ Él folló conmigo Ya soy parte en esto. No me puedo echar atrás. Además, debes convencerte que no te quiere matar. En cuanto a mí, si lo hice una y otra vez cuando posábamos, ¿por qué no puedo hacerlo en la realidad?
─ Lo quiero a él. ¡Desátame!
El tono de Delicia era cortante Por su mirada extraviada supe que estaba en shock . En vez de obedecer, la besé por todo el cuerpo.
─ ¡Déjame! ¡Hijo de puta...! ─ alarmado, ya que su voz podría alertar a Pablo, apreté su cuello obligándola a respirar por la boca y cuando la tuvo bien abierta metí en ella un pañuelo. Siguió debatiéndose y quejándose. Acaricié su clítoris
─ Escúchame, Delicia. Por algo Pablo te ató a ti y a mí me dejó suelto. Matarte es una responsabilidad moral. Yo sé dónde está exactamente tu muerte y puedo jugar con ella hasta que los dos nos volvamos locos de deseo. Estás embarazada y no sólo te mataré a ti sino al principio de vida que llevas dentro. La destrucción es más dulce cuando es total; eso también lo sabía Pablo, ya que hace un rato reventó a Regina...
Me aparté. Delicia lloraba y hubiera querido saber si era por la niña, por su hermana o por encontrarse a mi merced y saber que era yo y no el necrófilo quien la mataría. No me animé a quitar el pañuelo y pedirle que explicara su sentimiento.
La excité de todas las maneras posibles. Delicia negaba con la cabeza e intentaba hablar, pero su vagina estaba cada vez más caliente y húmeda. Apoyé mi miembro en su pubis y con mi mano derecha volví a buscar el botón ardiente en el centro de su cuello. Lo apreté y solté varias veces hasta que su cuerpo se relajó. Aunque se quejaba murmurando, supe que deseaba ser penetrada. Lo hice sin dejar de frotar el punto en el que se unían la vida y la muerte. De pronto le quité el pañuelo.
─ ¡Patricio! ─ exclamó con asombro y excitación ─ ¡Patricio...!
Nos encontramos en medio de un campo verde, lleno de sol. Corrimos desnudos y unidos por la relación más profunda, la del asesino y su víctima.
Retardé el orgasmo. Prolongué aquella sensación y al arrojar mi semen, apreté su cuello traspasando el límite. La vida de Delicia fue como una ventana iluminada que se angostara hasta desaparecer; como una nota bien modulada convertida en disonancia. Mi orgasmo fue un huracán lento y tibio que barrió todo. Los últimos chorros de semen cayeron en su vagina muerta.
Al terminar, sentí urgencia por escapar. La anestesia estaba dejando de hacer efecto y en mi intestino sentía las agujas agudas de las quemaduras. En la sala escuché los pasos de Pablo que subía lentamente los peldaños. Al salir por la puerta trampa podría descubrirme, pero me arriesgaría. De quedarme allí, moriría sin remedio.
Tomé una mesa y la apoyé sobre la cama dejando en el centro el cuerpo de Delicia. Me subí, pero desde esa altura no podía destrabar la trampa, trepar y llegar al pasillo. Miré alrededor: no había sillas que pudieran elevar el nivel de la mesa. Entonces desaté a Delicia, tomé su cadáver y lo apoyé de espaldas en la tabla. La miré por última vez, estaba hermosa con sus largos cabellos que llegaban hasta la cama. Despedía una sensación de paz que no conocía.
Con cuidado subí a su vientre: el grosor del cuerpo era la distancia que necesitaba. Abrí la trampa y me asomé al pasillo. Llegaban ruidos desde el cuarto de Claudia. Trepé, llegué al piso superior, y caminando descalzo sobre el piso de madera, me asomé por la puerta entreabierta. Vi la espalda desnuda de Pablo violando el cadáver degollado
Siempre en silencio, caminé hasta el final del pasillo. Llegué a la otra pieza de servicio, abrí los postigos, alcancé una rama gruesa del pino que crecía junto a la ventana y bajé por ella hasta el parque. Corrí las dos cuadras que me separaban de la casa más cercana y golpee desesperadamente la puerta.
─ ¡Ayúdenme, por favor! ─ pedí llorando al pensar en Delicia, en Claudia y en la niña ─ ¡Mataron a mi esposa y a toda mi familia...!
11
Acaricié la cabeza de Pedro, el Ministro del Interior, que descansaba apoyado sobre mis senos. Ahora puedo hablar con propiedad de mis implantes de siliconas, reforzados por la aplicación de hormonas femeninas, que reproducen exactamente las medidas de Delicia. Esto por no mencionar la cuidadosa operación plástica en París, donde reconstruyeron mi intestino a lo largo del tramo ulcerado y lo dejaron con la abertura suficiente para ser penetrado sin perder la sensibilidad.
─ No me dijiste qué te pareció mi historia, ─ comenté mientras reventaba una espinilla en su calva. Levantó la cabeza y me miró con sus ojos marrones y pequeños.
─ Si no fueras tú, tendría que detenerte.
─ Por supuesto, maté a dos personas...
Pedro negó con la cabeza.
─ No me refiero a los asesinatos. Sabes lo que pienso, hoy la vida está muy depreciada. Te detendría por sedición; por intento de derrumbar el orden establecido.
─ ¿Qué dices, papito? Yo denuncié a Pablo y ahora está otra vez entre rejas para el resto de su vida.
Me miró con expresión burlona y arqueó las cejas. A pesar de su aspecto de anciano inocente, era muy astuto.
─ Por tu relato, creo saber qué contienen los paquetes que hago llegar todas las semanas al detenido Pablo Zoilo Cardón.
─ Muy buena deducción, querido. Luego de lo que pasó él sigue recibiendo secuencias fotográficas en las que aparecemos Delicia y yo en las situaciones más eróticas y macabras.
─ ¿Y cómo haces para reproducirte como hombre?
Antes de contestar me incorporé contemplándome en el espejo. Desde la imagen, Delicia me sonreía
─ Acuérdate que me compraste en Estados Unidos el colosal equipo de fotografía computada, con el que puedo combinar las imágenes como quiera.
Me miró con expresión extraña.
─ Entonces tengo razón, sigues alimentando presión; sigues echando leña a la caldera a punto de estallar. Estás alentando otro motín, otra fuga en el penal. ¿Pensaste en los riesgos?
Encogí mis hombros y me serví un whisky importado
─ Si vuelve a fugarse, no podrá llegar hasta mí..─ me acerqué con gestos sugerentes y lo besé en la boca ─ Tengo la suerte de haberme convertido en tu amante y disponer de coche con chofer, viajes al Caribe, a Europa, además de toda la protección que necesito...
Excitado por lo que acababa de contar, Pedro acarició mis nalgas, me tomó entre sus brazos y me arrojó sobre la alfombra. Lo provoqué en mil formas y tuvimos sexo hasta el amanecer

















